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   Los fracasos en análisis

Fracaso en los confines
  Por Hugo Dvoskin
   
 
En el texto “La dirección de la cura”, Lacan deja traslucir su opinión sobre lo que podría considerarse el fracaso de Freud con el Hombre de las Ratas. En forma sutil y brutal enhebra un vínculo entre el final del tratamiento con lo que será la muerte del paciente durante los luctuosos avatares de la Primera Guerra.1 Paul se habría inmolado en el campo de batalla defendiendo al padre pues luego de su tratamiento se lanza nuevamente a su vida militar. Denuncia las diversas deudas del padre, más allá de los quevedos y sus amoríos. Si esta sugerencia asume el valor de hipótesis, quizás sea posible establecer un hilván entre el paciente de Freud y ese personaje literario que ha marcado para siempre los devaneos mentales del hombre de Occidente: me refiero a Hamlet, el Príncipe de Dinamarca.

Hace algunos años, intenté establecer un vínculo entre el Hombre de las Ratas y el Jesús de Saramago: “Allí van juntos quizás, cada uno con su cruz, a morir en el campo de batalla para redimir a su Padre del deshonor militar. Los dos maculados por el honnir,2 caminando solos, imparables, indetenibles”.3
Acaso también Hamlet se emparente con estos destinos funestos que sólo alcanzan su resolución con la entrega de la vida misma por parte de los protagonistas. Hamlet logra su cometido de que Claudio muera, de que el padre obtenga su venganza y de que el nombre de éste quede reivindicado. Este movimiento es en algún sentido el resultado de haber podido hacer un pasaje que podría formularse del siguiente modo: el que va de no (poder) llevar adelante el homicidio –en los primeros cuatro actos de la obra– hasta ejecutarlo –en forma tardía y a la vez precipitada– una vez que ha vuelto de su viaje a Inglaterra –durante el quinto acto–.4 Es un viraje de su posición que supone algunos meses pero que subjetivamente para Hamlet implican más de diez años. Hamlet es un joven de apenas veinte años al salir de Dinamarca, aun estudiante de la Universidad de Wittenberg. Shakespeare se encarga de subrayar que el sepulturero le atribuye aparentar ser ya un hombre de treinta cuando lo encuentran en las exequias de Ofelia.5 También Paul ha hecho su recorrido subjetivo desde el inicio de su tratamiento con Freud cuando pedía un certificado médico para justificar pagar los anteojos, hasta las preguntas que surgen a la largo del tratamiento que lo llevan a poner en jaque los planes que la madre tenía para con él, su matrimonio conveniente.

Cabe decir, que viajes mediante, que lo llevan a Hamlet a Inglaterra, el análisis de Paul, o en su momento los meandros recorridos por Jesús solo o con sus apóstoles por los desiertos, ha habido cambios decisivos en las posiciones subjetivas. Los tres personajes han logrado apropiarse de algunas aristas de sus destinos. Cada uno a su modo, en ese recorrido ha partido decididamente de la niñez. Los tres tienen padres muertos a los cuales se les atribuyen planes post mortem: el de Jesús, que su hijo dé la vida por todos para que con su resurrección su padre demuestre amor, valor y poder; Paul le atribuye al padre que ha muerto hace nueve años, los planes que fenoménicamente son de la madre con relación a su casamiento con la Rubenski; a Hamlet el ghost de su padre lo provoca para acelerar los tiempos de la venganza, lo humilla diciéndoles que cualquier prudencia o reflexión es sinónimo de cobardía, lo aguijonea para que asesine a Claudio y encuentre el modo de que la verdad del homicidio de Hamlet padre conozca la luz. Horacio, su amigo, se deberá hacer cargo: “Yo muero, Horacio; tú vives; explica mi conducta y justifícame a los ojos del que ignora”.6 Horacio dirá “Dejad que yo relate al mundo, que aún lo ignora, de qué modo han ocurrido esos sucesos”. Padres muertos ellos, que no han perdido ni la voz ni la capacidad de de-mandar. La voz del padre no se silencia y la muerte los ha hecho ser sujetos de padeceres pero no les ha hecho abandonar la posición deseante. Deseos precisos y calculados. “El Padre deseado por el neurótico es claramente, como se ve, el Padre muerto. Pero igualmente un Padre que fuese perfectamente dueño de su deseo…”7

Para Lacan, sin que necesariamente signifique que compartamos su posición, el punto de viraje en Hamlet habría que buscarlo en el duelo por la muerte de Ofelia y su consecuente identificación al cadáver, donde puede identificarse plenamente a la condición de objeto: “Toda esta escena está hecha para que se produzca esta lucha furiosa en el fondo de una tumba (…) Ahí se propone como una reintegración de a. El objeto es reconquistado al precio del duelo y de la muerte”.8 Acaso ese movimiento ligue a Ofelia a las otras mujeres de nuestros otros protagonistas, no por su funesto final pero sí en cuanto a no haberse constituido en pareja de quienes nos ocupan: Paul deberá hacer el duelo por la no reciprocidad de Giselle en lo que hace a sus requerimientos amorosos; Jesús deberá ceder a su última tentación, María Magdalena, el matrimonio y conformar una familia; tres mujeres que no han podido ser de aquellos que probablemente las hayan deseado. Si el refrán popular dice que detrás de todo hombre hay una gran mujer, al menos en estos casos hay una mujer que ha quedado al costado o que no ha podido ser alcanzada, hay una mujer que ha sido perdida en el camino. En esas mujeres inalcanzables quizás se metaforizan los planes maternos e incluso a las madres mismas. Tal vez en ellas se hayan ido también los hijos que no causalmente ninguno de nuestros personajes ha tenido.
La paradoja de estas reflexiones es que si bien los sujetos han hecho un recorrido, el desierto, el análisis o el Mar del Norte, si bien estos sujetos han ido más allá del duelo que supone la pérdida de una mujer, si incluso han podido abandonar los planes maternos, no han podido realizar sus destinos más que al final de su vida sin poder instrumentar otro recurso que entregar la vida para realizar su destino: ya sea una muerte en el campo de batalla; o la muerte en absurdo duelo con Laertes defendiendo una apuesta del Rey Claudio pese a sus propias advertencias: “… es como un presentimiento fatal, que turbaría tal vez a una mujer”. La muerte de Claudio podría haber sido simbólica, no costar la vida del príncipe ni dejar la corona en manos de quien fueron justamente los vencidos por su padre.
Asimismo, la muerte de Jesucristo se produce por su indetenible sacrificio en la cruz pese a los inútiles intentos de Poncio de Pilatos en interrogarlo para que así pueda ejercer su legítimo derecho de defensa. Jesús prácticamente se burla de Poncio: “-¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te están acusando. Pero Jesús no le contestó; de manera que Pilatos se quedó muy extrañado”.9
No nos estamos refiriendo solamente a la castración de la que los ojos de Edipo podrían ser testimonio. Esa pérdida que lleva a Edipo en Colona a poder decir: “ahora que nada soy, soy un hombre”. Es un más allá, es la versión trágica del deseo, es el camino trazado por Antígona. Es un atajo donde el destino imposibilita continuar con la existencia: “Antígona lleva hasta el límite la realización de lo que se puede llamar el deseo puro, el puro y simple deseo de muerte. Ella encarna ese deseo (…) Volvemos a encontrar ahí, en el origen, de la tragedia y del humanismo, una impasse semejante y a la vez más radical que el propio Hamlet”. 10

Esta tríada conformada por un personaje literario, uno histórico y un paciente de Freud se presentifica en nuestra praxis. Luego de varios años de diván, en el que se han ido produciendo cambios laborales, cambios en su relación con los padres y con los pares, de un duelo por un amor adolescente al que se había jurado amor eterno aunque no fuera recíproco. La figura del Padre retorna incólume en el análisis de Federico. Un tratamiento del que podría pensarse se encuentra en sus confines. Un trabajo del que podría enhebrarse el derrotero de cambios fenoménicos y subjetivos.

“No me excusaría en una legalidad cuando es algo que yo quiero”. Federico insiste que no quiere amparo alguno para manifestar cuál es su posición con relación a una restructuración laboral. En rigor, lo que debe proponer es una indicación que le llega desde la jefatura de su trabajo pero que él comparte: no la ha sugerido pero dice que él “podría haberlo hecho”. Decirlo le traerá inconvenientes con sus compañeros, malestar y enojo de muchos de ellos. Ante la pregunta de por qué no diría que está transmitiendo indicaciones de otros, insiste con que si además de ser una resolución de la jefatura es lo que él considera correcto, debe decirlo de esa manera. Es el deber ser. En este punto podría analogarse con nuestros personajes y situar que no habrá preguntas, ni advertencias que detengan la compulsión de hacerse cargo de una iniciativa que no ha sido propia.
A: —No ampararse en un relato, no ampararse en otro.
P: —Mi padre y sus compañeros participaron de una estafa en un banco. En mi casa se supo por una denuncia. Nunca estuvo muy claro qué pasó. Él, aunque lo negaba, siempre decía que robarle a un ladrón tiene cien años de perdón. Para mí justificaba el robo. Además como él era subgerente quedaba sugerido que todo habría sido pergeñado por su jefe.
A: —Amparado en el otro, amparado en un relato.
Federico se sacrificará innecesariamente. Será el que pague los platos rotos que no ha comprado y que no ha roto… pero dirá que ha sido él porque quizás lo habría podido pensar. El análisis no le ha permitido aún encontrar los recursos para que su deseo no lo abrase. O peor aún, para que abrasado por el deseo, éste no tome los ribetes del deseo puro que hace que el sujeto no recorra los caminos meándricos de la pulsión y el deseo lo conduzca sin miramientos, sin conveniencias y sin poder ponderar las escenas posteriores.

Encontrarse nuevamente con el padre en los confines del análisis es un riesgo porque ahora podría no estar la inhibición que detuviera al sujeto. Más allá de todo impedimento o turbación se estaría en condiciones de hacer propio un deseo del padre y llevarlo adelante como acción. Incluso apropiarse de ese deseo bajo la forma del cumplimento de un mandato. O si se prefiere, estar cumpliendo un mandato bajo la forma de habérselo apropiado como deseo y de ese modo pagar deudas no saldadas.

Deberá tenerse en cuenta que el deseo siempre queda iluminado en el cono de luz del Ideal de Yo. Por eso, en la especificidad que aquí se plantea se ha llegado a un punto en el que se acaricia lo que se quiere, que se hecho cierto trabajo subjetivo para alcanzarlo, que se lo logra. Sin embargo no es menos cierto que el sujeto pagará demás porque el deseo guarda extremadamente la estética del Padre. Algunos lo hacen para reivindicar al padre, otros para denunciarlo… juntos se inmolan. En el cortocircuito del levantamiento de lo fóbico, el psicoanálisis podría encontrar el más delicado de los fracasos.
Para concluir, una paradoja: el psicoanálisis, esa praxis que ha hecho de “no tener objetivos” una consigna ética, se ve atravesado habitualmente por la pregunta por “el fracaso”, concepto que no es fácilmente sustraible de la categoría “incumplimiento de objetivos”. Hemos intentado no darle ese sentido. Nos contentaría transmitir una cierta homofonía (graciosa) con “fracaso”: mantenernos lejos de la solemnidad del frac y atenernos al caso por caso. 
_______________
1. Lacan, J. Escritos. “La dirección de la cura”, punto II, apartado 8. Siglo XXI, 9na edición, p., 578
2. Rechazar con desprecio. Juego isofónico con honor.
3. Dvoskin, Hugo, “Aún algo más sobre el hombre de las Ratas”, en Los mismos distintos lugares. Xavier Bóveda, p. 42.
4. Ver Bloom, Harold. Shakespeare. La invención de lo humano, en Verticales de bolsillo, p. 504.
5. Casualmente (?) diez años también era el tiempo que transcurría en el anterior Macbeth entre que éste es nombrado Thane de Glamis y de Cawdor y el asesinato del Rey. Shakespeare lo reduce a algunas vertiginosas horas. Valdría además agregar algunos datos curiosos (o confusos intencionalmente), en la escena con el sepulturero, Hamlet refiere haber sido llevado en andas por el padre del sepulturero en algunas oportunidades y este hombre ha muerto hace veintitrés años. El sepulturero que trabaja en ese oficio desde hace treinta años dice hacerlo desde el mismísimo día del nacimiento de Hamlet.
6. Shakespeare, W. Obras Completas, “Hamlet”, Aguilar, p. 1398.
7. Lacan, J. Escritos, “La subversión del sujeto”, Siglo XXI, 9na edición, p. 336.
8. Lacan, J. Clase del 15 de abril de 1959, en Lacan Oral, Xavier Bóveda, p. 90.
9. La Biblia, San Marcos, Jesús ante Pilato. En San Mateo el párrafo se reitera.
10. Lacan, J. El Seminario, Libro 7. La ética, Paidós, p. 339.
 
 
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