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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Causalidad cerebral y experiencia analítica
  Por Mario Pujó
   
 
El texto de Freud “Psicoterapia (tratamiento por el espíritu)” conserva una vigencia que merecería mayor reconocimiento en la interlocución que el psicoanálisis mantiene con las diversas prácticas que se proponen paliar el padecer humano. Aporta claves para posicionar al psicoanálisis frente a la medicina, y enuncia principios que anticipan la construcción de la doctrina freudiana. Muchas cosas han conspirado contra su correcta valoración, y, entre ellas, el horror a la palabra “psicoterapia” en el que hemos sido entrenados los psicoanalistas, para contrapesar el furor curandi que, se teme, podría embargarnos en nuestros inicios. Pero ha habido también confusiones editoriales: en su primera inclusión en los Gesammelte Werke de 1942, se le asignó como fecha de publicación el año 1905, haciéndolo contemporáneo de los Tres ensayos y el caso Dora, respecto de los cuales no podía sino aparecer como una suerte de regresión teórica. En realidad, el texto fue redactado en 1890 para la primera edición de Die Gesundheit [“La salud”], un manual de divulgación médica, y asume un tono perfectamente apropiado a la obra.

Freud sitúa la liberación de la medicina de la llamada “filosofía de la naturaleza” y su subordinación a las ciencias naturales a mediados del s. XIX, como estando en el origen de sus avances más firmes y su constante progreso hasta la actualidad. Esa reorientación favoreció extraordinarios descubrimientos en el plano somático, al que los médicos restringieron pronto su interés, abandonando el estudio de lo psíquico a “los menospreciados filósofos”. Lo que produjo un olvido del poderoso influjo terapéutico que, tanto sobre lo anímico como sobre lo somático, puede efectuarse desde lo psíquico, sentido que Freud da al término Seelenbehandlung. La expresión más nítida del influjo de lo psíquico sobre lo somático, Freud la reconoce en los afectos, en los que la participación del cuerpo se hace visible, y su expresión difícil de ocultar. Asimismo, describe cómo la expectativa ansiosa o confiada puede influir el curso de una enfermedad, así como la autoridad del médico interviene en el resultado de su evolución, cuestiones que permiten dar cuenta del carácter milagroso de algunas curas. Pero, evidentemente, el resorte más potente de tal influencia sobre psique y soma, Freud lo indica en la palabra, consignando que una injuria es capaz de enfermar hasta la muerte [kränken denota transitivamente tanto ofender como enfermar]. No es difícil prefigurar en el cumplimiento de una orden posthipnótica, la eficacia de lo que más tarde nombrará como pensamientos inconscientes (Gedanken).

Freud se entusiasma con la idea de que los médicos que han practicado siempre la psicoterapia (sin saberlo, como el burgués gentilhombre de Molière), y han renunciado a hacerlo a partir del conocimiento físico-químico del organismo, volverán a aceptarla al confrontarse con ciertos trastornos que no pueden explicarse fisiológicamente: “... encontramos en ellos una afección del sistema nervioso en su totalidad. Sin embargo, el estudio del cerebro no ha permitido hallar hasta ahora ninguna modificación apreciable, y ciertos rasgos del cuadro clínico excluyen totalmente la posibilidad de que en el futuro, disponiendo de medios de exploración más sutiles, se llegue a demostrar tales alteraciones, susceptibles de explicar los aspectos clínicos de la enfermedad.

Estos estados han sido calificados de “nerviosidad” (neurastenia, histeria) y considerados como padecimientos meramente “funcionales” del sistema nervioso. Por otra parte, también en muchas afecciones nerviosas más estables y en aquellas que sólo producen síntomas psíquicos −las denominadas ideas obsesivas, las ideas delirantes, la dementia− la investigación detenida del cerebro, una vez muerto el enfermo, ha sido infructuosa”.
Freud cree advertir en ello el porvenir de la “psicoterapia”. Idea que es necesario examinar a la luz de los logros de la neurobiología que, aún incipientes, permiten anticipar descubrimientos impensados. Lo que podría resultarnos conflictivo si pretendiéramos conferir un estatuto causal excluyente a la descripción de muchas de las configuraciones clínicas elaboradas en la práctica analítica. ¿Alcanzaría la identificación al falo oculto de la madre para dar cuenta del origen de la homosexualidad? ¿La estructura holofraseada para explicar el autismo? ¿La debilidad mental? ¿El fenómeno psicosomático? La serie podría extenderse indefinidamente desde el Complejo de Edipo hasta el nudo borromeo. ¿Qué lugar para la predisposición genética? ¿Cómo participa la neurofisiología del cerebro?

Si toda manifestación emocional, patológica o no, supone un correlato fisiológico, una modificación del metabolismo intrasináptico o de un centro neuronal, ese correlato no posee forzosamente un estatuto causal. Aún si su modificación puede entrañar la modificación del afecto o la emoción concomitante. Mutatis mutandis, algo semejante deberíamos pensar de las consideraciones estructurales que el psicoanálisis ha delimitado a lo largo de un largo proceso de conceptualización, y que su clínica corrobora al tiempo que es orientada por ellas: ordenan su práctica, la tornan transmisible, le confieren sus coordenadas. Pero no podrían pretender fundar una etiología ni agotar el campo de la causalidad, sin apelar freudianamente a las series complementarias.

Si para Freud, en 1890, la impotencia de la ciencia neurológica aseguraba el porvenir del tratamiento por la palabra, ¿el presente del psicoanálisis se vería amenazado por el constatable avance de las neurociencias?
Respondamos con algunas palabras de aquella “menospreciada filosofía”: la existencia se halla arrojada a sus condiciones (históricas, sociales, neurológicas...), condiciones que no elige y en las que está en situación de elegirse. Porque, como decía Sartre, la existencia precede a la esencia, y allí reside el estrecho margen de su ineludible libertad.
El psicoanálisis, en la experiencia de la palabra y la transferencia, en el renovado encuentro con el enigma del deseo que interroga su ser, confronta al sujeto con su íntimo albedrío cuando es conminado a elegirse más acá de las condiciones que lo determinan, y en las que divisa el deber de saber hacer.
Quizás no sea mucho para algunos, pero, después de Freud y de Lacan, no hay ya manera de abstenerse.
 
 
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