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   Psicoanálisis y Cine

Por siempre Elvis
  Elegir morir. A esto quiero referirme.
   
  Por Claudia Zaiczik
   
 
Elegir morir. A esto quiero referirme.
Antes de detenerme en esa particular elección, veamos ¿somos libres de elegir? ¿De qué libertad se trata la libertad humana?
El hornero no puede escoger  un modelo diferente de casa, el tero cantará siempre alejado del lugar donde puso los huevos, los animales están atados al instinto. El sujeto, aunque ya nada le queda de la tiranía del instinto, no es libre,  se hará libre si logra integrarse a la colectividad a la que pertenece. Lacan usa el ejemplo de los tres prisioneros para decir que es cuando cada uno de ellos logre descifrar la lógica de los otros dos, que conseguirá la libertad. Sólo cuando pertenecemos a un lazo social, somos queridos y reconocidos, devenimos libres. Hegel decía: “ser libre no es nada, devenir libre, lo es todo”. Sin alienación, no hay separación.  La libertad es poder hacerse un lugar en la cadena significante,  pero antes tuvimos que ser capturados en ella. La libertad es inventarse, separarse, decir que no a la demanda del Otro; pero no hay libertad absoluta, esto sería soledad sin amarras, hay sujeción a la cadena significante, al deseo, al fantasma.
De lo que se trata entonces, no es del libre albedrío que no hay, sino de la responsabilidad del acto. Entiendo que eso significa estar a la altura de su consecuencia, pagar el precio que sea necesario.
La libertad humana es hacer también lo que no nos conviene. La dignidad es poder elegir.

El último Elvis, película argentina del director Armando Bo (nieto),  me brindó la posibilidad de volver a pensar el tema del suicidio  intentando no recurrir al amparo de clasificaciones  tranquilizadoras.
Carlos Gutiérrez es  obrero en una fábrica, pero su pasión está en su “otro lado”, es también un imitador de Elvis. Concurre tanto a eventos sociales con bastante público, ya sea fiestas o casinos, como también a  bares algo sórdidos o incluso a  geriátricos con viejos que quizá nunca escucharon hablar de Presley ; acepta mientras le permitan ser por un rato aquél que quiere ser  y además ganarse unos pesitos que no siempre logra que sea en término. El personaje es entrañable, quizá por su incorrección: excedido en peso, desprolijo, no tan joven, malhumorado.

Su obsesión por Elvis es evidente: mira diariamente en dvds sus conciertos, come lo que él comía: sándwiches con banana y mantequilla de maní; no parece importarle demasiado nada por fuera de ese mundo. A raíz de un accidente que tiene su ex mujer, tiene que hacerse cargo por unos días de su hija, cosa que antes hacía de manera bastante poco responsable. Su hija se llama Lisa Marie (por supuesto) y a la ex no la llama por su verdadero nombre, le dice Priscila. Ella, aunque le hace algún reclamo, le tiene más lástima que bronca.

Cuidar de su hija, parece impedirle o al menos hacerle postergar lo que él venía anunciando y preparando: “algo grande, la última gira en USA”. Afianza la relación con su niña, pero en cuanto la madre mejora y puede volver a cuidarla, renuncia a su trabajo y viaja a Estados Unidos a encontrar lo que hacía tanto tiempo anhelaba.
Asiste junto a un contingente de turistas a una visita guiada por la Mansión de Elvis, hoy museo. Se las arregla para esconderse y quedarse sólo cuando el resto se va. Se viste como él y se da muerte en el mismo lugar donde lo encontraron a Elvis, a la misma hora, en la misma escena  los dos.

La muerte en este caso no es, a mi entender, ni un acting  ni un pasaje al acto, sino un acto; trágico, heroico, cargado de sentido. Una zambullida dentro de la escena para desaparecer, como Narciso. Revisemos.
En primer lugar, considero que la decisión de quitarse la vida, puede responder a un acto de libertad que busca el fin de un sufrimiento intolerable físico o psíquico, un acto de dignidad que no debiera psicopatologizarse. Se me ocurre como ejemplo la decisión de un cuadripléjico agotado, que pide eutanasia. No es el caso, claro está, del personaje que  nos atañe. Un análisis hubiera podido quizá (y sólo quizá) horadar de alguna manera la pasión de ser y posiblemente el final hubiera sido otro.

El acting tiene un estatuto de llamada, es claro que no hay ningún indicio que nos permita pensar que Carlos espere algo de otro, o que sea una advertencia, un castigo.
En el pasaje al acto, el sujeto toma el lugar del objeto deseado y se eyecta quedando reducido a objeto, deshecho. Carlos no desea a Elvis, quiere ser él. Un crítico 1 hizo un comentario interesante: Carlos no quiere matar a Elvis, es Elvis el que quiere sacarse de encima a Carlos, no seguir disfrazándose de él. El suicidio no deja de ser un asesinato.

Tampoco podemos pensar la cuestión respecto a la consecuencia: si es sólo un intento, se trata de un acting, y si es un hecho consumado será un pasaje al acto. Hay actings que terminan en la muerte.
Lacan dirá que se tratará de un acto cuando el deber de vivir da lugar al deber con el deseo. “La muerte no es abordada más que por un acto. Para que sea logrado es preciso que el que se suicida sepa que es un acto2
Dirá también que es “el único acto que tiene éxito sin fracaso”3. Lo explica así: Si el fracaso de todo acto es en tanto repetición y fracasa en tanto intenta decir un real, el fracaso realza el querer decir, en cambio el suicidio anula la posibilidad de volver a intentarlo. Entiendo entonces que lo fracasa es el fracaso.

Jorge Jinkis4 toma el suicidio de Caton de Utica como ejemplo de acto. Plutarco, su biógrafo, dice que este senador que vivió en Roma un siglo antes de Cristo, rehusó vivir en un mundo gobernado por César, pero rehusó también a concederle a César el poder del perdón. En cuanto advirtió el triunfo de César, y acompañado por amigos y su hijo, se bañó, cenó, habló de filosofía, se retiró a su habitación, leyó a Platón, ordenó a un esclavo que le trajera la espada (que el hijo advirtiendo su propósito había quitado) y al día siguiente, se la clavó en sus entrañas. “Ahora soy mío” dijo cuando recuperó su espada. Y aunque intentaron salvarlo cerrándole la herida, se la volvió a abrir con los dedos y murió.
En ese acto Caton no retrocedió frente a sus convicciones, y lejos de atenuar un fracaso, dice Jinkis, preserva lo que ha fracasado hasta el extremo de no dejar de sostener en el mismo fracaso lo que ha fracasado. En un suicidio hay renuncia y rebelión. Se renuncia a un futuro y se rebela frente a un pasado, pero también se rebela ante un futuro y se renuncia a un pasado.
Lacan5 toma el seppuku o harakiri  como un acto que se hace en honor a algo, un acto significante, una entrega al honor de morir gloriosamente antes de ver la vida deshonrada. Incidencia en lo real vía lo simbólico.
Volvamos a Carlos Gutiérrez. No hay manera de no evocar ese doble bucle del acto (mismo lugar, tiempo distinto), cuando  vemos cómo y dónde decide realizar lo que él llama el último acto, grandilocuente y triste a la vez. Mata a Carlos siendo Elvis para siempre. No podía seguir viviendo entre dos mundos incompatibles, quiere hacer de dos, uno.

Cito un fragmento del libro de Walter Biemel sobre Heidegger, publicado en la revista Imago Agenda n° 162 (Agosto 2012). “Un mundo no es una mera agrupación de cosas presentes, contables o incontables, conocidas o desconocidas. Un mundo tampoco es un marco únicamente imaginario y supuesto para englobar la suma de las cosas dadas. Un mundo hace mundo y tiene más ser que todo lo aprehensible y perceptible… Un mundo no es un objeto que se encuentra frente a nosotros y pueda ser contemplado. Un mundo es lo inobjetivo a lo que estamos sometidos…  Donde se toman las decisiones más esenciales de nuestra historia…allí el mundo hace mundo”
Hasta allí la cita. Carlos entra al mundo Elvis sabiendo que de allí no saldrá;  reduce toda su vida a ese instante de plenitud, punto aleph donde nada falta; él es y está todo allí, para siempre.
¿Se trata también, como en Antígona, del héroe trágico que inmortaliza el deseo llevando al límite la realización del deseo puro, deseo de muerte?
Qué pena, Carlos cantaba como los dioses, igual o mejor que Elvis; no habrá una flor allí donde lo encuentren, sólo la tristeza de no volver a escucharlo.
Claudia Zaiczik



1     Blog Micropsia de Diego Lerer. 28/4/2012
2     RSI clase 18/2/75
3     Radiofonía y televisión, año 1973.
4     Revista Conjetural n° 10. Agosto 1986
5     Seminario 11. Año 1964
 
 
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