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   Acontecimiento Traumático

Trauma, duelo y posición del analista
  Por Fabián  Rivelli
   
 
Un acontecimiento traumático puede plantearse como alguna situación en la vida de un sujeto que tiene la intensidad y la condición de la falta de previsión, de algo que aparece a partir de la sorpresa y de la incapacidad del sujeto para poder elaborar o encauzar de alguna forma esa energía que lo desborda. De aquí, lo que provoca el trauma, en términos freudianos, es la ruptura de la protección contra las excitaciones, con una regulación propia del principio de placer y la posibilidad de ligar o de inscribir el suceso en el aparato psíquico.

Pero puede diferenciarse aquí que existe acontecimientos traumáticos que agujerean la estructura, rompiendo el velo del fantasma, por lo que el sujeto no tiene ni tiempo ni angustia. Aquí ya estamos fuera del principio del placer, y la energía está libre, no ligada, y el suceso no tiene posibilidad de ser inscripto; de alguna forma, “no tengo palabras para decir lo que me está pasando”.
Estas distintas concepciones de lo traumático conllevan distintas posiciones del analista. Así, frente al relato podrá interpretar o promover la asociación libre, a fin de promover la constitución de un síntoma que le revele su propia verdad subjetiva, o podrá simplemente acompañar al sujeto en su dolor, bordeando aquello que ha agujereado la estructura.

Marcela, de 26 años, consulta inicialmente porque no consigue trabajo, se angustia mucho por ello, y tiene pesadillas. Vive con su mamá y dos hermanos menores. Sus padres se separaron a sus 13 años, y Marcela hace siete años que decidió no ver nunca más a su padre: “Nunca estuvo para nada, siempre ausente. Fue algo sano en mi decidir no tener más contacto con él”. Sus objetivos pasan por conseguir un trabajo y “Hacer la mía, no soporto más a mi familia. Siempre soy la que denuncia lo que está mal, siempre quedo como la mala de la película”.

El tratamiento transcurre así en el acompañamiento a que pueda “hacer su historia”, y en este tiempo Marcela comienza a trabajar, lo que le permite alquilar su propio departamento y planificar vivir junto con su novio. Es en esta situación en la que el analista, luego de varias entrevistas en la que “está todo bien”, le propone que deje de venir, a lo cual ella acepta: “Creo que ya no me expongo tanto a quedar en el medio de todo el mambo de mi familia. Lo mejor que hice fue correrme de ese lugar”.

Un tiempo después, el analista recibe un llamado telefónico: “Mi novio tuvo un accidente automovílistico y está en coma”. Retoma el tratamiento y dice: “Lo que me está pasando no tiene nombre. Quería una vida con él, crecimos juntos, y me hace mucha falta. Estoy detenida en el momento del accidente, no sé cómo arrancar”. Tiempo en que el analista ocupa el lugar de acompañamiento del relato, en entrevistas y en llamadas telefónicas, tiempo en que su novio lentamente va recuperándose, no sin graves secuelas: “No sé qué va a quedar de él”.

Marcela no deja un solo día de visitarlo durante la internación, y toma un papel protagónico, sobre el de los padres del novio, en todo lo que tenga que ver con el tratamiento médico, incluyendo discusiones con la madre de aquel, todo lo cual la agota.
Al cabo de algunos meses, dice “Si no queda bien de la cabeza, no quiero seguir con él. No sé qué relación voy a poder tener. Lo que pasó es imposible de correrlo a un costado”. Comienza a no tener ganas de ir a la clínica: “No quiero ser su acompañante terapéutica y de hacer lo que no hace su familia. Lo extraño mucho, y cuando lo veo, no es él. No logro correrme de la idea de que me ausencia podría hacerle daño. Pasó el momento de la desesperación, y entré en un estado de angustia crónica”.

En otra entrevista: “Esta situación no da para más, espero darle algún tipo de corte. Es terriblemente triste, pero es así”, hasta el corte de la relación con su novio: “Me separé. No había nada que decir, ni que pensar. Lloramos juntos un montón, pero así no daba para seguir”.
Las entrevistas siguientes tienen el mismo tono de tristeza: “Estoy más aliviada, conforme, pero triste”. Con el paso de las entrevistas, y la escucha analítica, Marcela puede comenzar a dejar su inhibición, manifestada en “no puedo dejar de elegir parejas a quien cuidar”, comenzando a trabajar en otro sentido.
Esta posición fantasmática, como respuesta a otro cristalizada en ser quien denuncia lo que está mal y en “sostener” a los demás, puede comenzar a ser puesta en duda, desde el momento en que puede decirle al otro “puedo no estar”, como variante de la pregunta fundamental ¿puedes perderme?

A partir del recorte clínico, puede pensarse el espacio analítico como el ofrecimiento primeramente de un espacio en donde pueda ser escuchado un sujeto arrasado por el acontecimiento traumático, a partir de poder decir lo que no puede ser representado, esto es, el peligro inminente de muerte de otro significativo, en una instancia, lo que en palabras de la paciente aparece como “el accidente”, y posteriormente la escena del mundo basada en su vida en pareja.
En el duelo, sabemos que no solamente importa quién pierde el sujeto, sino qué pierde de él en esa pérdida, tomando así el duelo una función subjetivamente, por lo que se tratará de permitir el despliegue de elementos simbólicos y también imaginarios para hacer frente a una embestida de lo real, a la manera de un choque, precisamente, que irrumpe con la marca de lo traumático.

Puede decirse también que un análisis permitiría el pasaje de una repetición de lo idéntico, de lo mismo, en la vida de un paciente, a una repetición que si bien no cesará, si se efectúa el duelo, será distinta, ya que su repetición podrá ser diferente; en cuanto al recorte clínico, respecto de volver a querer alguna vez a otro alguien que no sea un sustituto sino que sea un otro diferente.
Para finalizar, en tiempos en donde todo debe “cerrar” rápidamente, en donde la espera es entendida como una “pérdida de tiempo”, y donde el olvido se propone como solución, un psicoanálisis ofrece un tiempo y un espacio particular en donde puedan subjetivarse las pérdidas, esto es, ofrecer una posibilidad de historizarse.


“En el análisis, no se trata del descubrimiento de un saber, sino de la subjetivación de un saber inconciente, cuya presentación ordinaria es el síntoma”. Gerard Pommier, “Cómo las Neurociencias demuestran el Psicoanálisis”.
 
 
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