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Las hermanas Papin no eran dos, sino tres…
  Por Oscar Lamorgia
   
 
Descripción contextuada del episodio
“Cuando la señora regresó, le informé que la plancha estaba descompuesta de nuevo y que no había podido planchar. Cuando se lo dije, ella quiso lanzarse sobre mí; en ese momento estábamos mi hermana y yo y mis dos patronas en el descanso del primer piso. Al ver que la señora Lancelin iba a lanzarse sobre mí, le salté a la cara y le arranqué los ojos con mis dedos. Cuando digo que salté sobre la señora Lancelin me equivoco, salté sobre la señorita Lancelin Geneviève y es a esta última a quien le arranqué los ojos. En ese momento, mi hermana Léa saltó sobre la señora Lancelin y le arrancó igualmente los ojos.”

La declaración pertenece a Christine Papin y fue realizada el mismo día –el 3 de febrero de 1933– en que asesinó, junto con su hermana Léa, a sus patronas, las señoras Lancelin, en el 6 de la calle Bruyère, del distinguido barrio de la ciudad de Le Mans, donde ambas trabajaban de sirvientas. El caso electrizó a Francia: el salvajismo con que las víctimas fueron golpeadas y cortajeadas con cuchillos, un martillo y una jarra de estaño (“nos cambiamos varias veces los instrumentos la una con la otra”), lo aparentemente inmotivado del crimen (“No señor, no tenía nada contra ellas; yo no era infeliz y no tenía ninguna queja contra esas señoras”), las conjeturas sobre la ambigua relación que unía a las dos hermanas, que iban desde la sospecha de una relación incestuosa a la comprobación del dominio ejercido por la mayor, Christine, sobre Léa, la menor.

Casi de inmediato, distintos discursos trataron de apropiarse de un hecho real que parecía repetir algunas creaciones de la ficción (las descripciones de la escena del crimen, por ejemplo, parecen calcadas de “Los crímenes de la calle Morgue” de E. A. Poe). Los surrealistas, entre ellos Paul Eluard, Man Ray y Benjamin Péret, acusaron la fascinación de una iconografía que parecía hecha a medida de su imaginación grupal. A modo de botón de muestra: “El hallazgo más lamentable de los investigadores es un ojo que se encontraba en el antepenúltimo peldaño de la escalera”. Jacques Lacan publicó en diciembre de 1933, a diez meses de los hechos y a sólo dos del proceso, su artículo “Motivos del crimen paranoico: el crimen de las hermanas Papin” en el número 3 de la revista surrealista Le Minotaure, contigüidad inicial que abonaría la tesis de que los escritos de Lacan serían textos surrealistas tomados por error como textos psicoanalíticos por una larga sucesión de ingenuos. De hecho, tres de ellos –Jean Allouch, Erik Porge y Mayette Viltard– publicarían en 1984 El doble crimen de las hermanas Papin, que además de desarrollar la lectura lacaniana del episodio reúne un impresionante corpus de testimonios extraídos de la prensa, los interrogatorios preliminares, las actas del juicio y las cartas escritas por Clémence Papin, la madre de ambas. También Sartre y Simone de Beauvoir se ocuparon de las hermanas asesinas. Pero sin duda la apropiación literaria más resonante ha sido la de Jean Genet en su pieza teatral Las criadas, estrenada en 1946.

Los motivos del crimen paranoico… En una compilación, cuya responsabilidad recayó en la persona de Juan David Nasio, aparece un racconto del caso de las hermanas Papin, que estuvo a cargo de dos analistas parisinas, a saber: G. Vialet Bine y A. Coriat.
Dicho trabajo, presenta “una panorámica” del caso, que abunda en lo descriptivo al tiempo que reduce peligrosamente el desencadenamiento de la masacre a un hecho tan fortuito como inexplicable. Por otra parte, el hincapié parece estar puesto en la especularidad puesta en juego entre el par contituido por la Sra. Lancelin (la patrona) y su hija, por un lado, y por otro, Christine y Léa Papin.
Seguimos el texto:

“A la pareja madre-hija de las Lancelin, corresponde la pareja Christine-Léa, hermanas, por cierto, pero unidas por una relación cuya naturaleza profunda es la del vínculo de madre a hija. Simetría-reversibilidad de las dos parejas, tan bien condensada en esta frase de Christine: Prefiero que hayamos sido nosotras las que las despachamos a ellas y no ellas a nosotras”.

El planteo transcripto en el párrafo que antecede es decididamente equivocado, en primer lugar, debido a que: las hermanas Papin eran tres y no dos, aunque efectivamente una de ellas (Emilia) no formó parte de la orgía de sangre.
En segundo lugar y si bien es cierto que los motivos del, así llamado por Lacan, crimen paranoico, se hallan encabalgados en una plataforma a predominio de lo imaginario, el caso que nos ocupa encuentra precisamente una insuficiencia en lo imaginario a instancias del fracaso de un fallido ensayo de sinthome que las hermanas –por estructura– no pudieron sostener. Desarrollaré esto más adelante.

Emilia: hermana y sierva (Bonne-Soeur). Emilia había sido violada por su padre, Gustave Papin, quien siempre dudó de su paternidad sobre ella debido a la frialdad que su mujer (Clèmence) evidenció con él desde su embarazo.
Esto conlleva a una reflexión de orden teórico-clínico. El único incesto verdaderamente consumado es cuando, ante la muerte, la “madre tierra” logra reintegrar su producto en una clara vuelta a lo inanimado.
Todo otro abuso cometido entre miembros de un mismo clan, habrá de considerarse endogamia, pero no incesto. ¿Por qué? Esto es así debido a que los significantes desplazados logran hacer mutar las estructuras elementales del parentesco. En esa línea podríamos decir que un padre que se acuesta con su hija… deja de ser el padre, para ser su novio, su amante, su marido, etc. Pero ya no será posible que siga siendo su padre en tanto instancia portadora de la ley.
La violación de Emilia, por parte de su padre, marcará lo que será el primer aspecto de una nominación fallida para Emilia: la de hija.

Cuando Clèmence detecta lo que ocurría, comenzará a referirse Emilia como si se tratase de una prostituta. La idea de la madre no era otra que la de “colocar” a sus hijas en casas de familia cuando estuvieran en edad de trabajar, para así mantenerse a sí misma, a partir de un accionar claramente confiscatorio con los salarios que ellas ganaban con sus respectivos esfuerzos.
Vialet-Bine y Coriat parecen no detectar eso, y consideran que la báscula a través de la cual, Clèmence primero entrega a sus hijas y luego las retira es un mero ejercicio de impunidad y poder.
Al respecto el texto dice lo siguiente:

“Llegados a este punto del relato se nos presenta un interrogante, crucial para nosotros: ¿por qué razón Clémence entrega a sus hijas, las recupera y las vuelve a entregar repetidamente? Entendemos que se trata de un modo de confirmar permanentemente su dominio sobre las hijas, asegurarse su derecho de fiscalización sobre esas niñas que, en toda circunstancia, deben continuar estando sometidas a ella. Tal la expresión empleada por ella misma”.

Lo cierto es que ella (Clémence) no estaba a la altura del ejercicio de la maternidad, al punto de que Emilia fue criada por una cuñada soltera, luego ingresa a la congregación religiosa del Buen Pastor, de donde decidirá no salir para consagrarse a ser religiosa. Ello constituyó un severo golpe para Clémence, quien tomó la determinación de que eso no volviese a ocurrir. Sus otras hijas no ingresarían como religiosas. Christine, quien quiso mantenerse al lado de Emilia y seguir sus pasos, no pudo hacerlo por intervención de la madre.
Emilia se había quedado sin padre, debido al desplazamiento provocado por las violaciones de que fue objeto. Sin madre, en virtud de la incapacidad de Clèmence, y sin hermanas cuando decide permanecer en la congregación.
Ella logra reparar sinthomáticamente reemplazando una familia altamente disfuncional, por otra simbólica.
Ahora tendría una Madre Superiora, se consagraría a servir al Dios Padre, y volvería a tener hermanas.

Christine: la sirvienta (Bonne). El ingreso de Christine en la casa de los Lancelin se subsumía a la aceptación de reglas estrictas. Durante un tiempo no había familiaridad entre los dueños de casa y ella. Eso habría de cambiar a la luz de las buenas intenciones de la Sra. Lancelin.
El impecable desempeño de Christine en los menesteres que le eran confiados, le permitió ganarse la simpatía de sus patrones, por lo que comenzó a insistir con que contratasen a su hermana menor, Léa. Dicha solicitud fue concedida y sobre ello, cabe señalar que Christine funcionaba como la interlocutora con los dueños de casa y era quien transmitía las órdenes a Léa, quien las seguía a rajatabla.
Seguimos el texto:

La señora Lancelin, impresionada por la “seriedad” de la aplicación de sus criadas, va a violar la regla de neutralidad establecida por ella misma desde el comienzo. Interviene a fin de que, a partir de entonces, Christine y Léa guarden para sí la totalidad de sus salarios, en los cuales la madre “había metido la mano” desde siempre.
A partir de allí, comenzarían a llamar “mamá” a su patrona a la vez que rompen todo vínculo con Clémence, su madre.

Christine: la hermana (Soeur). La presencia cotidiana de Léa al incorporarse al trabajo en la casa Lancelin, le permitió a Christine volver a recuperar su condición de hermana, dada su lejanía con Emilia, quien, dicho sea de paso, en las últimas visitas que Christine le había hecho, no le concedió más que unos minutos, arguyendo motivos inherentes a sus responsabilidades en el convento.
Así Christine, quien por su trabajo ya era bonne, podrá también ser ahora soeur, por la presencia física de Léa. De modo tal que la presencia real de su hermana permite llevar a cabo la efectuación de una restitución –aunque etérea– de la suplencia instituida con éxito por Emilia.

Christine y Léa: hermanas sirvientas (Bonnes-Soeurs)
Lo que para Emilia fue estabilizador por haber podido llevar a cabo una suplencia en el simbólico, no operó en Christine y Léa debido a que la sustitución anclaba en lo imaginario, lo cual las exponía a que un mero desacomodamiento en el simbólico desordenara por completo un sistema caracterizado y sostenido en la endebles.
Así como en Emilia, la condición de Hermana-Sierva connotaba un acto de nominación, la condición de siervas (sirvientas) de sus dos hermanas menores dependería de un vínculo laboral, así como el mantenimiento de su rol como hermanas, quedaría supeditado a verse reflejadas en un juego espejado de miradas que narcotizaban transitoriamente su latente agresividad.

Y la ocasión llegó… El desencadenamiento del crimen tuvo lugar una noche, al regreso de la Sra. Lancelin y su hija de un evento social.
Existen en archivos de la época, notas que revelan que las criadas (especialmente Christine) ante la comisión de ciertos errores domésticos, era tratada como bonne à rien (“¡buena para nada!”), lo que equivale homofónicamente a bonne arienne (“¡gran hereje!”). Insulto que en ella no es cualquier insulto. Se trataba de algo que ponía en duda sus convicciones religiosas, y de allí el desencadenamiento… del nudo borromeo (y también de la tragedia).

No sería ocioso conjeturar que, la noche fatídica, las dueñas de casa podrían haber dicho, a modo de ingenuo y coloquial último saludo: ¡Buenas tardes! (¡Bons soirs!).

Referencias bibliográficas:
AA.VV.: La folié-a-deux. Edelp.
Allouch, Jean, Porge, Erik y Viltard, Mayette: El doble crimen de las hermanas Papin. Epele.
Gamerro Carlos: “Las hermanas sean unidas” en el diario Página/12 del 9 de noviembre de 2003.
Lacan, Jacques: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. Siglo XXI.
Nasio, Juan David (comp.): Los más famosos casos de psicosis. Paidós.
 
 
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