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   Acoso escolar

BULLYING: el riesgo de los nombres impropios
  Por Juan Vasen
   
 
“Fallaste perdedor!!!”
Esteban, 5 años

Hace poco tuve la oportunidad de participar de un programa de TV preocupado por nuestros escolares. Enfocaba el tema desde el título “Problemas del aprendizaje”. Lo que concentraba la interrogación en ¿por qué un chico no aprende? ¿Por qué no atiende? Muy diferentes actores y preguntas podrían haber sido convocadas si el eje del programa hubieran sido los “Problemas de la escolarización”. Allí sí hubieran sido pertinentes las preguntas sobre los padres, la escuela, los maestros, la sociedad, la época.

Cuando empleamos un nombre creemos establecer una suerte de soberanía epistémica en un campo determinado del saber, pero en rigor terminamos colocando la tienda en un campo que dista de ser virginal. Algo que también ocurre con el llamado bullying. Como “especialistas” nombramos entidades que parecen recién nacidas sin apreciar que al introducirnos en un campo idiomáticamente extranjero quedamos condicionados por derivas de significaciones que muchas veces nos dejan precisamente a la deriva. Y lejos de nuestras pretensiones soberanas terminamos, como algunos coleccionistas maniáticos, siendo empleados de nuestras propias colecciones de nombres.
Porque de colecciones se trata. De acontecimientos de maltrato en las escuelas que terminan organizados en una serie. Casi siempre mediática. Lo que implica generar y difundir agrupamientos en base a rasgos comunes. ¿Qué se prioriza al llamar bullying a escenas y situaciones de maltrato entre pares que ocurren en las escuelas? En primer lugar una regionalización. Levantamos fronteras entre ese maltrato escolar y otros muchos múltiples maltratos cotidianos. Levantamos una especificidad con caracteres feudales en la que algunos árboles nos hacen perder de vista el bosque. Un bosque de lazos sociales donde el maltrato, el abuso de poder y la discriminación y la segregación son la moneda más corriente. Y donde los gestos dignos que los confronten escasean. Véase si no lo excepcional que resulta la valiente firmeza del presidente de un club de futbol ante el bullying de sus “barras bravas”.

La ilusión de estar ante mundos inconexos como si los habitantes del “planeta escuela” o el “planeta jóvenes” fueran una suerte de extraterrestres abona otra: la de lograr intervenciones técnicas, acotadas y asépticas acordes con cada territorio. El ejemplo de Santiago, el chico que se suicida luego de ser maltratado en la escuela, desmiente esta posibilidad ¿O acaso el problema puede ser desligado de la existencia de un arma de fuego de su abuelo en su casa? ¿Qué hacía esa arma allí, cargada, a su alcance? ¿A qué razones (extraescolares, sin duda) se debe que haya un arma en un cajón al alcance de un niño? Y que de ello derive la transformación de un drama en una tragedia.
Pero no sólo descontextuamos los campos, también los tiempos. Esto se expresa en que “eso existió siempre”. A lo sumo se introduce la temporalidad haciéndola recaer sobre uno de los planetas. Por ejemplo “nunca los niños y jóvenes o la escuela fueron tan violentos como hoy día”.

La temporalidad es mucho más que eso. En el último acto del Zoo de Cristal de Tennessee Williams uno de los personajes dice: “La mayor distancia entre dos puntos… es el tiempo”. El tiempo ha modificado todo en los últimos 30 años, digamos.
Sólo cabe señalar acá algunos factores cuya densidad merece un desarrollo especial.1 El desplazamiento de las obsesivas normativas religiosas y estatales por la histerificada religión del consumo ha ido desplazando al hijo, alumno súbdito y futuro ciudadano por el consumidor cliente del presente. El Ideal del Yo que nos convocaba a futuro ha cedido el lugar al Yo Ideal del “no se lo que quiero, pero lo quiero ya”. La urgencia es hija de la caída de viejos ideales y de la pérdida de los viejos nortes. ¿Qué hay a cambio? Una tecnología y una publicidad que bombardean con imágenes y esloganes que glorifican el poder adquisitivo y discriminan a quienes no acceden a bienes y servicios, que pasan a ser fetiches que nos representan. Si antes, durante la pasada primacía ciudadana era el DNI quien decía quienes somos, ahora los celulares y las zapatillas han tomado a su cargo esa representación. Dicen quiénes somos. En buena parte es por eso que los roban tanto.

El saber, otrora investido de padres y maestros, ha perdido valía a ojos de las nuevas generaciones. Y los videojuegos que hacen de la violencia la sustancia principal del entretenimiento entrenan a nuestros chicos en reducir al semejante a una figura sin densidad humana. El terror a la exclusión social, al fracaso, representado por el lugar del “perdedor” cargan las mochilas de alumnos exhaustos con armas para conjurar tamaño fantasma. Y los chicos de hoy parecen agotados combatientes tan cargados de municiones que no logran salir de sus trincheras.
Sus padres ya no cuentan con representaciones de parentalidad que los sostengan consistentemente para ensayar respuestas y los maestros ven cuestionado su lugar ante niños que se resisten a situarse como alumnos y los desconocen como figuras de autoridad.2 Cunde el desconcierto.

La mediatización real y lúdica de la violencia, la pérdida de investidura de la palabra de padres y maestros, la difuminación de reglas que normalizaban lazos y acotaban desigualdades, la desventaja del ciudadano frente al consumidor, la presión exitista que hace esperar que un niño esté en condiciones de acceder a la lectoescritura a los 4 y no a los 5 años como antes, acelera. La transformación de lo íntimo o reservado en público y espectacularizado multiplican y amplían las miserias cotidianas. Entonces el acoso patotero y denigrador adquiere el carácter de una humillación a escala planetaria.
Comprender lo que ocurre hoy implica deslocalizar el problema de la escuela o los jóvenes, aunque sea allí donde debamos intervenir. Implica que los padres asumamos críticamente las dificultades para hacer pie en un suelo de época que se mueve bajo nuestros pies. Implica reconocer que a veces eso nos sume en una impotencia que pretende ser neutralizada con dureza en lugar de ser afrontada con firmeza. Implica que la escuela se haga responsable y partícipe de lo que en su seno ocurre ya que la competencia feroz o el elitismo son esteroides para desarrollo muscular del maltrato.

Implica que reveamos qué filtros y rituales es posible reconstituir en un “hogar nido” que ha quedado, cual Kosovo, en ruinas bajo el bombardeo mediático. Ello evitará, en alguna medida atajos como la satanización (“manzanas podridas”), la patologización (categorizando como biológicamente impulsivos) y la medicalización (“para que ser padres sea más facil: Ritalina” decía un cartel en Los Angeles) de un fenómeno que trasciende la infancia y la escuela.
Implica, al revés que regionalizar, establecer conexiones y alianzas donde pareciera que los puentes se han roto. Por ejemplo la alianza entre padres y maestros, responsables a cargo y socios naturales ha cedido lugar a una alianza endogámica donde los padres suelen defender a ultranza a sus productos amenazados por las nuevas reglas extrafamiliares que la escuela propone. Ese baluarte está representado por una anécdota en la que una mamá esperaba sentada con su hijo de ya 11 años –y algunas muestras de su recién nacida adolescencia– a las puertas del despacho de la directora frente a una previsible sanción para el cachorro. Casi al oído esta madre le deja en claro las cosas a su hijo diciéndole: -“Ya me va a escuchar la c……. esta”.

Sin duda la escuela y sus personeros no están exentos de rigideces y autoritarismos. Pero se requiere una alianza estratégica entre adultos para abrir caminos a la socialización de las crías. Y abrir espacios de mediación para estos conflictos.3
Tremendo desafío ante el que a veces nos derrota la nostalgia de supuestos “buenos viejos tiempos” donde las oposiciones bueno-malo, niño-adulto, padre-madre eran, supuestamente, tan claras4. Tal vez nos ayude Borges a enfrentar este reto cuando dice de un personaje: “Vivió una época muy difícil. Como todas”.
______________________
1. Vasen Juan: Las Certezas Perdidas. Padres y maestros ante los desafíos del presente (Paidós, Bs. As. 2008) y Una Nueva Epidemia de Nombres Impropios: el DSM5 invade la infancia en la clínica y las aulas (Noveduc, Bs. As. 2011).
2. Albónico, Graciela: “Los vacíos de la familia y la escuela en los aprendizajes sociales”. Revista Novedades Educativas 254. Bs. As. Febrero 2012.
3. Osorio Fernando: “La cultura del acoso entre pares”. Revista Novedades Educativas 254. (Bs. As. Febrero 2012).
4. Rodulfo Ricardo: Padres e Hijos. (Paidós. Bs. As. 2012).
 
 
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