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Transitivo/intransitivo
  Por Daniel Rubinsztejn
   
 
Introducción: ¿Qué significa que en el desarrollo del análisis el analizante alcance a nombrar, a articular el (su) deseo? El deseo está más allá de toda articulación y por eso insiste. Al nombrarlo, surge una nueva presencia en el mundo, sobre el fondo de una ausencia. La manifestación del deseo se produce en el empalme con la palabra. Este surgimiento habla de un tiempo fugaz de aparición del deseo. Antes no estaba, después tampoco. Habrá estado en el momento en que fue nombrado. El deseo es diferencia… entre el placer hallado y el placer buscado, su definición misma acentúa la diferencia, lo disperso, lo diverso –lo divertido–.
Para Freud, dos tendencias regulaban el devenir psíquico: una busca la identidad de percepción, y otra la identidad de pensamiento. Buscando la identidad se encuentra con la diferencia que, en tanto tal, late. El corazón del deseo es esta diferencia que late, que pulsa. No hay nombre para el deseo, es innombrable. Hay incompatibilidad entre el deseo y la palabra. Es por ello que la paradoja es: el deseo es inarticulable, pero se articula en la demanda. Demandar tiene el sentido de pedir, también preguntar, y de exigir respuesta. Frente a una demanda (por ejemplo: judicial) no se puede aducir que no se está implicado. La regla de abstinencia implica que el analista sostiene la demanda, pero no responde a ella, y esta manera de tratarla –es una de las cuestiones más dificultosas en la dirección de una cura– es el deseo del analista como función. Sin abstinencia peligra la continuidad del análisis, su dirección.

Demanda-deseo: En la articulación del deseo en la demanda, se produce un deslizamiento del uso del verbo: del intransitivo al transitivo. Si digo “yo duermo”, el verbo es intransitivo, la acción queda en sí. Si digo “yo corro la mesa”, es transitivo porque la acción recae sobre la mesa. Del lado del deseo el verbo es intransitivo, del lado de la demanda transitivo.
El deseo no es intencional, es residuo, resto incolmable de toda intencionalidad (The rest is silence, Hamlet dixit). Es deseo de nada, no se dirige a algo. Este nada se pierde en el sentido, incluso sexual, porque cuando la intencionalidad aparece es que se ha transitivizado. Pero a su vez, es por la demanda que se puede situar al deseo. El deseo es lo que de inarticulable hay en la demanda que se ha articulado. Cada vez que algo se articula, queda un resto sin articular, sin pasar por la palabra. El deseo se aliena, se extraña de sí cuando se formula en el registro de la demanda (“lo actualmente articulado”). La demanda satisfecha (¿satisfecha?) o no, se anonada, se aniquila y enseguida se proyecta sobre otra cosa.

En “La dirección de la cura” la demanda está caracterizada, en un sentido estructural, como encadenamiento significante dirigido al Otro de la transferencia; Lacan la sitúa allí, en última instancia, como intransitiva. Lo que deseo remarcar, en cambio, es la perspectiva fantasmática, como demanda neurótica (transitiva). Si pide, por el hecho de que habla, es intransitiva, en cambio si se desliza a demanda de amor, se transmuta en transitiva.
La propuesta de pensar al psicoanálisis como praxis subraya una acción que conduce al bien en sí misma, es decir que el bien no se realiza en ningún objeto, es intrínseco, intransitivo; en cambio, si fuera (y no lo es) poiesis, su acción sería transitiva, el bien se constituiría en el objeto, extrínseco a la acción.
Cito a Roland Barthes: “Si soy un leñador y como tal nombro al árbol que derribo, hablo el árbol, no hablo sobre él. Mi lenguaje es operatorio, ligado a su objeto de una manera transitiva; entre el árbol y yo lo único que existe es mi trabajo, es decir un acto. Ese es un lenguaje político: yo actúo el objeto. Pero si no soy leñador sólo puedo hablar de él, sobre él. Mi lenguaje deja de ser el instrumento de un árbol actuado, sólo tengo con el árbol, una relación intransitiva. Es una imagen en disponibilidad (se conserva lo real como imagen) frente al lenguaje real del leñador creo un lenguaje segundo en el que voy a poner en acción, no las cosas, sino sus nombres”. Barthes nos plantea que lo intransitivo actualiza la presencia y por lo tanto la ausencia del objeto.

Para Fernando Pessoa, “la acción es una enfermedad del pensamiento, un cáncer de la imaginación”. Actuar, dice, es exiliarse. “Toda acción es incompleta e imperfecta. El poema que yo sueño no tiene fallas sino cuando intento realizarlo. Por eso realizar es no realizar”. Uno y otro plantean que la palabra y el objeto se entrecruzan de distintos modos, el hablo el objeto es fugaz, una vez derribado el árbol, ¿qué queda de esa relación leñador–árbol? El acto, entonces, descompleta y presentifica una pérdida intrínseca a toda acción: es y no es.

Interpretación: Interpretar una formación del inconsciente, es interpretar una interpretación, porque ya la formación del inconsciente es una interpretación del mismo: metáfora de metáfora. Las formaciones del inconsciente son una metáfora, una manera de interpretar la falta en el Otro. Hay dos modos de pensar las formaciones del inconsciente: a) Un sueño o un fallido fueron formados por el inconsciente que los preexiste. b) Estas formaciones –una vez interpretadas– forman al inconsciente, le dan forma, le otorgan una legalidad propia, en la transferencia.
La interpretación sustrae el objeto, implica la caída de la representación imaginaria. Le devuelve a lo transitivo de la demanda (se dirige a un objeto) lo intransitivo del deseo, un movimiento que implica que el señuelo caiga de su lugar. La interpretación, de este modo, pone en juego la castración. En su articulación con la castración, se toca al goce (fijación del objeto en el fantasma) y se produce la caída del objeto en tanto señuelo.
La intervención del analista restituye a la demanda la dimensión pulsional que la transferencia le había separado. La demanda separada (por el amor de transferencia, en tanto puesta en acto del fantasma) de la pulsión, se muestra como transitiva. Pero una vez que lo pulsional le es restituído por obra del acto analítico, “recupera” la intransitividad que le es inherente por estructura.
En algunos escritos Lacan afirmaba que “el analista porta el significante”, porque el deseo del analista bordea al objeto… desde el significante; no es que el objeto cae de la nada, sino que cae por la acción significante.
El deseo no se ve representado por la significación; en cambio, la abolición de toda significación sí le concierne al deseo. No se trata entonces de conferirle un sentido; el deseo tiende a disolver el sentido.

Bibliografía
Barthes R. (1957): Mitologías. S. XXI, Buenos Aires, 2003.
Lacan J. (1959): Seminario 6. Inédito.
Lacan J. (1958): “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos, Siglo XXI, 1976.
Pessoa F. (1998): Libro del desasosiego. Emecé, Buenos Aires, 2000.
 
 
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