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   Acoso escolar

Violencia escolar. “Cuando el niño nos sobra”
  Por Miriam Mazover
   
 
“Si te falta el amor, no hay agua ni fuego que alcancen para seguir viviendo”.*

Desde la investigación inter y multidisciplinaria nos preguntamos por qué la escuela es escenario de tantas manifestaciones violentas, que incluso condujeron a acuñar una nueva denominación que describa el fenómeno: violencia escolar. Porque esta pregunta acucia y excede el delimitado espacio del aula, la hacemos propia bajo el marco del psicoanálisis y procuramos hacer algún aporte que contribuya a encontrar posibles salidas.
Hallarlas implica hacerse cargo de la problemática, cada uno desde la función que le compete, y debido a que el fenómeno se manifiesta en niños y adolescentes se torna necesario repensar aquellas nociones que están en el fundamento de la estructuración del sujeto como así también los tiempos de su constitución, los que atraviesan la niñez, la pubertad y la adolescencia.
Tiempos que recorremos cronológicamente los seres humanos y que atravesados por su lógica y operatorias precipitan, a la salida de la adolescencia, la configuración de la estructura psíquica.

Si insistimos en esta referencia (inevitable) es que tenemos la convicción que ante cualquier suceso seremos más eficaces si buscamos entender sus causas que si solo analizamos sus efectos, máxime si ya se pasó al acto.
Nuestro punto de partida es el siguiente: entendemos que la violencia en las escuelas es la puesta en escena, la manifestación en acto de la violencia social que experimentamos en conjunto como comunidad, mostración calamitosa de la inequidad de oportunidades para el crecimiento humano como del persistente abandono de un Estado que no toma la decisión de proteger los derechos del infante a la nutrición, la vivienda, la salud, y tantas cuestiones concomitantes.
En esta misma línea, creemos, resulta justo resaltar que como sociedad nos atraviesa una indiferencia que en muchas ocasiones toma la versión de acostumbramiento resignado sobre estas realidades. Renegación que adopta, luego, las peculiares características del malestar de nuestra época.

Entretanto, sobresale en la actualidad la caída en picada de la institución familiar. Ella cumple en la configuración del sujeto una función primordial. Por este motivo, el precio que pagamos es alarmante. Lo testimonia nuestra praxis cotidiana desde el déficit subjetivo en la inscripción del límite hasta su propia ausencia. La prohibición, esa que apunta al campo pulsional, se vuelve refractaria y como contracara surge el “todo vale” o, en su idéntica versión, el “nada vale”.
A la institución familiar le sigue, en la serie, la educativa. Altísimo valor adquiere su sello exogámico en la constitución subjetiva. A ella le es propio el potencial de generar el lazo con el semejante, a través de derechos y obligaciones, función que excede los contenidos curriculares.
A la institución educativa también le cabe impartir valores individuales y colectivos. Preciosa conjunción que abre las puertas de la libertad versus la esclavitud. No por nada a los esclavos norteamericanos se les prohibía aprender y se ultimaba a quienes pretendían enseñarles. Como es esperable, los establecimientos educativos, desde todos los sectores, están atravesados por la misma coordenadas que antes nombrábamos, ya que es imposible que no se encuentre horadada por la subjetividad de nuestra época.

De ahí que sea imposible abordar tales problemáticas si no se cuenta con equipos inter y multidisciplinarios (psicopedagogos, licenciados en ciencias de la educación, psicólogos, fonoaudiólogos, trabajadores sociales, sociólogos, médicos, profesionales del derecho, etc.) que trabajen junto a los docentes y directivos en el día a día y, obviamente, con los alumnos, la familia y su entorno.
Es tarea de todos enfrentar dichas situaciones, bajo la función que ejerzamos y las responsabilidades que de ella emanen, desde el momento que observamos los primeros signos, y no esperar los hechos consumados.
Pero para poder trabajar de este modo los establecimientos educativos se topan con un real muy complejo y contundente. De hecho, solo el 25% de los alumnos tiene un seguimiento psicopedagógico y las escuelas con EOE (donde en casos excepcionales hay psicólogos) no supera el 30%”.
Actuar sobre las consecuencias es remendar, dañar al niño, púber o adolescente, sumirlo en una desprotección que coarta un normativo decurso y estructuración. Como resultado, cabe destacar que se manifiesten psicopatologías de la subjetividad, que en la mayoría de los casos son graves.
Nos preguntamos qué podemos pensar en esta conyuntura actual, intervalo que se convierte al analizarlo en un que-hacer en el sentido de ocupación y tarea. Porque los tiempos de la estructuración humana no marchan con la lentitud de los dictámenes ministeriales.

Proponemos, como al comienzo planteábamos, repensar las nociones que dan soporte a la estructuración del sujeto humano. En primer lugar, el concepto de donación de amor, y del porqué afirmamos que la legalidad a él le compete.
Un ser viviente se convierte en un sujeto en el sentido estricto del término, si y solo si recibe amor en sus tiempos fundantes –la niñez, la pubertad y la adolescencia–. Para recibir amor, el niño, púber o adolescente debe representarnos algo valioso, debe “hacernos falta”, y solo así podrá brotar el don de amor que seremos capaces de transmitir.
Para quienes lo trasmiten, el don de amor resulta una cesión que vehiculiza una legalidad, en tanto marca lo que se debe y no se debe hacer, lo que se puede y no se puede hacer, pero no como imperativo moral sino como condición ética: si amo debo respetarlo, ampararlo, escucharlo, dignificarlo; no debo avasallarlo, humillarlo, maltratarlo.
Para quienes lo reciben, significará tener en su haber una incomparable potencia que interviene activamente en la construcción del cuerpo y de una subjetividad desde una dimensión normativa. Acontecimiento fundamental para la estructura psíquica porque el sujeto normativamente constituido lo es por haber incorporado la ley.

Ahora, cuando el niño no nos representa algo valioso, cuando no nos hace falta, se transforma en un “sobrante”. Y lo puedo ser para la familia, porque no le pueda proveer desde el alimento hasta el amparo amoroso, el Estado que no toma la decisión política de protegerlo, según su derecho constitucional, el medio porque le resulta molesto, el colegio porque le representa un trastorno.
Sabemos, incluso, cuántos son los niños que muchas veces “sobran” para todos estos estamentos. Como sea, cuando nos representa un excedente le transmitimos, bajo cualquier modalidad, lo apuesto al amor: la agresividad, el odio, el rechazo. Si “sobra” no puede ser amado, porque solo podemos amar a quien nos significa la falta. Bajo ese rechazo, ese desamor, no le permitimos internalizar la ley.
Ante el desfallecimiento del marco normativo, el niño o adolescente insistirá en su necesidad de inscribirlo, pero de la peor manera, como proveniente del Otro social. Procurará no perder para sí la condición que podrá fundarlo como futuro sujeto.

La transgresión, que por lo pronto acarrea una sanción derivada de una legalidad, se vuelve moneda corriente. En la mayoría de los casos vemos la puesta en acto, muchas veces desesperada y urgida de hacer registro de lo antedicho, porque haciéndose sancionar se subjetiva. A este movimiento lo conceptualizamos como “respuesta tentativa de subjetivación”. Deshilvanada, frágil y en tantas ocasiones fallida. De ahí que en el aula o en la calle nos encontremos con la “conducta violenta estragante” (los golpes, la actitud desafiante, pendenciera, el arma que amenaza o mata).

Cuando decimos “respuesta tentativa de subjetivación” no hablamos de una persona que es conciente de lo que hace, aunque esto no la exime de su responsabilidad. Lo hace (aunque no lo sepa) porque está ligado, insoslayablemente, a las leyes de la estructura psíquica y ellas reclaman que la ley se inscriba. Y somos nosotros, los adultos, quienes tenemos el deber ético y moral de crear las condiciones para que este acontecimiento se efectivice.
Sea cual sea la función que ejerzamos, brindamos amor cuando nos conectamos con la dimensión cualitativa, subjetiva de un individuo. En la escuela esto se traduce por tener el registro del niño –cómo está, qué le pasa–, haciendo uso de aquello que nos define como humanos: la palabra, acompañada del gesto amoroso.

El registro cuantitativo solo recoge los aprendizajes. Por eso, si apostamos a conseguir algún efecto auténtico debemos direccionar hacia la dimensión subjetiva, no meramente a la cuantificación de conocimientos.
Por razones que aluden a la subjetividad, en los tiempos instituyentes un ser humano no puede estar ni sentirse solo. Si el alumno sabe que su subjetividad es abordada con amor y legalidad, inmediatamente registrará que el adulto “no las tiene ni se las sabe todas”, que necesita de él y de su entorno más primario para poder ayudarlo.
Comienza, así, otro tipo de abordaje, que requiere de sucesivas repeticiones para inscribirse. Se abre una gran posibilidad de producir efectos genuinos como la pacificación de los vínculos entre autoridades, maestros, alumnos, el reconocimiento de la diferencia y la legitimidad de los encuadres.

Asimismo, al advertir que no está solo, que lo escuchamos y acompañamos, propiciamos un espacio para que el alumno hable de “las razones” de una u otra transgresión, al mismo tiempo que se genera una mayor disposición a entender las causas que motivan, desde el adulto, alguna sanción.
Proponemos para estos tiempos tan complejos a la humildad como instancia que nos facilite a los profesionales la predisposición al trabajo interdisciplinario y al tesón como pieza fundamental para sostener entre nosotros, los adultos, el poder.
Pensar por sobre los saberes instituidos, el analizar los hechos desde los fundamentos de la subjetividad. El tratar de entendernos y extraer conclusiones. Para finalmente obrar con lo inmediato sin perder el horizonte de lo mediato.
Sabemos que las circunstancias apremian, pero si apostamos a una labor conjunta es porque pensamos que el niño no puede solo, nosotros tampoco. Él debe internalizar la ley para que más tarde, llegado su momento y con plena responsabilidad, enlace sus actos a una ética para consigo mismo y sus semejantes.
Entendemos y por qué no reiterarlo una vez más, que este obrar necesita de muchos, como muchos somos lo que deseamos que sea un obrar responsable, delicado y respetuoso de las diferencias que como sujeto nos habitan. Un obrar que apunte entonces a extraer lo mejor de la condición humana.
_______________
* Texto escrito en el mural de homenaje por los alumnos de la escuela Islas Malvinas de Carmen de Patagones, con motivo de cumplirse el primer aniversario de la muerte de tres de sus compañeros en los trágicos sucesos de septiembre de 2004.
 
 
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