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Sirenas y Silencios
  Por Gabriela Insua
   
 
Cada tanto la sirena del cuartel de bomberos interrumpía el silencio del tranquilo barrio del conurbano boanerense del oeste. “Tocó una sola vez, es un accidente del tren”.
Esa frase tantas veces pronunciada y tantas veces oída, decía que el hecho en cuestión había sido un accidente ferroviario o alguna persona que había sido embestida, o de algún suicidio.
Esa frase pretendía tal vez cierto exorcismo de la tragedia.

Nací y crecí en uno de esos pequeños barrios del oeste bonaerense, a tres cuadras de las vías del ferrocarril Sarmiento. Por tanto escribo estas líneas como analista que hace muchos años viene trabajando con poblaciones afectadas por acontecimientos traumáticos y también investigando sobre sus efectos en la subjetividad, pero también escribo como alguien a quien ese recuerdo…esa sirena, la habita.

Hoy, hace un año de la mayor tragedia ferroviaria ocurrida en nuestro país, la Tragedia de Once, se la ha dado en llamar…la tragedia del Sarmiento podríamos decir los del oeste.
Es notable pero entre el Sarmiento y quienes lo hemos usado o quienes lo usan aún se da una relación de amor y odio, de ternura y hasta defensa irrestricta de su presencia, pero también de mucho padecimiento…algunos recuerdos son “jocosos”, como cuando volviendo cansada de la facultad por la noche veía como la estación de mi Ciudadela natal, pasaba delante de mis ojos sin poder bajarme allí porque alguien había decidido que ese, el de las 11 y 20 hs se convertía en rápido sin aviso.

Otros recuerdos luctuosos o tortuosos en el mejor de los casos, como viajar de manera infrahumana, o cuando un incendio en las vías hace que el pánico se apodere de uno, y se baje por las ventanillas, etc, etc.
Esto es mi pasado…pero para millones es su presente.
Y es mi pasado, pero es mi presente en el compromiso con los que lo siguen padeciendo y con la digamos “institución ferrocarril” a la que defiendo porque sé camino, vehículo de quienes no pueden acceder a otro modo de transporte.
Porque sé que es vida de un barrio, de una ciudad, de un pueblo ( el arrasamiento de los años 90 sobre los ferrocarriles lo dejó bien claro), pero así también …puede ser como en el caso de la tragedia de Once: muerte.
El acontecimiento traumático si en sí mismo arrasa, estalla la subjetividad, y cada quién recompone los pedazos con la posibilidad estructural que porta, es doblemente traumático por el silencio que lamentablemente suele acompañar a estos hechos.

Más allá de casos específicos en los que no ha sido así, el Otro social (estado, prensa, corporaciones, etc) hecha un manto de silencio , después del grito ensordecedor de los noticieros y los discursos durante los primeros momentos, que es tan devastador como el suceso mismo.

Quién fue víctima de la tragedia, ya sea por la pérdida de alguien amado o por ser sobreviviente, se encuentra con un “dar vuelta la página” colectivo que lo deja inmerso en un profundo desamparo y en una inmensa soledad.
Esto produce muchas veces, las más de las veces, reacciones que la normalidad llama “locas” o que la ciencia positivista intenta volver a lo que debería ser su cauce normal.
Me refiero a quienes nunca más pueden subir a un tren, a quienes comienzan con síntomas del tenor del DSM mediante “panic atack”, a quienes padecen a partir del hecho insomnio pertinaz, o pesadillas a repetición, o sufren de pseudoalucinaciones.

Veo preocupada, y por qué no indignada, como a diario estas manifestaciones son medicadas, o sea silenciadas cuando es el silencio justamente el que subraya o profundiza esas señales que no son otra cosa que efectos del acontecimiento estallando en el sujeto.
No es este un texto académico, tal vez sea un grito que intenta rogar porque no gane el silencio.
Intentar expresar que poner palabras, poner oído a lo que puede decir quien ha padecido la tragedia, o incluso prestar presencia respetuosa al silencio de los sobrevivientes no es un hecho menor, es la mejor de las opciones, tal vez la que da mayor alivio y borde a semejante situación de estallido.

Sirenas y silencio, cuando ese silencio es del Otro social que debería acompañar y estar a la altura del dolor de que se trata, es un cóctel anestésico, nunca un camino hacia la pacificación de las heridas.
Dar la palabra a lo traumático es oír lo que tienen para decir o callar quienes lo han padecido, por eso culmino estas pequeñas notas con una frase de un sobreviviente de la tragedia de Once :”Lo que viví ahí dentro no me lo voy a olvidar nunca . Voy a morir con eso.(…)Todavía huelo la sangre y la muerte
De sirenas y silencios…
 
 
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