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El sueño del "hombre de las horas", revisitado
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
Hablar de inconsciente es reconocer un saber sin sujeto; un saber que incomoda, pero que irremediablemente se nos impone. Freud descubrió la incidencia de este saber no sabido; Lacan reconoció su estructura articulada como un lenguaje. Sueños, olvidos, tropiezos del habla o la escritura, actos de término erróneo, sorprenden al sujeto rebasándolo en su intencionalidad. Algo habla en él, pero más allá de él; algo que, ajeno a toda concepción de armonía, hace oír su verdad.
Pero el descubrimiento del inconsciente, además de apremiarnos a admitir que somos regidos por efectos de significante, nos incita a la vez a discernir cómo, en esos significantes, se encuentra capturado el goce sexual. Sus formaciones serán, entonces, el camino privilegiado para alcanzar el misterio de ese núcleo real que, imposible de aprehender, se comprueba sólo por ser legible.

Releyendo a Freud: En el curso de sus “Conferencias de introducción al psicoanálisis”, Freud presenta a su auditorio un breve sueño para explicar la relación que se establece entre un elemento onírico latente y su sustituto manifiesto.
Una de sus pacientes, que había perdido a su padre en el curso del tratamiento, encontró a través de sus sueños la oportunidad para hacerlo revivir. En uno de ellos, y en un contexto que Freud no especifica, el padre aparece y le dice:
Son las once y cuarto, son las once y medía, son las doce menos cuarto.
A propósito de esta singular representación, la paciente recordó que al padre le gustaba que sus hijos, ya adultos, acudiesen con extrema puntualidad a la hora de comer. Esto tenía –comenta Freud– una indudable relación con el elemento onírico, pero no permitía inferencia alguna sobre su origen. Por otra parte, la situación de ese momento en la cura, permitía inferir que una actitud crítica cuidadosamente reprimida por parte de la paciente con respecto a su amado y venerado padre no era ajena a la producción del sueño.

Continuando con sus ocurrencias, aparentemente cada vez más alejadas del sueño, la paciente comentó que en la víspera había participado de una conversación sobre psicología, en la que uno de sus parientes había afirmado que: “El hombre primitivo (Urmensch) alienta todavía en todos nosotros”. Esta frase le ofrece un inigualable material para devolverlo a la vida: haciéndolo anunciar en el sueño los cuartos de hora que faltan para el almuerzo consigue transformarlo en el hombre de las horas (Uhrmensch).
Freud se vale este sueño como ilustración del proceso de elaboración del contenido manifiesto a partir de las ideas latentes. Un comentario indiferente del día anterior (resto diurno) es vaciado de su contenido original para hacer posible la transferencia de un contenido diferente. Bajo el disfraz de “hombre de las horas”, el padre asume el protagonismo de la frase y, por esta vía singular, alcanza la resurrección.
Asimismo, quedan demostrados en forma elocuente sus postulados sobre el trabajo del sueño tal como los introdujera en “La interpretación de los sueños”: el sueño es un acertijo en imágenes, un rebus; un acertijo donde la imagen debe tomarse en su estricto valor de letra.

Todo sueño, subrayamos al comienzo, se instituye como tal en el registro del significante. Resucitar al padre es, sin duda, un ferviente anhelo de la paciente; pero, como todo anhelo, se corresponde con la instancia que Freud establece como preconciente. Si lo central del sueño es su elaboración, lo es en la medida en que esa labor está al servicio del reconocimiento del deseo inconsciente. Y lo reprimido en este sueño, si seguimos a Freud, está ligado a la posición crítica que introduce.
El enunciado del sueño participa del equívoco dando lugar a una operación de lectura, diferente de lo que pretendía significar. Y, en la medida en que la letra funciona como litoral entre el saber significante y el goce del objeto, se abre la pregunta acerca del goce que esa letra bordea.

Merodear lo real: Para reencontrarse como deseante, la joven precisa poner en falta al Otro. Su sueño le señala un peligro: la vigencia de ese padre primitivo que obra según su capricho; en otras palabras, la persistencia del Otro como lugar de goce. “Como el hombre primitivo (Urmensch), mi padre, en tanto hombre de las horas (Uhrmensch), vive aún entre nosotros”: el juego significante remite a otro, donde lo que se juega es un ejercicio de goce; un juego en el que el sujeto sólo se producirá como corte.
Sostenerse en el lugar de la verdad es del orden de lo imposible. El verdadero legado de un padre consiste en estar dispuesto a dejarse caer de la verdad. Hay cosas que un padre debe ignorar. Orientado a buscar su goce en una mujer, se reconoce él mismo como castrado y puede, entonces, funcionar como agente eficaz de la castración dando lugar a la causa de la división del sujeto.
La paciente de Freud, como cualquiera de nosotros, sueña en nombre de ese objeto que es causa de su deseo. Su sueño recorta la encrucijada fantasmática que el trabajo de duelo está encaminado a resolver. Una encrucijada que le advierte que, de no mediar la eficacia de un trazo liberador, podría quedar retenida en un lugar sacrificial.
El sueño va precisamente en la dirección del reconocimiento de ese trazo. Opera, así, como reclamo del corte que la ponga a resguardo de ese padre legislador del tiempo, permitiéndole abrir la puerta al goce de su ser.
 
 
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