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   Problemas y controversias

Acerca de la certeza (primera parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En la clase tercera del seminario XI, “Los cuatro conceptos fundamentales…”, titulada “El sujeto de la certeza”, Lacan habla de la certeza freudiana con respecto a los sueños.
Freud duda de la realidad más evanescente de todas –el sueño nocturno se le escapa como arena entre los dedos–, y según Lacan, es precisamente la duda el comienzo de la certeza. “El término mayor –dice– no es verdad sino certeza (Gewissheit)”1

Se conoce la cadena de argumentaciones de Freud –me refiero al comienzo del capítulo siete de “La interpretación de los sueños”– que innovó para siempre el campo no sólo del psicoanálisis sino el del pensamiento filosófico y humanístico.
“El” sueño, el sueño supuestamente original, es el ombligo del sueño, perdido.2 El intento de recuperarlo produce infinidad de copias que son traducciones de ningún original.3

La verdad yace entre copia y copia: las dudas y el olvido, señales ambas de resistencia, por eso mismo son señales de la verdad.
“Certeza” es un término empleado por Freud, pero en su obra carece de alcance categorial, es decir, problemático. Quien emplea el vocablo con alcance categorial es Hegel en su Fenomenología del Espíritu –y sin duda Lacan ha hecho un guiño en esa dirección.

Ahora bien, si nos detenemos en el término, ¿qué significa precisamente? La certeza no es la creencia; uno puede creer en algo sin estar cierto, sin tener una evidencia clara, inapelable. También es cierto que nada es más incierto que esta certidumbre usual: a lo largo de una vida las certidumbres vienen y van y la palabra “cierto” es el refugio de la denegación e incluso de la renegación: “ya lo sé que es incierto, pero aún así…”.
(La certeza no es la mera aseveración de algo, sino la exposición del sujeto a una experiencia conflictiva y contrastante de dicha aseveración. Ya se verá lo que esto significa.)
Quizá el error consista en confundir la certidumbre con una especie de suelo sobre el cual nos apoyamos firmemente, o en lo que Santayana denominó “fe animal”. ¿Qué es la fe animal? Es lo anterior a toda creencia o a todo juicio de existencia o de atribución, algo que si es objetado, pone inmediatamente de relieve la imposibilidad de hacerlo: salvo que esté loco o enloquezca –la salvedad es necesaria para un psicoanalista– es imposible dudar de que existo o de que exista el mundo. El solipsismo es absurdo en su misma formulación: ¿Les diría a los otros que dudo de su existencia? ¿Me clavaría un puñal para demostrar (¿a quién?) que mi cuerpo carece de realidad? La fe animal forma parte de lo que Lacan llama “afirmación primordial”.

La fe animal no es certeza y es esa la confusión de Descartes: el Cogito no es necesario para afirmar la existencia. No reclama certeza alguna, sencillamente porque forma parte de la afirmación primordial, la que el sujeto encuentra ya-ahí de entrada. La consecuencia es notable: Descartes cree haber hallado con su afirmación “Pienso, luego soy” un criterio que si tiene la garantía del Otro es apto para afirmar las verdades, un criterio de lo claro y distinto, que cree universal.
Ahora bien, como dijo lúcidamente Karl Jaspers, el Cógito “es un banco de arena”4. Lejos de ser una verdad clara y distinta, es oscura y confusa: soy, pero no tengo la menor idea acerca de qué significa ser o existir. Tampoco de qué significa pensar. Cuando Descartes quiere describir lo que él denomina “alma” (no sujeto, el término jamás designa en su obra al psiquismo) cae en la psicología empírica de la época: pensar equivale a sentir, a querer, a desear; en fin, a cualquier acto psíquico. Se advierte aquí notoriamente el círculo vicioso y por lo tanto vacío. Entonces está tomado así por una dicotomía, la fe animal en la existencia que no necesita de filosofema alguno para sostenerse porque es una concretización opaca y lo remite al sujeto a un conjunto de abstracciones cada vez más vacías.

Cuando en las “Reglas para la dirección del espíritu” llegue a sostener que es claro y distinto que dos más dos son cuatro, tanto como lo es “pienso, luego existo”, mezcla dos cosas incompatibles. La claridad de dos más dos no reclama ningún Pienso: basta aplicar la regla operatoria N + 1. “Pienso, luego, soy”, expresión oscura e irrefutable, afirmación absoluta que no necesita ser afirmada porque es ilevantable, es una expresión que nace y muere en sí misma: no se puede derivar, en virtud de su extrema singularidad, de su facticidad, (diría en lenguaje heideggeriano), ningún otro saber que saber la pérdida del origen; algo valioso, sin duda, pero que no puede sustentar ninguna mathesis universalis, tal y como pretendía Descartes: un método que fuera válido para deducir cualquier contenido.
Pero entonces, se dirá, ¿Cuál es el valor de la obra cartesiana? Vaciar involuntariamente quizá, todo el vocabulario de la metafísica y sin remedio, y preparar así el territorio para una nueva definición de la certeza, tal y como terminará por elaborarla Hegel.

Los neoescolásticos se empeñaron en mostrar que Descartes dependía estrictamente del léxico y las concepciones tradicionales, aristotélico-tomistas. Pero si algo no han advertido en qué plano se mueve Descartes, su valor es, en el fondo, negativo. La duda, generalizada hasta la angustia, que le provoca el saber acumulado hasta el presente, le conduce a socavar los edificios construidos, para socavarles los cimientos. Frente a Descartes, el saber clásico se derrumba, pero todo los términos con los que pretende alcanzar un nuevo saber, salvo los matemáticos que, como es sabido y Lacan suele repetir, no significan nada, todos los “ser”, “cosa”, “substancia”, “alma”, incluso “Dios” y la noción de intuición que es tan poco intuitiva, pierden incesantemente contenido, pero no es cierto que no signifiquen nada, son otra cosa, son entidades semánticas cuyo contenido se pierde progresivamente en la noche de la indistinción, que no es lo mismo que no significar nada.
Pascal, al proclamar, una generación después, su conocida sentencia “el corazón conoce razones que la razón desconoce”, muestra claramente esta duplicidad típicamente moderna, la de una subjetividad que vuelve sobre sí desde el exterior al modo agustiniano. Una subjetividad replegada sobre la meditación y que no dialoga con el Otro5, porque al Otro lo alcanza en un momento posterior para que garantice el paso al mundo, es decir, al exterior. Quiero decir, no es el Otro de la demanda, como en San Agustín, sino el Otro como lugar que sanciona en última instancia, al modo de tribunal supremo. Y paralelamente, la imposibilidad de este repliegue y su retorno al Otro, constituido como Otro que escucha.
(Por cierto, no es lo que Lacan cree que Descartes sea. Pero aquí no se trata de una discusión filosófica sino de los alcances que la versión de Lacan puede tener sobre la misma teoría psicoanalítica. Más adelante, en estas notas, me propongo examinar la cuestión.)

Entretanto y preliminarmente, ¿qué es la certeza? Adelanto una fórmula que luego habré de justificar. La certeza no es suelo donde sostenerse sino el suelo que desaparece en la medida en que una presuposición afirmada, es trastrocada por la experiencia y convertida en algo diverso, pero que jamás se alcanzaría sin la apuesta de la certeza. (Y digo apuesta, porque la certeza es una provocación dirigida al Otro, para que el Otro sancione, convalide o rectifique, desde la Ley lacunaria que lo configura.)

La certeza no es una cadena de enunciados sino lo que subyace como enunciación a los enunciados. Así podemos decir que el sueño, que se nos ofrece en primera instancia como la promesa de contener un enunciado absoluto, declina a poco en los relatos que lo traducen, y alejan cada vez más la enunciación del presunto absoluto. El sueño nocturno pasa de absolutamente concreto al extremo opuesto, para luego ir ganando contenido y concretización, pero lejos, muy lejos de ese punto de partida que aparecía ab initio como deslumbrante.
La certeza inmediata es un oximoron cuyo desequilibrio interno, apenas es formulado, engendra todo lo que viene.
La certeza radica en la verdad que la desborda traumáticamente y se impone más allá de lo que el sujeto suponía saber.
________________
1. Lacan, Jacques, “Los cuatros conceptos fundamentales del psicoanálisis”, Paidós, Bs. As. 1990, p. 43.
2. George Steiner dice “Es cierto que estamos exiliados, pero no sabemos de qué…”.
3. Esta argumentación repite, a lo largo de los siglos y sin que quizá Freud lo supiera, el esquema de la Cábala judía: hay un alfabeto hebreo conocido y manejando por quienes hablan y escriben la lengua sagrada; pero este alfabeto lleva la huella del verdadero alfabeto, sólo conocido por Dios. A través de la huella, a través de sus lecturas sucesivas y siempre diversas, resplandece como en eclipse el alfabeto celestial.
4. Jaspers, K., Descartes y la filosofía, Leviatán, Buenos Aires, 1958, p. 24.
5. Es cierto que en definitiva sí dialoga, porque “Pienso, luego soy” no es un pensamiento. Es una afirmación que se hace a otro y ante el Otro. Pero que haya pretendido la autonomía radical de la conciencia, trae sus consecuencias.
 
 
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