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   Problemas y controversias

La memoria y el horror: la responsabilidad (Segunda parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Una ventaja adicional de la literatura: no tiene que adoptar precauciones oratorias como las que yo mismo tomo como para que, pongo por caso y no se trata de un caso cualquiera, no se me juzgue un partidario de la doctrina de los dos demonios. Entonces digo, sin pausa: no se puede poner en el mismo plano al que tortura a un ser inerme con el que mata invocando un ideal, lo cual me habilita a preguntar: ¿qué pasa cuando el fanatismo y el culto a la muerte aparece, por momentos, en ambos bandos? Véase al respecto la entrevista a Héctor Jouvé “La guerrilla del Che en Salta, cuarenta años después”, que aparece por segunda vez en el volumen colectivo Sobre la responsabilidad (No matar) Polémica de la revista La intemperie, Ediciones de El Cíclope/editorial de la Universidad de Córdoba, Córdoba, 2007.

Todo el volumen es valioso, pero quiero destacar uno de los exergos al testimonio de Jouvé: “Lo primero que nos dijo fue: ‘Bueno, aquí están. Ustedes aceptaron unirse a esto y ahora tenemos que preparar todo, pero a partir de ahora consideren que están muertos. Aquí la única certeza es la muerte; tal vez algunos sobrevivan, pero consideren que a partir de ahora viven de prestado’”. Palabras de recepción del Che Guevara al grupo inicial del EGP.
En cuanto a las referencias morfológicas, están muy dolorosamente a la mano. En primer lugar la descomposición del peronismo, ya anticipada e incluso realizada con la matanza en los bosques de Ezeiza, consumada por la derecha peronista. Los que invocan esa categoría-araña denominada “populismo”, suelen echar un manto de asepsia sobre los aspectos miserables (¿cómo llamarlos, si no?) de un movimiento que ha llegado no diré a expresar sino a constituir al país. Es que el intento de acoger todas las demandas, por más contradictorias que sean entre sí, intentando apaciguarlas, moderarlas y al mismo tiempo controlarlas por medio de una mezcla de aguda percepción y de realismo cínico, en momentos de extrema tensión, cuando las ideologías más feroces imperaban, abrumadoras y abrumadas por el fantasma del comunismo, semejante intento, digo, llevaba directamente al abismo.

(Barthes decía que el lenguaje en acción implica guerra y fragmentación y que los lenguajes más serios son los más violentos. Se refería, creo, tanto a los códigos cotidianos como a los intentos teóricos por descifrarlos. Estos últimos encubren cuando quieren controlar y hasta eliminar las connotaciones angustiosas, que no necesitan de estridencias para manifestarse).
Después de la hecatombe, ni el peronismo ni el país son los mismos1. No obstante, bajo el palio de la democracia, se ha ido gestando un lenguaje cada vez más pulcro y vacío, el que termina por invadir incluso las zonas de pensamiento aparentemente más alejadas del espectáculo mediático y de las torpezas de un humanismo que se desconcierta cuando la prédica antidiscriminatoria se enfrenta a la realidad cotidiana –esta vez más sorda e insidiosa, pero no menos efectiva–, de los grupos sociales que practican, como siempre, discriminación y segregación.2

La segunda referencia morfológica está también a la mano.
Es el espíritu más militarista que militar preludiado en sus líneas fundamentales, incluso definitivas, por aquel célebre discurso de Lugones en Ayacucho el 9 de diciembre de 1924 y que vale la pena citar, porque transmite lo que es el huevo de la serpiente fascista:

“Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada… Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir, al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin ley, porque ésta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad.”
Desde 1930, con alternativas complejas de idas y vueltas, este espíritu ha ido creciendo y generando más identificaciones que consentimientos y más aquiescencia que repulsas, hasta alcanzar su acta de defunción con la supresión del servicio militar obligatorio.

Finalmente, algunas notas sobre el estatuto de la memoria. Ninguna memoria es individual pero tampoco hay memoria propia de un sujeto colectivo, que no existe3. La memoria de cada cual le viene literalmente de afuera, aunque se modalice internamente de forma absolutamente singular. No obstante, lo que llamamos “memoria colectiva” es un discurso que se transmite de actor en actor, de red en red, en el olvido de sí y que por ello, podemos captarlo en los intersticios y fragmentos de acciones singulares,4 encriptamiento ingrávido y no obstante persistente y, sobre todo, potencialmente traumático.

(Un conocido bar de la ciudad, “Londres”, lo cambió por “Malvinas” y a los pocos meses recuperó su antiguo nombre. Cuántos hay que celebraron el advenimiento de los militares y ahora se han vuelto custodios de los valores republicanos. ¿Dónde quedó la vorágine nacionalista que alcanzó una rarísima unanimidad durante la guerra de las Malvinas? Lo cierto es que en esos días, solía escucharse una opinión que a la postre fue tan falsa como reveladora del estado de ánimo colectivo: que los militares podrían ganar o perder la guerra, pero que pelearían sin tregua para hacerse perdonar sus crímenes.)

La aserción que dice que la memoria es una función del olvido, precisa de pormenores y fundamentalmente de modalizaciones. Hay memorias y memorias y olvidos y olvidos.
Hay olvidos deletéreos y olvidos protectores. Y si memoria y olvido son términos distintos es porque la memoria es lo olvidado que retorna del olvido bajo formas intempestivas: el olvido de algo tan corriente que escandalosamente remite a otra cosa más grave, ya olvidada y que está allí nomás, asomando; el furcio; el fragmento insólito de algo enteramente enigmático.

Mas ese movimiento de retorno –llego aquí a lo que en este momento me interesa– puede ser de clases enteramente diversas y hasta contradictorias.
Llegamos así a aspectos del ser humano que las circunstancias extremas del terrorismo de Estado nos han hecho de nuevo saber y que, francamente, muchas veces desearíamos no saber, en absoluto.
Cuando un cuerpo ha sido profundamente humillado y herido sin tregua, el sujeto que sobrevive adopta (cuando puede) una actitud de rechazo hacia lo sufrido. No es que no conserve la memoria de lo ocurrido; al contrario, ésta es intensísima, pero opera como si se tratase de una división radical del psiquismo y del cuerpo; de un lado el horror, encriptado, encapsulado, aguardando allí para retornar como retorna lo rechazado; del otro, una vida que aspira a la cotidiana normalidad y a mantenerse en una economía del placer –términos estos últimos que hay que tomar en su acepción psicoanalítica, no en la vulgar–.

¿Es necesario ahondar más? Creo que es suficiente para el objetivo que me propongo: ir hacia las tinieblas para no enviar a la trastienda los aspectos más sombríos de la existencia.
(Alguien podría invocar que la humanidad reúne los extremos de la gracia y del horror, o, para decirlo con un lenguaje más tonto y obvio, lo más positivo con lo más negativo. Nada tengo que decir al respecto, salvo que uno y otro aspecto poseen la misma raíz.)

Esta experiencia de extrema esquizofrenia –uso el vocablo en su acepción etimológica, no psiquiátrica–, nos compete incluso y sobre todo a quienes jamás acordamos de ningún modo con la dictadura. ¿Cómo leer, divertirse, pasear con amigos, contemplar la calma del horizonte marino, si uno tiene constantemente presente que en esos momentos se tortura, se masacra, se humilla, centenares de personas queman sus libros ante el temor de que se les impute una actitud “subversiva”?
En otros, esa separación extrema y feroz, ese desmentido que niega perfectamente lo que se admite perfectamente, podemos decir acudiendo al preciso vocablo psicoanalítico, bordea la canallada, como en los habitantes de algunas aldeas alemanas cercanas a los campos de concentración nazis, los que en ciertos días sentían olores a densa materia quemada y veían surgir humo por las chimeneas que se suponía pertenecían a curtiembres.
_________________
1. ¿Soñaremos con un nuevo reverdecer de los ganados y las mieses ahora que los países centrales sufren el efecto de la medicina que implacablemente nos recomendaron e impusieron?
2. Debería quizá agregar a la enumeración “exterminio”. Pienso en la multiplicación en las villas miserias de las pymes del paco, pequeñas familias que luchan ardorosamente por pequeñas ganancias y se disputan a tiros el predominio de sus pequeños territorios. También en las bandas de adolescentes pobrísimos que no tienen otro medio de afirmarse que el coraje criminal y suicida que los lleva a matarse entre sí.
No todas son delicias en la Jauja sojera y automotriz…
3. Para existir, todos los miembros del grupo deberían participar de las mismas y transparentes y recíprocas convicciones sin separación de ninguna clase entre unos y otros. En suma, un dios encarnado…
4. Es una desdicha que se confunda de continuo individuo –etimológicamente indiviso– con singularidad.
 
 
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