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Eslabones de un análisis
  Por Liliana Donzis
   
 
“Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas”.1
“…aunque aceptemos los eslabones, hay siempre un intervalo de sombra, un intervalo de misterio entre un eslabón y otro…”2

El poeta nos acerca algunas luces en el tema que nos ocupa. Misterios y sombras eslabonan los enlaces de la historia analítica de cada psiconalizante. Desde el inicio hasta el final de la cura los diferentes tiempos de un psicoanálisis constituyen los eslabones lógicos que enmarcados en la transferencia sitúan al sujeto con sus enigmas y misterios entre saber y verdad. Verdad que emerge del saber, surgiendo en un semi decir, en un medio decir, haciendo letra en el límite del saber.
En cada nueva vuelta de un análisis el sujeto se reposiciona entre saber y verdad, en la combinatoria significante conjugada en sus enlaces con lo imaginario y lo real hasta la disolución de la transferencia. Jaque final, caída del rey, si lo comparamos, Freud dixit, con el noble juego del ajedrez que desde su primer movimiento y, aunque no son previsibles las jugadas intermedias, ya está señalado el inexorable final de la partida.
Ahora bien, el análisis puede llegar a su fin o puede interrumpirse en su devenir. Las preguntas difieren si concierne al final de la cura o a su interrupcion. Freud recomendaba que quienes habían terminado su análisis pudieran, lo aconsejaba reiniciar su análisis cada cinco años. Lacan no planteo esta alternativa sino, por el contrario, se ocupó de crear dispositivos en los que se pudiera constatar el final de análisis, enunciando que esperaba particularmente el testimonio de los analistas.

Los avatares de lo real, las contingencias de la vida, la emergencia del síntoma y la angustia pueden conducir a un nuevo tiempo de transferencia y análisis.
Desde otra perspectiva, cuando de interrupciones se trata, advertimos que las mismas pueden implicar tanto un abandono definitivo como temporario. Puede suceder, en este último caso, que en un momento posterior el sujeto desee avanzar en la cura y retomar el camino que había dejado trunco, empantanado entre sus goces y sus síntomas.
Retomar el análisis no es una decisión simple ya que entre otras cuestiones requiere considerar la experiencia anterior que, de modo explicito o implícito, volverá a poner en juego la historia de la que se partió y que a la vez quedó partida, limitada y en estado fragmentario.
Volver a lo que no se sabe de lo insabido comporta retomar el sendero del equívoco en el parloteo que enlaza pulsión e inconsciente intentando conmover los goces parasitarios que desligan la vida de la muerte.
Lo que se ha dado en nombrar reanálisis, ¿es un volver a empezar? ¿Es un nuevo inicio o se trata por el contrario de un nuevo eslabón de la misma cadena? Sombras y misterios, tal como lo dice Borges, es lo que habrá que develar entre eslabón y eslabón.

Es obvio que nombrar reanálisis a estas demandas tiene el riesgo de una generalización, es menester tener en cuenta el caso por caso. Sin dejar de lado la necesaria singularidad podemos indicar que no es lo mismo haber suspendido las entrevistas preliminares que interrumpir un análisis avanzado. Así como tampoco es de la misma estofa la suspensión por vía del acting que una interrupción acordada. Necesariamente las consecuencias de la suspensión o interrupción se harán legibles en el a posteriori, en la nueva consulta, en el eventual nuevo movimiento analítico que eslabonará en tiempo de futuro anterior y en lectura retroactiva lo que quedo de los restos transferenciales. Así como también se hará legible, por diferentes vías, que en variadas ocasiones es el analista quien tropezó en la transferencia con puntos resistenciales favoreciendo la detención del análisis.
Un nuevo tramo de análisis se asentará en los efectos de la anterioridad así como también en los puntos fantasmáticos a los que el sujeto hubo arribado, estos surgen en la trama transferencial y serán de enorme interés en la nueva vuelta. La repetición en su doble vertiente reitera el trazo que también conlleva lo nuevo y diferente. La dimensión de la repetición enlaza significantes propiciando una mengua de goce que no es sin una nueva ganancia, así como también nos indica que el análisis no apunta a la verdad histórica sino a los efectos de discurso que suscita.

Entre uno y otro tiempo de análisis tanto la subjetividad como el relato de la historia se han transformado de tal modo que en muchas ocasiones los síntomas, padecimientos y malestares pueden ser irreconocibles y hasta olvidados. La represión hizo su obra.
Ahora bien, ¿qué podemos situar cuando este eventual retorno es el de un sujeto que consulta con el psicoanalista que condujo su cura en la niñez?
Efectivamente no nos bañamos dos veces en el mismo río ni las aguas son las mismas, los síntomas han variado, las circunstancias son otras, no obstante algo de la historia transferencial se cuela en los decires del paciente.
En el retorno al mismo analista se evidencia, prima facie, la búsqueda de las huellas transferenciales. He advertido que en estas consultas son las vicisitudes del amor transferencial, sus restos, lo que relanza la demanda.
No todas las nuevas consultas implican, strictus sensu, la puesta en marcha de un análisis, sin embargo en las entrevistas que mantuve con el ahora adulto estaban salpicadas de recuerdos y preguntas sobre su niñez, sobre sus juegos y angustias. Curiosidades de su infancia sobre el sexo y la muerte. Jacques Lacan nos dice algo muy acertado respecto de esta búsqueda, que bien puede ayudarnos a deletrear las preguntas del retorno al analista de la infancia. “Se trata por una parte de un saber interno, intrínseco al significante cuya verdad es el sexo, verdad que nos sorprende porque esta olvidada”. 3

Es evidente que esta verdad no es ajena a los padres de la infancia, a la función del padre y al fantasma materno que modulo lo crucial de los tiempos instituyentes. El lugar del analista alberga una suposición de saber sobre estos vectores y al mismo tiempo debe abstenerse de saber.
Agrega Lacan, “el sujeto del cual tenemos que partir es la pieza que falta de un saber condicionado por la ignorancia”.4
En la clínica se destaca que en esta segunda vuelta es el relato de los juegos de infancia lo que predomina en las primeras entrevistas, se dice desde el rincón de recuerdos, recuerdos siempre encubiertos, distorsionados, remodelados que parecen atesorar las experiencias lúdicas que dejaron rastros imborrables en el sujeto, que fueron placenteras, de elaboración, etc.
El adulto y el joven que vuelve trae nuevas preguntas y renovados síntomas así como también está advertido que entre lo buscado y lo hallado hay una distancia infranqueable.
En cada una de las experiencias, se hayan constituido o no en un psicoanálisis, la pregunta por la niñez y la fantasmática imaginaria que conlleva motoriza un nuevo primer tiempo de análisis. La transferencia permite generar la necesaria confianza para recrear un espacio en el que se despliegue la palabra. Cuestión frecuente en cualquier inicio de análisis pero en estos casos lleva la marca del falo, del objeto y de la transferencia que se anido en los tiempos de la niñez. El tren de Dick, el osito de la Piggle, el caballo de Juanito podrían haber sido significantes y objetos privilegiados si alguno de estos niños hubieran vuelto al análisis con Melanie Klein, Winnicott o Freud.
Estas reflexiones nos conducen a revisitar nuestra concepción sobre la transferencia en el análisis de niños. Muy brevemente, la demanda de análisis en un niño es vehiculizada por los padres, en el inicio el sujeto supuesto saber es situado por ellos. Ahora bien es el niño quien también sostiene y circuitiza el movimiento transferencial, haciendo de éste el motor y pivote de la cura. Es notable, según mi experiencia, que quienes han vuelto años mas tarde fueron aquellos niños para quienes se jugó la transferencia en sus diferentes dimensiones, para quienes el analista estuvo en el lugar de supuesto saber jugar5.
El niño que sostuvo la transferencia lúdica vuelve a apostar desde otras orillas de goce y retorna a una zona de juego.

El juego es una apuesta de la que se saben sus reglas pero no el resultado, no hay saber anticipado de lo que puede surgir, por ejemplo en el juego de azar. La contingencia tiene un papel preponderante en la nueva vuelta al puntuar que algo puede escribirse, algo puede cesar de no escribirse, algo nuevo en la vieja trama.
Parafraseando a Lacan, un adulto vuelve al analista que conoció y amó en su infancia para recobrar los significantes, para resituar su posición, sus síntomas y sus goces. Al igual que cualquier analizante no sabrá qué saldrá del juego aunque conozca sus reglas, apostará a que del molino de las palabras surja realmente su verdad pero “es una verdad que califique como incurable, es el fruto de una tarea, la del psicoanalizante”6 y es en el acto que instituye al sujeto donde se sitúa el meollo de la tarea del psicoanalista “que para ser el soporte del decir que sea interpretante requerirá que sea asimismo digno de la transferencia”.

Hombres, mujeres y niños despliegan en su psicoanálisis los eslabones lógicos de la cura, tiempo de mirar, comprender y concluir, tanto en lo singular de las detenciones como cuando un análisis se reanuda.
Brevemente el análisis nos evidencia que en los niños se cristaliza en una etapa muy precoz lo que cabe llamar síntomas, es en relación al síntoma que el tiempo de la niñez es decisivo. El síntoma es lo estructurante del sujeto en la niñez.
Para que esto funcione es menester servirse primero del padre. Los niños requieren de la función del padre, de los nombres del padre RSI para que, si marchó por el buen sesgo, el síntoma entre en juego. Planteo una distinción los niños requieren de los nombres del padre pero no prescinden de el. Ahora bien, en el análisis de un niño se reconocen las operaciones que sitúan en lo real lo que no anda, el síntoma.
La eficacia del psicoanálisis, cuando de niños se trata, concierne a la puesta a punto del síntoma en transferencia. Un niño culmina su tiempo de análisis alrededor de la instauración del síntoma.
Conocí a Lucio7 cuando él cumplía nueve años, consultaron sus padres porque el niño no cumplía con sus deberes escolares, era distraído, desafiante, pero sobre todo era hiperactivo.
Lucio celaba de su hermano menor, contaba cuantos ravioles, canelones o milanesas le ponían en el plato a su hermano midiendo centímetro a centímetro, con medida de pulsión oral cada pedacito de goce que suponía le daban a su hermanito. El mundo era para Lucio chupable, masticable y comible. Nuestro pequeño goloso además robaba, hurtaba aquello que consideraba una medida de goce para el otro.

El desafío que mantenía con padres y maestros trocaba en actings en transferencia. En cierto momento comienza a preguntarme en sesión qué iba a cenar esa noche, por mi parte trataba de no responder o bien mantenía silencio frente a esta demanda. En una sesión comencé a poner en juego un equivoco o al menos algo que Lucio desconocía y que por ende se volvió un enigma, ante la pregunta por mi cena le respondí que esa noche tenía preparado faisán doré. Lucio quedaba boquiabierto frente a este enigma culinario, no sabía qué era el faisán doré y sostuve su inquietud mientras me sorprendía de su ignorancia. ¿No sabés qué es un faisán doré?
El goce del faisán doré era un verdadero interrogante y además harto enigmático. No obstante lo oral que envolvía ese oscuro objeto dándole consistencia, era un enigma que a su vez lo hacía más deseable. Ponía de manifiesto tanto un goce como un deseo, y nada había que pudiera disminuir la fama y el prestigio bien ganado de dicho plato.

Pasado mucho tiempo puedo decir que este significante portaba el objeto agalmático de la transferencia.
Lucio mejoró considerablemente y finalmente dejó de concurrir a tratamiento. Ni interrupción ni final de análisis, sino un final acordado con Lucio y sus padres.
Pasaron más de quince años cuando Lucio me llamó por teléfono solicitando entrevistas. Se había casado, tenía dos hijos, era un excelente profesional contaba con un emprendimiento gastronómico que explotaba con gran lucidez comercial. Podríamos decir que cuenta los ravioles que sus empleados ponen en cada plato, hace pesar las hortalizas que compra al por mayor… etc.
En el interin del tiempo transcurrido intentó sin suerte otro análisis que interrumpió.

¿Por qué consulta Lucio nuevamente a quien fuera su analista en la época en que cursaba la escuela primaria? Su mujer lo pelea, le hace más de un desplante, la ama y no sabe qué hacer con ella ni con sus sentimientos. Para un hombre, una mujer puede ser su síntoma a través del cual poner en ruta y vereda la verdad de su existir.
La desea, según sus palabras, como cuando un hombre ama a una mujer pero no sabe qué hacer con eso. Recuerdo que al finalizar la primera sesión de este segundo tiempo de análisis, me pregunta con tono risueño, “¿Cenás todavía faisán doré?… me di cuenta que es muy difícil conseguirlo…”
Será en este nuevo tiempo de análisis que podrá reanudar amor, deseo y goce.
_________________
1. Jorge Luis Borges, “Los cuatro ciclos del Oro de los Tigres”. Obras Completas.
2. Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Conferencia titulada “El Poeta y la escritura” del 6 de diciembre de 1982. Publicada en CD en audio de la EFBA, 2006.
3. Jacques Lacan. Seminario Problemas cruciales. Versión inédita. Biblioteca de la EFBA.
4. Ibíd. 3.
5. Liliana Donzis. Jugar, dibujar, escribir. Tiempo de transferencia. Homo Sapiens.
6. Jacques Lacan. Seminario XV. Versión inédita. Biblioteca de la EFBA.
7. Presenté el historial de Lucio en la Reunión Lacanoamericana de Bahía Blanca, 2009.
 
 
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