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   Acoso escolar

El acoso escolar: una epidemia silenciosa
  Por Luis Kancyper
   
 
En los últimos tiempos, la prensa ha difundido reiteradamente penosos casos de un fenómeno que en el mundo es denominado bullying (término que proviene del inglés “bull” que significa toro, es decir que se lo podría traducir como torear) no es otra cosa que violencia escolar expresada en diversas modalidades, como acoso, asedio, hostigamiento, persecución, amenaza, insultos, golpizas y aun formas más sofisticadas, como campañas insidiosas por vía informática, practicadas por una persona o un grupo de personas contra víctimas indefensas.

El acoso escolar es un fenómeno de alta complejidad. Consiste en la intimidación entre pares, va de las bromas a la marginación o incluso el abuso con connotaciones sexuales o agresiones físicas. La relación entre pares es determinante en la socialización y el aprendizaje. Sin embargo, a veces configura un juego perverso de dominio-sumisión. En las conductas de acoso se incluyen variables familiares, sociales y escolares.
Todos coinciden en que esta problemática no puede esperar y que resulta imperiosa la necesidad de un tratamiento multidisciplinario que dé respuesta y a la vez prevenga las conductas de hostigamiento en el colegio.
¿Cómo abordar entonces desde el corpus teórico del psicoanálisis la comprensión de la dimensión inconsciente que subyace ejerciendo sus efectos en el acoso escolar y articularla con un tratamiento interdisciplinario capaz de abordar la complejidad del fenómeno?
Focalizaré este escrito en dos temas específicos que considero esenciales para acceder a una aproximación psicodinámica del bullying: a) el lugar de la amistad y b) el poder de las comparaciones: estímulo u obstáculo en la adolescencia.

Amistad en la adolescencia. El tema de la amistad ha sido escasamente profundizado en la teoría y clínica psicoanalíticas a pesar de que ejerce una función primordial durante todas las etapas de la vida, pero fundamentalmente durante la adolescencia y senescencia, porque posibilita el desasimiento del abuso del poder vertical y las relaciones de dominio ejercidos por los padres e hijos. En la amistad prevalecen, sobre todo, los vínculos de ternura y de correspondencia que establecen lazos particularmente fijos entre los seres humanos.

La amistad es lo contrario a la no consideración del otro, a negarle su existencia, a su nadificación, a la omisión de su presencia como acontece precisamente en el acoso escolar, en el que se mortifica y socava hasta llegar al suicidio los cimientos sobre los que se erige el Selbstgefúhl (Freud, 1914), el sentimiento de la propia dignidad del hostigado.
Para Agamben (2005), la amistad se inscribe en una categoría particular. Tiene un rango ontológico porque lo que está en cuestión en la amistad concierne a la misma experiencia. La misma sensación de ser. La sensación de ser, está de hecho siempre re-partida y com-partida, y la amistad nombra ese compartir. El amigo es, por esto, otro sí, un alter ego que aporta el con-sentimiento de sentirse uno existir y vivir. Pero entonces también por el amigo se deberá con-sentir que él existe y esto adviene en el convivir y en tener en común acciones y pensamientos.

Scavino (1999) pone en evidencia la función social que puede ejercer la amistad para contrarrestar el poder “panóptico” detentado por los amos que intentan negar y suprimir la solidaridad y la cooperación estrechas entre los miembros de una sociedad.
En mi opinión, la amistad es una relación de hermandad elegida, no impuesta por lazos consanguíneos, en la que se desactivan y se ponen en suspenso los deseos edípicos y fraternos puestos en movimiento por la aspiración fálica de alcanzar a ser el heredero único y el preferido hijo de un padre-madre-Dios. En la amistad se establecen relaciones de objeto exogámicas, aunque con facilidad pueden volver a filtrarse con las conflictivas narcisistas y parentales. En ella, los lazos consanguíneos son reemplazados por lazos sublimatorios (Kancyper, 2007).

Es en la amistad donde se desactivan, en gran medida, las relaciones de poder. Éstas impiden su surgimiento y su preservación.
Pregunta Nietzsche: ¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo. ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos. En la misma línea afirma S. Weil “Cuando alguien desea subordinar a un ser humano o subordinarse a él, no hay traza de amistad”.

No hay amistad sino cuando se respeta el derecho a la recíproca autonomía de lo distinto en uno mismo y en el otro y cuando esa distancia entre los sujetos se admite y conserva. Precisamente una ineptitud para el establecimiento de la amistad podría traducir una resistencia del narcisismo, como también una defensa contra la moción de la libido homosexual.
Dice el poeta Arturo Serrano Plaja: “Por amistad quiero decir descanso, acogedor albergue, hospedería, burladero interino de la lucha”. El burladero es una valla que se pone delante de las barreras de las plazas y corrales de toros, separada de ellas lo suficiente para que pueda refugiarse el lidiador burlando al toro que lo persigue. La amistad opera en ese mismo sentido en las tres dimensiones: intrasubjetiva, intersubjetiva y transubjetiva como un refugio y un descanso, que preserva al sujeto de las embestidas originadas en las realidades psíquica y externa y constituye a la vez un potente antídoto contra el surgimiento de la intolerancia y el fanatismo.
En cambio en el acoso escolar, el victimario se posiciona justamente en las antípodas de un amigo confiable y aliado: ocupa el sitio de un enemigo acérrimo, y a través del despliegue de diversas comparaciones patogénicas deflexiona su crueldad y sadismo sobre un otro investido desde él en el lugar de la víctima.

El poder de las comparaciones:
estímulo u obstáculo. El saber popular afirma: “Todas las comparaciones son odiosas, pero algunas son más odiosas que otras”. Y sin embargo otras no lo son, resultan ser al contrario elocuentemente necesarias pues durante el acto mismo de la comparación, es decir, del cotejo y confrontación de lo semejante, de lo diferente y de lo complementario con un otro, se promueve una ganancia en la configuración y consolidación de la identidad propia y ajena.
Considero que el tema de las comparaciones puede operar como un elemento clave y como un detalle valioso en la caja de herramientas conceptuales para abordar el tema del acoso escolar. Clave (cuya etimología en latín significa “llave”) y también detalle, porque pone de relieve el estilo del ser, su sustancialidad y su autovaloración.

La comparaciones se presentifican en todas las etapas de la vida y suelen resignificarse de un modo muy elocuente durante la adolescencia, llegando al extremo de originar situaciones de acoso y violencia.
En primer término diferencio las comparaciones estructurantes de las patogénicas.
Estas últimas ponen de manifiesto la encubierta vulnerabilidad de una identidad que ha sido insuficientemente consolidada y que además se sostiene con precariedad y con agresión, a partir de la “fabricación” de un otro al que se lo inviste en el lugar de un rival peligroso, del cual hay que salvarse y al que entonces se lo requiere combatir, a través de: la denigración y triunfo (comparación maníaca), idealización y sometimiento, (comparación masoquista), ofensa y contraataque (comparación paranoide), control omnipotente y sofocación (comparación obsesiva) o seducción y retaliación (comparación histérica).

Las comparaciones estructurantes, a diferencia de las comparaciones tanáticas patogénicas, se hallan comandadas por Eros, pues garantizan la presencia de la diferenciación y pluralidad entre los diferentes elementos cotejados. Además posibilitan al sujeto desplegar su inalienable derecho para el ejercicio pleno de una libre elección y se hallan signadas por la lógica de la tolerancia que posibilita el registro y la aceptación del otro, como un otro diferente.
La respuesta del sujeto a las comparaciones tiene lugar sobre la base de sus pulsiones, de la forma en que están imbricadas, del hecho de que entre éstas prevalezca Eros o Tánatos. Cuando prevalece este último sobre Eros, el cotejo de lo diferente y de lo complementario es reemplazado por el acto intolerante de la provocación, que al generar un desafío hostil, impide al sujeto y al otro instalarse en sí mismos y detiene a ambos en sus posibilidades de evolución.
Así podemos ver que en la comparación masoquista, el sujeto sobrevalora al otro y lo inviste como un modelo idealizado al servicio de acrecentar precisamente su megalomanía negativa: “yo, cuando me comparo, soy el peor de todo y de todos”. A través de esta comparación compulsiva, satisface el deseo de revolver en la llaga de su autodesvalorización hasta convertirse en el “atormentador de sí mismo” (Terencio).

En efecto, la sobreestimación de lo negativo propio desencadena en el sujeto masoquista sentimientos de: culpabilidad, vergüenza y autocondena y éstos reaniman el despliegue de la fantasía de “Pegan a un niño” (Freud, 1919).
En estos casos considero importante tomar en cuenta en qué medida la víctima posicionada por su propia historia en un lugar masoquista de insignificancia, pueda llegar a provocar activamente que lo martiricen y excluyan, “fabricando entonces a otros victimarios con vocación” para ser pegado y humillado física y moralmente. De ese modo satisface su necesidad inconsciente de sufrimiento. Al mismo tiempo que la vergüenza y el miedo a la retaliación de los pares, pueden llegar a silenciar y encubrir las vejaciones del acosado, llegando al extremo del suicidio. A su vez el victimario suele ubicarse en la relación dominante durante el acoso escolar en el sitio de un amo detentor de un poder soberbio desplegado a través de diversas comparaciones: maníaca, obsesiva y paranoide.

La soberbia, a diferencia del orgullo, implica siempre un sentimiento de superioridad arrogante, de satisfacción y envanecimiento por la contemplación de lo propio con menosprecio de los demás.
En efecto, en la comparación maníaca se activan los mecanismos de: negación, denigración y triunfo sádico sobre un otro desvalorizado; mientras que en la obsesiva, la agobiante comparación compulsiva implementa los mecanismos de control y dominio cruel y sádico que socavan en forma gradual y progresiva la subjetividad del otro y del sí-mismo propio hasta llegar al extremo de la aniquilación.

En la comparación paranoide, el acosador se sobreinviste de una megalomanía persecutoria y el otro, el acosado, suele ocupar el lugar de un rival y/o enemigo al que con recelo se lo debe atacar y del cual se requiere huir defensivamente.
En estas cuatro últimas comparaciones patogénicas, el victimario adolece de una miopía afectiva. Fuera de la esfera de su sí mismo propio no ve a nadie, atribuyéndose a él solo todo el poder y permaneciendo como un ser intolerante, enaltecido y soberano, pero también incapacitado para respetar el poder y los derechos inalienables que detentan y poseen los otros junto a él. Permanece, en definitiva acantonado en un inexpugnable muro narcisista.
La observación clínica nos revela que estas comparaciones patogénicas de tipo puras, suelen presentarse con mucha mayor frecuencia de un modo mixtas; configurándose entre ellas diversas y múltiples combinaciones tales como: comparaciones maníaco-obsesivas o del tipo obsesivo-masoquistas o paranoide-obsesivas.

En todas las comparaciones del tipo puras como mixtas se presentifica una fantasía relacionada con la intolerancia narcisista, que la denominé: “fantasía del unicato” (Kancyper 2009). “El unicato es una denominación acuñada a fines del siglo XIX, aplicada al gobierno de un solo partido reaccionario y corrupto. El eje de ese sistema político era una concepción absolutista de un poder ejecutivo unipersonal que inutilizaba y avasallaba a los demás, impidiendo el establecimiento de una oposición organizada”. (Romero J. L.).
Con insólita frecuencia hallamos que el amor al poder absoluto que subyace en el deseo de permanecer en el lugar de la gloria y de la impiedad del unicato, se ha conservado en lo inconsciente y despliega desde la represión sus efectos particulares.

La fantasía del “unicazo” sería entonces la vigente escenificación imaginaria de la hipótesis freudiana de la horda primitiva, cuando se reanima en el sujeto acosador, la creencia psíquica de ser el elegido incuestionable para ejercer un poder absoluto, a imagen y semejanza de un padre primitivo, despótico y brutal, que intimida a los demás para someterlos a los caprichos de su dominio. En efecto, “A quien aspira a reinar, cada hermano es un estorbo” (Calderón de la Barca).
La fantasía del “unicato” no representa la diseminación del poder, sino su antítesis: la acumulación del poder.
No es lo múltiple, es lo uno. Es la muerte de la multiplicidad y de la diversidad, y el acoso escolar representa a una de sus expresiones más elocuentes, atizada además por la gravitación de una realidad social comandada por la cultura de la indiferencia y del abuso del poder del semejante que promueve, como consecuencia, la expansión de esta estridente epidemia silenciosa.

Bibliografía
Agamben (2005). “La amistad”. Diario La nación. Cultura 25-9-2005.
Freud. S. (1914b) “Introducción del narcisismo”, T. XIV. Buenos Aires, AE.
Freud, S. (1919), “Pegan a un niño”, T. XIX, Buenos Aires, AE.
Kancyper, L. (2007): Adolescencia el fin de la ingenuidad. Buenos Aires, Lumen. Adolescenza: la fine dell’ingenuitá, Roma, Borla, 2011.
Kancyper, L. (2009): “El poder de las comparaciones en la adolescencia”, Revista Docta, Córdoba.
Scavino, D. (1999): “La amistad versus el poder”, diario Clarín Cultura y Nación, Buenos Aires, 25 de abril.
 
 
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