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   Acoso escolar

Jóvenes violentos o Violencias en jóvenes
  Por Patricio  Krotsch
   
 
Es muy sencillo desviar la problemática de la violencia a una cuestión individual o propia de un sector social. Esto funciona para los “otros”, los no violentos, creando una entidad tranquilizadora en el sentido de la alteridad de la demarcación de un objeto (sujeto) externo que da temor pero exime de la responsabilidad que les compete como sujeto social. Se actúa así coherentemente con una visión positivista arcaica pero todavía funcional a nuestra cultura y sistemas de poder.
“No encontramos el espectro justo de los nombres de la violencia, y sin embargo, necesitamos nombrarla, identificarla en su capilaridad, su multiplicación, su exuberancia y su inminencia, capaz de privar a nuestra vida de toda capacidad para dar cabida serenamente, sin miedo, a lo otro, a lo ajeno, a lo que adviene. Acumulamos nombres y descripciones en los que se confunde el dolor impuesto como condición de vida a la inmensa población de nuestro continente y la impregnación capilar de la violencia en todo el tejido social”.1

Aunque la fragmentación social es cada vez más marcada, las barreras geográficas pueden ser más laxas. En determinadas zonas coexiste el barrio (villa) y el barrio (privado). Para ambos el acceso cruzado está vedado, a unos por temor y prejuicio, a otros por segregación (salvo que se los convoque a realizar un trabajo, “un servicio”). Podemos, en este punto tomar el término “privado” preguntándonos quién es el que priva a quién. Entramos así, en una cuestión especular sin salida y en una escalada de violencias sin fin.

Para ejemplificar, una modalidad de circulación urbana nos muestra claramente la escalada de violencia. Allí se torna gráfica y fácilmente visible lo que veníamos planteando si nos detenemos y focalizamos en la manera en que se establece la dinámica de peatones y autos de una conocida zona del Gran Buenos Aires. Los autos circulan a gran velocidad para no ser robados y los peatones los esquivan para no ser arrollados. Ambos se temen, (“corré porque te roban”, “corré porque te pisan”). Lo paradójico es el relato que también circula sobre la modalidad de asalto que resulta del fingir ser arrollado para asaltar.

La exclusión se muestra cada vez más crudamente, las barreras y las distancias cada vez más marcadas. Las disimetrías sociales se replican también en los ámbitos en los que intervienen distintas disciplinas y profesionales, en el sector salud, educativo, etc. También se reproducen con frecuencia en este encuentro manifestaciones de violencia y distancia, en ocasiones de manera directa, en otras de manera más sutil pero no por solapadas de menor peso.
“Me presento en un primer encuentro con alumnos de los dos últimos años de la secundaria, entre 15 y 17 años:
—Yo soy Zulma… a partir de hoy vamos a compartir dos horas semanales, en las que vamos a aprender muchas cosas juntos, yo les voy a brindar un conocimiento que ustedes necesitan y yo aprenderé otras de ustedes.
Automáticamente, una alumna me dice:
¿Profesora, puedo hacerle una pregunta? –yo contesto que sí, por supuesto. —¿Usted, qué aprende de nosotros? –respondo:
—Un profesor siempre aprende mucho de sus alumnos, y esto suma al conocimiento que tengo como profesora. Los modos de relacionarse, las palabras, en fin, muchas cosas aprendemos todos, además sin ustedes yo no podría enseñar como profesora…
La alumna me dice:
Usted dice eso porque otros profesores dicen yo no estoy acá para hablar con ustedes ya soy profesor, ustedes no van a llegar más que a esto…”2 (¿Será que no se les atribuye ni voz ni futuro?).
¿Intervenir? ¿Sobre qué y desde dónde? En la forma misma en que se nos presenta la interrogación sobre la problemática se nos hace patente la necesidad que nos atraviesa culturalmente de plantearnos una alteridad, de tomar distancia, para desde allí ver con un lente instruido y certero lo que se nos presenta. Frente a lo no seguro, lo ajeno, lo diferente, la distancia nos resguarda del temor a confundirnos de perder “objetividad” de ser sujetos, en definitiva mirar la vida sin la vida.
Una forma de superar o disminuir las disimetrías cuando se trabaja con sujetos o poblaciones que se encuentran en los márgenes, es el intento de cuestionar y modificar la postura profesional que se sostiene en el poder-saber y que se desprende de la diferencia de clase y en la asimetría del poder que no solo otorga lo económico, el capital económico, sino también la amplitud de la red de relaciones sociales, es decir en términos de Pierre Bourdieu el “capital social” así como el ropaje disciplinar. (Distancia y violencia).

Si bien en buena hora se adoptan prácticas interdisciplinarias como un modo superador de encarar las problemáticas de violencia surgidas en diversos ámbitos, difícilmente nos animamos a quitarnos nuestro ropaje disciplinar aminorando las disimetrías. Planteo en este sentido la noción de inter saberes recuperando y remarcando la importancia del saber no convencional, propio de un sujeto o una comunidad sobre las problemáticas que le son propias.
El otro tiene algo para decirnos y es solamente en el intercambio, en el vínculo de una experiencia singular que puede haber un enriquecimiento mutuo, de acercamiento. ¿Cómo podría darse este acercamiento si no nos interesa quién es, cómo vive, qué espera de nosotros? ¿Cómo podría establecerse esta relación sin una mirada amable, desprejuiciada?

“Sala de profesores: —Ah, vos vas a tener a Fulanito… Sultano y Mengano, son lo peor de la escuela”. La profesora que ingresa ya tiene un preconcepto sobre esos niños o adolescentes, entra a clase mirando de manera sesgada y negativamente, también piensa y ubica “Ah… sos vos uno de esos niños…”3

“La violencia no es ni una propiedad dada ni una forma de relacionarse intrínseca de determinados individuos o grupos, sino que es una cualidad asociada a determinadas condiciones de producción materiales, simbólicas e institucionales”4
Alrededor de este tema y pensando en experiencias de trabajo en los barrios con sujetos y problemáticas complejas, es que me pregunto por el fracaso de intervenciones de excelentes profesionales y equipos muy bien formados. La respuesta en el contexto de las violencias se plantea de la mano del lugar del profesional en espacios en que sólo esta palabra provoca una distancia, una brecha, un atrincheramiento en las diferencias. Se crea un abismo agresivo que dificulta la relación, se vive la mirada del profesional, por bien intencionada que sea, como intimidante, poderosa e hiriente; en definitiva, violenta. Ridiculizando esta situación, en el programa El Chapulín colorado aparece un personaje que reclama “Dígame Licenciado”.

Se suele nombrar generalmente a los profesionales con el título de “doctor”, se les atribuye el saber de lo que pasa y sólo hay que sentarse a esperar el veredicto. En estos ámbitos uno se ve tentado a ocupar este lugar y no como sujeto supuesto saber sino como “El Saber”. Desde este lugar no hay posibilidad de implementar un posicionamiento profesional coherente con el psicoanálisis. Es necesario romper con ciertos encuadres, mostrarse (con convicción) más llanos, personas de carne y hueso, caminar el barrio para conocerlo, sin preconceptos y con sus particularidades. En definitiva, permitirnos armar vínculos Persona-Persona.
“Los adolescentes y jóvenes hoy se ven limitados objetivamente en la fabricación de una representación simbólica sobre su futuro. La falta de proyección a futuro atraviesa a todos los alumnos, aunque diferencialmente, según sea su origen social de pertenencia.”5
El trabajo con jóvenes en los márgenes, es un trabajo arduo en el que el profesional titubea y se muestra indisciplinado con su propia disciplina, sobre todo asume una actitud crítica con respecto a sus juicios y prejuicios. Una constante búsqueda de riqueza en el otro, una apuesta, un posicionamiento de escucha y mirada superadora frente a la crudeza de las problemáticas que se presentan. Pone de esta manera en juego su subjetividad, su propia historia. Dicha tarea se torna un imposible si no es mediante el ofrecer un alojamiento, en el propio deseo.
_________________
1. Raymundo Mier, “La violencia. Una reflexión sobre la memoria y el testimonio en América Latina”, AAVV, “Frente al silencio, Testimonio de la violencia en Latinoamérica”, Ed. Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Ed. Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia, México D.F., 1999, pag358.
2. Almirón Zulma (profesora, orientadora educacional). Viñeta de jornada de trabajo Docente en Escuela secundaria en la zona de la Matanza, Buenos Aires, Argentina.
3. Almirón Zulma, Ibíd.
4. Kaplan Carina V. (Dir.), “Violencia escolar bajo sospecha”, Ed. Miño y Dávila, Bs. As, 2009, pág. 14.
5. Ibíd., pág. 17.
 
 
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