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   Volver a análisis

Uno vuelve, entre el centro y la ausencia
  Por Sergio Zabalza
   
 
“… Cómo me voy a ir, si siempre estoy volviendo”.
Aníbal Troilo

“Nuestro retorno a Freud tiene un sentido muy diferente por referirse a la topología del sujeto, la cual sólo se elucida por una segunda vuelta sobre sí mismo”.
Jacques Lacan

Uno es el título de un tango compuesto por Mariano Mores y Enrique Santos Discépolo. Dice: “si yo tuviera el corazón, el corazón que dí, si yo pudiera como ayer querer sin presentir”. Cuando era chico, esta letra me causaba muchos interrogantes: ¿se puede perder el corazón? “Uno busca lleno de esperanzas” ¿tan mal te puede ir?; “Pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina” ¿Así hay que vivir?
Un par de golpes, durante la adolescencia, me pusieron a tono con la letra de Uno, se me borraron las preguntas y así, un buen día, me encontré cantando: “Uno está tan solo en su dolor”; tal como todos esos millones de Unos que cantaban: “Uno está tan solo en su penar”. Pero el amor volvía, claro, y entonces el tango se hacía novela que renovaba, una y otra vez, este fatal desencuentro entre letra e ilusión, entre Uno y la esperanza.

La esperanza
. Cierto es que conviene precisar de qué hablamos, en el ámbito del psicoanálisis, cuando mentamos el término esperanza. Según parece, el mismo puede entenderse como la ilusión neurótica con la cual un sujeto sostiene la expectativa de “salvarse”: es decir –sea mediante el recurso al dinero, a Dios, la enseñanza de un maestro o la experiencia de un psicoanálisis–, encontrar eso que justifique y brinde razón de ser a la existencia. Se trata, en definitiva, de la esperanza de encontrar el objeto que complete nuestra falta en ser. Por algo, en “Televisión”, Lacan no vacilaba en expresarle a su interlocutor: “Sepa solamente que he visto varias veces a la esperanza –lo que llaman: las mañanas que cantan– llevar a gente que apreciaba tanto como lo aprecio a usted al suicidio”.1
Sin embargo, el carácter neurótico de esta ilusión narcisista no estaría dado tanto por el hecho de creer en algo, –Freud, sin ir más lejos, consideraba que para practicar el psicoanálisis era indispensable creer en el inconsciente–, sino más bien la modalidad o la posición desde donde tal fe o apuesta subjetiva se sostiene. Por un lado, esa salvación cuyo sufrido anhelo no hace más que traslucir la posición culpable a partir de la cual un sujeto espera su redención: volver como sinónimo de ser perdonado.
Y por otro, ese punto de espera –un corte– en el afán de satisfacción propia del adicto o en la urgencia del desesperado, –para citar tan solo dos ejemplos–, que constituye la piedra de toque para cualquier tratamiento analítico.

Volver, entre el centro y la ausencia. Pareciera que, en cierta forma, volver al análisis forma parte de este neurótico vaivén entre el dolor y la esperanza. Es que si aún queda por perder una ilusión –o peor: el Otro de la traición–, cada persona oupeora a su manera. Como muestra, nunca mejor el paciente que al llegar a la consulta dice estar muy feliz, o también el que vuelve porque no le encuentra la vuelta; pero entre los que destacan el puntual hecho de volver –que no son todos– bien vale la pena preguntarse desde qué ausencia. Porque para retomar un análisis hay que estar dispuesto a volver. A enamorarse.
En efecto: la transferencia es condición para un cambio de posición subjetiva pero también es centro de resistencias. El punto no es menor porque atañe al manejo que se hace de la ausencia durante el análisis.

El viraje de la transferencia. La ética propia de la intervención analítica se orienta por liquidar el vínculo transferencial. Pero así como esta maniobra de ningún modo supone extinguir el amor en una persona, tampoco implica eliminar la esperanza sino causar el deseo del sujeto. De lo que se trata entonces es de la articulación entre el ser y el amor, entre centro y ausencia.
En efecto, la esperanza neurótica es solidaria de una concepción del amor narcisista, esa que haría de dos un Uno consistente y central. Pero, si tal como afirma Platón: “el amor […] no es amor de lo bello” sino de “la generación y procreación en lo bello 2, el impulso erótico no abreva de objeto actualizado alguno sino de su cons­titutiva ausencia. Por eso el filósofo agrega que los amantes “ni siquiera po­drían decir qué desean conseguir realmente unos de otros […] es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no puede expresar…”3

El analista está en el lugar entonces de esa esperanza de la cual hay que desembarazarse para soltar las pesadas cargas de la queja narcisista. No en vano, Lacan recomienda: “del ser, es necesario que ustedes sólo hagan el semblante”.4 Por eso, “Entre centro y ausencia, entre saber y goce, hay litoral que no vira a lo literal más que si pueden hacer este mismo viraje en todo momento. Solamente así pueden tomarse como el agente que lo sostiene”5. No hay necesidad de farragosas explicaciones, equivocar el discurso del sujeto a través de la cita de sus dichos posibilita que una persona se escuche desde otro lugar: ese viraje que habilita una segunda vuelta sobre sí mismo.
En esto consiste, por otra parte, la neurosis de transferencia: esa “estafa” que Freud bien puntuó en sus escritos técnicos al describir la expectativa que el saber supuesto del médico genera. De hecho, cada sesión de un tratamiento –si es que el paciente vuelve– debe restarle a la figura del analista ese poder que la esperanza neurótica le adjudica. Así, un análisis no deja de ser una experiencia amorosa destinada al fracaso, pero cuyo singular desenlace habilita un nuevo compromiso entre el sujeto y el objeto. “¿Piensa usted a la esperanza sin objeto?”6 –desafiaba Lacan durante el diálogo en Televisión–. Eros es amor de algo y, al mismo tiempo, amor de lo que no tiene.
Entre Uno. En todo paciente que dice volver, entonces, palpita el empuje por repetir. ¿De dónde se vuelve para volver, entonces? ¿Cuán peleados estamos con nuestros antiguos amores? ¿Cuán dispuestos a dejarlos caer? Y si, en definitiva, Uno no habla y canta más que para Uno: ¿por qué, entonces, un Otro al que, al fin y al cabo, hay que destituir?

Por empezar, desde esta perspectiva, volver no sería más que el ropaje imaginario con que el neurótico viste su queja o –en el mejor de los casos– su demanda de análisis: el ser hablante siempre está volviendo. Sin embargo, es la repetición la que trae la diferencia: “Nada hay más resbaladizo que ese Uno” dice Lacan. Quizás por eso, uno de sus seminarios fue traducido con el título de “El fracaso del Un desliz es el amor”7 . Como si amar consistiera en un volver más allá del espejo del Uno ¿Qué sombra insinúa este desliz que aporta la diferencia? O peor aún: ¿Qué s/cesión hace ausencia en el centro del Uno?

Investiguemos el desliz: “El Otro, escuchen bien, es entonces un entre, el entre que estaría en juego en la relación sexual, pero desplazado, y justamente por interponerse como Otro. Es curioso que al plantear ese Otro, lo que hoy debí proponer no concierne más que a la mujer. Ella es por cierto la que, de esta figura del Otro, nos brinda la ilustración a nuestro alcance, por estar, según lo escribió un poeta, ‘entre centro y ausencia’ ”8.
No sé a qué poeta se refiere Lacan. Pero, por lo pronto, Alejandra Pizarnik escribió: “el centro/ de un poema/ es otro poema/ el centro del centro/ es la ausencia/ en el centro de la ausencia/ mi sombra es el centro/ del centro del poema”.9
Al vincular “mi sombra” con la ausencia, una vez más la poesía roza lo más íntimo y singular del sujeto: lo que está por fuera de la ley, según Lacan distingue en “La Carta robada”10 a lo propiamente femenino; lo que siempre vuelve, porque siempre llega a destino. O peor aún: lo incurable del síntoma. Lo cierto es que en la clínica se trata de que ese Uno –que siempre vuelve– encuentre su sombra: un semblante entre el centro y la ausencia. Un caso de psicosis en el Hospital de Día quizás nos muestre con claridad estas vueltas del Uno.

Cuando las vueltas hacen semblante
. Hernán es joven, no tiene más de veinticinco años. Cuando canta, su fina y delicada voz suele escucharse más allá de la sala de los pacientes. Durante las actividades, presenta una imperturbable modalidad disruptiva que se traduce en continuas ausencias –sea para fumar, tomar aire o charlar con algún ocasional visitante–; en interrupciones para cebar mate o acomodarse en la silla; y en extemporáneos comentarios que, por estar usualmente dirigidos hacia algún compañero en particular, no logran hacer pie en el devenir de la tarea compartida.
Así como en un esfuerzo de rigor y simplicidad Lacan expresa: “HaiUno11, bien podemos conjeturar que en este caso “Hay lo disruptivo”.12 Este es el síntoma a cielo abierto –el Uno– con el que se presenta Hernán: un significante que al carecer de inscripción simbólica no se encadena para constituir saber alguno; por el contrario, se actúa en lo real.
Sea en el centro o en la ausencia, Hernán siempre permanece exiliado del lazo social. Por estar en posición de objeto, ocupa ese atroz lugar de excepción –el Uno– donde el psicótico paga con su carne lo mismo que el neurótico financia con la deuda simbólica, sea un tango, un hijo, una carrera, etc.

Esto es lo que hay. De lo que se trata es ver qué uso puede hacer este paciente de su creación: el síntoma, de forma tal que el mismo cobre la dimensión de invención subjetiva13; es decir, que tenga efecto en el goce.
Una de esas mañanas en que el taller de música y canciones comenzaba a entonar su actividad, dejé la guitarra con los cancioneros y me senté junto a los pacientes.
Luego de ese extraño lapso en que la ansiedad neurótica nos suele tentar para intervenir demasiado rápido, se inició –como si nada– una conversación cuyo tema giraba en torno a la música. A partir de diferentes comentarios, se fueron recordando viejas canciones que distintos pacientes entonaban con mayor o menor convicción. Mi único propósito consistía en mantener el tema de la conversación y hacerlo circular entre los participantes del improvisado cónclave.
La charla y las interrupciones fueron cobrando un ensamble rítmico propiciatorio, por lo que invité a Hernán a enseñarnos las canciones que en sus singulares periplos acostumbraba a cantar. Fue así que entre giros, entradas y ausencias, Hernán entonó trozos de varias melodías. Sin embargo, lo más interesante ocurrió cuando en una de sus sintomáticas circunvalaciones, Hernán quedó en el marco de la ventana justo en el momento en que la charla convocaba un tema de Mercedes Sosa.
Esta vez no fue el tango Uno, sino que identificado al Uno/Síntoma –mas no a su aplastante sentido–, por primera vez Hernán cantó una bella canción folklórica para todos sus compañeros. En esa íntima exterioridad que la ventana dibujaba, por un instante se había gestado, entre centro y ausencia, ese viraje donde el sujeto encuentra el semblante.
______________
1. Jacques Lacan, “Televisión” en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, página 568.
2. Platón, El Banquete, 206 e, en Diálogos III, Gredos, op. cit. p. 255
3. Platón, El Banquete, op. cit. p. 227.
4. Jacques Lacan, La tercera http://www.edipica.com.ar/archivos/jorge/psicoanalisis/lacan6.pdf
5. Jacques Lacan, El Seminario; Libro 18, Clase sobre Lituratierra, Buenos Aires, Paidós, 2010, página 113. 
6. Jacques Lacan, Televisión en Otros escritos, op. cit. página 568.
7. Jacques Lacan, El Fracaso del un desliz es el amor, a la manera del seminario oral de Jacques Lacan, Artefactos (1976- 1977): Cuadernos de Notas, Ortega y Ortiz, 2008.
8. Jacques lacan, El Seminario: Libro 19, “ …0 peor”, Buenos Aires, Paidós, 2012, página 118.
9. Alejandra Pizarnik, Obras completas, Buenos Aires, Corregidor, 1999, página 234.
10. Jacques Lacan, El Seminario de la “La Carta Robada” en Escritos 1 “Es que al jugar la baza del que esconde, es el papel de la Reina el que tiene que adoptar, y hasta los atributos de la mujer y de la sombra, tan propicios al acto de esconder.”
11. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 19, “O peor…”, clase “Haiuno” del 19 de abril de 1972, Buenos Aires, Paidós, 2012, página 135.
12. Slavov Zizek, El sublime objeto de la ideología, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pag. 107:
“Podemos hasta decir que el ‘síntoma’ es la respuesta final de Lacan a la eterna pregunta filosófica ¿por qué hay algo en vez de nada? –este algo que ‘es’ en vez de nada es ciertamente el síntoma”.
13. Jacques Alain Miller, La invención psicótica, Conferencia introductoria al tema de “La invención piscótica” durante el Seminario de la Sección Clínica de París-Ile-de-France (1999-2000), pronunciada el 24 de noviembre de 1999: “Hay seguramente una zona semántica común entre invención y creación. La invención se opone más fácilmente al descubrimiento. Se descubre lo que ya está ahí, se inventa lo que no está. Es por ahí que la invención es pariente de la creación. Pero el acento del término ‘invención’ es en este caso una creación a partir de materiales existentes”.
 
 
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