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   Comentario de libros

Todos los juegos el juego
  Comentario del libro Un psicoanálisis jugado. El juego como dispositivo en el abordaje terapéutico con niños de Marcela Altschul, Buenos Aires, Letra Viva, 2012, 230 páginas
   
  Por Luciano Lutereau
   
 
¿Quién puede mencionar la palabra “juego” y no pensar en la clínica con niños? Sin embargo, el juego se dice de muchas maneras. No sólo desde la perspectiva de la clínica del psicoanálisis, sino que la cuestión remite a otras orientaciones teóricas e incluso filosóficas –en este sentido, el libro de J. Huizinga Homo ludens continúa siendo una referencia obligada, al igual que los trabajos de R. Caillois y W. Benjamin–. Por eso un libro sobre el juego nunca es otro libro sobre el juego. Aquí no hay serie posible.

Existe una inquietante extrañeza en torno al concepto de juego que no puede resumirse en una mera preocupación técnica. Porque ni siquiera puede decirse que se trate de un concepto… Así lo demuestra L. Wittgenstein en los primeros parágrafos de sus célebres Investigaciones filosóficas: no hay más que intentar establecer condiciones necesarias y suficientes de aplicación del término para advertir que siempre es posible encontrar un contraejemplo. No alcanza con definir el juego a través de la diversión, ni la ficción, ni la presencia del Otro, etc. porque lo que efectivamente falla es el recurso a la definición. De ahí que este nuevo libro de M. Altschul venga a plantear un cambio de vía que lo sitúa en un lugar fundamental desde el punto de vista metodológico: se trata de interrogar el juego como dispositivo.

De acuerdo con esta perspectiva, el nuevo libro de la autora de Investir tras ser embestida (Letra Viva, 2011) asume el desafío de interrogar los elementos heterogéneos que integran el dispositivo del juego (las reglas, la simbolización, el placer, etc.) sin el propósito de clausurar la experiencia de jugar en una definición; por el contrario, se trata de atravesar clínicamente cada uno de estos elementos para esclarecer la diversidad de variaciones que el juego requiere a la hora de intervenir en la dirección de un tratamiento. He aquí, entonces, el segundo hallazgo que hace de este libro una referencia ineludible: junto a su lucidez metodológica se perfila el anclaje clínico que caracteriza las obras de la autora.
En tercer lugar, este libro tampoco retrocede ante la pregunta por la posición del analista en la clínica del juego. Cada capítulo presenta una variedad de recortes de la experiencia que exponen el modo en que la autora puede pensar su propia participación en la práctica del psicoanálisis. A diferencia de cierta timidez (o inhibición) de la bibliografía contemporánea, que acumula casuística –como si la experiencia hablará por sí misma– o elabora “complejas” referencias teóricas –sin ubicar el punto en que los términos responden a operaciones concretas y elecciones éticas del analista–, el libro de Altschul es una confirmación de que el analista se sitúa como investigador cuando reflexiona sobre su propia posición, en función de aquello que resiste al concepto pero causa el afán de formalización. No existen respuestas universales, sino los modos en que cada analista pudo “reinventar” el psicoanálisis. Por esta vía, este libro es un libro de clínica en sentido estricto… si recordamos la indicación de Lacan (en la “Apertura de la Sección clínica) de que la clínica psicoanalítica consiste en “el discernimiento de cosas que importan”.

Por último, dada la claridad del lenguaje y la perspicacia expositiva en el planteo de argumentos, los resultados de esta elucidación sirven no sólo al psicoanalista concernido en su práctica, sino a profesionales (psicopedagogos, musicoterapeutas, etc.) y docentes de ámbitos diversos. En este sentido, podría reconocerse que hay muchos libros de psicoanálisis sobre el juego… pero pocos son los que evitan la jerga y piensan en un lector que no sea de la misma parroquia. Nuevamente, este es otro acierto del libro de Altschul, al que cabe llamar “generoso”.

De acuerdo con la perspectiva general de este comentario, cabe destacar que Letra Viva ha publicado tres libros sobre el juego este año, con el propósito de volver de forma sistemática a un tema “maldito” –sobre el cual la última palabra siempre cae a un costado–: junto al libro de Altschul, que se dedica a pensar los elementos del juego como dispositivo, se anticipa la próxima aparición de El acto del juego, de E. Mordoh, que reflexiona acerca del problema de la responsabilidad subjetiva en la infancia, y Los usos del juego, de mi autoría, que se aproxima a las relación entre juego y pulsión. Esta orientación editorial demuestra que antes que la expectativa (neurótica) de un libro que venga a saldar la esencia del juego, es preciso –contra todo ideal– apostar a la interlocución entre colegas que den testimonio del punto hasta el que han podido llevar las consecuencias de su práctica. Esta es otra instancia en que escribir y publicar es también un acto que responde a una ética específica. Dar razones, que no es lo mismo que justificarse, es una manera en que la autorización del analista se aleja de cualquier cinismo o infatuación.

Para concluir –y de regreso al libro de Altschul– he aquí un libro que desafía al lector, que le pide que deje a un lado los conocimientos ya sabidos para que sea la experiencia lúdica la que conduzca a un modo singular de aproximarse a la lógica del tratamiento. En una época obsesionada por la ejemplificación y las fórmulas –en lugar de la fundamentación clínica–, este libro responde al síntoma contemporáneo de los analistas –esa tarea imposible que llamamos “transmisión”– con una interpelación: no se trata de dar respuesta acabadas sino de volver a pensar. “Repensar”, ese es mi método dijo alguna vez Lacan (en el seminario El objeto del psicoanálisis). También lo es el de este libro.

Luciano Lutereau
 
 
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