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   La Banalización del Mal

La Va Analidad del Mal
  También es Narcisística y Oral Canibalística
   
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
Desde los romances entre torturadores y torturadas, torturadoras y torturados1, torturadores y torturados del mismo sexo2, a las “simples” palizas llevadas a cabo por padres a sus hijos o por consortes a sus pares, se evidencia que el mal anida en lo más humano del animal humano. También es importante advertir que en el amor, el mal, suele encontrar su mejor guarida. Lo acunan: el egocentrismo del amor, las pulsiones que le dan combustible libidinal, y la disposición a atravesar cualquier límite en su nombre. Hasta llegar al asesinato3. A veces suele llevarse a cabo de un modo elegante y culto, entre intelectuales brillantes. Alguna joven judía con alguno que fue nazi, mientras las camisas pardas fueron dominantes, democrático cuando “se dio vuelta la taba”4. Mal y bien, simplifican por oposición. Los efectos de los actos, suelen reconocer causalidades muy complejas. Mal y bien simplifican desde los extremos.

Alguien que analicé y había sido terriblemente torturado, casi no habló de ello. Cuando lo hacía, lo hacía humorísticamente. Otra persona que me consultó por alcoholismo, encubría una personalidad paranoide y un delirio encapsulado. Tenía la certeza de que su hijo mayor había sido concebido durante la tortura y violación a que fue sometida. Pero su hijo, había nacido doce meses después del episodio de la violación. El delirio: ¿metáfora de un horroroso goce inconsciente, imposible de confesar-se? El hijo en ese entonces de cuatro años, llevaba en el cuerpo eso que no se podía decir, una espantosa psoriasis y presentaba síntomas de un probable autismo infantil. No lo salvó de ello que los padres le hubieran puesto el nombre de quien había sido su líder político, asesinado salvajemente por las Tres A. Tal vez en esa paradoja de haberle puesto el nombre de su líder asesinado, a quien creía hijo de su torturador como efecto de su goce horroroso e indecible, estaba el origen de la psoriasis y lo psíquico del autismo del chico. Piel sufriente, retracción de los lazos sociales5.

Busqué material clínico en los servicios hospitalarios. Supe de dos en los que ex-torturadores habían consultado. En ambos había ocurrido algo parecido. Ante la aparición de esas personas se había producido un gran rechazo de la mayoría de los profesionales a atenderlos. No obstante algunos aceptaron. Los jefes me autorizaron a entrevistarme con estos profesionales. Les dejé mi teléfono para que me llamaran. Después de largos cabildeos, llamaron dos colegas, que habían realizado una sola entrevista. De los dos, finalmente vino uno a la reunión. Casi no había tomado notas y tenía olvidada la mayor parte de la entrevista. De lo que recordaba, traía algún dato confirmatorio de que el torturador también era hijo del discurso –en ese caso del discurso del padre– y de que en él se había desplazado el síntoma que lo hacía torturador. Cuando pasó a ser “mano de obra desocupada” se dedicó a vender “aparatos eléctricos en desuso”. Pero, ¿por qué consultaba? Porque desde que no trabajaba en su antiguo oficio, cada vez se descontrolaba más en la casa y le pegaba feroces palizas al hijo de la esposa, enojado porque ésta lo trataba como a un bebé. El síntoma se había desplazado. El hijo de la esposa fue objeto metonímico de una antigua pulsión sádica.

Recorriendo esta experiencia me adviene al recuerdo de que en 1977 rechacé la derivación de un militar que había hecho un brote psicótico después de cumplir la orden de “hacerle la corbata” en un operativo, estrangularla, a una púber de quince años. Pensé bastante en aquel momento. No quise proceder bajo el impacto de la aversión que me producía el relato que acompañaba a la derivación. Lo cierto es que me despertaba una gran curiosidad el caso, el mal también acecha en la escoptofilia que nos lleva a hacernos psicoanalistas. También me engendraba temor. Podía echarme encima a los servicios de inteligencia de la fuerza a la que pertenecía el sujeto. Incidió, pero no fue determinante. Había aceptado, e incluso tenía en análisis casos en los que corría riesgos graves, ya que eran personas buscadas por la dictadura. Lo determinante fue advertir que la aversión que me producía la historia, me iba a impedir posicionarme como sujeto del deseo del analista. ¿Fue una defensa contra lo Unmheimlich –lo familiar– siniestro, lo que originó mi rechazo? Otra vez la oscura frontera entre el síntoma y la sublimación, y si no, volvamos a la voraz curiosidad que me pulsaba a tomarlo como paciente. En los años inmediatos posteriores a la dictadura terrorista de Estado del ’76, apareció en un periódico un artículo de una colega que en ese momento tenía actividad destacada en una institución defensora de los derechos humanos. Trataba en dicho artículo de dar cuenta de su experiencia como analista de víctimas de la represión terrorista de Estado. En él contaba que, apasionada porque recuerden para no repetir, presionaba a pacientes que habían sido torturados a que revivan la situación. En nombre del bien, se colocaba ella en la posición de los torturadores. Sin hacerlos objeto de malos tratos físicos, pero sí psíquicos. El mal se ejercía en “función” del bien. Con esta colega habíamos sido compañeros en organizaciones políticas que se subsumían en ideologías que en nombre del bien, sirvieron de sostén a aberraciones de esa índole. La colega contaba en su artículo una sesión:

“Paciente: —Habían vuelto a esposar a mi hermana conmigo… por la capucha yo no la veía, pero ahí estaba, sin moverse… La oí gritar…
Terapeuta: —¿Alguna vez la habías oído gritar?
P: —Así no.
T: —¿Eran alaridos?
P: —Sí, eran alaridos. [En la respuesta se le arquearon los huesos del rostro como si yo estuviera torturándola, seis años después del tiempo removido, obligándola6 a que se colocara en aquel instante del suplicio.]
P: —Yo hablo desde afuera, no puedo volver a ponerme en ese lugar.
T: —Pero vos sabías qué le habían hecho.
P: —Me lo imaginaba.
T: —Mucho más, hay olores fétidos, jadeos de dolor, inmovilidades agónicas, la piel reseca o sudorosa… eso lo percibías de fulana esposada a vos, no lo estabas imaginando.”

Era ella, la colega, la que estaba gozando, imaginando los males de las víctimas. Fundamentaba así, su actividad intervencionista: “Yo psicoanalista que trabajo con afectados por las violaciones de los derechos humanos desde 1976, en el exilio, y desde 1980 en la Argentina, ‘soy un interrogador policial’ frente a los relatos desafectivizados que cada paciente hace de sus experiencias traumáticas de estos últimos años en nuestro país”.
Por otra parte, el mal no es patrimonio exclusivo de los regímenes totalitarios. Antes aludí al que nos asoló con los “reorganizadores nacionales”. Lo mismo ocurrió con el estalinismo y ni qué decir con el nazismo. Pero no olvidemos que los que torturaron en los campos de concentración, fueron discípulos de quienes se formaron en las escuelas de contrainsurgencia de la democracia norteamericana, o de la democracia francesa, forjadas sus experiencias en sus colonias de Indochina y de Argel. Aunque con diferencias importantes, es una lacra ubicable en diversos regímenes. También lo es a través de la historia.

Algo de su fenoménica y de sus condiciones de posibilidad. Tal vez lo más asombroso y banal del mal se presenta cuando resulta sorprendente. Hay en la historia frases típicas, que lo registran. La clásica de Julio César, al advertir entre los que están por asesinarlo a su hijo adoptivo: –“Brutus… ¿Tú también?”. La traición, es una forma del mal. Que a veces se ejerce a favor del bien. Podríamos sintetizarla en la enunciación tan comúnmente enunciada: –“no me esperaba esto de vos”. Que deja traslucir, que una de las condiciones de posibilidad del mal, puede residir en la ceguera del amor. Los agentes dobles ejecutan el mal, en nombre del bien. Para lo cual a veces usan el arma de enamorar, cuando ellos sólo están enamorados de su causa ideal. Sexualmente, puede ejercérselo desde discursos revolucionarios, patrioteros, de orden, o… Pero siempre en nombre del bien. También, maridos y esposas adúlteros. –“¡Cómo se lo voy a decir, le haría tanto daño…!” O a la inversa, en nombre del bien arropado con La Verdad, confiesan su infidelidad engendrando un profundo y maligno dolor. Muchas veces el mal, puede ser cometido por error. La medicina, el psicoanálisis, la arquitectura, la ingeniería, la conducción de automotores, y muchas otras profesiones, están llenas de ejemplos.
Las variantes del mal pueden ser infinitas, también sus justificaciones. También, por azar.

Condiciones de posibilidad. Los únicos malos somos los humanos. Los animales dañan, pero no más allá de lo necesario para alimentarse y defenderse. No se ocupan, ni del bien, ni del mal. ¿De dónde la diferencia? Perdido los instintos con excepción tal vez, del materno, y ganado el lenguaje para calcular como proceder, se fueron instalando ante cada circunstancia un abanico de posibilidades. Y conciente e inconscientemente, el proceder a través de prueba, error, re-significación. En cada uno de esos pasos, se juegan una multitud de recuerdos y olvidos de diversa índole, condicionados por la estructura psíquica, neurobiológica y corporal en general, del puesto en situación de tener que calcular. Esa estructura, condicionada por deseos, hábitos de goce, amores, odios, rencores, perdones, etc, no calcula objetivamente. Sólo puede hacerlo subjetivamente. Y con la particularidad, de ser capaz de ejercer el mal contra sí mismo.
Sumemos que la inmensa mayoría de las personas, funciona sólo en vínculos sociales y bajo la identificación a un jefe. Es fácil, entonces, hacer el mal porque el líder idealizado lo ordenó. Hasta que esa estructura vincular, por alguna razón entra en crisis y se deshace. Entonces todo el mal hecho será culpa del jefe. Doble mal será el de esa masa, el ya hecho y el que lleva a cabo des-culpabilizándose, cargándole todo el fardo al jefe.

Causas del mal.
Las verdaderas causas subjetivas del ejercicio activo o pasivo del mal, por exceso o por defecto, residen en la ausencia de placer. Es una falta que empuja a ejercer el mal. Nuestro placer, fue “educado” en los primeros años de vida. Su “educación” fue un efecto de si nuestros cuidadores –madre, padre y sustitutos– cuidaron con deseos amorosos o no, nuestra piel, nuestros agujeros corporales, nuestra audición y mirada. En consecuencia, cómo fueron tratando cada una de esas superficies externas de nuestro cuerpo, lo que dependió mucho de cómo ellos vivenciaban en sí, esas zonas.

Cada una de esas zonas es fuente de diferentes pulsiones. Cada una de esas pulsiones funciona según los tiempos descriptos por Freud: pasivo, activo, activamente pasivo. Y cada una de ellas empuja al acto, según como se halla y haya, posicionado el sujeto en las circunstancias. En consecuencia, pueden ser fuentes del bien o del mal, o del mal en nombre del bien, o del bien como resultado paradojal o azaroso de algún mal. Lo que podrá ser leído por los otros y por el propio actor, en los efectos del acto, en la escritura significante con que se lo lleve a cabo y a veces, cuando la casualidad mete la cola.
Cuando se le supone banalidad al mal, las razones suelen estar en estas complejidades y fundamentaciones de los actores. Las tropas nazis, suponían que cumplían con su deber nacional ario, y que los asesinatos en masa que acometían, eran en defensa de su nación “supuestamente” aria a la que había que mantener “pura” para que no se degradara, por la mezcla con judíos, gitanos, comunistas, socialistas, etc. En consecuencia, la creían una banalidad en comparación a las razones por las que las llevaban a cabo. Lamentablemente es una letanía, que en su forma se viene repitiendo desde las historias más antiguas a las actuales. Paradojalmente en estos días, un líder israelí, Moshe Feiglin las reivindica reivindicando a Hitler. Dijo de él: “genio militar sin paralelo. El nazismo elevó a Alemania de un estatuto físico e ideológico bajo, a otro fantástico”.7
Es un buen ejemplo de que el mal habita en los rincones más inesperados y que es una de las formas que toma por síntesis contradictoria de las demás pulsiones, la pulsión de muerte.
Con razón, canta Rubén Blades: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”.

_________________
1. Recordemos la película Pascualino Siete Bellezas y los “servicios” que le brinda Pascualino genialmente interpretado por Giancarlo Gianini, a la siniestra directora del penal.
2. Ver: “De torturas y confesiones o cuando saber fragmenta”. Publicado en la Revista Argentina de Psicología: Derechos Humanos. Año 1987. Una parte de este artículo toma elementos de éste escrito en 1987.
3. Trágicamente, Susana Freydoz hizo.
4. Lo que no niega sus soportes filosóficos.
5. No excluye esto razones genéticas y neurobiológicas que pudieran haber contribuido a las dolencias de la criatura, pero facilitadas de accionar por el trauma psíquico de la señora.
6. Las negritas son mías.
7. Citado por Juan Gelman en Página/12, del jueves 25 de noviembre del 2012.
 
 
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