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   Filosofía y Psicoanálisis

«Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Octava parte)
  Por Luis F. Langelotti
   
 
Esta jornada es una victoria: ¡ya cede, ya huye el espíritu de la pesadez, mi viejo archienemigo! ¡Qué bien quiere acabar este día que tan mal principio tuvo!
Y quiere acabar. Ya llega el atardecer, ¡cabalgando sobre el mar, el buen jinete! ¡Cómo se balancea el bienaventurado que regresa a casa, sobre la silla de púrpura de su caballo!


(Así habló Zaratustra, “El despertar”).

Introducción
Hemos llegado al fin de nuestras entregas de este Año 2012. Esperamos que el lector haya encontrado algún interés en las líneas que aquí discurrieron. Por lo demás, vale destacar el carácter ensayístico de todas estas cuestiones, cuyo hilo común debe precisarse a propósito de la intención de revitalizar el espíritu polémico del psicoanálisis, discurso que, como todo discurso humano, siempre se ve amenazado por esa fútil tendencia a la burocratización. Si nos hemos aproximado a Nietzsche, dicho acercamiento, pues, no debería estimarse en cuanto que acrítico e inocente, ya que nos dedicamos a una lectura del pensamiento del filósofo. Una lectura sintonizada con el decir del psicoanálisis. Desde luego, muchas articulaciones posibles han sido dejadas por fuera o no han sido lo suficientemente profundizadas como el lector y el escriba gustarían. Empero, esta falla no es algo que debería entristecernos o apagar nuestro interés: ¡al contrario! Algo es posible de decir: una insinuación, un guiño, una traza, un garabato, una pregunta. Nos moviliza el deseo de abrir un camino, que no sabemos a dónde nos puede conducir: “Existe en el mundo un único camino por el que nadie sino tú puede transitar. ¿A dónde conduce? No preguntes, ¡síguelo! ¿Quién fue el que pronunció la sentencia: «Un hombre no llega nunca tan alto como cuando desconoce a dónde puede conducirlo su camino»?”1 Esperamos, esperanzadamente, entonces, que estas largas notas - irónicas, despreocupadas y violentas -, hayan resonado en aquellos corazones propios de los «espíritus libres» [Freigeister], para los cuales la opresiva sensatez del sentido común - en sus diversas manifestaciones – no es sino el germen que torna al Hombre un ser inferior, enfermizo, inútil; en suma, incapaz de soportarse en su irreductible multiplicidad y, por eso, impotente para superarse-a-sí-mismo. Pero, ¡basta ya de tanto gimiente y melancólico suspiro! Prosigamos con lo nuestro.

«Wille zur Macht» [Voluntad de Poder] versus «Geist der Schwere» [Espíritu de la pesadez]. La dialéctica del goce y del deseo en la experiencia del análisis.
“¿Hay un bien y un mal de acuerdo a la voluntad de poder o vale todo por igual?” - se pregunta Lizbeth Sagols en “La herencia ética de Nietzsche (en torno a sus alcances y limitaciones)”.2 Y seguidamente, aclara: “Parece posible advertir que el querer tiene como fin la superación constante y el advenimiento del superhombre: el verdadero sentido de la Tierra. De tal modo que no es lo mismo que tendamos a lograr el advenimiento del superhombre o que gracias al querer fundamental tendamos al empequeñecimiento y la denigración existencial. En esta medida, la voluntad de poder da cabida de alguna manera a la indeterminación. Si ella estuviera totalmente determinada, no cabría diferenciar entre los «mejores» y «mediocres», entre «despiertos» y «dormidos». Se puede hacer esta distinción porque a pesar de que siempre se tiene la voluntad de poder, podemos descuidarla, dejarla en estado de letargo, o bien, despertar a ella y asumirla plenamente en una constante superación e incremento de nuestro ser.”3

Z., una joven analizante que se trata conmigo desde hace unos meses, llega a su sesión media hora tarde. Comienza señalando los “motivos” de su tardanza. En esta ocasión, pone un límite al pedido de “quedarse un poco más en la oficina” por parte del Jefe eventual, pero al llegar al Subte para asistir a su encuentro conmigo, el mismo estaba… con demoras. Inmediatamente afirma: “Me parece que no quiero venir más.” Destacaré que, el psicoanálisis, no cree en casualidades: falta a dos sesiones y, a ésta, llega media hora tarde. Z.:- “¿Resistencia?” Pero la resistencia, es resistencia a la cura, vale destacar. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que lo resistencial emerge allí donde se están produciendo profundos movimientos de interpelación, subjetivantes e instituyentes. De este modo, la resistencia lo es también al deseo del analista: “… aquel que se realiza en que la cura prosiga.”4 Z. está en análisis y, en estos pocos meses, muchas cuestiones se han conmovido. Ella ha dado pasos interesantes y, en esta misma sesión, enumerará toda una serie de consecuencias de haber empezado a analizarse. En su asociación respecto de por qué interrumpir su tratamiento¸ aparece la mirada de los otros. En especial, de las otras. Los Viernes, ellas “ya saben” que está así porque “el Jueves fue a terapia”. Le dicen que “no le dé bola” a M., un muchacho con quien se le plantean cuestiones muy inquietantes, desde el punto de vista de su femineidad, pero al que no le hace mucho lugar (la última sesión que asistió, finalizamos hablando sobre que él es quien viene apostando más fuerte para que pase algo entre ellos, lo cual objeta por otro lado su creencia en su “poca iniciativa”).

Al preguntarle cosas a la madre o al sacar temas de conversación atinentes a su historia, le dice: “¿Para qué querés revolver el pasado?” Hablamos sobre cómo, desde la perspectiva de lo familiar, el análisis aparece como algo ominoso, un peligro, dependencia, sugestión. Dice M. Pilar Berdullas: “Freud advierte que a los ojos de quienes lo rodean, muchas veces, el psicoanálisis adquiere el carácter de siniestro, la práctica del análisis les resulta inquietante. Recuerda haber escuchado por boca la madre de una paciente suya el comentario de que el psicoanálisis era siniestro.”5 Pero ella no cree que la terapia analítica le esté haciendo mal, aunque sería ingenuo desterrar completamente esa creencia ya que si tomamos la propuesta freudiana de que los personajes del sueño son el yo del soñante, del mismo modo, los personajes del relato del analizante también lo son. Son una parte escindida de sí que viene a representar algo reprimido o causante de la represión: en definitiva, a las diferentes fuerzas en pugna. Conversaremos sobre la posición de ese “entorno”, cuya mirada y cuyas frases - que hacen a cierto “sentido común”, a cierto “sistema” y/o rebaño del cual a nivel imaginario ella participa – tienden a repeler la diferencia emergente en su realidad¸ la transmutación de ésta, su potenciación. Z. viene despertando a su «voluntad de poder», mas algo en ella puja por adormecerla y humedecer la viveza de la llama de sus deseos: ¿será acaso el espíritu de la pesadez?

Dice Nietzsche en su Zaratustra: “Inconsciente envidia hay en la esquiva mirada del desprecio.” Allí dónde el sujeto da lugar a su deseo, a la potencia oculta de su ser - a esa “esencia” que es su falta -, el rebaño, la masa, etc. - y lo que hay de masa y de rebaño en cada cual -, idealiza ese movimiento congelándolo en alguna significación coagulante, por ejemplo, “egoísmo”. Pero “egoísmo” no es sino el sentido yoico que se le atribuye a quien escucha y actúa conforme a “su” deseo. Entrecomillo el “su” ya que no hay antinomia más radical en psicoanálisis – y en la filosofía de Nietzsche también – que entre deseo (o voluntad de poder) y ego. El hombre mediocre, el estulto, el de la voluntad timorata, el Camello – espíritu sujetado a la opresión del espíritu de la pesadez -, etc., busca imponer su valor (mediocre, común, fálico) a las cosas todas y en función de dicha valoración justipreciar generalizadamente los actos del Hombre. Pero el genuino acto, el movimiento altivo, no se deja atrapar en los estrechos márgenes del pensamiento neurótico-calculador, que todo lo significa en sintonía con su orgullo. El afán de enclaustrarlo es, desde luego, para evitar el desarrollo de la angustia. El deseo en acto incomoda, molesta, pica, arde y, finalmente, duele. Lastima y da lástima: lástima de sí. Avergüenza a quien reconoce en él una posibilidad propia siempre resistida, siempre postergada. La «envidia» es ya un tratamiento, esto es, una respuesta anticipada a la pregunta que despierta el deseo en acto. Existen, de este modo, quienes quieren crear por encima de sí y para ello acuden a un analista, ya que desean escuchar-se más allá de su yo-consciente. Pero también quienes pretenden imponerse sin pagar ningún precio, sin perder ni ceder nada. Fanáticos, generalmente inconfesados, del Ideal que pretenden crear por encima del otro (ya que piensan que ese es el camino) pero que, por eso mismo, jamás se superan a sí mismos: “Tú caminas por encima de ellos; pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todos es el que vuela.”6

En el Banco donde Z. trabaja, muchos ex-compañeros son ahora ascendidos a “Jefes”. Todos piden “todo para ya”. Z. se supedita a tal siniestra lógica entrando así en el “círculo infernal de la sugestión”7, en la dialéctica del “Jefe y la mascota”, donde por momentos es “Jefa” y por momentos es “mascota”. Atándose a lo que el Líder demanda, descuida lo que realmente le falta, esto es, aquello que la haría crecer, superarse-a-sí-misma, ir más allá del Bien y del Mal neuróticos, Moral que en tanto conjunto de enunciados instituidos, cercenan toda posibilidad de aparición de una posición singular, inédita y subversiva. Sus compañeras envidian sus cambios y se angustian por cuanto dichos movimientos equivocan e interpelan el statu quo que las liga en cierto grupo: ¿Encuentran ellas acaso algún tipo de satisfacción en verla mal, hiper-exigida y obediente? ¿Inconsciente placer hay en la esquiva mirada de la envidia? Pero su cambio es efecto de hacerse cargo y de pagar ese precio que “el envidioso” no quiere pagar, a saber, que el trasfondo real del deseo del otro (especular) es el deseo del Øtro, es decir, la inexistencia de un Soberano Bien que legitimaría un pretendido acceso a una superación del otro (“¡Te gané!”). Esto es lo que orienta la cura psicoanalítica. El que llega a “Jefe”, pues, realiza la “esencia” común de todos los aspirantes en el marco de tal lógica institucional. Empero, esta vertiente reduccionista del sujeto, aplasta la emergencia de lo múltiple y de las diferencias, no sólo de las diferencias entre los actores, sino también de los actores para consigo mismos: su propia multiplicidad. Tal como lo planteaba, un poco irónicamente, Pierre Bourdieu al hablar del homo academicus: “Dotados de los mismos títulos de nobleza universitaria¸ es decir, de la misma esencia, los jóvenes y los viejos solamente han alcanzado grados diferentes de realización de la esencia. La carrera no es sino el tiempo que hay que esperar para que la esencia se realice. El ayudante es prometedor; el maestro es promesa realizada, ha pasado ya sus pruebas. Todo ello concurre a producir un universo sin sorpresas y a excluir a los individuos capaces de introducir otros valores, otros intereses, otros criterios en relación con los cuales los antiguos resultarían devaluados, descalificados.”8

El mundo común - humano, demasiado humano - implica una ilusión de continuidad donde todos vamos por la autopista general de las significaciones comunes. Mas, el trayecto singular del deseo, ha de conllevar ciertos desvíos, determinadas demoras, rezagos, atajos y rutas más largas… o más cortas, ¿por qué no? Altibajos, entusiasmos, tiempos irrepetibles, preguntas únicas de cada quien. I(A) [$ ---► i´(a)] quiere decir: en función del Ideal del Otro, del signo de su Omnipotencia, el sujeto (que es sujeción, en tanto “en la perspectiva freudiana, el hombre es el sujeto capturado y torturado por el lenguaje”9) se orienta hacia el objeto del deseo, lo deseable (aquello con lo que se identifica imaginariamente). Ese objeto fetiche que todos los “esclavos” quieren ser y/o tener y que el “Amo” conserva avaramente (siéndolo o teniéndolo). Pero, el Amo, strictu sensu, no existe. Podríamos decir que no es sino una reedición de his Majesty the Baby. Ese yo-ideal desde cuya perspectiva el Padre aparecerá como Omnigozador en tanto poseedor del Deseo Materno, objeto del deseo.

La concepción que ve en el Superhombre al Padre primitivo de la horda, peca, entonces, no sólo de facilista sino también de falicisista. El Superhombre, debe pensarse a propósito de un Ideal motorizante y no renegador, una esperanza terrenal, posible y no divina, imposible o trasmundana. Si el Ideal del sujeto es el protopadre, es decir, si la fantasía que sostiene el deseo plantea que su cumplimiento es la completitud en términos de goce, desde luego que el deseo se va a ver aplazado defensivamente y pospuesto eternamente en su realización, ya que su concreción sería la muerte misma del sujeto del deseo, que es el sujeto de la falta. El protopadre que “goza de todas”, goza también de su propia Madre o es, más bien, el objeto del goce de ella. Porque, tal como lo plantea Lacan, en el Seminario IV, “… la estructura de la omnipotencia no está, contrariamente a lo que se cree, en el sujeto, sino en la madre, es decir, en el Otro primitivo. Quien es omnipotente es el Otro.”10 Esto aclara profundamente las cuestiones. La «pulsión de muerte» aparece en Freud como aquello que puja hacia un tiempo anterior, es decir, hacia la restitución de un estado previo y, en ese sentido, podemos pensarla como el factor – cuantitativo - que detiene el movimiento, la creación, la transmutación: “Hemos concebido la dificultad del desarrollo cultural como una dificultad universal del desarrollo; la recondujimos, en efecto, a la inercia de la libido, a su renuencia a abandonar una posición antigua por una nueva.”11 Cuando impera la idealización, en última instancia, lo que está en juego es la fijación incestuosa. El sujeto que aspira a ser el Amo, el Jefe, el Líder de la horda, del rebaño, etc., no aspira sino a realizarse “yo-idealmente”. Pero, precisamente por eso, aspira también a su propia ruina subjetiva.

Por lo demás, si es cierto lo que Freud afirma respecto del origen pulsional de todo proyecto cultural y si, por otro lado, lo pulsional lleva en sí mismo una exigencia y un apremio irreductibles, esto nos habilita a los psicoanalistas a responderle así al analizante que nos indica que “está mal”: “Sí… ¿y?” Esto suena, quizá un poco exagerado, pero ¿no es justamente esa detumescencia del deseo, del entusiasmo y el advenimiento del malestar al que esto conduce – inhibición, síntoma, angustia, la falta de bienestar en sí misma, etc. – aquello que genera movimiento en tanto motor? Hacer­-con lo pulsional en vez de darle sentido, poner a trabajar ese síntoma, es un movimiento que la cura analítica tiene que promover, más allá de los instantes de enganche del autismo del goce sintomal con el sentido del inconsciente estructurado como un lenguaje. La orientación de la cura debe situarse en el empuje a transmutar algo de esa economía libidinal mortificante. Y claro que esto implica la vertiente de la interpretación. Pero más allá de la charla analítica, debe estar la jugada del sujeto en el acto.

La fijación incestuosa es, pues, aquello que imposibilita que el sujeto tome la palabra y actúe, se mueva, produzca. Hay que tener mucho cuidado, entonces, siguiendo este razonamiento, en el campo analítico, cuando hablamos de lo “freudiano”, de lo “lacaniano”, de lo “milleriano” y demás, ya que una cuestión es cierta filiación simbólica y otra cosa muy distinta es hacer-masa en torno a un nuevo Ideal, coartada subjetiva para preservarse de la carencia de ser. Un análisis sin consecuencias en lo tocante a la realidad de un sujeto dado es quimera consumista, objeto cósmico y cosmético a ser comercializado que deniega lo real de la castración en el Otro. En este sentido, analizarse no se reduce a “ir”, “pagar”, “blablablabear” un rato y ya. Sino que también está lo que el sujeto pone de sí más allá de cada sesión. Analizarse con alguna celebridad, asistir a una “Conferencia Magistral” dictada por alguna “eminencia” que pisa Sudamérica así como el cometa Halley se deja atisbar “dos veces en una vida humana” y que, además, por costosa se estima valiosa, tener las Obras… completas de tal o cual autor, etc., en suma, todo esto netamente vinculable a la vertiente “neurótica” de la “transferencia”, nada garantiza si quien se analiza o quien pretende posicionarse como analista no se hace cargo de y no se involucra en lo que implica dicho dispositivo, dicho movimiento, dicha ética. Que haya efectos, rupturas, cortes, pérdidas, consecuencias, crecimientos, actos, movimientos y no meramente un analizante que “sepa más de sí”. Esto nos lleva a pensar en la dimensión del acto creador. Dice Alejandro Ariel: “La creación es un acto único e irrepetible. La enseñanza sólo es posible en la dimensión de los recursos; pero jamás de su aliento, de su espíritu. Los límites de la enseñanza hacen que la transmisión sea: La de la imposibilidad de saturar ese acto con ningún saber. Que haya uno que sostenga ese acto (creador) revela, transmite la imposibilidad que ese acto pueda ser imitado, regulado o legislado. La transmisión es, entonces, de la “libertad” que genera esa imposibilidad. Cada uno hará con ella lo que pueda.”12
Como analistas, nos hemos de confrontar, cada vez, con la “libertad” que supone la imposibilidad de sostener la clínica con nuestros fantasmas.13 Si es cierto aquello que decíamos en otra entrega, a saber, que la clínica psicoanalítica es lo que no cesa de no escribirse en el fantasma, entonces, sólo nos queda armar, inventar, construir con retazos de saber nuestra clínica, hecha en función de nuestra posición, de nuestra lectura. De la posición que vamos conquistando (no creo que nunca sea “de una vez y para siempre”) en nuestro/s análisis (tanto los que nos convocan como analistas así como aquellos en los que somos o fuimos analizantes) y en los demás ámbitos de nuestra formación. Conquista en la que vamos siendo partícipes (no “partes”) de un proceso de crecimiento en donde crecemos con, en y junto al psicoanálisis.

Aquí quisiera introducir una apreciación muy personal, para ir concluyendo. Cuando se oye hablar de “la falta”, de “lo real”, de “la imposibilidad” y de “la castración”, muchos no dejan de traslucir cierto resabio melancólico y cansino, y hasta dramático e insatisfecho, donde huelga, desde mi mirada, el entusiasmo y la alegría de un Zaratustra, alegre danzarín y creyente en la potencia real del Hombre. La falta no es causa de sufrimiento sino para el creyente – nostálgico - en la completitud. El deseo no es lo desconocido y lo siniestro sino desde la óptica de lo conocido, de lo común y de lo fa(lo)miliar. La «voluntad de poder» no es “la naturaleza maligna del hombre” sino desde la perspectiva cristiana, endeble, sumisa de un ego ego-zoso en su impotencia (degradación imaginaria de lo imposible, vale decir).

Por eso, una y otra vez, estimo preciso subrayar la posición a sostener desde la Ética del psicoanálisis respecto de la castración: “Nunca, en nuestro ejercicio concreto de la teoría analítica, podemos prescindir de una noción de la falta de objeto con carácter central. No es negativa, sino el propio motor de la relación del sujeto con el mundo.”14 Es decir, la castración es condición de la búsqueda misma del deseo. La inhibición, la parálisis, la improductividad, etc., nos hablan de un deseo adormecido, sujetador. Es la estructura misma del fantasma la que ata el deseo a un circuito pre-fabricado y que sutura toda posible emergencia de algo novedoso. Por eso, la gaya ciencia nos pone de cara a una posición otra respecto del conocer, del investigar, del producir, del saber. Cierta vez escuché a Germán García decir, de un modo, a mi entender, contundente: “Sobra gente, faltan psicoanalistas.” Más herejes y menos Magísters, agregaría a tal reflexión. Esto es lo que le falta al psicoanálisis contemporáneo, tal vez. La gaya ciencia nos pone de cara a lo lúdico, a lo vivaz, a lo esperanzado, a lo creativo. Mas para que emerja este plus de vitalidad, es preciso que el sujeto haga una renuncia, un duelo. Duelo de sí, desasimiento, desprendimiento, separación de la propia consistencia en ser, aniquilación simbólica de la propia ilusoria ontología sostenida en tal o cual emblema significante:

“Tienes que querer consumirte en tus propias llamas. Sin antes haberte reducido a cenizas, ¿cómo renovarías tu ser? ¡Solitario, tú sigues el camino del creador! ¡Con tus siete demonios quieres crearte un dios! ¡Solitario, tú sigues el camino del amante! Te amas a ti mismo, y por ello te desprecias, como sólo los amantes saben despreciar. El enamorado quiere crear, porque desprecia. ¡Qué sabe del amor quien no tuvo que despreciar precisamente lo que amaba! ¡Vuelve a tu soledad con tu amor y tu creación, hermano mío, que luego te seguirá, renqueando, la justicia! ¡Vuélvete a tu soledad, hermano mío, y llévate tus lágrimas! Yo amo a quien quiere crear algo superior a él, y por ello perece.”15
Así habló Zaratustra. Y, nosotros, con él.
Buenos Aires, Noviembre de 2012.

(Endnotes)
1 Nietzsche, F.; “Tercera consideración intempestiva” en Nietzsche en castellano, http://www.nietzscheana.com.ar
2 Sagols, L.; “La herencia ética de Nietzsche (en torno a sus alcances y limitaciones)” en López Castellón, E. y Quesada, J. [Eds.] Nietzsche bifronte, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2005. Pág. 88.
3 Sagols, L.; Op. cit.
4 Mutchinick, D.; “De un deseo siempre presumido” en El saber de la herejía, Buenos Aires, Ed. Letra Viva, 2011. Pág. 123. Subrayado en el original.
5 Berdullas, P.; “La extrañeza de lo familiar” en Claves freudianas, Buenos Aires, Tekné, 2004. Capítulo V, Pág. 90. Subrayado mío.
6 Nietzsche, F.; “Del camino del creador” en Así habló Zaratustra, Madrid, Ed. Sarpe, 1983, pág. 83.
7 Lacan, J; “Transferencia y sugestión” en El Seminario, Libro 5, Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires, Paidós, 2005. Capítulo XXIV, Pág. 436.
8 Bourdieu, P.; “Defensa del cuerpo y ruptura de los equilibrios” en Homo academicus, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2012. Capítulo 4, Pág 199.
9 Lacan, J.; “Conferencia: Freud en el Siglo” en El Seminario, Libro 3, Las psicosis. Buenos Aires, Paidós, 2007. Clase XIX. Capítulo XIX, Pág. 350.
10 Lacan, J; “La identificación con el falo” en El Seminario, Libro 4, La relación de objeto, Buenos Aires, Paidós, 2007. Capítulo X, Pág. 171.
11 Freud, S. (1930); “El malestar en la cultura” en Obras completas, Tomo XXI, Amorrortu editores, Buenos Aires. Pág. 105.
12 Ariel, A.; “El problema del tiempo en el acto creador” en El estilo y el acto, Buenos Aires, Manantial, 1994, Pág. 190.
13 “Teoría” recuérdese que deviene, según nos dicen, de theorein, término que pone en juego la observación de una escena teatral. Pero nuestros “teatros subjetivos”, a la hora de escuchar un análisis, suelen enturbiar mucho más de lo que esclarecen. Como nos decía Serge Cottet, no son lo mismo “los sueños de Freud” que sus “escritos técnicos”. Es decir, una cosa son nuestros deseos y otra el deseo del analista. Algunos inclusive remiten la etimología del término “Teoría” a “la perspectiva de Zeus” (Theos-orein): como teóricos, ¿somos observadores divinos, esto es, seres omni-contemplativos? Freud, por su parte, nos advierte de la impostura que supondría hacer con, y del, psicoanálisis una «cosmovisión».
14 Lacan, J.; “Las tres formas de la falta” en op. cit. Pág 38. Subrayado mío.
15 Nietzsche, F.; Op. cit. pág. 84.
 
 
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