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   Los fracasos en análisis

Los que triunfan al fracasar
  Por Luciano Lutereau
   
 
1. Recientemente una amiga me contó una historia acerca del fracaso. Resulta que un presidente va a una convención internacional vestido con un frac confeccionado en su país. Ocurría que eran las últimas galas de este presidente, que estaba concluyendo su mandato. Luego de una reunión, entonces, el embajador se acerca y le dice, a propósito de la triste situación económica del país: “¡Qué fracaso, compatriota! El presidente, al creer que su interlocutor se refería a su elegante traje, le responde: “Por supuesto, de sastre de nuestro país”. Así, el embajador concluye apesadumbrado: “Sí, desastre de nuestro país”.
Esta especie de chiste me incita a pensar en el alcance de la cuestión para la práctica del psicoanálisis: ¿en qué circunstancias fracasa un análisis? Porque, ¿no es en todo caso el malentendido –ese fracaso de la comunicación que esta historia demuestra– lo que mejor se verifica en la conversación analítica? ¿No es en esta saludable posibilidad del fracaso que radica su eficacia? O, invirtiendo los términos, ¿la vivencia del fracaso no es la defensa más eficaz contra la noticia del fracaso? En este último punto habría que distinguir entre el fracaso como un efecto y cierta posición que se puede asumir ante el fracaso. Vayamos por partes.

2. Antes de atender específicamente a la incidencia del fracaso en la práctica del análisis quisiera detenerme en un esclarecimiento conceptual del término. No me interesa apelar a la etimología que, por cierto, no permitiría avanzar demasiado en este contexto (dado que reenviaría al italiano “fracassare”: quebrarse algo, estallar en pedazos, romperse, etc.), sino al uso habitual de la palabra. Decimos de alguien que es un “fracasado” cuando no sólo no consigue determinado objetivo –por el motivo que sea–, sino que al intentarlo no obtiene un resultado “exitoso”. Por eso nunca decimos que los inhibidos fracasan; y el refrán da cuenta de esta diferencia, al introducir un desvío semántico, cuando reza: “Los únicos fracasados son los que no lo intentan”. Por lo tanto, para fracasar es preciso haber hecho algo. De este modo, la cuestión del fracaso remite directamente a la cuestión del acto, pero ¿qué acto no es fallido? ¿No es el psicoanálisis una práctica de cuya experiencia se deduce que no hay control o previsión posible del acto? ¿No es el neurótico quien principalmente se queja de que el acto no tenga agente y sobrevenga siempre fuera de tiempo (más o menos tarde, o incluso temprano)? En definitiva, la neurosis es la vía más resuelta para conjurar el encuentro azaroso –ese fracaso del destino– en la medida en que la irresolución neurótica es, en última instancia, una decisión bien firme.

Esta orientación es la que tomó Freud en su conocido artículo “Los que fracasan al triunfar” (1916). Dejemos a un lado la interpretación edípica del fenómeno –que reconduce a una fantasía de competencia inconsciente con el progenitor del sexo opuesto– y pensemos en lo siguiente: ¿qué es el triunfo? En estos casos, se trataría de esa vivencia de extrañamiento que suelen tener varios neuróticos y que se expresa en los siguientes términos: “No puedo creer que esto (me) esté pasando”. Más allá de la interpretación infantil que remite a la posibilidad de haber llegado más lejos que el padre (como instancia de prohibición), lo interesante es que en el “éxito” se plantee la necesidad de un pago. Ya lo decía el Hombre de las ratas, en oportunidad del coito más logrado de la historia del psicoanálisis: “¡A cambio de ello uno podría matar a su padre!”. De este modo, si el sacrificio es una vía posible de retroceder respecto del acto, es porque el uso que hace el neurótico de la fantasía sirve para indeterminar la realización del deseo. El fracaso, entonces, no designa una instancia objetiva (lo real no fracasa) sino la participación del sujeto en su propia indeterminación. En otros términos, no hay nada más traumático para un neurótico que el éxito, nada más ego-distónico; y el éxito, después de todo, no es más que otro nombre del azar. Por transitividad, sólo el trauma es exitoso.

Aunque también hay otro modo de defensa contra el éxito, que sortea la vía que lleva del fantasma al síntoma: la identificación narcisista. Lacan se refirió de modo magnífico a esta cuestión en el Seminario 8 al destacar las inquietudes a que suele llevar, para el obsesivo, la discordancia entre el fantasma y el acto (dado que este último siempre le queda corto); utilizó el término “derrota” para describir esta diferencia, que entonces deja al obsesivo el recurso a la “infatuación” –eventualmente, la elección de la locura–. De este modo, ante al fracaso de las relaciones cordiales entre la fantasía y el acto, el reaseguro yoico es una forma de salvar esa distancia, incluso cuando al desinflarse no quede otro resabio que el de sentirse un “fracasado”. Pero no me detendré en este aspecto en este artículo –que es otro paso en una recensión de las formas de fracasar y usar en el fracaso en la experiencia analítica–, para pasar al punto que más nos importa: ¿cómo pensar los fracasos del analista?

3
. Suele decirse que, a diferencia de Freud, Lacan no dejó el legado de una experiencia clínica resumida en historiales o casos paradigmáticos. De algún modo, es una indicación apropiada. Mientras que Freud escribió todo el tiempo para dar cuenta de sus fracasos –aunque aquí sería más correcto hablar de “obstáculos” (ya que este último término invita a pensar, mientras que el fracaso es irrecuperable)–, y su posición enunciativa expone cierta puesta en cuestión continua (“antes pensaba esto, ahora pienso esto otro”), son pocas las veces que encontramos en Lacan un ejercicio de franqueza intelectual semejante. Sin embargo, tampoco se trata de una actitud deshonesta, quizá deba entrevérsela como una suerte de chiste –en la misma dirección que el que cité en el comienzo–: “Cuando dije X en realidad estaba queriendo decir Y, sólo que ustedes entendieron X”. Así, por ejemplo, es que en el Seminario 10 pudo decir que en “Acerca de la causalidad psíquica”… ¡ya estaba hablando del objeto a! Como toda ficción, este relato se evalúa menos por su exactitud que por una verdad, la de un dispositivo de enseñanza como el seminario –que todavía muy pocos se dedicaron a pensar– que, a diferencia del método freudiano de redacción de monografías y publicaciones científicas, permite otra relación con el fracaso de la trasmisión. O bien, en sentido estricto, el seminario es la respuesta lacaniana al fracaso de ese dispositivo freudiano que se llamó “metapsicología”: una teoría fundamentada en el mito de la pulsión y una energética decimonónica. Si la metapsicología fracasa en la consolidación de un saber imposible, el seminario subvierte este planteo con una apuesta por el acto de enseñanza que no hace del concepto una definición, sino la forma de cercamiento de una imposibilidad relativa al saber. Sin embargo, no desarrollaré en este artículo todo el alcance de esta cuestión; prefiero abocarme a los fracasos del analista más allá de la formalización, es decir, cuando le toca enfrentarse al acto analítico.

4.
¿Qué sería hablar del fracaso del analista? ¿Desde qué punto de vista ideal predeterminado, por ejemplo, podría suponerse que la interrupción de un tratamiento es un fracaso? Incluso en el caso de tener que proponer una aproximación entre el acting out, el pasaje al acto y el acto del analista –tal como lo hace Lacan a partir del Seminario 14– es difícil esclarecer que los tropiezos del analista sean “errores”. Recuerdo un célebre caso de L. Tower en el cual comentaba haberse olvidado de la sesión de una paciente, al irse del consultorio antes de su llegada, y este episodio produjo un giro interesante del tratamiento. Por eso volvamos a la pregunta inicial: ¿no suele ocurrir que cuando los analistas nos equivocamos producimos resultados que no son para nada desdeñables? Recuerdo la situación en que a última hora de un día de semana no llegué a escuchar lo que decía un analizante, al que le pregunté: “¿Cómo?”. Y él respondió: “Tal cual, siempre fui un cómodo”. Después de todo, la interpretación es el acto del analista que mejor demuestra que el dispositivo mismo está a salvo, sino curado, del fracaso. Por esta vía podría entenderse esa enigmática afirmación de Lacan de que el descubrimiento de Freud era tan bueno que hasta podía llegar permitir que el analista fuera un poco torpe; o bien, debería admitirse que el psicoanálisis es la práctica en que triunfan sólo los que fracasan.

De este modo, los fracasos que quedan a la cuenta de un analista no pueden achacarse al dispositivo y su funcionamiento, que está preparado para rehabilitar aquello que siempre parece roto o se presenta de modo fragmentario, ya sea porque lo relanza –a través de la asociación libre– o bien porque produce ese efecto del que el neurótico busca desligarse –el acto resuelto– a través del síntoma –que también es un acto, aunque inútil, subtendido por la separación entre deseo y pulsión–.
Ahora bien, ¿en razón de qué motivo imputar un fracaso al analista si no es en el marco de su acto? ¿En tanto persona? Ahí ya no hay mucho para avanzar, lo que “sea” un analista habla muy poco respecto de lo que sostiene una cura: aquello que “dice” y “hace”. Podría contar una secuencia innumerable de episodios disparatados en los que me sentí un fracasado (como persona) respecto del dispositivo analítico, pero no sólo denotarían una humildad falsa, sino que confirmarían esa afirmación de Lacan que, en el Seminario 12, sostiene que “la neurosis de transferencia es la neurosis del analista”. Así como nunca me interesó una transmisión axiológica del psicoanálisis –lo que el psicoanálisis debe ser–, tampoco encuentro ningún placer en la lectura de la exposición literaria de anécdotas de la vida personal de mis colegas (ni de la mía).

5.
Por eso retomaré, para concluir, una de las pocas referencias clínicas de un caso de Lacan. Se trata de la indicación de un incidente resumido en el último capítulo de “La dirección de la cura y los principios de su poder”: es el caso de un obsesivo empecinado en hacer fracasar el fin de su análisis. Lacan es explícito en la delimitación del recorrido realizado en el tratamiento, en la medida en que se analizó el carácter constitutivo y pregnante de su relación agresiva con el semejante, haciéndosele “reconocer” el lugar que tomó respecto de la destrucción del deseo de uno de sus padres en función del otro (podríamos pensar, por ejemplo, en el caso de una madre que desacredita al padre como hombre). De acuerdo con esta dirección, se conmueven las diversas actitudes seductoras y complacientes con el Otro, subtendidas por una generosidad que, frustrada, revela los rencores más ariscos al poner de manifiesto que la correlación entre amor y odio es el expediente neurótico que sobrevuela la angustia asociada a la realización del deseo. En definitiva, se aísla la condición de su deseo: no puede desear sin destruir (al Otro) o, mejor dicho, la fantasía de destrucción es una vía privilegiada para irrealizar el deseo.

No deja de ser interesante que, a pesar de este extenso recorrido, Lacan afirme “el gran caudal sin embargo permanece”. Dicho de otro modo, podría decirse que un análisis puede socavar el carácter ideal del Otro, poner entre paréntesis la agresividad imaginaria (sin por eso derivar hacia la oblatividad) e, inclusive, circunscribir una modalidad específica de deseo… pero eso no quiere decir haber dado un solo paso. Esta es una de esas circunstancias en que todo es nada. Y no porque la transferencia no haya sido el lugar en que la batalla podría haberse ultimado, porque llegado a este punto el analizante dedica a su interlocutor un síntoma de dos caras: una impotencia con la cual, a fin de cuentas, impotentiza a su analista. Todo parece haberse roto, el saber decantado en el análisis apenas sirve para que utilice un fragmento de teoría (la “función del tercero” en el erotismo) para proponerle a su pareja que se acueste con otro…
Podría preguntarse, ¿por qué situar a este incidente en la circunstancia de un fin de análisis? En este punto, es preciso recurrir a una referencia más extensa: “Ahora bien, si ella permanece en el lugar donde la ha instalado la neurosis y si el análisis la alcanza allí, es por la concordancia que ha realizado desde hace mucho tiempo sin duda con los deseos del paciente, pero más aún los postulados inconscientes que mantienen”. ¿Acaso no cabe considerar que un obsesivo que pudo encontrar una mujer con la que supo hacer algo más que degradarla al lugar de partenaire fantasmático no hizo un gran paso? Si eso no implica una coordenada de fin de análisis, se le acerca lo suficiente.
En todo caso, aquí está este obsesivo, tratando de hacer fracasar su análisis, incluso después de haber triunfado. El analista no tiene mucho para decir, aunque no deja de consignar el extravío de su respuesta: “Pero nosotros hemos seguido siendo, ya se lo imaginan, más bien cascarrabias sobre este punto”, es decir, Lacan se fastidia y restablece la tensión imaginaria.

Afortunadamente, la mujer responde en otros términos, con un sueño a partir del cual el impotente recupera su capacidad. No comentaré aquí el sueño, sino la condición de su efecto: ella se dirige a su hombre como lo haría un analista, es decir, le devuelve su propio mensaje con la forma de una interpretación. Por lo tanto, ¿qué podría decirle su analista? Lacan es taxativo: “Decirle algo hubiera sido decirle menos”.
Me interesa esta breve descripción de una secuencia clínica en un tratamiento de Lacan para ubicar lo que considero una conclusión que se desprende de estas líneas: la respuesta al fracaso puede ser la vivencia de fracaso, o bien la impotencia; pero también es posible responder con el inconsciente, para que decline como malentendido, a sabiendas de que cuando fracasa el inconsciente llega el amor. Y al amor se puede responder también de muchas maneras. 
 
 
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