Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Colaboración

Si todo es duelo, nada es duelo
  Por Andrea Buscaldi
   
 
Existen una serie de investigaciones dedicadas a documentar los cambios registrados a lo largo de la historia en duelo y rituales funerarios. En una perspectiva similar resulta interesante observar no sólo cuáles son las características del duelo en nuestra época (de “muerte invertida” según Phillipe Ariés) sino también cuál es la idea que solemos tener sobre qué es estar de duelo. Basta una mirada superficial para enumerar algunos ejemplos: A terminó la secundaria; B se separó; C se mudó.

Estas situaciones absolutamente distintas entre sí parecen sustentarse en una opinión o sentido en común, y es que para nuestro imaginario colectivo fin es sinónimo de duelo. Sin embargo cualquiera sabe por sí mismo o por otros que muchas veces al terminar la secundaria, separarse o mudarse se pierde y se gana, o incluso a veces se pierde para ganar (por supuesto que ese “algo” perdido o ganado es relativo al individuo o sujeto en cuestión. Y si se trata de individuo o de sujeto dependerá de la entrada o no en un dispositivo analítico). Es decir que alguien que atraviesa cualquiera de esas situaciones lejos de sentirse sumido en un duelo puede llegar a experimentar más bien una especie de crisis con saldo positivo, por decirlo de alguna manera.

Por otra parte, con respecto a la pérdida de seres queridos, para quienes practicamos el psicoanálisis, ¿por qué suponer que siempre una muerte ocasionará un duelo? Si así fuera, entonces, la palabra muerte cobra el valor de un signo o sentido muerto. Es decir, la palabra muerte ligada como una suerte de destino a la palabra duelo se convierte inevitablemente en lenguaje fósil. Por el contrario, las cosas suelen ser más complejas en un contexto significante particular. Así es que se puede escuchar que alguien X dice haber sentido una profunda tristeza por la muerte de un ser querido por un lado (que no es igual a estar de duelo), y por otro haber sido sorprendido al experimentar una extraña conmoción por la muerte de un personaje público respetado, admirado y/o idealizado pero ajeno a su núcleo íntimo o cercano.

Con las separaciones de pareja sucede otro tanto. Partir de la base de que separarse es bueno o malo en sí mismo no es más que un prejuicio. Para uno puede ser el fin del mundo y para otro el comienzo de una nueva etapa, ¿cómo saberlo de manera anticipada? Toda una serie de relatos de Raymond Carver pueden ilustrar el primer aspecto (por ejemplo, ¿Por qué no bailan?); mientras que la película El amor cuesta caro dirigida por Joel Coen (en esta oportunidad curiosamente “separado” de su hermano), el segundo. También la voz de la calle en general pone énfasis en el aspecto positivo o liberador de una separación. Hay varios chistes sobre el tema. Un comentario habitual es que las mujeres se ponen lindas y flacas cuando se separan, mientras que los hombres se convierten en solteros sin pasar por el registro civil.

Un párrafo aparte merece la pérdida del hijo. Hay estudios sociológicos que documentan en Occidente un desplazamiento en la valoración de la muerte del padre a la muerte del hijo: para nuestra época, la peor pérdida que alguien puede sufrir (la cultura o el lenguaje popular parecen reforzar esa investigación con la certeza de que “la ley de la vida es que sean los hijos quienes asistan a la muerte de sus padres y no al revés”; sin embargo a lo largo de la historia no siempre fue así). Esta pérdida en particular ha generado una revisión sobre el trabajo de duelo (noción introducida por Freud en “Duelo y Melancolía” mediante una afirmación sin previo análisis y que merece un desarrollo aparte). El análisis que hace Jean Allouch sobre Mallarme y la tumba de Anatole va en esa línea. También Luis Gusmán en La muerte escrita analiza la delicada relación duelo/desparecidos y se pregunta si no existirá una confianza extrema en la idea de duelo como elaboración.

Del mismo modo que es imposible establecer a priori qué causa un duelo, tampoco se puede definir cuánto tiempo le demandará a alguien subjetivar una pérdida (R. Barthes toma nota del diccionario: “dieciocho meses para un padre o una madre”, y se pregunta si el duelo tiene medida). Por lo tanto, sería más pertinente preguntarse no cuánto sino de qué tiempo se trata en un duelo (R. B se resiste a la idea de un proceso y escribe sobre el duelo por su madre que es errático pero continuo y por eso no se gasta). A pesar de que Freud abandona prontamente junto al método catártico la idea de duelo como trauma, el mecanismo de aprés coup se presenta como una herramienta válida para pensar la materia prima de ese tiempo-duelo (por otro lado quizás ese mecanismo defina por excelencia un tiempo esencialmente freudiano). Que en apariencia nada tendría que ver con el apremio de Gertrudis, la mamá de Hamlet, por servir los asados de los funerales en la mesa de casamiento (¡Economía, economía!). Tal vez algo de un “verdadero” tiempo/duelo pueda vislumbrarse en la estética y puesta en escena de la obra de teatro Mi vida después, dirigida por Lola Arias. También en la película Los rubios de Albertina Carri. Dos ejemplos más que de rememoración, de construcción de un tiempo pasado, mediante un ejercicio que podría definirse de lectura al revés.

Hay una condición que sí es ineludible en un duelo: perder. Y toda pérdida como su nombre lo indica es imposible de sustituir, porque si pudiera sustituirse no sería una pérdida. El tema del objeto sustitutivo es complejo incluso dentro de la obra de Freud. Por ejemplo, en una carta a raíz de la muerte de su hija, Freud afirma que para una pérdida semejante jamás se hallará un sustituto. Algunas investigaciones señalan que Freud puso especial cuidado en evitar que esa muerte, sucedida en 1920, fuese interpretada como la causa del Más allá…, ese oscuro manuscrito.

También en el sendero del hijo, J.A. toma del escritor japonés Kenzanburo Oé su descripción de una pérdida gratuita, a cambio de nada, para llamar a la pérdida en juego en un duelo: “una pérdida a secas”. Eso no significa que alguien no pueda volver a amar y trabajar, dos significantes vitales para Freud. Significa que no será sino sin la pérdida de algo de sí. Un duelo quedará determinado como tal por la pérdida de “eso” propio que se pierde con lo que ya se perdió: persona o ideal; y no por el grado de parentesco, o relevancia de un emblema. Y como le recomienda Proust a un amigo en una carta: “…espere que la fuerza incomprensible que lo ha roto, lo levante un poco, digo un poco pues siempre guardará usted algo de roto…” De esa pérdida se trata en un duelo.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



 

 
» AEAPG
Agenda de Seminarios a Distancia 2019  Comienzan en Agosto
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Seminarios Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminario 8 de Jacques Lacan  Segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com