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Saldos de saber, restos de la transferencia
  Por Lucas Boxaca
   
 
En su escrito “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), Lacan afirma que la concepción que un analista tenga de la transferencia y de la interpretación se vincula directamente con la dirección de la cura y con las consecuencias del análisis. En dicho texto, Lacan ilustra este punto con un caso de Ernst Kris, habitualmente conocido como el “Hombre de los sesos frescos”.
Me propongo explicitar la referencia anterior de Lacan, a partir de un análisis específico del caso clínico en cuestión, prestando especial atención a los saldos de saber de un tratamiento anterior. El caso del Hombre de los sesos frescos es un caso privilegiado en la bibliografía analítica no sólo porque ejemplifica las coordenadas de ocurrencia de un acting out en la cura como respuesta a una determinada intervención del analista, sino porque testimonia asimismo de un primer análisis del paciente. En principio no pondré aquí el acento en el modo en que Lacan explica la ocurrencia del acting out, sino que lo tomaré desde otro sesgo, esto es, a partir del saber decantado del primer tratamiento del paciente. Apuntaré a pensar el modo en que los saldos de saber del tratamiento anterior podrían ubicarse como sostén de la inhibición que el paciente presenta en el momento de inicio del tratamiento con Kris.

Dos fuentes permiten obtener datos del primer tratamiento del Hombre de los sesos frescos. Por un lado, un artículo de su primera analista, Melitta Schmideberg, titulado “Inhibición intelectual y trastornos del apetito”, quien menciona al paciente dentro de una serie de casos que confirman la tesis que el artículo sostiene. Por otro lado, el texto mismo de Kris. Cabe considerar ambas referencias de modo separado, para luego interrogarlas de modo conjunto.
M. Schmideberg resume su tesis del modo siguiente:
“En general, puede decirse que los factores orales influirán de un modo favorable en el desarrollo intelectual, cuando la avidez oral sublimada en la pulsión de saber sea verdaderamente intensa, pero no si suscita, como consecuencia de su sadismo, angustia o sentimientos de culpa.”1

La inclinación a plagiar y la inhibición de las actividades intelectuales que presenta su paciente aparecen mencionados por Schmideberg como formas de padecimiento que confirman su tesis. La inhibición intelectual del paciente queda explicada como un modo de eludir un factor pulsional oral intenso.
Puede atenderse, en este punto, a la segunda de las referencias de este primer análisis: la reconstrucción hecha por Kris a partir de lo que el paciente dice de su primer tratamiento cuando consulta con él. En pocas palabras, la inhibición no había cedido y “estaba bajo la presión constante de un impulso a usar ideas de los otros…”2 y, por otro lado, se refiere una suerte de efecto didáctico de ese primer análisis:
“En su primer análisis había aprendido que el miedo y la culpa le impedían ser productivo, y de que él siempre quiso apropiarse, robar, tal como lo había hecho en su pubertad.”3

Resulta interesante el modo en que es enunciado aquello que habría decantado del primer análisis. En él, el paciente parecía haber consolidado un saber, había aprendido lo que él siempre quería hacer: robar, apropiarse, etc., y que esto estaba en la causa de su inhibición. Reflejo sorprendentemente fiel de lo expresado por Schmideberg en el artículo que mencionábamos anteriormente.
El análisis había redundado en una identificación de sus tendencias lo cual deja al paciente con la convicción de lo que desea, pero traducido a términos de un código establecido por la doctrina psicoanalítica de la época.

A partir de esta breve descripción nos interesa proponer dos preguntas. En primer lugar, ¿cómo es posible que un paciente llegue a sostener una lectura que eternice su sufrimiento?; en segundo lugar, si el saber que se desprende de un tratamiento, lejos de producir una modificación en la posición subjetiva, promueve un nivel mayor de detenimiento y padecer, ¿a qué debemos atribuir su permanencia y su falta de cuestionamiento por parte del paciente? Otro modo de formular ambas preguntas, teniendo en cuenta el caso en cuestión, podría ser: ¿cuál es la raíz que constituye el soporte de un saber que a todas luces se encuentra en el fundamento de la inhibición en el momento de la segunda demanda de análisis? Puede considerarse, en este punto, un dato que Kris aporta de los dichos de su paciente en el momento en que demanda el segundo tratamiento: “… le angustiaba que su analista anterior se llegara a enterar de que él había reanudado su análisis ya que no que no quería que su no retorno a ella pudiese herirla de alguna manera…”.4

Pero, ¿de qué se trata esta angustia con respecto a “herir” a Schmideberg? ¿En qué lugar se había preservado la figura de la analista para ese paciente?
En la 28ª de sus Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), titulada “La terapia analítica”, Freud sintetiza la trayectoria del tratamiento de acuerdo con los preceptos analíticos –distinguiéndolo de las terapias basadas en la sugestión– y manifiesta el destino que tiene la figura del analista al finalizar el tratamiento:
“En cualquier tratamiento sugestivo, la transferencia es respetada cuidadosamente: se la deja intacta; en el tratamiento analítico, ella misma es objeto del tratamiento y es descompuesta en cada una de sus formas de manifestación. Para la finalización de una cura analítica, la transferencia misma tiene que ser desmontada…”5

A partir de esta referencia freudiana podría pensarse que, en el caso del Hombre de los sesos frescos, no se había producido el desasimiento con respecto a la figura del analista: el desmontaje de la transferencia que Freud postula como necesario para el fin de análisis. Podría proponerse que Schmideberg había quedado en un lugar determinado, encarnando determinada figura que no debía ser herida, un Otro que –como lo expresa Freud– permanecía como objeto libidinal. Pero, ¿qué consecuencias trae aparejadas la permanencia de este resto transferencial?
En este punto, la cuestión es que puede inferirse que la permanencia del analista como objeto libidinal trae aparejada la pervivencia de un saber, del cual el analista es garante. La “herida” de la cual el paciente quiere proteger a Schmideberg no se produciría exclusivamente con respecto a la persona del analista, sino también sobre el saber-resto del primer análisis.

Un caso.
Juana expresa entre sollozos que se encuentra detenida. Su “inseguridad” la lleva a no tomar decisiones para actuar en función de lo que quiere.
Refiere que realizó un tratamiento de una duración de 4 años. En él ha concluido que su madre la protegió demasiado y que nunca la estimuló para que emprendiera nada. “Siempre me consideró débil. Ella siempre me presento al mundo como algo peligroso”. Esto ha fomentado, según la paciente su “inseguridad”. Según lo que ha trabajado en su tratamiento eso se debe a la historia familiar que la precedió.
Antes que naciera Juana, en esa familia un hermano nació con una enfermedad hereditaria de muy mal pronóstico. Dicha enfermedad implicó que los padres de Juana estuvieran constantemente al cuidado del niño. El niño no podía estar en contacto con el mundo, sin que se pusiera en serio riesgo su vida. Este hermanito fallece tempranamente y Juana viene al mundo después. Alentada por su terapeuta ha averiguado todo lo posible en relación a este hermano. Características de la enfermedad, tratamiento que recibió, la actividad de sus padres en relación a los cuidados del niño. Ha llegado inclusive a solicitar la historia clínica de su hermano, la cual guarda en un cajón de su habitación.
Se concluye entonces en ese tratamiento que la protección excesiva de la madre tiene como base la experiencia anterior con su hermano. Ella ha nacido después que él y por tanto ha recibido una serie de cuidados extremos para que no corriera igual suerte.

Explica eso también, según Juana, que se sienta por momentos culpable bajo la sentencia: “En lugar de él viví yo”. “Estoy muy triste y ya no sé qué hacer con eso. Me pongo a llorar todo el tiempo”. En ese instante se rasca la cara y me dice: “Ves, me rasco tanto que me lastimo, la enfermedad de mi hermano tenía que ver con la piel. Se le hacían lastimaduras al mínimo contacto”.
En este punto, le digo que lo que ha concluido es evidentemente fruto de un trabajo intenso con respecto a reconstruir las circunstancias que la precedieron, pero que eso ha quedado como una serie causal que pareciera explicar todo lo que le sucede. Como si su historia estuviera escrita en aquella historia clínica que ha guardado. Me pregunto, le digo, si el detenimiento se justifica enteramente por la historia que me ha relatado. Unido a esto pregunto cuánto tiempo después del fallecimiento del hermano nace ella y me dice dos años.
Sorprendido, digo: “¡¿Dos años?!”

En la siguiente entrevista se presenta con otro semblante y manifiesta que se siente más aliviada. Pensó que su detenimiento tiene otras aristas a pensar más allá de su hermano. En cuanto a sus proyectos piensa que ella da muchas vueltas para actuar y que se le va el tiempo. Le da algo de rebeldía hacer las cosas al tiempo que lo exigen los demás, “me da como pereza”.
Le digo: “Si me permitís, el rascarte se podría pensar bajo una nueva perspectiva a la luz de lo que dijiste hoy”. Se ríe. Desde esa entrevista comenzamos a trazar las coordenadas del detenimiento. Es decir, a hacer un recorrido por las circunstancias en las que “da vueltas”, “se rasca” antes de salir de su casa.

A medida que Juana despliega su discurso llama la atención la consistencia de la serie causal que explicaría su padecimiento de acuerdo a lo decantado por el tratamiento anterior. La misma guarda una similitud con lo que nombré como saldos de saber en el caso del Hombre de los Sesos Frescos. Es decir podría depender de restos transferenciales que llevan a sostener la posición doctrinaria del analista. Posición doctrinaria que solo se puede conjeturar, pero teniendo esta salvedad en cuenta, podemos decir que parece dirigirse a encontrar en las constelaciones históricas que precedieron al nacimiento del sujeto la justificación de sus padecimientos. No me extenderé sobre la crítica a esta concepción de la dirección de la cura, pero para resumir se puede decir que abreva de una concepción del determinismo que soslaya la capacidad electiva del ser hablante, y por ende tiende a producir una petrificación del ser.

Reflexiones finales
. Los saldos de saber cristalizado en análisis anteriores pueden operar como sustento del padecimiento actual del paciente y estar sostenidos de “restos transferenciales” –tal como Freud los designara en Análisis Terminable e interminable–. Estos podrían ser resultado de la coalescencia que se produce entre la resistencia del paciente y la resistencia del analista, lo cual eternizaría la neurosis de transferencia impidiendo la posibilidad de ocurrencia de nuevas elecciones por fuera del mecanismo supuesto por el saber doctrinario del analista. Es un punto cardinal del deseo del analista situar las coordenadas del conflicto electivo que se encuentra en la causa de la neurosis y, a través del análisis de la transferencia, restituir al ser hablante su aptitud para elegir. De otro modo, el analista podría ser resistencial –o, mejor dicho, funcional a la neurosis– en la medida en que se empeñe en verificar su saber doctrinario, y las tendencias y mecanismos que este saber le supone al ser hablante. Como Lacan afirmara en el seminario “Problemas cruciales del psicoanálisis”: “La neurosis de transferencia es una neurosis del analista” (Lacan, 1965, clase 3/2).
____________________
1. Schmideberg, M. (1934) “Inhibición intelectual y trastornos del apetito” en Textos de Referencia de la Asociación de Psicoanálisis Biblioteca Freudiana de Barcelona, 1986, p. 5.
2. Kris, E. (1951) “La psicología del yo y la interpretación en la terapia psicoanalítica” en Revista de la Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, No. 17, Buenos Aires, 1991, p. 34.
3. Ibid.
4. Ibid.
5. Freud, S. (1916-17) “28ª conferencia: La terapia analítica” en Conferencias de introducción al psicoanálisis en Obras completas, Vol. XVI, Buenos Aires, Amorrortu, 1989, p. 414. [Cursiva añadida]
 
 
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