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   Saber de la historia

Fraulein Ella E., la histérica de Felix Gattel
  O el primer psicoanálisis que Freud quiso olvidar (Tercera parte)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. En el libro de Gattel aparecido en 1898 encontramos el recuento de las nueve sesiones del tratamiento de Ella E.* En lo que sigue ofrecemos un resumen de los momentos más valiosos de ese primer psicoanálisis de un caso de histeria; en el cierre, haremos algunas consideraciones sobre su importancia.

La paciente tiene 28 años, y le fue derivada a Gattel por un colega, quien había diagnosticado una neurastenia. Su principal molestia consistía en un dolor de cabeza persistente. Sufría además de un intenso dolor en la nuca, “que se siente exactamente como si alguien me apretase el cuello desde atrás”. Gattel pregunta por sus familiares. El padre de Ella E. había fallecido cuando ella tenía 12 años. Tiene dos hermanos, uno diez años mayor, y otro cuatro años menor. Durante esta primera sesión, la joven le confiesa que jamás ha sentido alguna sensación erótica hacia alguien. Por más que el joven médico insista, la enferma obstinadamente afirma que no tiene nada más para decir respecto de ella.
Durante la segunda entrevista, Ella le relata un sueño, a raíz del cual se ve conducida a agregar que en la entrevista anterior había olvidado un detalle: de pequeña era muy temerosa, y solía pasarse a la cama de su madre; pero cuando esta última estaba indispuesta o embarazada, la paciente dormía en la misma cama que su hermano, lo cual le generaba mucho placer. Ahora bien, ante una pregunta de Gattel, ella aclara que ese hermano, tres años mayor que ella, había fallecido hacía cierto tiempo, al igual que una hermana.

En la sesión del día siguiente, la paciente dice sentirse mucho mejor, y se apresura a señalar que no le quedan recuerdos por reproducir. Gattel la reprende, y le dice que ella está ocultando algo. Ella, de repente, afirma que la noche anterior se había acordado del tiempo en que, uno años atrás, había estado en Munich; durante esa época no podía conciliar el sueño a menos que “se acostara en la posición de la Venus de Tiziano del museo de Dresde” -es decir, a menos que se masturbara. Por otro lado, le cuenta que hacía tres años había frecuentado a un oficial, pero con el cual jamás tuvo relaciones sexuales.

En la cuarta sesión la paciente no colabora. Se limita a responder por sí o por no las preguntas que Gattel formula. Los dolores del cuello habían reaparecido. El médico la despide con la aclaración de que esas molestias no la abandonarían a menos que le relatase lo que estaba ocultando. El discípulo de Freud escribe orgulloso que su expectativa no se vio defraudada, pues en la sesión siguiente, la paciente trajo el material que el médico esperaba. Ella relata un sueño. Gattel permanece en silencio y le indica que espere a ver qué emerge en su conciencia. En efecto, inmediatamente la enferma sostiene que desde hacía dos días se sentía oprimida por un recuerdo. “Yo no debería ser considerada hoy responsable por lo que hice siendo una niña pequeña (…); antes de comenzar la escuela, esto es, cuando tenía 4 ó 5 años, a menudo me iba con un hombre (…) hasta el fondo del pueblo en que vivía, y lo induje a realizar cosas indecentes conmigo. De todas formas, lo hacía por mí misma, porque obtenía de ello sensaciones muy placenteras”.

En el sexto encuentro, Gattel no puede obtener nada de su paciente, quien no colabora con la terapia. Al día siguiente, Ella cancela el encuentro programado. Al octavo día, una vez más aporta nuevas piezas de su historia. Espontáneamente, cuenta que hacía dos años estuvo a punto de comprometerse con un hombre, al cual no amaba realmente. En esa época se iniciaron sus síntomas. Pero un sueño reciente le ayudó a entender que la verdadera causa de los malestares tuvo que ver con que, por esos mismos días, el oficial mencionado antes le hizo, durante una velada, una propuesta indecente que ella rechazó a pesar de la excitación que sentía.
Al noveno día, la paciente le comunica a Gattel que debe abandonar la ciudad, por lo cual el tratamiento “desafortunadamente” debe ser interrumpido. “Digo desafortunadamente porque no tuve tiempo de desenterrar el verdadero origen de su histeria. En efecto, el hecho de que ella se haya entregado a los cuatro años a un hombre, de la misma forma que lo haría una vieja y experimentada prostituta, no sería otra cosa que su deseo de repetir algún acto sufrido por ella en una edad más temprana. Ningún niño haría una cosa así por sí mismo”.

DOS. El relato no tiene desperdicios. Cada intervención de Gattel produce la emergencia de nuevos recuerdos y asociaciones, al tiempo que los síntomas desaparecen. ¿Este tratamiento fue realizado por Gattel durante su estadía en Viena? ¿O tuvo lugar más bien en Berlín, entre fines de 1897 y comienzos de 1898? En el primer caso, el discípulo podría haber comunicado a su maestro los detalles del caso en aquellas veladas italianas de septiembre de 1897 que marcaron el comienzo del fin de la relación. En el segundo caso, durante esas veladas, Gattel se habría limitado a referir sus hallazgos estadísticos (entre ellos, que en muchas ocasiones había sido imposible descubrir recuerdos de atentados sexuales infantiles, tal y como exigían la teoría de la seducción que Freud aún defendía). Sea como sea, lo más enigmático es que Freud jamás mencionará la publicación de Gattel cuando, unos años más tarde, comience a referir los inicios del psicoanálisis. ¿Por qué decidió olvidar esa primera publicación de un psicoanálisis exitoso de una histeria? Quizá debido a que halló en los fragmentos sobre Ella E. la peligrosa evocación de un pasado propio que era menester dejar atrás. Basta leer las cartas a Fliess de los años 1896-1897 para ver que Freud conducía los análisis usando procedimientos similares: él también le aseguraba a sus pacientes que, detrás de ciertos recuerdos, seguramente dormían los rastros de atentados aberrantes… y, los obedientes pacientes, sintiendo la frescura de la pesada mano de Freud en la frente, entregaban las escenas que su analista tanto deseaba. Más aún, cuando Gattel rechaza con espanto la posibilidad de que ciertos impulsos sexuales hayan nacido del niño, no hace más que mostrarse como un freudiano de pura cepa. También el Freud de 1897 veía en el niño a un ser asexuado. Para la memoria freudiana ese pasaje era veneno puro: no era fácil recordar que el término psicoanálisis había nacido en publicaciones en que la asexualidad de la infancia era una premisa necesaria.
_________________
*. Gattel, F. (1898) Über die sexuellen Ursachen der Neurasthenie und Angstneurose, Berlin, August Hirschwald, pp. 52-57.
 
 
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