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  Por José Eduardo Abadi
   
 
El tratamiento psicoanalítico es como se ha dicho tantas veces un proceso de descubrimiento y/o develamiento que nos permite resignificar y también dar nacimiento a potencialidades que no han podido todavía patentizarse.
Es entonces un itinerario, un transitar y un trabajo creativo que compromete en ese campo intersubjetivo a los protagonistas del viaje. Existen algunas condiciones previas que son necesarias para poder dar inicio de un modo eficaz al ejercicio terapéutico, y que de alguna manera están articuladas con el concepto de analizabilidad. El paciente debe reconocer su conducta como distónica y sufriente y estar dispuesto a realizar el esfuerzo imprescindible que exige la cura. Presencia, compromiso, paciencia, voluntad y coraje para admitir sus verdades tolerando la dinámica emocional que se pone en marcha. Por eso Freud afirmaba que el inicio y desarrollo del trabajo analítico no podían ser ajenos a lo que denominó la transferencia inicial positiva que convocaba al paciente a desmantelar aquella estrategia y mecanismos de defensa que había utilizado para protegerse de aquello que lo angustiaba. Estos conceptos si bien son básicos y conocidos muchas veces se olvidan o se los minimiza a la hora de comenzar un análisis; creyendo de un modo manifiesto u oculto que nuestro método sirve para todo y que todos pueden beneficiarse con el uso de nuestras herramientas de trabajo.

Después de estas pocas líneas a modo de prólogo, nos planteamos una primera pregunta, ¿el inicio de un tratamiento requiere una particular elección del analista por parte del analizando o éste es un aspecto secundario? Sosteniéndonos en lo que afirmábamos en un párrafo anterior acerca de la transferencia inicial positiva diré que seguramente esto es importante y que si no llega a ser así en un comienzo deberá luego otorgar al terapeuta ese lugar privilegiado.
Sin esto que se traduce en una empatía singular el encuentro no podrá tener una dinámica que ponga en marcha todo el equipaje afectivo e intelectual que reclama esta labor. La mecánica de las derivaciones que impone una cierta realidad que nos toca vivir entorpece u obstaculiza esta prioridad y lleva a otro tipo de construcción que tiene ciertas variantes específicas en las que en algún otro trabajo podríamos detenernos con más detalle.
Ahora bien, supongamos que están dadas estas condiciones que marqué como pertinentes y la aventura psicoanalítica comienza. Empatía, confianza, respeto, representaciones dolorosas incomprensibles para quien las padece, interpretaciones y construcciones que desmantelan supuestos congelados que se daban como absolutos, resistencias inevitables, resignificaciones, inclusiones son los pobladores de ese espacio inédito donde un sujeto acompañado por el privilegio que le otorga a la palabra del otro, escribe de un modo nuevo su biografía y su historia.

El lugar del analista como director de la cura o si preferimos metafóricamente como timón del viaje odiseico es efecto de la transferencia que atraviesa todo el tratamiento y que naturalmente obliga a una responsabilidad acorde al mismo.
Una de las piezas que el analista puede y debe utilizar desde ese lugar singular que ocupa es la pregunta, el interrogante. No se trata de dar respuestas o propuestas oracularmente encarnando el lugar omnipotente que el paciente le otorga (resistencia del analista) sino que su potencia efectiva resulta de cuestionar desde “el aún no sé” lo que se exhibe como sabido.

Con esto tiene que ver la otra mirada, el conocimiento activo, el perfil presente pero nunca pensado con anterioridad y el reposicionamiento del sujeto dentro de su argumento personal, que obviamente empieza a transformarlo a éste último. En estas intersecciones nacen las verdades que producen las nuevas combinatorias que sorprenden y que acompañadas de sentimientos multicolor llevan al cambio buscado. Recordemos la carta de Schopenhauer a Goethe donde articula pregunta y verdad. Afirma que la clave del conocer la verdad no radica en lo conclusivo de la respuesta sino en lo nuevo de la pregunta, porque ésta no debe tener la respuesta anticipada para que su efecto sea iluminador. Aunque no textualmente, subraya que si el filósofo, como el Edipo de Sófocles, válido del interrogante continuara su indagatoria más allá de la terrible verdad que le aguarda con la respuesta el nacimiento de lo inédito y auténtico, tendría lugar y escaparía al letargo que provoca la enunciación de lo ya sabido.

En nuestro trabajo cuando ayudados por nuestra técnica favorecemos esta función en el otro le vamos otorgando su posibilidad de ser el que encuentra su propia palabra y corriéndose de identificaciones patógenas y de mandatos anestesiantes, iniciar un desprendimiento liberador.

Comienza a ser el biógrafo de una historia más auténtica y personal. Y ese desprendimiento al que aludí que tiene que ver con autonomía, identidad y deseo también de un modo microscópico y paulatino va reubicando al analista. La melodía transferencial va cambiando de tono, el lugar omnipotente que ocupaba el terapeuta se va humanizando, y su palabra deja de tener el efecto motivador que tenía. Todo proceso de nacimiento psicológico lleva implícita una despedida, testimonio de que se ha trabajado bien. Un partir que aunque exige un duelo tiene que ver con la vida de ambos. Cuando esto sucede observamos que ese diálogo único entre ellos pierde carácter subversivo y sorpresivo. A veces inconscientemente y paradojalmente en función de la angustia y el miedo pueden vestirse de custodios de lo ya logrado pero lo inmovilizan. El equilibrio estático no existe, lo que observamos es un síntoma de la relación analítica.

Es en estos momentos donde la pregunta indagatoria del analista ha perdido su fuerza frente a ese analizando, en particular para ayudarlo a su desarrollo, que se debe tomar conciencia (muchas veces la resistencia de ambos lo impide) que ese análisis ha finalizado. Algunos dicen “un análisis nunca finaliza, sólo se interrumpe”. Tal vez en términos generales o teóricos, pero ese análisis particular sí ha finalizado. Ha brindado lo que pudo subido en una artificialidad operativa que dejó de funcionar. El cuestionamiento que llevó a la aceptación de la incompletud y a ésta como motor del deseo y el conocimiento también ha expuesto la incompletud del analista. El reconocimiento de la castración simbólica los ha hecho potentes y por eso no han quedado apresados en vínculos encerrantes disfrazados de otra cosa.
Se ha establecido una relación simétrica y el viaje, por lo menos este viaje, ha tocado su fin; como Ulises se es uno mismo porque también se es otro.


www.joseeduardoabadi.com.ar
 
 
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