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   Conversaciones

De qué hablábamos cuando hablamos de amor
  Una conversación con Gérard Pommier
   
  Por Luciano Lutereau
   
 
Una conversación con Gérard Pommier acerca de su último libro
¿Qué quiere decir “hacer” el amor? (Buenos Aires, Paidós, 2012)

Luciano Lutereau: Gérard, ¿por qué volver a ocuparse hoy en día del amor? ¿Cuál es la circunstancia histórica en que su último libro se inscribe y cómo ponerlo en secuencia respecto de otros libros tuyos (como El amor al revés o El orden sexual)?

Gérard Pommier: En principio, porque la cuestión del amor continúa planteando numerosos problemas teóricos que aún no han sido resueltos; por ejemplo, la oposición del amor y el deseo, que es un hecho clínico que todavía espera ser elucidado. No sólo ya no podemos contentarnos con las respuestas de Freud en su artículo “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa”, sino que ciertas preguntas no han sido prácticamente abordadas en el campo del psicoanálisis, como ocurre con el orgasmo “que es una formación del inconsciente”, según planteo en mi libro.

Era necesario también poner algún orden en las diferentes especies del amor, en la medida en que algunas son contradictorias con las otras. Por ejemplo, el amor filial es contradictorio con el amor sexual, etc. En definitiva, el amor conoce hoy en día una nueva estima, en la que cesa de ser una referencia literaria y poética para devenir una fuerte ligazón simbólica en tiempos de la posmodernidad. En este libro me interesé especialmente en mostrar que el amor tiene una notable dimensión simbólica –y no imaginaria o narcisista como suele decirse–.

De acuerdo con este énfasis en la dimensión simbólica del amor, recuerdo que recientemente en Argentina también se publicó Elogio del amor (de A. Badiou) y sospecho que una “defensa” del amor siempre corre el riesgo de asumir una posición romántica o idealista, incluso cuando pueda tratarse de un “elogio de la contingencia”. Sin duda, esta actitud puede caberle bien al filósofo, pero suele generar incomodidad que un psicoanalista se deje llevar por efusiones especulativas. ¿Puede el psicoanálisis validar una forma de discurso amoroso posmoderno, esa especie de erótica para los tiempos del desencanto en la que a veces se convierte?

Lo que acabo de decir se aleja inmediatamente de cualquier posición romántica o idealista del amor, como la que –por ejemplo– desarrollada Badiou en su libro. No obstante, no es necesario rechazar demasiado rápido las efusiones especulativas, ya que recubren problemas concretos y, así finalmente, ameritan elucidación…

Con respecto a lo segundo, pensemos en lo siguiente: si el amor sexual funciona como una forma de represión y, bajo este mismo título, como un nombre del padre, es claro que vuelve a adquirir una importancia particular en el momento en que los nombres del padre sufren reajustes en la posmodernidad. Esto no quiere decir que el nombre del padre habría devenido obsoleto en nuestra época, sino que a partir del esclarecimiento de las funciones del amor sexual se puede encontrar su razón metapsicológica.

Durante años pude comprobar que un libro como Transferencia y estructuras clínicas está en las bibliotecas de los más diversos psicoanalistas, de aquellos que te lo admiran como de los que no, y en este último libro puede leerse que se retoma una idea básica de su obra: la bisexualidad. ¿Sus ideas han cambiado de aquellos años a esta parte?


Más pasa el tiempo y más me parece que ciertos conceptos freudianos cobran una importancia mayor… aunque, por lo general, son dejados de lado por algunos psicoanalistas lacanianos. Es lo que ocurre con el concepto de bisexualidad psíquica.

Ahora bien, me parece completamente imposible situar correctamente algunos síntomas –especialmente los síntomas sexuales que están en el primer plano de las relaciones entre hombres y mujeres– si no se tiene una idea de lo que significa esta bisexualidad psíquica. En principio, no tiene nada que ver con una bisexualidad orgánica, sino que representa para cada sujeto la línea de separación entre lo masculino y lo femenino, independientemente de su sexo orgánico, y ofrece un buen equivalente del concepto de castración (mucho más utilizado).

En síntesis, el padre feminiza al castrar, pero esta feminización por el padre es excitante y así, también, masculiniza. Este resumen de la castración define la bisexualidad psíquica, irreemplazable para abordar la relación entre los hombres y las mujeres –a sabiendas de que cada uno rechaza más o menos una parte de su bisexualidad en provecho de su relación de pareja–.

Retomando algo que decía antes a propósito del orgasmo… la cuestión del placer es otro de los ejes que atraviesa su nuevo libro, ¿cuál es su opinión a propósito del psicoanálisis como una suerte de “erotología” (posición que, por ejemplo, sostiene J. Allouch)?

Siempre es interesante tener nuevos puntos de vista acerca de la obra de Freud, y de su lectura lacaniana, tópico que es una especialidad en varias obras de Jean Allouch. Sin embargo, no veo la necesidad de introducir a este respecto la noción de una erotología freudiana. Alcanza con ver el carácter general del empuje de la libido, cuyas consecuencias son sexuales en algunos casos (y en otro no). Esta contradicción constante del deseo no permite situar al psicoanálisis en el campo de una erotología. Sin embargo, como ya he dicho, determinados aspectos de la obra de Freud merecen una profundización… que, por cierto, están del lado del erotismo (una vez más, como la cuestión del orgasmo, de la que Lacan casi no dijo nada).

Por último, al igual que en La excepción femenina, en este libro se ocupa bastante del goce de las mujeres, y uno de los aspectos más significativos es no hacer de este goce una elaboración mística o una poética (histérica) de lo inefable. Sin embargo, luego de sus análisis de la virginidad, la frigidez, etc. ¿cuáles serían las figuras contemporáneas de lo femenino?

A propósito de las figuras contemporáneas de la feminidad, es necesario partir de la aclaración de que para Freud la feminidad era un devenir: no se nace mujer sino que se llega a serlo, y esto a pesar de cierto número de dificultades que pareciera están en vías de despejarse en nuestra época… pero hay un punto sobre el cual quizá no insistí lo suficiente en mi último libro: la dimensión revolucionaria de este devenir mujer, en la medida en que la feminidad es –como decía Lacan– la otra cara de Dios.

Por ejemplo, en varios movimientos revolucionarios de los últimos años, sería necesario mostrar el lugar destacado que ocuparon las mujeres, por ejemplo en Túnez o en Egipto. No se trata de algo nuevo. Ya en la revolución francesa las mujeres tuvieron un rol muy activo por varios años, antes de que esta dimensión femenina de la revolución sea absorbida e, incluso, desaparezca por completo.
Para retomar el célebre mito freudiano, en su movimiento de revuelta, en el momento en que se rebelaron contra el padre de la horda primitiva, en el fondo los hermanos actuaron como mujeres. La revolución tiene una “dimensión femenina” que me parece importante subrayar. Esto es evidente –aunque no pueda desarrollarlo por completo ahora– a partir del hecho de que ya los padres mismos son, a su vez, hijos de sus padres… y la culpabilidad nunca está fuera de juego en estos casos. Lo conversaremos en una próxima ocasión.
 
 
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