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LA TERAPIA TE VE
  Por Mario Pujó
   
 
No es una caricatura, ni un reality show. No es una sátira ni una comedia, no ensaya la diatriba ni el panegírico. La cuidadosa marcación de los actores, la calidad de la puesta en escena –cámara fija, primeros planos–, la adaptación local del guión original, todo apunta a conferir a cierta novela que ocupa el horario televisivo central, las pretensiones de una verdadera obra dramática.

La inteligencia del formato –una sesión con un paciente distinto cada día–, no sólo atrapa la atención del espectador sino que facilita el seguimiento semanal de la trama. El lunes es el turno de Marina; el martes, el de Gastón; el miércoles el de la adolescente Clara; el jueves, el del matrimonio de Ana y Martín; y el viernes, es el propio analista Guillermo Montes que va al encuentro de su antigua analista, quien ocupa ahora funciones de supervisión. Los más entusiastas tendrán ocasión de rever el sábado la recopilación de los cinco episodios de la semana sin perderse ninguno.

Dos inhabituales condimentos intentan darle a la situación una mayor verosimilitud: fuera de la ficción, el actor principal es él mismo un médico psiquiatra formado analíticamente en la universidad y en los hospitales públicos de nuestro medio; y cada sesión se despliega durante treinta minutos continuos sin interrupción publicitaria.
Por su parte, los diálogos se desarrollan en cierta atmósfera analítica, efectivizando alguna diferenciación entre la dimensión de lo dicho y la dimensión del decir; aunque ese decir suela ser reconducido a la expresión psicológica de un afecto eludido e inconfesable, que logra trabajosamente abrirse paso en un clima de tensión. No hay deslizamiento, equívoco, lapsus, homofonía, emergencia sopresiva de ese inconsciente lacanianamente superficial. Todo lo contrario: hay espesor, forzamiento, densidad, y la eventualidad del chiste cede siempre su oportunidad a la contrariedad.

Y no porque el terapeuta encarne un personaje silencioso o distante; mucho menos el “Speedy González” de la obra social. Montes es un hombre responsable, comprometido, nietszcheanamente más que humano. Alguien íntimamente implicado en su quehacer; tan implicado, que las huellas de su implicación le retornan en los actings de sus pacientes que llegan a traspasar la frontera del pasaje al acto: transferencia erótica, infidelidad compulsiva, suicidio. De modo tal que En terapia se transforma en la pasión del propio terapeuta, una suerte de protagonista absoluto que, conduciendo la cura, se reencuentra él mismo en terapia, conversando con su esposa sus problemas conyugales en la hora de supervisión.

Es difícil para un analista evitar cierto escozor al verse retratado en programas francamente olvidables como Terapia – Única sesión, o el mucho mejor recordado Vulnerables. Hay diversas razones para ello, aunque dos tienen, a mi juicio, un alcance estructural. La primera hace al avasallamiento de un espacio de privacidad propio a la confidencialidad del psicoanálisis, y su transposición a la esfera de lo público. Su exhibición desnaturaliza precisamente la esencia de esa íntima ajenidad en la que se funda y se constituye como práctica. La segunda se refiere al carácter singular e irrepetible que acredita su estatuto de experiencia subjetiva, la que, en tanto tal, se demuestra irreductible a cualquier reproducción objetivante bajo el modelo del experimento científico. La terceridad voyeur induce allí, entre el ridículo y la obscenidad, un previsible sentimiento de vergüenza ajena.
Como el brillo de aquella lata de sardinas a través de la cual, recuerda Lacan de su juventud, la industria pesquera interpelaba en su oficio a un humilde pescador, al vernos en TV ya no solo vemos TV, la TV nos mira.
 
 
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