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El fin del comienzo
  Por Carlos Brück
   
 
“Una tarde de verano se encontraron un joven y una joven caminando.
Dijo ella: —Hablemos de cosas elevadas… —Puso una mano en el blanco seno y murmuro: —La vida es dura….”
Sean O´Casey. El fin del comienzo

Preliminares.
Parecería improbable, o el producto de una condensación arbitraria, disponerse a reunir en la letra a Mark Twain con Sigmund Freud. A un humorista con un teórico. A un costumbrista yankee con un psicoanalista de temperamento vienés. Pero el lugar de reunión era y es su condición de escritores y cómo esa condición los llevaría, quizás sin saber uno del otro, a formar parte de una misma Asociación Internacional que se ocupaba por establecer la respuesta a un acertijo sobre un nombre propio: ¿quién habría sido William Shakespeare?

En un texto poco difundido, Twain realiza una aproximación conceptual fulgurante: aceptar (como suponía la doctrina oficial) que Ben Johnson, un dramaturgo de época que cumplía con todos los requisitos previsibles de formación y linaje, fuese por ello el esperable autor de los dramas isabelinos, era como el dinosaurio que habitaba el Museo Schmitsociano de Washington. Una construcción “que se había armado con un pequeño hueso y seis toneladas de yeso”.
Para el comienzo entonces, y para despejar lo que parecería tan entablillado teóricamente, nos planteamos otro acertijo que generalmente alude al nombre propio pero que ahora le establecemos un giro: ¿qué es lo más intimo y lo más ajeno al ser de un psicoanalista? El ser analizante.

Es probable que desde ahí, desde ese núcleo candente, se pueda decir algo sobre el fin de un análisis y el comienzo de otro. El propio y el de otros también. Las vicisitudes que han tenido, sus principios, sus confines. Hasta dónde puede llegar esta experiencia cuando al fin de un análisis, sin prisa o con ella, le acontece el comienzo de otro que se figura como distinto.
Pero, en esa teoría de los conjuntos que los psicoanalistas llamamos instituciones, también se dice y se argumenta sobre la misma cuestión. Así es que en ellas se despliega algunas veces una cierta ambientación ecléctica que se puede llamar pluralista y en otras se hace de la experiencia del inconsciente, una profesión de fe. Aunque Lacan, despejando estos extremos, hubiese planteado que el psicoanálisis es, nada más y nada menos, que aquello que “se espera” de un psicoanalista.
Entonces (y con la fórmula recién citada haremos pie) lo más propio, lo más propicio para comentar las vueltas y revueltas de diferentes análisis, puede ser un analista instituido como tal, en donde se es alguien de quien “se espera” algo.

En el camino.
Hace tiempo vino a su primera consulta una persona, que para mi sorpresa, me comentó que le habían avisado que los psicoanalistas daban consejos y “que esperaba” que yo no hiciera eso, porque suponía que no le iba a servir para nada. Estuve de acuerdo con ella. A partir de allí, en una entrevista tras otra, se delineó su gozosa vocación de servicio que le hacía preguntarse sobre la utilidad de sí misma para el Otro.
Hace más tiempo, Santiago Dubcovsky, que hubiera merecido pertenecer (además de la APA) a una institución llamada Colegio de Patafísica, comentaba que luego de una mañana de consultorio iba a un restaurant cercano, donde el mozo le ofrecía el menú de siempre. Un día, ante tanta repetición, uno de los dos quiso innovar, preguntando qué era el psicoanálisis. A partir de allí, el servidor le pedía con la cuenta que le interpretara un sueño y tiempo después eran los demás parroquianos los que se acercaban por lo mismo, para después correrse a la agencia de lotería y quiniela y jugar al símbolo y el número que le correspondía.

Los soñantes no sabían que se habían pasado a una práctica más o menos junguiana, sorteando la discusión con Freud acerca de la necesidad asociativa que singulariza al sujeto de inconsciente en su detalle del sueño.
Pero hablando de diferentes modos de considerar el psicoanálisis, disponemos de un comentario del mismo Freud, que con cierta ironía envuelta en buenas maneras relata el testimonio de un paciente anteriormente en análisis con el Dr. Jung. Refiere, como quien comparte una confidencia, que lo que le sucedía a esta persona era “muy espiritual” pero que –quizás por ello mismo– al concluir la sesión, se sentía muy infeliz por los pensamientos poco elevados que lo acosaban.
Pero si de compartir escenas se trata, me inclino por aquella en la que queda desmentida una vulgata: la que dice que no puede esperarse que un psicoanalista, en función de tal, se comporte como si estuviera en una charla de café. Esta desmentida la producía una muchacha que en un bar saturado de practicantes y agendas iba a una mesa y también contaba su sueño como en la viñeta anterior, pero con la diferencia de esperar (más allá de cualquier número y billete de la suerte) alguna intervención sobre la cifra de su deseo.

Como diría Allen Ginsberg* si lo parafraseamos: he visto en ese lugar, a los mejores analistas de mi generación, rehusándose o disponiéndose para decir algo sobre ese relato ofrecido. Algunos practicaban el pase, es decir señalaban indicialmente a un colega contiguo para que escuchara y actuara en consecuencia. Esto determinaba a veces que la soñante fuera de mesa en mesa en un circuito interminable.
Entre la homofonía y el concepto, el término interminable remite al decir de Freud cuando alude a que los análisis pueden interrumpirse o concluir, pero que aquello que se espera de un psicoanalista vuelve en otro análisis.
Quizás entonces en esa circulación habría que determinar qué lleva a que alguien, no solo pueda elegir un nuevo destino teórico para la experiencia del inconsciente (y a veces las guerras parroquiales determinan en compensación versiones oceánicas) sino que en este nuevo análisis que nunca es un reanálisis, algo de la contingencia se juega. Algo se espera en relación a la singularidad del analista. Uno por uno, dimensión imaginaria, real de la transferencia o como gustéis, diría Shakespeare, ese que no lograba ser encarnado en la búsqueda que hacían Twain y Freud.

Quizás esto sea lo más íntimo de un análisis en sus vísperas. Estar al tanto de lo que se espera. Aún más allá del principio necesario del pronunciamiento disciplinar que por sí mismo no recubre esa víspera.
No hablamos entonces de la demanda, sino de cuál es el punctum que nos pronuncia. Ese grano de la voz que portamos, ese comentario que deslizamos, ese acento en el cuerpo que nos revela, cuando ocupamos a nombre propio –lo más ajeno y lo más íntimo– un lugar que se ofrece para ser objeto o bien de cambio. Y que, con estilo, se escribe psicoanalista.

* Aullido. Allen Ginsberg. Nueva York, 1958
 
 
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