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   Volver a análisis

Volver a análisis
  Por Martín. H Smud
   
 
“Volver a análisis” es la oportunidad de exponer nuevamente los temas que nos interesan. Desde el discurso analítico, por más que para un sujeto sea la primera vez que concurre a tratamiento, siempre se trata de una vuelta a análisis.
El aparato psíquico es interpretación, el comienzo de un análisis no puede ser sino una “vuelta a análisis”. Es posible pensar otras versiones de esa vuelta, aquí están en juego todas las posibilidades del significante: esa vuelta podría ser una “revuelta”, una “devuelta”, un “sinvuelta”. Todas las significaciones, en su diacronía y en diferentes niveles, se presentan en el consultorio y el psicoanalista las toma en sus manos en la perspectiva de la falta: siempre falta una vuelta, o hay una vuelta que falta.

El psicoanálisis ha nacido de las vueltas a análisis, Freud ha contado cómo, al principio, todos los pacientes que atendía habían atravesado tratamientos anteriores y, para él, se trataba siempre de un volver a analizar. La diferencia estaba en el dispositivo que, más allá del diván y la asociación libre, se encontraba en un deseo original, que Lacan llamó deseo del analista.

La “condición humana” nos retuerce, nos apretuja a unos contra otros, a unos encima de otros, siempre se puede dar un rodeo más (o siempre nos pueden dar una vuelta más) pero la vuelta a análisis es una esperanza: la de seguir el rastro del deseo, que no es solamente el propio. No se trata sólo del encuentro con un analista, su estilo, su puesta en escena, su voz, su mirada sino del encuentro con algo original que llamamos: deseo del analista. Y en eso no hay vuelta.
Una amiga psicoanalista hace unos años fue a ver a Colette Soler para comenzar un tratamiento. Por supuesto, lo primero que hizo fue comentarle los diez años que estuvo con este analista y los cinco que estuvo con este otro analista, la analista le dijo que le contara que le había dejado quince años de tratamiento, que expusiera qué cuestiones había podido desarrollar, qué experiencia del inconsciente había llevado adelante, más que quiénes la habían acompañado, con quiénes se había tratado. Muy sagaz, pedía un relato de la experiencia de un análisis en el que no importaba quiénes la habían escuchado y sí el relato de la experiencia del inconsciente. Hay que probar, como ha ocurrido desde el mismo comienzo del psicoanálisis, la eficacia de la práctica y no hay otra manera que mostrar los efectos de su atravesamiento.

Pensar el tema “volver a análisis” en la perspectiva de diferentes analistas no resulta conveniente porque más allá de susceptibilidades profesionales, se trata de formular en cada caso el descubrimiento de los aconteceres de la experiencia del inconsciente.

El analista no debería pensarse a sí mismo como propietario de un analizante sino como “un futuro ex”, como lo decía Dalmiro Sáenz en uno de sus libros: A mi futura ex mujer, no hay identidad en el “sí mismo” y mucho menos existe identidad analista-analizante. Si la experiencia, como decía Emilio Rodrigué, sólo sirve para mostrar las horas que uno estuvo sentado en el sillón, la presencia de un paciente debe ser la exposición de lo que se ha ganado y perdido en esas vueltas.
Cada analista tiene su estilo, pero más allá de la tribu a la pertenezca, se trata de la experiencia del inconsciente, se trata de las vueltas y revueltas de un análisis. Volver a análisis, no es regresar al punto de partida. Es volverse a exponer a una transferencia inédita, a un amor que, más allá que se declare o no, intenta crear un espacio donde el discurso del inconsciente se pueda desarrollar, sea eficaz.

Hoy me encuentro, como casi todos los días de mi vida, en el consultorio esperando, soñando, sufriendo, hablando con pacientes. Llega una paciente nueva, le pregunto en qué vuelta está, más allá de saber cuán inmiscuida está en el discurso “psi”, en cómo le fue en el atravesamiento de otros tratamientos, quiero saber qué rastros siguió, qué interpretaciones, intérpretes, interpretantes tuvo en su vida.

Otra paciente relata sus experiencias anteriores, más allá de pasar revista a todos sus tratamientos anteriores, habla de su historia. Escucho, me intereso en cómo habla de ellos, qué le ha quedado de su desarrollo, en cuanto a lo positivo o a lo negativo, me pregunto qué es lo que la lleva a estar, hoy en día, hablando de nuevo de esto. Un rato después, llega otra paciente, la atiendo hace muchísimos años, va y viene del análisis según cómo se siente, se va del tratamiento cuando está bien, y llama cuando siente que alguna cuestión, sobre todo afectiva, le está “molestando”. Así va y viene de un tratamiento que la acompaña a lo largo de su vida.

Al rato, llega otro paciente, que es también analista, cuenta un sueño que gira alrededor de los tratamientos anteriores de sus pacientes. Lo escucho con mucha atención. Él está hablando del tema de los celos, yo estoy escribiendo sobre “la vuelta a análisis”. Sus pacientes le cuentan de sus analistas anteriores y él se muere de celos, es como si le estuvieran hablando de ex novios. No lo soporta. El sueño se va volviendo persecutorio, los ex analistas (novios) lo comienzan a perseguir y le dicen que ellos lo han hecho mejor, o la han curado mejor, o que sus intervenciones han tenido mayor penetración. Le cuestionan porque cobra lo que cobra, atiende como atiende, dice lo que dice y, además, le aseguran que ellos harían distinto que lo que él está haciendo. El paciente-analista muy angustiado, les grita que ahora ella estaba con él, y no con ellos, y se pone a prepotearlos, les dice que sólo el tiempo dirá quién es el más importante. Le digo: “Le estás dando un valor fundamental a la eficacia pero esa eficacia puede ser la de la competencia pero también puede ser la del deseo”, sabiendo que lo descoloco un poco con ese señalamiento. Se va desconcertado. Yo también me quedo pensativo. Este tema de escritura no tiene final fácil, da tela para cortar siempre, para darle unas vueltas más.

Si el amor es dar lo que no se tiene a quien no lo es, la vuelta a análisis es, paradójicamente, donde el sujeto puede esperar que se le dé. Es esto la esperanza descabellada de un análisis, puesto que el psicoanalista no tiene otra cosa que darle. En el amor, en el tiempo del futuro ex, se trata del tener pero sobre todo de cómo soportar la falta y hacerle frente a la nada, a esa exposición que llamamos deseo.
No se trata de analizar la transferencia que manda al paciente al acting o al pasaje al acto sino que cuando esté preparado, cuando sea ese momento, el instante del acto; que el analista diga una palabra que apunte al ser, una palabra que inste, no para reproducir las demandas sino para dejar caer pedazos de la historia a lo que ya no tiene retorno, a ese lugar donde no hay vuelta y que, sin embargo, sostengamos que ese acto no será triste, a pesar de la melancolía propia del vivir.
 
 
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