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   Comentario de libros

La otra muerte. Psicoanálisis en cuidados paliativos
  De Marcelo Negro (Letra Viva, 2da. edición, 2012)
   
  Por Daniel Paola
   
 
He aquí el producto de años de investigación y estudio. He aquí el fruto de un trabajo clínico constante que Marcelo Negro transmite en forma apasionante donde el agrado se mezcla con la pesadilla. María, entre otros, pregunta: “¿cómo es morir?” Y la respuesta es que nadie imagina, sólo dicen. Marcelo nos propone una ficción en la suposición de una posible respuesta en la que hay que saber la verdad. La verdad supone un masoquismo del cual es preciso abstenerse.
Desde niños jugábamos, algunos, a “verdad o consecuencia”. El psicoanálisis, en cierta forma, no ha progresado si esta trama es la que se propone al discurso. Aceptemos que no es lo mismo un análisis freudiano que duraba tres meses, a pasarse toda una vida en el diván, porque la dimensión nos interesa.
No importa que se diga, que la verdad se dice a medias y que esto se repita como si fuésemos loros. Para ciertos analistas la trama de la verdad es inquebrantable porque nunca sabrán de la ficción. Así el mundo se tiñe de masoquistas que alimentan las fauces de la inquisición. De esta forma siempre se volverá a la fe: si no se dice la verdad espera la tortura. ¿Pero qué pasa si la verdad está vedada?: la consecuencia será el Golem que habrá que destruir, ignorante de su creación porque no entiende nada. En este caso la dirección de la cura no se diferencia de un acto policial.
Decir verdad, por lo tanto, es decir parcialidad que siempre se torna falsa. Por eso me voy a referir a un sueño larguísimo, parcial por lo tanto, que Marcelo relata y en el que interviene el paciente K, en la misma situación y la misma pregunta sobre la muerte. En ese sueño Marcelo relata a K una serie de frases tendientes a animarlo: “Traje algo para leerle, K. Le va a servir, escuche: ‘La muerte, pues, el mas horrendo de los males, nada nos pertenece; pues mientras nosotros vivimos, no ha venido ella; y cuando ha venido ella, ya no vivimos nosotros. Así la muerte ni es contra los vivos ni contra los muertos; pues en aquellos todavía no está y en estos ya no está…Por lo cual el sabio ni teme el no vivir, puesto que la vida no les anexa, ni tampoco lo tiene por cosa mala’ ”(según Epicuro). “El Dasein cotidiano encubre regularmente la posibilidad más peculiar, irreverente e irrebasable de su ser. Esta fáctica tendencia al encubrimiento prueba la tesis de que el Dasein es, en cuanto fáctico, en la falsedad… Es este precursor, la muerte, lo que nos posibilita acceder a una vida propia: el precursar se revela como posibilidad de comprender el mas peculiar y extremo poder ser, o sea, como posibilidad de una existencia propia” (según Heidegger)
Confieso que una vez le mentí a un amigo: le dije que me gustaba la serie de televisión Dr. House, cuando la detesto por la larga y pormenorizada descripción, que invariablemente el médico hace, de un proceso de agonía sin ahorrar detalles en una segura pasión por la verdad. Mentí por miedo para no referirme al rechazo que siento por esa verdad cuando se ejerce con pasión y más cuando pertenece a la subjetividad de lo actual: “Mejor que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquél que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes” (según Lacan).
Creo que sencillamente, como el paciente K del sueño de Marcelo, me irrito. No creo en el hombre sabio que no teme al no vivir. La muerte como precursora de la existencia me hace pensar en el holocausto. ¿No se trata de renunciar todo tiempo al ser y reconocer que el intérprete falla todo el tiempo? En el sueño K le dice a Marcelo que está lacerado porque sufre que sus hijos lo vean en demolición. Un hombre demolido frente a la mirada de sus hijos le produce un dolor insoportable. K con su brazo amenazante, saca de debajo de su almohada una enorme, oscura y amenazante Beretta 92. A punto de disparar Marcelo se da cuenta que K tiene su rostro. En ese momento despierta.
¿Marcelo despierta o el sueño nunca termina? ¿Hay verdadera reacción de despertar? Pienso que vivimos siempre bajo efectos de un sentido, donde el semblante se encuentra en el partenaire, que a fin de cuentas es la muerte a la que tememos.
Sobre los efectos nocivos de la verdad es poco lo que puede decirse, dice Marcelo, sólo marcar el nivel de prejuicio. La idea de la comunicación está basada en signos comunes que toman la significación como sobreentendidos. Estoy de acuerdo con lo que plantea el autor en este texto: el psicoanalista podría poner en suspenso esta significación porque genera prácticas positivistas, estandarizando la eficacia y la eficiencia y contrariando lo complejo de la singularidad del caso.
Volviendo finalmente a visitar a K: “Dígame, Marcelo, ¿qué hago con todo esto?”. Analista: “¿Una más fácil?” El efecto cómico se produce y concluye: “Allí donde se esperaba una respuesta que aporte una técnica justa, una verdad consumada o un saber tranquilizador, justamente allí, habitado por la castración el analista barrado se barra en acto, no cede a la impostura. Y propone…propone un trabajo que el paciente decidirá si lo quiere tomar o no, también la realidad del destino dirá si es un camino posible…”
Si dentro de la teoría de la angustia, el desamparo se convierte en el prototipo de la situación traumática y el sujeto es incapaz de dominar la excitación y es desbordado, la necesidad de la intervención maternal es una tentación errónea.
 
 
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