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   Saber de la historia

Fraulein Ella E., la histérica de Felix Gattel
  O el primer psicoanálisis que Freud quiso olvidar (Segunda parte)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. Felix Gattel fue la principal víctima de la trampa de la seducción. En más de un sentido. Fue seducido por unas ideas de Freud, en el momento en que su creador empezaba a renegar de ellas. Y su amor a destiempo generó en el vienés el rechazo que tamaña torpeza se merecía. Freud vio en la fascinación de Gattel un reflejo siniestro de sí mismo. Leyó en sus páginas, oyó en sus relatos, la voz descarnada que le advirtió sin mediaciones sobre los callejones sin salida de su propio pensamiento.
La primera ocasión en que Freud vuelve a referirse a Gattel es en la carta del 31 de octubre de 1897, cuando el discípulo ya había regresado a Berlín. Freud le escribe a Fliess: “El Dr. Gattel es lo que dices de él, y además ante todo de carácter no fiable, hecho de un material familiar demasiado malo. He tratado de cumplir cabalmente con él mi obligación de maestro. Ha aprendido mucho, entiende con gran facilidad y hace buenos desarrollos. Adopta una creencia con excesiva ligereza. Se aferra enseguida a ella con uñas y dientes. Por todos estos pros y contras, lo siento como a un hijo mal educado. Le desearía lo mejor y tengo que tomar como mías sus faltas”1. ¿Cuáles son las faltas de Gattel que Freud hace suyas? La respuesta estaría en el tratamiento de Fraulein Ella E., tal y como veremos luego.

DOS.
Miles de páginas se han escrito acerca de la locura de Fliess, sobre todo acerca de sus reivindicaciones de plagio, que signaron la ruptura con su amigo de Viena. Muchos analistas han querido ver en esas quejas los indicios más firmes de una paranoia diagnosticada por primera vez por el creador del psicoanálisis. Con menos frecuencia se ha señalado que el problema del plagio ya había aparecido mucho antes en la relación entre Freud y Fliess. Nos referimos a la reacción del vienés de fines de enero de 1898, cuando recibe el primer boceto del ensayo de Gattel: “Lo segundo (…) es la conducta de Gattel, que me envía un extenso ensayo en el que trata sobre la teoría de la histeria, sobre la sustancia sexual, etc., cuando yo esperaba de él una comunicación acerca de sus anamnesis recogidas en neurasténicos. Me resulta muy penoso decirle que es imposible que publique como patrimonio propio estas cosas aunque las haya desarrollado, y todavía más penoso, que además yo no estoy en absoluto de acuerdo con su exposición. Pero lo haré”2. Tal y como dijimos la vez pasada, no se han conservado las cartas de Freud a Gattel, y no sabemos qué palabras usó en su respuesta al joven médico. Sea como fuere, ellas tuvieron su efecto, pues en la versión final de su libro, Gattel oyó el pedido de Freud, y redujo al mínimo sus consideraciones sobre la histeria y la sustancia sexual. Más aún –y he allí quizá otra respuesta al pedido de Freud–, evitó aclarar que todo su trabajo había sido realizado bajo la inspiración de su maestro.

Pero volviendo a la cita recién ofrecida, cabe afirmar que la queja de Freud es, cuando menos, curiosa. El vienés cuidaba su quinta: al igual que su amigo Fliess unos 6 años más tarde, Freud está convencido de que las ideas tienen dueño; por más que Gattel les haya impreso un giro personal, esos pensamientos eran de Freud. La paradoja reside en el contraste entre ese signo de orgullo freudiano, y su certeza de que las creencias de Gattel no son en absoluto las suyas. Digamos que la queja de Freud hacia Gattel parece el calco de la reivindicación que poco después Pierre Janet repetirá contra el psicoanálisis…

El 3 de abril de 1898, Freud le escribe a Fliess: “Al Dr Gattel le devuelvo hoy su trabajo sin haber influido sobre él”. Es decir, Freud le envió probablemente a su alumno el manuscrito sin haberlo tocado. No corrigió nada, se limitó a decirle que los desarrollos teóricos no podían ser impresos como si perteneciesen al joven que ahora intenta instalarse en Berlín. Todo parece indicar que Gattel, como siempre, obedeció. Un mes más tarde, el libro finalmente fue editado. Gattel, sin demora, envió un ejemplar al vienés, y en la dedicatoria, firmada el 15 de mayo, se lee: “A su querido Señor Dr. Freud, de su agradecido alumno”3. Tres días más tarde, Freud le comunica a su amigo: “Ayer he recibido el trabajo de Gattel. Mi impresión no fue en modo alguno desfavorable. En su momento no corregí nada y ahora lo tengo que releer a fondo”.

TRES
. En esas páginas de Gattel figura el primer psicoanálisis de una histeria. Mucho antes de que Freud publicara, con reticencias, su caso Dora, su fugaz alumno le había ganado de mano, poniendo sobre el papel los detalles, sesión por sesión, de una cura psicoanalítica. De él nos ocuparemos en la tercera entrega. ¿No habrá sido ese tratamiento de Fraulein Ella E. la verdadera razón del exabrupto paranoico de Freud? En el recuento de esas entrevistas, el vienés habría visto la peligrosa confluencia de un doble injuria narcisista: por un lado, se le robaba la posibilidad de comunicar la primera aplicación del psicoanálisis de una histeria –y esa anticipación era dolorosa para quien venía pregonando hacía tiempo la curabilidad de esa patología–, y por otro, se daba acerca de la nueva técnica una versión que, casi caricaturesca, Freud no podía rechazar como ajena… Por otro lado, de la misma forma que la teoría de la seducción fue de Fliess –lo más jugoso de esa teoría está en las cartas al otorrinolaringólogo, en esa correspondencia que, cual dos niños de la conjetura traumática, los dos médicos compartían–, su caída fue de Gattel. Sigmund, Emma Eckstein y Wilhelm podían realizar, cual niños de la seducción, juegos peligrosos, y no cabía allí echar la culpa a nadie. El episodio de la nariz de Emma así lo demuestra. Por el contrario, con Gattel todo era distinto. No solamente él había sido uno de los responsables de la terminación de la tesis de 1896, sino que él fue la primera encarnación del efecto de ese giro. Gattel fue el primer caso de Edipo del psicoanálisis. La reacción de Freud ante ese olvidado discípulo –sus faltas me pertenecen, pues fui su padre; no le dejaré tomar como suyo lo que él hizo con lo que yo le transmití; en sus virtudes y torpezas reconozco, con pánico, aquello de mí que no quisiera ver– fue el primer síntoma edípico.
_______________
1. Masson, J. (1985) Freud - Cartas a Wilhelm Fliess. Buenos Aires: Amorrortu editores; 1994, p. 297.
2. Op. cit., pp. 323-324.
3. Davies, J. K. & Fichtner, G. (eds.) (2006) Freud’s Library. A comprehensive Catalogue. London: The Freud Museum.
 
 
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