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   El "psicópata" y sus redes

No hay lugar para un hombre viejo
  Por Martín. H Smud
   
 
Escenas que no se olvidan, escenas memorables en nuestra vida, muchas de ellas tienen que ver con la violencia. Me pregunto si son motivadas por la sociedad en que vivimos, por la época que nos toca vivir, por la condición del ser humano, por un destino singular, subjetivo, uno a uno. En nuestros consultorios, en nuestra sociedad, en nuestra época, intentar dar sentido a las escenas de violencia, mucho más que una interpretación psico-sociológica resulta una necesidad vital, una ética imperiosa, un imperativo de nuestras lágrimas y nuestra desorientación.

Dos topos, dos lugares entrarán en disputa en este trabajo, uno perteneciente a la llamada realidad, se trata del relato de un paciente que refiere acerca del asesinato de su padre, un hombre cercano a los setenta y largos, por una viuda negra, una mujer que había conocido por el chat telefónico y que, finalmente, le da algo para tomar que lo lleva a la muerte.
Y, por otro lado, la llamada ficción. Dos escenas, una tomada de una película que se llama Sin lugar para los débiles de los Hermanos Cohen, cuya título en ingles es No country for an old man (No hay lugar para un hombre viejo) y un libro de Sartre llamado Muertos sin sepultura.

Esta relación entre realidad y ficción había sido marcada, como símbolo, como herencia, como destino, el suyo quizás, por el padre asesinado en su mesita de luz. El hijo, cuando fue al encuentro del cuerpo muerto del padre, encontró esa película y ese libro, los levantó y los trajo a tratamiento. Quizás había sido la última película que había visto el padre, el último libro que leyó de un autor que había amado. El paciente los pensaba como símbolo, algo había en ellos para desentrañar, un signo tanto de la subjetividad de su padre como lo que había pasado aquel sábado por la noche, y para nosotros nos permitirá pensar en el sentido de la violencia, de quienes la llevan adelante, y de quienes la padecen.

La realidad y la ficción estaban imbricados por ese paciente que llamaremos Mario, quien intentaba pensar qué hacer con la violencia que, una y otra vez, lo había azotado en su vida. Decía sentirla desde siempre en el lugar de víctima, nunca había podido pegar pero esa impotencia lo llevaba a hablar y a hacer. Se cuestionaba qué había pasado con él para no poder pegar. Hablaba de que en cierta ocasión lo había nombrado –en una clase de teatro– Norman Briski como hijo del proceso, o habiendo hecho una obra de Griselada Gambaro llamada El campo donde tenía Franco prisionera a Emma torturada y maniatada, y él iba a ese campo y no podía creer lo que estaba viendo, entonces solamente lo podía creer probando en sí mismo los elementos de tortura para comprobar lo imposible de tramitar, lo traumático de la violencia inelaborable, quizás como la muerte. Pero ¿violencia y muerte es lo mismo?

Durante toda su vida, un goce opaco, pero ya transitado, lo había llevado a no poder pegar pero había comprendido que “no pegar” era un modo de defensa. La violencia siempre genera reacción y, en este caso, a Mario lo llevaba a pensar en su vida. Debatía qué había pasado con su padre dejando entrar a su departamento a una mujer que, sin saberlo, formaba parte de una asociación dispuestos a desvalijarlo. Y cómo había dejado dispuesta en su mesita de luz ese libro y esa película, mensaje cifrado como marca del inconsciente, eran esos objetos herencias de un penar y un duelar por el padre.
Tampoco se podía desentender de esa mujer asesina que sí se había despreocupado de la suerte de quien tomó un somnífero tan fuerte –que según el principal de homicidios, si lo tomara un hombre joven, se quedaría “en coma” durante dos días despertándose luego sin recordar nada–.

—Esa mujer, de qué clase es –reflexiona Mario, sin esperar mi respuesta–. Y sigue hablando: “Quizás no lo quiso matar, directamente. Es como si hubiera tirado una moneda para arriba. Es como si ella no fuera la que hubiera decidido la suerte de mi padre, lo que quería era robar y su modus operandi era ése”.
No le había disparado a la sien, simplemente, lo había tentado y dándole un somnífero que, como moneda tirada al azar, casi por negligencia, casi sin quererlo, casi sin compromiso subjetivo alguno, había conducido a su padre a tener un ataque cardíaco. Una operación sencilla, robar, terminó con un hombre tirado para no levantarse en la alfombra y su hijo llorando en tratamiento.
Ese padre, había sido parte de la generación que había luchado en los setenta, un padre que había sobrevivido a la violencia y también, como lo repite Mario, había sido un hombre que había hecho lo que quería. Mario ya sabía que eran hombres que tenían dificultades en poder arroparse con las insignias de la vejez, eran hombres que, por lo general, les costaba mucho envejecer, que sienten ese “no hay lugar para un hombre viejo”.

Vayamos a la película Sin lugar para los débiles, tomaremos una escena de tres minutos, casi por el final, que nos ayude a comprender, a Mario y a nosotros, el compromiso de esa mujer con su acto, que jamás conocería pero que podría imaginarlo, intentar darle a esa moneda tirada al techo, a ese somnífero, un sentido*.
En la película aparece el asesino más escalofriante, parece no tener ningún problema en sacarte de esta vida sin problemas, ningún remordimiento ético ni práctico, simplemente te tira y listo, una maquinaria instrumental de violencia asesina, dispara y no pregunta sobre el sentido ni de la causa ni de la finalidad.

Y nos podemos quedar horas pensando acerca de ese asesino, preguntarnos si es loco, compulsivo, sádico, canalla, hijo de puta, si cumple alguna función social, si es puro objeto pulsional, simple máscara pero, lo seguro, es que desencadena la angustia de una sociedad que lo vio nacer y le da sustento.
Ese asesino ya había matado al hombre, Llewelyn, que se había quedado con una valija repleta –dos millones de dólares– y en la escena a analizar se encuentra sentado, esperando a la esposa del hombre asesinado. Ella, llamada Carla, llega del entierro de su madre y encuentra al asesino del esposo sentado en su dormitorio, esperándola.
Le dice: —“Sabía que esto no había terminado. No tengo el dinero, lo que quedaba se acabó. Hoy enterré a mi madre y tengo muchas cuentas que pagar”.
—“Yo no me preocuparía por eso” –dice Anton–, el asesino protagonista del film, un hombre contratado para obtener el dinero pero nunca se sabe quién lo manda.
—Tú no tienes razón para herirme –dice Carla–.
Y aquí un primer contrasentido, una paradoja, el asesino que ya ha matado al marido, exclama: —No. Pero di mi palabra.
—¿Diste tu palabra?
—A tu esposo.
Ni la esposa ni nosotros lo podemos creer, o este hombre está ironizando, mostrando la peor crueldad o siente que su lugar garantiza un principio elemental, el de cumplir con la palabra empeñada.
Carla le dice: —No tiene sentido. ¿Le diste tu palabra a mi esposo que me matarías?
—Tu esposo tuvo la oportunidad de salvarte. En vez, te usó para intentar salvarse a sí mismo.
—No es así, no como lo dices.
Y aquí viene el momento de la moneda, ella le dice: “No tienes que hacer esto”.
—Todo la gente dice lo mismo.
—¿Qué dicen?
—Dicen: “No tienes que hacer esto”.
—No tienes que hacerlo.
—De acuerdo.
Anton saca una moneda, la tira al aire y la pone, sin ver que salió, encima de su rodilla.
—Esto es lo mejor que puedo hacer. Elije.
—Sabía que estabas loco cuando te vi sentado allí. Sabía exactamente lo que me esperaba.
—Elige.
Primer plano de Carla. Tensa. Viene del entierro de su madre y hacía poco también el de su esposo. Puede entrar en el juego del asesino o negarse y, de alguna manera, elegir su muerte. Es una elección donde hay pérdida en las dos posiciones, no cree en la jugada del asesino, no quiere ser asesinada por una moneda sino, al menos, quiere que él decida lo que va a hacer.
—No. No voy a elegir, –dice ella tomando una posición Sartreana que tanto el padre de Mario había leído, sostenido y dejado como testamento en el libro Muertos sin sepultura–.
Anton se pone nervioso por primera vez, le sale una voz autoritaria:
—Elige.
Ella ahora ha cobrado un lugar, sabe que más allá de su muerte, lo que quedará rodando por el aire es la subjetividad del que quita la vida al otro, de la manera que sea.
Dice ella: “La moneda no tiene voz ni voto. Eres sólo tú”.
Anton ya sabe lo que va a pasar, dice algo tan interesante como falto de sentido, se vuelve a descomprometer, hasta el peor asesino no tiene nada que ver con el asesinato, no se hace responsable de quitarle la vida al otro, ubicándose en el lugar de objeto.
Dice: “Llegué aquí del mismo modo en el que llegó la moneda”.
En la escena siguiente, Anton sale de la casa, se detiene en el porche a mirarse la suela de los zapatos, a ver si le ha quedado rastros de sangre. En su in-humanidad existe una ley que funciona como un engranaje que va quitando lugar a las personas y a la subjetividad tanto del otro como de sí mismo.
Una escena dramática donde la mujer, a la manera sartreana, decide no dejar la suerte de su vida a la voluntad de una moneda. Y donde el asesino le dice que su voluntad homicida es manejada por un gran Otro, que lo lleva de aquí para allá como a una moneda, que puede matar porque su subjetividad está desmentida, a la manera perversa, él se vuelve objeto del otro y hace gozar de que el otro sepa, tenga certidumbre de su destino.
Lo que desconcierta es esa mascarada de principios, ese ser de un asesino comprometido solamente con su acto pero sin subjetividad, él mata más allá de las razones, más allá del dinero y sobre todo del encargo, nunca se sabe quién le ha encargado esos asesinatos y suponemos que quizás no importe.
Anton nos propone una excursión por quien está atrás de la violencia, a quién beneficia, y nos muestra a ese Otro, duplicado pero es una verdad que aterroriza hasta a los débiles mentales que somos todos, el rey está mucho más que desnudo, no existe.

Es la gran excusa que desde Auschwitz se ha hecho carne en nuestra sociedad, el cumplir la orden del otro, aunque ese otro no esté encarnado, en el lugar de la acefalía, en el lugar de mando, una moneda tirada al techo, la suerte que es bifronte, vida o muerte, cara o seca, no es una elección más sino la forma en que la violencia se instituye en nuestras épocas.

Así es la violencia que nos toca, un motochorro que dispara huyendo, una bala perdida que puede ser del chorro o del policía, pega en algún cuerpo que tiró la moneda y sacó cara, una columna que se cae sobre una nena y la mata, un hombre que maneja con descuido hablando por celular, dobla y no ve un transeúnte, escenas de violencia que, en un principio, no tienen responsable, que hay que ir a buscarlos, que la justicia debe crear, comprometiéndolo.
En cuanto al mencionado libro de Sartre, trata de un grupo de prisioneros que saben que van a ser asesinados pero antes de eso, van a ser torturados de la peor manera para que digan donde se encuentra su jefe, Jean. Aquí la violencia no es sin mando, está encarnada, es una violencia campo de concentración, los que la ejercen creen que están dentro de una obediencia jerárquica, una violencia oficializada en la mayor crueldad, pero con una instancia política que la otra violencia, la que no tiene no explicación y cuya perversión reniega de la instancia subjetiva.
En Muertos sin sepultura, Mario dice que esas vidas ya no valen nada, están destinadas a morir, y lo único que pueden hacer es resistir y dar a esa condición inhumana de la tortura, un sentido de resistencia, si el otro me quiere denigrar antes de matar.

Sus vidas ya no valen nada salvo el sentido que le puedan dar resistiendo a la violencia del Otro, respondiendo a ella, no dejándose arrastrar, se trata de callar, de no decir ni una palabra, dejar la marca de que la humanidad resiste ese empujón bestial y asesino que no tiene más sentido que un engranaje puesto a rodar.
A ese grupo de la resistencia, fracasados en su intento de tomar una población, solo pueden elegir cómo cada uno dejará su lugar. Volver la muerte un símbolo, dejar una señal al que queda para que interprete, se comprometa y trate de subjetivar a esa maquinaria asesina que tira la moneda al aire no importando tanto que sale, si cara o cruz. Mario, sin creer ni en Dios ni en el Diablo, sabe que lo que queda de su padre es lo que habla en su tratamiento y que lo hace para subjetivar algo de esa muerte, dejar rastros, preguntas, su padre encontró una muerte que no solamente tuvo que ver con la moneda, y eso él lo sabe y sabe que le va a costar tiempo elaborarlo en tratamiento. 
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* Para quien desee verla, éste es el link http://www.youtube.com/watch?v=C-iQldPiH64&feature=related.
 
 
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