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   El refugio de las creencias

“Habemus Papam”
  Por Daniel Paola
   
 
El amor al padre es una representación injertada por Freud, creando “ex nihilo nihil fit” la columna vertebral maestra que sostiene al psicoanálisis: la identificación. La frase latina atribuida a Parménides se puede traducir “nada surge de la nada”. De esta manera Freud con la identificación explicita tanto la relación al “líder” como el reemplazo del amor infantil al padre con el amor a Dios.
Más allá del lapsus y del chiste que constituyen expresiones de la vida cotidiana, el inconsciente necesita un apoyo por donde transitar para dar lugar al sujeto. Es así que Freud plantea una creencia por fuera del inconsciente como bisagra real impensada por donde transita el devenir del ser hablante. La identificación no es sino un real inasimilable por donde el principio del placer encuentra la falta que lo constituye y que Lacan ha denominado goce fálico, mítico lugar en el cual es posible decir que el significante existe, aunque la relación al cuerpo nos imposibilite una relación directa: “no hay relación sexual”.
De padre a hijo se juega un pasaje del falo. De una manera similar entre analizante y analista se produce la transmisión de un goce fálico que da pie al inconsciente. El goce fálico es parasitario porque si hubiera otro habría que anularlo, dejando por siempre un lugar vacante. El analista sabrá cómo desprenderse de ese goce parasitario para dar lugar al objeto a de su analizante. El objeto a es la pérdida producida por la negación primordial que habita a cada sujeto, cuando el sujeto se niega a pagar el precio de usura por arribar a verdades ajenas que además, no existen.

De padre a hijo y de analizante a analista se juega una cupla. Hay una contradicción entre ser padre y ser analista. Pero el amor al padre como identificación mítica representando al cuerpo que se adora como propiedad imaginaria, se presenta como estorbo entre dos cuerpos porque el inconsciente queda trabado como resistencia. Si no hubiera cuerpo el inconsciente sería una abstracción científica cuyo objeto sería el “a-soma” del mundo feliz de Aldous Huxley.
Hay una diferencia entre ser hijo y ser analizante, pero el silencio de uno resurge en el otro, una vez que el pensamiento ha sido arrasado bajo el efecto de la interpretación que concluye en un “no pienso”. “No pienso sino vacío” es lo que lleva al ser hablante a contestar al otro como partenaire un sentido inventado “ex nihilo nihil fit”, investido por su cuerpo frente al arrasamiento en el que concluye silenciando.

El análisis se puede interrumpir aquí. El ser hablante seguirá su vida creyendo en un Dios teñido de agnosticismo y de ser así se arrojará en los brazos de la melancolía. Si el analista admite que la resistencia es una dupla que se juega en al menos dos discursos, podrá crear una metáfora cuando el sentido impensado del analizante retorne más allá de la interpretación que oye. El silencio dará lugar a la voz y el vacío del pensamiento retornará en un nuevo sentido, porque siempre habrá un sustituto primordial que retorna como identificación al amor al padre, para debilitarlo aún más hasta el confín de lo posible.
Si la interpretación fuera tautológica, es decir si fuera igual a sí mima y el analizante respondiera bajo premisas de una dirección de la cura perfecta, actuando lo que el analista oye con su sentido, el análisis sería dialéctico progresando hasta una un ideal sintético.

Habemus Papam, película escrita y dirigida por Nanni Moretti, muestra la síntesis perfecta a la que un analista puede arribar: el Papa no puede asumir sus funciones preso de una crisis de angustia y por tal razón el Vaticano le encarga a un analista prestigioso una rápida curación. Observando Moretti, a la sazón también actor del personaje analista, que el Papa no podría curarse si no sale de su entorno para lograr una cierta privacidad, solicita la intervención extra muros de otra analista prestigiosa que resulta ser su ex-mujer. Pero advierte al Vaticano que ella posee solo un defecto: interpreta que toda crisis de angustia de un ser hablante ha nacido luego de una infaltable crisis de abandono post-natal. Así se llega a la primera entrevista donde la analista interpreta al Papa su veredicto: usted tiene angustia porque ha sido abandonado en el primer tiempo de vida. Por supuesto que el Papa dice no recordar nada de la pretérita situación, pero dice que sí recuerda que él hubiera querido ser actor. El análisis consiste en una sola sesión. Pienso que en la actualidad y en el pasado bajo la rúbrica ideológica de turno, hubo y hay analistas que comprimen sin cuestionar su saber tal cual el genial Moretti nos hace destornillar de risa. Hasta aquí llega la compresión del discurso en la conciencia que se cree superior. Una creencia cualquiera cuestionaría el porqué de la comprensión ultra reducida a la que nos lleva la conciencia, por ejemplo en mi caso sería: “toda identificación deviene del amor al padre”.

Si la identificación a lo real del Otro real, está relacionada al amor al padre es preciso diferenciar en esa operación saber de mito. Hay una clínica que ha dejado su rastro en función de esta identificación primera. No hablo exactamente de la incorporación sino del efecto discursivo que tiende hacia lo incomprensible del amor al padre. Es incomprensible que se pueda argumentar un amor después del asesinato primitivo donde se asienta el símbolo. Y sin embargo eso es lo que ocurre.
Es imposible comprender por qué existe el enamoramiento, sea al padre o a quien sea. La falla del inconsciente es el amor en tanto es expresión de lo que no se comprende del inconsciente como saber disperso.
Si de entrada es preciso pasar por un agente amo-maestro omnicomprensivo que difunde el discurso bajo el imperio de su ley, el significante que nombra al padre para la dirección de la cura que establece un psicoanalista, debe establecerse a una distancia remota del significante amo. En efecto, el psicoanálisis propone una distancia suficiente para arribar al momento crucial en el que el analizante experimente rechazo, por albergar en el síntoma que se ha convertido en cuerpo, la conciencia moral del otro que como padre está íntimamente fundido con quien ha establecido el orden discursivo.

De esta manera, arribado este instante crucial, el rechazo es tomado por el analista quien lo establece hacia el padre idealizado que deviene de su mixtura corporal sintomática en un cuerpo otro. La identificación al rasgo debe separarse del deseo analizante porque la identificación no es más que a lo simbólico y se escinde en lo imaginario de lo real.
El problema que complejiza Freud en sus “Lecciones de Psicoanálisis”, al reducir el amor a Dios con una sustitución al amor infantil al padre, según Lacan, lejos de eliminar una religión con su pensamiento, más bien establece en paralelo una creencia similar. Es necesario aclarar este problema porque sobre todas las cosas el amor a Dios es comprensible. Es la conciencia.
Dios sería el escotoma-significante que representa el universal del discurso del amo. Lejos de una crítica mi posición al respecto implica lo inevitable del trauma que posiciona el drama de la niñez en la separación de uno de Dios y del Otro del padre que nomina la castración basada en una enunciación que descarta el amor incondicional. Si este hecho de lo real no adviene como trauma de la incorporación del lenguaje en la niñez, la muerte del padre adquiere ribetes reales y no simbólicos.

Es distinto conducirse por el camino inevitable de guía al sujeto hasta la muerte del padre que operar con el símbolo que lo representa en lo real. No es sin razón que el derecho establece diferencia de culpabilidad entre el asesinato culposo del doloso. En el culposo no ha habido intención de matar en pleno ejercicio de la vida, en el doloso ha habido actividad que la supone.
Reducido el padre a ser Dios, por el efecto del desasosiego que produciría el dolor de existir y que tan bien está expresado en “El Porvenir de una Ilusión”, se inicia con este ineludible paso una conciencia moral que cree o que descree. Se ama al padre como se ama al Dios y el retorno de este inicio se encuentra en el síntoma.

La razón que supone la diferencia entre el amo y el padre determina que al amor no sería posible si no fracasara una disyunción imaginaria que idealiza un fracaso para dar lugar a una privación. “Omnis homo mendax” enseñaba Lacan en el seminario “La Identificación”. “Todo hombre miente” porque “si todo padre fuera Dios” a la manera freudiana, no se entendería la existencia de la privación. Todo hombre miente como creencia, argumenta el porqué de Freud asimilando el amor infantil al padre signándolo como Dios.

La privación es el sentido que retorna de lo real forcluido determinando una existencia posible. “Que todo padre no sea Dios”, significa lo que es necesario aceptar porque ningún padre reproduce con exactitud lo que se le demanda, en la medida de la histeria que al idealizar al padre conoce de su impotencia al transmitir que no hay Otro del Otro: la función del nombre del padre niega al Otro en su completud.
Cuando el significante es definido por Lacan bajo la impronta de que “ningún padre es Dios”, se encuentra en el seminario de “La Identificación” el sustento de un vacío elemental que presenta la radical diferencia entre el padre y el amo, asiento del nombre del padre.

Si al fin concluimos que “no todo padre no es Dios”, es paradoja de lo contingente que por un lado reinicia un ciclo entre el orden del amo y padre, y por el otro establece otro punto de partida distinto al anterior ya habiendo pasado un punto ciego el sujeto queda advertido del imposibilidad de una tautología entre uno y Otro barrado.
La frase “no todo padre no es Dios”, es una paradoja que implica una posición que de entrada se juega en la posición del analista y que culminará con una marca para hacer posible el fin de un análisis. Esa marca implica una frase: “lo que cesa de no escribirse”. Marca que en realidad no es sino a medias como la verdad, porque en un sentido cesa el sujeto en la creencia de que algo es posible escribir en la igualdad entre amo y padre y al mismo tiempo y en sentido contrario ese cesar hace marca porque el sujeto abandona el anhelo infantil de saborear la identidad sublime entre padre-Dios.

El amor al padre “cesa de no escribirse” y allí radica la caída de una suposición de saber. Cesa por un lado la idealización que deifica y al mismo tiempo esto hace marca. El padre a fin de cuentas es ese no-todo que lejos de invocarse en una posición femenina, homosexual si fuera el caso como sucedió con Ana Freud, y queda transformada en una certidumbre a-sexuada. El no-todo del amor al padre ni es femenino ni es masculino, aunque nos cansemos de repetir que si está del lado derecho del grafo de la sexuación pertenece a lo femenino. Lo femenino de la posición del analista en todo caso hay que reducirlo a una posición a-sexuada simplemente por razón de la gramática.
Por último no debería escaparse donde culmina en el análisis el amor al padre. Culmina no sólo en la afirmación padre como no-todo, sino también en la de no-Dios. Para ser más exacto lo que propongo en esta reducción contingente del amor al padre después de un recorrido analítico, es que la negación del padre como amo, es al mismo tiempo que la negación que reemplaza a Dios, sella una marca distinta de la religión en la que el sujeto se envuelve cuando comprende dado que sería imposible no hacerlo.
 
 
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