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   Los fracasos en análisis

Las derrotas y los fracasos del analista
  Por Élida E Fernández
   
 
¿Qué psicoanalista no guarda en su memoria, aunque más no sea en el valor de lo celosamente custodiado por varios cerrojos, algún fracaso que aún muerde al volver a recordarlo o una derrota que nunca se pudo explicar?
Bobby Fischer (1943-2008), gran ajedrecista, campeón mundial entre 1972 y 1975, escribió Mis mejores 60 partidas incluidas tres derrotas, que él consideraba memorables y excitantes. Tomando la idea de Fischer, que en algún momento me enseñó Ulloa, los analistas sabemos de fracasos y de derrotas.
Estos dos términos quizás nos lleven a diferenciar el fracaso, referido a lo real, del error ligado a lo simbólico.1
Fracasar: destrozar, hacer trizas una cosa, romperse, hacerse pedazos y desmenuzarse una cosa. Dícese regularmente de las embarcaciones cuando, tropezando con un escollo, se hacen pedazos. Fig. Frustrarse una pretensión o proyecto. Tener un negocio resultado adverso.

Derrotar: camino, ruta, vereda o senda de tierra. Alzamiento del coto o permiso que se da para que entren ganados a pastar en las heredades, después de cogidos o cosechados los frutos. Vencimiento de un partido, una fracción de un contrincante de que quiera que tiene que ceder el campo al otro. Mar. rumbo o dirección que llevan en su navegación las embarcaciones. Vencimiento completo de tropas enemigas seguido por lo común de fuga desordenada.2
Análisis interrumpidos ruidosamente, desapariciones silenciosas, pacientes que se van sin pagar, larguísimos tratamientos estancados, síntomas recurrentes que llenan de sufrimiento al sujeto y no ceden, empeoramientos impensables, actings a repetición, pasajes al acto, reacción terapéutica negativa.
En general ocupan en el analista el lugar de lo no dicho, vergüenzas que sólo atisban en el confesionario entre amigos o apenas se balbucean como perteneciendo a otro, o se asoman en las sesiones del análisis del analista donde éste se decide a revelar sus pasos en falso en su clínica.

Celosamente guardados casi siempre, sólo algunos, hacen con los fracasos y derrotas: teoría, sabiduría, transmisión.
Freud, en el Epílogo de Dora, “Análisis fragmentario de una histeria”, señala:
“Cuanto más tiempo me separa del término de este análisis, más me voy convenciendo de que mi error técnico consistió en la omisión siguiente: Omití adivinar a tiempo, comunicándoselo a la sujeto, que su impulso amoroso homosexual (ginecofílico) hacia la mujer de K. era la más poderosa de las corrientes inconscientes de su vida anímica. Hubiera debido adivinar que sólo la mujer de K. podía ser la fuente principal de sus conocimientos en materia sexual, la misma persona que luego la había acusado de abrigar un excesivo interés por tales cuestiones. El segundo sueño me lo reveló así. El ansia de venganza que este sueño exteriorizaba era máximamente adecuada para encubrir la corriente antitética, la generosidad con que la sujeto perdonó la traición del la mujer amada y ocultó a todos haber sido esta misma la que le había hecho las revelaciones cuyo conocimiento habían constituido luego la base de su acusación. Antes de haber descubierto la importancia de la corriente homosexual en los psiconeuróticos, he fracasado en muchos tratamientos por no saber cómo continuar el análisis.”3

Freud puede pasar del optimismo de la conferencia 28 al descubrimiento de la satisfacción oculta del síntoma en la 32.
Puede desarrollar en “El yo y el Ello” una teoría del superyó que reformula en “El Malestar en la Cultura” diciendo que no es que a mayor autoridad paterna mayor superyó sino a la inversa. La transmisión de estos cambios, no son sólo propios de una teoría en formación sino de la honestidad intelectual de Freud, de su búsqueda de la verdad, de la cual tenía claro que él era sólo su instrumento.
Llega a afirmar: “La investigación científica por medio del psicoanálisis es hoy tan sólo un resultado accesorio de la labor terapéutica, razón por la cual sus descubrimientos son más importantes precisamente en los casos en los que aquella fracasa”4

Podemos pensar con Lacan que el análisis siempre fracasa, que lleva en su esencia la imposibilidad, pero no es de este tipo de incompletud, propia de la castración que nos estructura, de la que nos queremos ocupar aquí, sino la que corresponde a la de cada analista en su quehacer, la que podría no haber ocurrido, la que no supimos “colegir a tiempo”, pero que harán luego de pilar en nuestra formación …o lo peor: alimento de nuestro superyó y sus mandatos imposibles.
Los fracasos, dice Lacan, son para el analista momentos afortunados donde algo del orden de la estructura se revela. 5

Ahora bien, uno puede pensar que con tal intervención se equivocó, o que se calló cuando debería haber intervenido, o que no supo escuchar algo que apareció reiteradamente, pero ¿cómo podríamos aseverarlo?
¿En qué basarnos para afirmar que fracasamos, o que fuimos derrotados? ¿O para deducir con facilidad que el analista anterior de nuestro actual paciente fracasó?
Ulloa en esto tenía una opinión formada y la sostenía con firmeza: uno fracasa como analista cuando el sujeto interrumpe y se va huyendo, no del psicoanalista sino del Psicoanálisis.
Si el sujeto vuelve a consultar a otro analista hay algo que no se ha roto, no se ha hecho pedazos (como dice la definición de fracaso): la apuesta por el efecto del Inconsciente ha quedado viva.
Sabemos por nuestra clínica que los pacientes no cortan el lazo transferencial en los momentos donde uno lo podría temer desde lo “racional”: hubo momentos que la economía de nuestro país se derrumbaba y hacía que cualquiera se preguntara ¿por qué siguen viniendo los pacientes? ¿Cómo siguen tocando el timbre vez a vez? En la hiperinflación de Alfonsín, en la crisis del 2001… El país se venía abajo al sonar de los cacerolazos y había quienes seguían viniendo, recostándose en el diván, hablando. Era la coartada perfecta para irse por no poder pagar, por no poder asociar y muchos no abandonaban, aún sabiendo que no podía fijarse el honorario que pagaría la sesión siguiente.
Los pacientes abortan el tratamiento en otras circunstancias. ¿Cuáles?

Tropiezos que conducen a posibles fracasos y/o derrotas.
Freud, como hábil ajedrecista, nos advierte de lo que cada analista debe enfrentar y, nombra al paciente, en determinado momento, como contrincante. “De este modo, el psicoterapeuta ha de librar un triple combate: en su interior, contra los poderes que intentan hacerle descender del nivel analítico; fuera del análisis, contra los adversarios que le discuten la importancia de las fuerzas instintivas sexuales y le prohíben servirse de ellas en su técnica científica; y en el análisis, contra sus pacientes, que al principio se comportan como los adversarios, pero manifiestan luego, la hiperestimación de la vida sexual, que los domina y quieren aprisionar al médico ‘en las redes de su pasión, no refrenada socialmente’.”6

Siguiendo a Freud podríamos situar varios tropiezos:
El paciente que se va antes de comenzar, antes de entrar en transferencia. “Lo que quería decir era que en el análisis, la que trabaja es la persona que llega verdaderamente a dar forma a una demanda de análisis. A condición de que ustedes no la hayan colocado de inmediato en el diván, caso en el cual la cosa ya está arruinada. Es indispensable que esa demanda verdaderamente haya adquirido forma antes de que la acuesten”.7
El que se eterniza en el diván o en la silla sin hacer más que seguir desovillando la retahíla de quejas acerca de su mala suerte, su destino o las injusticias de su vida. “Si de este modo se ha podido decir que el neurótico se refugia en la enfermedad para escapar de un conflicto, hay que convenir en que en determinados casos se halla justificada esta fuga, y el médico, si se da cuenta de la situación, debería retirarse en silencio y con todos los respetos.”8
El que interrumpe intempestivamente, como Dora, o sin siquiera avisar y se pierde en el silencio sin contestar a nuestros llamados.

De todas maneras, siguiendo a Freud, podríamos situar los obstáculos del propio analista, los de su escuela o grupo de referencia teórico, y los propios de la clínica con cada sujeto que nos consulta.
Para Freud hay cinco tipos de resistencia: tres del yo, una del ello y la última del superyó9. Para Lacan, en cambio las resistencias son las del analista. “Resistencia hay una sola: la resistencia del analista. El analista resiste cuando no comprende lo que tiene delante.”10
Ahora bien, ¿Borramos de un plumazo las resistencias del paciente para dejarlas sólo del lado del analista? ¿O pensamos que las resistencias que Freud atribuyo al yo: la resistencia de la represión, la de la transferencia y la incorporación del síntoma al yo como ventaja de la enfermedad son las del analista, también…?
Cuando no podemos “colegir a tiempo”, ¿no es posible deducir que es porque nos hemos identificado al decir del sujeto en análisis? ¿No es cuando “comprendimos” demasiado? ¿No es acaso la identificación imaginaria al decir sufriente del analizante lo que nos hace perder el rumbo?

A veces sí. A veces como nos advierte Lacan en el Seminario “La Ética del Psicoanálisis” nos hacen encallar “los ideales”, que podríamos pensar como las resistencias del analista del lado del superyó, a veces encarnado en los textos, a veces encarnado en las maneras de leerlos de cada grupo o escuela a la que el analista reporta.
Finalmente: o nos apresuramos a dar por empezado un análisis o un tratamiento posible, cuando no está establecida una demanda (en los sujetos neuróticos) o un llamado (en los sujetos psicóticos).
O no sabemos retirarnos a tiempo, en silencio y con todos los respetos. O no supimos escuchar al que tenemos en el diván o en la silla, porque nos obnubilan los ideales de la persona del analista o los de la teoría o escuela a la que rinde culto. O convocamos a los demonios del Averno y huimos en vergonzosa retirada.11 Creo que es este el verdadero fracaso del analista, pues no ha sido una derrota con un contrincante sino un abandono, por parte del profesional, de su función. Este es el desencuentro con lo real del caso.

La dirección de un análisis y/o un tratamiento posible nos confronta siempre con el horror de lo real, del sexo y de la muerte. ¿Por qué huir? ¿Por qué no hacer una digna derivación si se piensa que no podemos, no sabemos o no queremos atender al que, creyéndolo neurótico, descubrimos que nos habíamos equivocado? ¿Es sólo por miedo que se abandona el barco? ¿Qué del narcisismo del analista ha sido puesto en juego con el desencadenamiento, inesperado, del analizante?
Quizás el paciente “loco” no es un buen espejo donde el analista quiera mirarse.

“La contribución que cada uno aporta al resorte de la transferencia, ¿no es aparte de Freud, algo donde su deseo es perfectamente legible? Yo las analizaría a partir de Abraham y su teoría de los objetos parciales. No hay en el asunto solamente lo que el analista quiere hacer con su paciente. También hay lo que el analista quiere que su paciente haga de él. Abraham, digámoslo, quería ser una madre completa.”12
Así, si el “deseo del analista” tiene el sentido contrario a la identificación, siendo necesario el franqueamiento de este plano por medio de la separación del sujeto en la experiencia, llevándolo al plano donde puede presentificarse, de la realidad del inconsciente, “la pulsión”; podremos encontrar en la falla de esta función la punta del ovillo para repensar derrotas y fracasos de la clínica.
No sólo las derrotas y fracasos que supimos conseguir como psicoanalistas sino aquellos que podemos testimoniar como analizantes. Quizás estos también los guardemos muy celosamente, a veces, otras los proclamemos a los cuatro vientos con el intento de desenmascarar al “ídolo”.

Unos y otros hablan de no saber colegir a tiempo a quien teníamos enfrente, o por identificación, o por ideales, o por querer que el otro haga de nosotros eso que nos aparte, nos consuele, del dolor de lo nunca tenido o de lo que se perdió.
Todo análisis puede pensarse como un largo duelo por lo que creímos ser, por lo que somos, por la furia inútil contra el padre, la madre o dios, que nos hicieron tan mal. Justo en aquello para lo que nos trajeron a este mundo.
La decepción primordial del Otro por la que salimos, rumbo a la búsqueda del objeto de deseo, que nunca será aquello que al Otro lo colma.
Duelo, además, por el que ocupó para nosotros el lugar de sujeto supuesto al saber y que pudo soportar caer de ese lugar.
Quizás por eso sea suficiente (¡y no es poco!) para concluir un análisis, que el sujeto se marche con ganas de vivir, aceptando su castración y su resto incurable.
___________________
1. Ariel, A. y otros La Interrupción del Tratamiento, Buenos Aires, 1987 Ediciones de Psicoanálisis.
2. Diccionario Enciclopédico Salvat 10 edición. Salvat Editores. 1962, Barcelona.
3. Freud, S. Obras Completas Biblioteca Nueva, Madrid, 1948, pág. 565
4. Freud, S. O. C., pág. 646.
5. Lacan, J. Otros Escritos. Paidós, Buenos Aires 2012 “Proposición del 9 de octubre de 1967”.
6. Freud, S. O. C. pág. 356, subrayado mío.
7. Lacan, J. “Intervenciones y Textos 2” Manantial, Buenos Aires, 1988 “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”. Pág. 119.
8. Freud, S. O. C. “Lecciones Introductorias al Psicoanálisis”. Pág. 256/7
Glasman, S. Conjetural 22. “Retirarse en Silencio”.
9. Freud, S. O. C. tomo I, Pág. 1247.
10. Lacan, J. Seminario 2 “El yo en la Teoría de Freud y en la Técnica Psicoanalítica”. Paidós Buenos Aires, 1978. Pág. 341.
11. Esto lo vemos habitualmente en la clínica cuando recibimos la consulta de pacientes que luego de brotarse, el analista que los atendía, desaparece.
12. Lacan, J. Seminario 11 “Los Cuatro conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”. Barral Editores, España 1977, pág. 164. Subrayado mío.
 
 
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