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   Comentario de libros

David Helfgott, discípulo eufórico de Eros
  de Mario Betteo Barberis (Letra Viva, 2012)
   
  Por Leonardo Leibson
   
 
¿Qué tiene que ver la música con la familia? Mucho al parecer, sobre todo si lo que las conecta es la locura. Y más aún si se trata, como se cuenta en este libro, de un caso de locura en el cual la música tiene un rol destacado y la familia se perfila como un punto de interrogación inquietante.

El libro de Mario Betteo Barberis, de reciente aparición, hace par con otro del mismo autor –también publicado por Letra Viva en 2010: El soportable horror de la música. Ensayos en torno al significante y al cuerpo sonoro. En sus últimas páginas encontramos lo siguiente:
“Zona gris es aquella en que no hay delimitación precisa entre dos términos que aparecen como incompatibles, produciendo una gama de grises, de superposiciones y rarezas.
La palabra poética es eminentemente metafórica mientras que la música es totalmente impermeable a ella: Entre ambas ubicar esa zona gris permite abrir un campo de sorpresas y choques. Es una zona que separa y une al mismo tiempo. En la analogía que nos ocupa, el campo [de concentración] y la persecución la condimentan”

La analogía que menciona la cita alude a testimonios de lo que la música hizo con los prisioneros de los campos de concentración, con sus cuerpos y con su lengua. Como dicen las palabras con las que concluye el libro: “Efectos de perdida, de pérdida de sentido, de grieta, de apertura, de separación, de partición. Une-bévue. Un-desliz. Música rota del pensamiento”.

Este nuevo libro de Betteo Barberis, si bien no es estrictamente una continuación del anterior y por lo tanto puede ser leído de manera independiente, si bien de alguna manera lo prolonga y lo comenta, en rigor habría que decir que, sobre todo, lo antecede. Porque partir del caso es propio del método del psicoanálisis. Para hacer del caso, causa. Causa de formalización y formulación, de nociones y conceptos. Por eso, lo que parece ser el 1 no podría desentenderse de lo que se presenta como 2. Como se dice en las últimas páginas de El soportable horror de la música, ¿de dónde proviene el 1, el significante que recibe el número 1 como (sub)índice, sino de ningún lado que no sea “el que surge en virtud del nachträglich”, de lo que viene a golpear a posteriori las puertas del sinsentido para que se presente una novedad que parece haber estado allí desde siempre pero que no hubiera acudido ni existido nunca de no haberse golpeado a esas puertas?
El caso de David Helfgott es ese golpe que permite, tanto en su construcción como en su despliegue, convocar al sinsentido de la zona gris donde se cruzan la metáfora poética con lo intraducible de lo musical. A partir del caso el libro va presentado distintas cuestiones que, como en un juego de cajas chinas, irán surgiendo unas de otras mostrando a la vez sus modos de ensamblarse.

En primer término, nos encontramos con la fabricación del caso, llevada a cabo al modo de un palimpsesto que se va revelando no tanto cuando se quitan las capas (textuales) sino a medida que se van agregando, superponiéndose sin empastarse (y esto por el arte de quien fabrica), armando en lo que resuena lo que se trasluce. Partiendo de un evento transferencial (el encuentro fortuito y arrebatador con una película que interesa y despierta a la investigación de referencias, versiones, documentos, hallazgos), la construcción del caso se deja llevar hacia los efectos de tensión que se generan entre esos testimonios que van armando algo que es más que una vida. La vida es la de David Helfgott, pianista de origen australiano, judío, brillante desde niño, joven promesa, que en un momento no cualquiera estalla en una crisis que la ciencia psiquiátrica no vacila en rotular como esquizofrénica para ser sometido a los tratamientos habituales (electroshock, fármacos) y que luego de años de reclusión vuelve a la calle y vagabundea hasta encontrarse con un piano y poco después con una mujer que lo toma bajo su cuidado amoroso ayudándolo a que vuelva a los escenarios y cautive, no sin despertar polémicas, a públicos numerosos y arrobados.

Empero, no se trata, decíamos, solo de una vida -que ningún papel podría alojar- sino de lo que se construye como caso, en tanto eso implica encontrar las coordenadas y las líneas de fuerza de un mundo. No es biografía sino testimonio, no es historia clínica sino relato que se va haciendo a medida que se cuenta y así deja caer pequeñas letras, marcas de escritura que son los restos –fecundos- de esa construcción.
Bastaría con esto para que el libro nos tenga por lectores. Pero sólo es el comienzo. La deriva del caso lleva a tomar la pendiente de la familia y sus polémicas. Excusa excelente para interrogar qué es la familia para el psicoanálisis, tema casi tan poco desplegado en el psicoanálisis lacaniano como el de la música. Podemos encontrarnos allí con un tejido (textual) donde Lacan se entrecruza con Deleuze y Guattari, no sin autorrecortarse con el propio Lacan que ya no es el mismo años antes o años después, y avanzar hacia una serie de conclusiones que hacen eco de las disonancias producidas en el encuentro entre la locura y los mitos del padre.

Y, aún, en un giro que a quienes nos interesa en particular el psicoanálisis en tanto abordaje de la locura nos resultará altamente enriquecedor, el libro prosigue con otro tópico poco -y en general insuficientemente- tratado por los textos psicoanalíticos: la manía. Abordada no como una categoría psiquiátrica-psicopatológica sino, como se plantea desde el título de este apartado, en tanto es “consustancial con la estructura del lenguaje”. Y que se manifiesta como “la catástrofe que resulta no poder dejar de hablar”. El recorrido (textual) no se priva de la historia del término en la psiquiatría, se detiene en algunos de los escasos textos psicoanalíticos serios que le fueron dedicados (Abraham, Melanie Klein), visita las (también escasas) referencias de Lacan acerca de la manía. Y desemboca, en un finale energico, en lo que la fábrica de caso habilita: el contrapunto entre David Helfgott, su vinculación con la música y las lenguas, y la elación de l’elangues a partir de una lectura sonora del Finnegans Wake de James Joyce.

La sociedad del espectáculo es la coda del libro. Y llegar hasta acá seguramente causará el interés por, ahora sí, la lectura del primer libro convertido, merced a la aparición de este, en sucesor
El caso de David Helfgott vuelve a mostrar cómo y qué la locura enseña al psicoanálisis. Podemos encontrar allí cómo el trabajo con psicóticos pone en movimiento una manera de considerar al psicoanálisis –con psicóticos, pero no solamente- como un dejarnos tomar por los efectos de un decir, sin renunciar por ello a la posibilidad de encontrarnos con el azar de una lectura que altere lo leído. O de cómo un farfulleo extraño, atravesado por la música, desenrolla un espacio que recupera un sujeto en su modo de decir algo de esa verdad.

Dicen que Astor Piazzolla, no menos músico aunque probablemente no tan loco como Helfgott, decía que tocar su bandoneón, en ocasiones, le permitía “llorar sin lágrimas”. En ese llorar sin lágrimas que podemos acercar al “discurso sin palabras” que Lacan decía preferir para el psicoanálisis, pulsan el misterio y el enigma que la música nos propone, a los que este libro se anima internándose en el bosque del cuerpo sonoro.
 
 
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