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   Colaboración

La novela de Lacan (quinta entrega)
  2. Orleáns, los potes y la peste (final)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
El rol de la imago del padre puede ser observado en forma notable en la formación de la mayor parte de los grandes hombres; y los ideólogos que en el siglo XIX realizaron las críticas más subversivas contra la familia paternalista no fueron los menos marcados por ella.
Jacques Lacan, La familia (1938)

Foto en blanco y negro de vista aérea de un bulevar de acceso a Orleáns atravesada por la imagen movida de un auto. El bólido se esfuma por el ángulo inferior derecho del encuadre. Un hombre maneja llevando a su hijo a bordo. Así ve las cosas Alfred Lacan. La huida transcrita en taquigrafía de imágenes. Es que él pertenece a la primera generación de los que se ven en fotografía. Pero esa escena es sólo idea suya; Alfred continúa donde lo dejamos, en el pic-nic de los Dessaux, incómodo por su metida de pata.
El mérito de volver a poner la acción en movimiento será de Jacques. El niño pretende que se cuente otra vez la fábula que no escuchó en la mesa de la noche anterior por estar castigado. Lo perdido, perdido está, responde Lorete con tono aleccionador, procurando que el sobrinito parisino no suponga que recuperará mediante ardides lo que con justicia le fue privado. Por otra parte, una historia dicha en versos no siempre es una fábula. Con circunloquios de catequista busca ganar tiempo; debe ingeniárselas para remontar la conversación familiar sin que el poema en cuestión, “Boz dormido”, abra puertas embarazosas al preguntón. Se impone eludir las líneas, apenas disimuladas por el obsceno Victor Hugo, en las que triunfa la lascividad juvenil de la moabita (“Rut no sabía lo que de ella Dios quería”), cuando logra montarse (“la sombra era nupcial”) a la vara generosa pero fatigada de Boz (“cuando el hombre es joven tiene mañanas triunfales / Pero un anciano se estremece como el abedul en invierno”). Mejor circunscribirse al producto final del relato, esquivando las adivinanzas sexuales de su desarrollo.

Es una historia antiquísima, del tiempo en que todavía “la tierra estaba mojada y blanda por el Diluvio”. El protagonista es Boz, un viejo terrateniente sin hijos, y el centro de la historia es un sueño premonitorio. Su dictado anuncia herederos para Boz y, entre sus retoños, reyes para Israel y un dios de apariencia humana. Escucha atentamente: “Boz vio un roble que, saliendo de su vientre, llegaba al cielo azul. / Una raza allí subía como una larga cadena; abajo un rey cantaba, arriba un dios moría”. El deseo resuelto de Rut acabará, efectivamente, por convertirlo en el bisabuelo de David, el rey músico. Y cuarenta y una generaciones después, otro digno fruto de ese mismo árbol será José, el padre de Jesús, nuestro dios que muere para salvarnos. Con la esperanza de agotar la curiosidad de Jacques, Loreta afina el lápiz. Sin embargo, la historia así contada no es veraz en los detalles. La visión que Hugo adjudica a Boz dormido, le aconteció en verdad a su nieto Jesé, tal como lo asegura el profeta Isaías. Hugo amaba las falsas atribuciones. No por mentiroso, sino para hermosear los poemas. Con excepción de aquel árbol germinando de su cuerpo, la vida de Jesé es aburrida, entonces, Hugo decide asignárselo a Boz, personaje más distinguido y con la gracia añadida de la historia de amor de un anciano y una extranjera. Es una tergiversación bien intencionada, vuelve más fascinante a la Biblia. ¿Me sigues? Arriesga Loreta, esperanzada de que el niño se haya extraviado —¡Claro que sí!, alardea el niño y, sacando partido de lo que eso tiene de cierto, replica que en el pesebre San José figura como un carpintero, no como un rey mago.

—Por cierto el santo era un pobre trabajador y un hombre de Dios, como lo demuestra su acatamiento al problemático milagro de la Anunciación. No en vano nuestro Papa, León XIII, lo consagró modelo del Trabajador. —Yo apoyo la nueva propuesta, tercia Jules, de mudar la fiesta del San José al primero de mayo. Hay que contrarrestar cristianamente las marchas de anarquistas y socialistas. Sin dotes para la profecía, Jules no prevé, desde aquel escenario bucólico, las sublevaciones de 1907 de peones viñateros y pequeños propietarios sólo vencidas por la fuerza militar. —José era un humilde trabajador, continua Lorete, y sin embargo, con sangre de reyes. Por eso a su hijo se lo puede llamar Cristo, es decir, mesías o monarca ungido por el Señor. Salvando distancias, es el caso de nuestra Doncella, Juana era campesina e hija de reyes a la vez. Y el de los reyes de Francia, los únicos de todo el mundo cristiano ungidos con el aceite de la redoma santa que una paloma le llevó a San Remigio cuando bautizó a Clodoveo. Prefiere no mencionar la precaución adoptada de coronar a las reinas con aceite de cocina.1 Heredero de la rama de David, Jesús era, entonces, aspirante legítimo del trono. Alfred piensa que, siendo hijo de Dios, Jesús no necesitaba garantías monárquicas, sino que era la monarquía la que necesitaba exhibir un respaldo preferencial de Dios. Pero supo callar. La genealogía de Cristo la trasmitieron los evangelistas Lucas y Mateo, el toro y el ángel custodios de la catedral de Orleáns. —¿El ángel que trae la paloma de Dios a la Virgen para que pueda nacer Jesús? —No, ese es arcángel Gabriel. —¡Y para qué tanto lío si San José no era el verdadero papá de Jesús!

Agotada la poca paciencia de Lorete, Ludovic interviene dirigiéndose a los mayores y al lector. Su parada enunciativa no es condescendiente con distracciones ni minorías de edad, lo cual adelanta un aire de familia con el estilo que hará famoso al futuro psicoanalista: hermético por las sumas de la acumulación y las restas del sobreentendido; imperioso, aunque pródigo a la vez. —La pregunta del niño no es impertinente, retoma sin saberlo un desvelo de los Padres de la Iglesia. Su respuesta nada sencilla, debió aguardar la solución de otro enigma comúnmente ocultado a los escolares, el de que las versiones de Lucas y Mateo parecen discrepar en varios puntos, especialmente al momento de establecer quién fue el bisabuelo de Jesús. Hicieron falta dos siglos y la llegada del primer matemático del cristianismo, Sextus Julius Africanus, para expulsar la sospecha de que uno o incluso los dos evangelistas inventaban. La salida consistió en leer lo que escribió Mateo como la rama que lleva hasta San José y, lo de Lucas, como la que lleva a la Virgen María. Hasta entonces, se había dado por sentado que los dos nombres atribuidos al bisabuelo de Jesús (Matat, según Mateo; Matán, según Lucas) tenían que ser mutuamente excluyentes. El genio de Julius propuso, en cambio, que debían corresponder a los nombres de los bisabuelos paterno y materno del Salvador. Matat y Matán habrían sido dos hermanos políticos casados sucesivamente, por matrimonio levirato, con la misma mujer. Preñada de Matán, “ella” parió a Jacobo; preñada de Matat, “ella” parió a Elí. Julius supo calcular las consecuencias posibles del hecho de que los evangelistas no habían anotado, en el árbol genealógico de Jesús, los nombres propios de las madres. Empleó el pronombre “ella” como un comodín para señalar a una sola mujer y dos esposas. El resto encajó fácilmente; Jacobo resultó ser el padre biológico de José, y Elí resultó ser padre político de José y padre biológico de María. José y María eran primos. Luego, Jesús fue indiscutiblemente Cristo, pues la legitimidad de aspiración al trono de David le viene por sangre materna. —¿Me puedo casar con una prima?, exclama Jacques. Angélica retrocede sonrojada y Alfred adivina que llegó el momento de anunciar la despedida. Debemos sacar partido de las últimas luces en el viaje de regreso a París.

Al girar la cabeza, a Jacques se le apareció un dichoso cuadro pastoril de la Casa patriarcal enmarcado por la luneta trasera del auto. Las figuras familiares, desvanecidas idealmente por el contraluz, comienzan a perderse de vista en medio de las viñas cargadas y la tierra todavía oscurecida por la inundación de 1903. Se estremece. De haber sido mayor, habría ensayado una versión diurna de “En medio de la noche, Boz dormía entre los suyos; / junto a las piedras de moler, que parecían escombros, / los segadores acostados formaban bultos de sombras”. Aunque en esos dos días le habían estorbado el caudillaje de los primos mayores, la disciplina de la gran mesa del falansterio y la soberbia de Ludovic Desseaux, ahora, al despedirse lo ganaba la certeza de ser uno de ellos, de pertenecer a esa estirpe. Desde luego que en toda gran familia hay más Jeseses que Jesuses, pero cada Jesús que aparezca será fruto de crianza de una de las grandes familias. Además, los peores era los advenedizos, los recién llegados a la Casa: Jules, Lorete, su abuelo Emile.

¿Cómo habrán sido exactamente los personajes bíblicos?, pensaba entretanto Alfred. Aunque le faltaba paciencia para leer libros enteros, era un ávido consumidor de periódicos, revistas y géneros breves, como las entradas desopilantes del Grand Dictionnaire universel du xixe siècle de Larrouse que, en su fervor republicano, llamaba Juanita Darc a Juana de Arco y aseguraba que Bonaparte había muerto en 1799. El caso es que Alfred se había enterado de un experimento hecho para contestar su pregunta. Sirviéndose de la técnica de las populares fotografías compuestas de Galton, un tal Joseph Jacobs se había arrojado a la aventura espiritual de recuperar en el cuarto oscuro, superponiendo retratos de estudiantes judíos modernos, el estereotipo racial que condensara la fisonomía promedio de los hombres anteriores a la Diáspora: “La representación más exacta que podíamos esperar del viejo Samuel oficiando frente al Arca, o del joven David ocupándose de las ovejas de su padre”.

La ruta seguía libre del obstáculo más temido, las caravanas de vagabundos. La preferencia de viajar con buena luz no había sido simplemente una excusa para concretar la huida. Estaban en territorios afectados por la caída del precio del vino y la competencia de las viñas del sur que, recuperadas de la filoxera, vendían mercadería a París sacando ventaja de la novedad del ferrocarril. Hasta Marx fue magnetizado por su influjo: “las revoluciones son las locomotoras de la historia”, escribe en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Y ni pensar en el futuro de otros medios de carga. Por cada 50 kilómetros, calculó Alfred, el auto estaba consumiendo cuatro francos y medio, dos veces menos que un carro tirado por dos caballos.2 Pero ese temor burgués a la marginalidad urbana y el vagabundeo rural no era novedoso, venía de tiempos de la Revolución y en 1885 consigue la Ley de Relegación que establecía, para reincidencias de atentados contra el ordenamiento social, el exilio permanente a Nueva Caledonia o Guayana: un ejército de merodeadores desocupados para el capitán Dreyfus.3 Su aplicación les pareció garantizada a los legisladores de la Republica; un año antes, Alphonse Bertillon, el Prefecto de Policía de París, había ganado notoriedad al identificar 241 reincidentes gracias al registro sistemático de once medidas antropométricas, tatuajes y cicatrices, y un retrato estandarizado de frente y perfil de los detenidos. La fotografía mostró casualmente su utilidad procesal, en 1872, en la decisión del fusilamiento de los comuneros; clisés tomados fortuitamente en la revuelta se convierten en prueba irrebatible de juicios sumarios.
Del otro lado del Canal, el mencionado Francis Galton, par londinense de Bertillon, había superpuesto retratos de presos, en la busca de aires de familia de los tipos esenciales del cuerpo criminal. Uno y otro encarnan la cumbre del empirismo óptico policial ironizado por Poe en “La carta robada”. Los dos proyectos estaban espoleados por el entusiasmo, de mediados del siglo XIX, por la frenología y las tesis fisonómicas; inspeccionan las superficies del cuerpo, especialmente las del rostro y el cráneo, escrutando signos del alma indisciplinada. Sin embargo, cuando los prefectos se reúnen a fines de los ochenta, es para admitir el fracaso de sus archivos. “De nada ha servido que en los últimos diez años la policía de Paris haya recopilado más de 100.000 fotografías, ¿Cree que es posible comparar sucesivamente cada una de ellas con cada una de las que se toman a los 100 individuos que son arrestados diariamente en Paris? Se necesita un método de eliminación”, reconoce Bertillon. Las tentativas de trasponer lo icónico a lo textual, con un portrait-parlé, resultaban inconducentes. En cuanto a Galton, podemos vislumbrar la vía muerta de la fotografía combinada cuando comparamos la distancia entre el mencionado comentario reverencial de Joseph Jacobs ante el retrato positivo de su raza y el comentario correspondiente del propio Galton. Para su sentir, la mirada de los ojos judíos: “me tasa fríamente como si yo fuese un valor de mercado, sin ningún otro tipo de interés”.4

Lo que salvará al empirismo del naufragio es la nueva inclusión, alentada por los dos prefectos, de huellas digitales. Al comienzo, llevar adelante su archivo y conseguir leerlo con la debida velocidad no pareció ni política ni semióticamente factible, hasta que Ivan Vueti, un croata emigrante, simplifica la engorrosa grilla de lectura de Bertillon, privilegiando cuatro haces de diferencias fundamentales, y obtiene anuencia del Estado bonaerense para el registro obligatorio. Al año siguiente, en 1892, identifica a Francisca Rojas, del puerto cerealero de Necochea, como asesina de sus dos hijos. Las huellas del pulgar ensangrentado de Francisca habían firmado la escena del crimen.
El sol está todavía alto y Alfred desatiende por un instante la búsqueda de sospechosos en el dibujo de las sombras. Mira de reojo a Jacques. La tupida melena revuelta, el sudor en la frente, la camisa abierta, los zapatos embarrados. ¡Si te viera mamá, te mataría! Cruzan riendo el puente a Orleáns.

(1) Marc Bloch (1924), Los reyes taumaturgos, FCE, México, 1988, pp. 30-32.
(2) Alfred Fierro, Histoire et Dictionnaire de Paris, éd. Laffont, Paris, 1996, p. 694.
(3) Jean-Paul de Gaudemar, La movilización general, La piqueta, Madrid, 1981, pp. 27-50.
(4) Allan Sekula, “El cuerpo y el archivo”, en G. Picazo, J. Ribalta (eds), Indiferencia y singularidad, Gustavo Gili, Barcelona, 2003, p. 148-97.
 
 
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