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   El Juego en Psicoanálisis

La felicidad es cuando juego
  Por Alicia Hartmann
   
 
Un niño de cinco años dialoga con su barco pirata, diciendo mientras juega “es la felicidad”. El padre que está allí contemplando la escena le pregunta sorprendido “¿Y para vos, qué es la felicidad?”. El niño responde con naturalidad “… y… felicidad es cuando juego”.

Preguntarnos acerca de la felicidad parece ser un lugar común, pero sin embargo esa pregunta ha interrogado distintos momentos de la historia de la subjetividad, especialmente desde la filosofía.
En el viaje que implica un análisis, la promesa de felicidad puede entramarse ilusoriamente en la demanda analítica. Bien sabemos que lejos está la concepción del psicoanálisis de alcanzarla. Lacan hace un recorrido sobre el tema en el Seminario de la Ética, y es relevante su pasaje por Kant que la vincula a lo bello, barrera con la que se topa el camino analítico más allá de los bienes, más acá del pudor. En Aristóteles se la eleva a una virtud, y se la vincula con el amor en términos de “ser digno de”.

En psicoanálisis la única dignidad del sujeto es la del objeto, y entre esas dos posiciones subjetivas, la del sujeto y la del objeto, podemos ubicar la dignidad de la estructura, que en la infancia se manifiesta por excelencia en el juego del niño.
Lo que se juega allí, con el barco pirata, es la felicidad de volver una y otra vez con los mismos personajes, a repetir las escenas, y esa repetición del una y otra vez –como lo enfatizó Walter Benjamin– de las escenas del juego hace trama discursiva en las historias de piratas, en las carreras de coches, en los castillos de princesas, en los superhéroes o en las superniñas. No hay identidad en la repetición de la escena lúdica, las imágenes que se dan a ver cambian rápidamente, como en el cine. En algunos casos tienen la envergadura de una representación teatral. El texto, si se pone en palabras, se restringe o se amplia, aparece el silencio, entonces sólo queda el movimiento, o sonidos que se tornan pura onomatopeya que no dejan de hacer marca si hay alguien que escuche diferenciando los personajes, el autor y lo imposible de decir.
El niño escribe la estructura con el juego, con el dibujo, con la chanza. El analista se puede producir allí si puede leer y hay eficacia en la operación. ¿Se escribe el significante o la letra desde el despliegue imaginario orientándose hacia ese borde entre simbólico y real?

El juego es la estructura del análisis, y así Lacan en el seminario “Problemas cruciales” dice que esta tyché entre analista y analizante se genera a partir de una pregunta: “¿a qué jugamos?” Esta tyché es la fortuna que no siempre se produce fácilmente, vale decir que el analista entre en la cadena del paciente siguiendo el juego, vía la creación o apuntando al objeto, vía la invención.
Winnicott y Lacan estaban atravesados por textos freudianos tempranos. “El Creador literario” y “Personajes psicopáticos en el escenario” (ambos de 1908), textos anteriores a los desarrollos de Klein. Ambos, Winnicott y Lacan, supieron darle a la verdad un estatuto de ficción en la escena analítica.

Es en esa ficción del campo escópico donde la pulsión se juega dándose a ver, y la voz se modula en sonidos que arrullan o vociferan con la fuerza del imperativo. Los objetos voz y mirada se juegan en la transferencia.
¿A qué jugamos? conduce a la apuesta de dos jugadores en relación a un tercer lugar: lo imposible de saber sobre el sexo. El juego se inicia con la entrevista con los padres, abierta a todas las intervenciones, ya que el síntoma del niño responde a lo sintomático de la estructura, y allí la verdad es hermana del goce, la producción del sujeto del inconsciente compete también a la presencia de los padres.

Dijimos hace tiempo que “al niño no se lo puede curar de la presencia de los padres”. Esta frase condensa el límite del análisis con niños y la responsabilidad del goce de Les grandes persones (Malraux, Antimemorias, citado por E. Laurent).
Si el niño juega, las ficciones del “como si” de Vahinger se instalan. La teoría de Klein dio pie a que el juego fuera un dispositivo de la cura con reglas en la escuela kleiniana argentina. Pero hemos dicho que es mucho más que eso, ya que allí se construyen las ficciones fantasmáticas: la imagen del cuerpo y los fantasmas imaginarios. El juego es un fantasma que pacifica (seminario “Problemas cruciales”). ¿Qué es lo que pacifica? Esencialmente la tensión suicida del narcisismo que genera la pura especularidad. En el juego la producción de la falta en el combate de la dialéctica especular es la vía princeps de la dirección de la cura. Allí la significación como -ϕ tramita el goce pulsional de la sexualidad perversa polimorfa.

Iván tiene tres años y cinco meses y no habla. Se logra que inicie un recorrido sosteniendo dos cochecitos y chocando a un tercero. El analista toma el tercer coche y se lo acerca. Iván se empieza a golpear la cabeza contra el piso gritando con odio. La madre, presente en la sesión, dice que así se ponía cuando era más chico y la mamá estuvo en el hospital cuidando a su hermanita enferma. Iván la mira sorprendido y deja de golpearse. Toma una plancha y empieza a planchar niños, aplastando pequeños muñecos, para luego “quemarlos” con gran satisfacción. Así comienzan sus primeros relatos.

La presencia de los padres en el discurso de un niño aparece en el sueño de Anna Freud en la prohibición elidida de la policía casera: “Anna, no comas, fresas, frambuesas, papilla”. En los sueños, en los juegos, en los dibujos de los niños no se separan en muchos casos las dos cadenas, hay superposición entre enunciado y enunciación. No es sólo jugando que se trabaja la “avalancha” (así denominaba un niño un juego donde se le caía todo encima) del goce del Otro, sino escuchando esos trozos de verdad histórica del discurso del Otro que se producen allí, entramados en la ficción que se juega.

La pregunta “Qué objeto soy para el Otro?”, se puede responder en el caso de Iván y tantos otros donde la cesión de goce será posible si se sale de la especularidad. Allí es crucial la intervención, pero es importante situar cómo la pensamos, no al estilo kleiniano. Muchos de los niños analizados por Klein se adaptaban al texto interpretativo para sortear la agresividad que podía producirles (caso Richard). Tampoco el silencio del analista es eficaz, ya que el juego no es solo terapéutico, como pudo entenderse cierta aseveración de Winnicott que pudo gestar en nuestro tiempo la play therapy o la floor therapy, armas del cognitivismo. Seguir analíticamente el texto del juego implica también corte y sutura, y allí cabe diferenciar la repetición de la reiteración. Hay personajes que “buscan autor”, y no siempre es fácil encontrarlo. Se trata para nosotros de intervenciones precisas para producir la falta, para hacer diferencia entre escena y escena, ya que el otro jugador, actor con máscara –el analista– tiene que tener presente ese tercer lugar, el de lo imposible.

Cuando Ezequiel grita “Bruja, teta de culo, brazo de monstruo, nariz de bruja” se le responde “Zanahoria de ají, apio de calabaza”. Ezequiel se ríe, dice “Calabaza de Halloween” y empieza a construir una máscara con forma de calabaza. Vaciar de goce, distribuirlo, es cesión, vía la invención o vía la lectura del significante en la trama de la escena. Allí el inconsciente no es a cielo abierto, entraña una minuciosa lectura significante que merece destacarse en esta viñeta de un análisis conducido por Valeria Tobar.

Recortaré tres momentos del tratamiento de un niño, a quien llamaré Ulises por sus viajes heroicos. La consulta se realizó a la edad de siete años, su madre había muerto en el parto y era su abuela materna quien se ocupaba del niño. Esta decisión se había tomado luego de algunas idas y venidas con el padre, en las que el niño fue abandonado y rechazado, tomado y cedido varias veces. Al momento de la consulta Ulises llevaba cinco años viviendo con su abuela y un tío materno de 28 años, aunque bastante pueril, que lo celaba y hostigaba, dando como resultante un alojamiento deseante en el otro bastante precario. Dará cuenta el pequeño de esto en su primera sesión, al mostrarme una figurita que se ofrecía al doble sentido, en la cual había una pelota destrozada y la leyenda “ME HICIERON PELOTA”.

La consulta la realizaron porque el pequeño estaba aquejado de varios padecimientos: trastornos somáticos variados (problemas respiratorios, dermatológicos, oftalmológicos, lo llevaban a recorrer semanalmente varios servicios del hospital); padecía también una importante alteración del lazo social, no tenía amigos y casi no jugaba en los recreos; su rendimiento escolar era bajo, pasaba varios días seguidos sin escribir nada en su cuaderno, y sus dificultades en matemáticas eran importantes especialmente en lo que se refería a las cuentas de dividir.

Luego de algunos meses de tratamiento se produjo un juego que duró varias sesiones. Juego a un tiempo que no fue, el tiempo tal vez de aquella pregunta que su abuela evitó dejar en suspenso contestándola con toda crudeza, cuando el niño le preguntó mirando fotos “¿cómo jugaba mi mamá conmigo cuando era chico?” Pregunta que ubica claramente una versión de las cuentas mal hechas, el cálculo de un juego con su madre que la abuela negó brutalmente: “Tu mamá nunca jugó con vos, se murió cuando naciste”.

El juego en el que quiero detenerme comenzó con la construcción de un objeto que llevó varias sesiones, uno para cada uno, que sería nuestro transportador, con él seríamos viajeros del tiempo, como en la serie “El túnel del tiempo” y viajaríamos a diferentes épocas mirando lo que allí sucediera. Se repetía varias veces en la misma sesión y duró varias sesiones, meses incluso. Los años a los que acudíamos no tenían en principio ninguna lógica de sucesión que yo pudiera establecer, estos viajes coincidían con algún suceso histórico conocido por él (las guerras mundiales, el viaje a la luna, los dinosaurios), entonces preguntaba “¿en qué año pasó?”, poníamos las fechas en nuestros aparatos nos subíamos a un escritorio y desde allí saltábamos al año elegido, esta secuencia era invariable y se repetía invariablemente cada vez, varias veces en una sesión. En algún momento algo difiere: ya no iríamos a ver un suceso sino a un año determinado, esta pequeña variación coincidía con cierta insistencia de la década de su nacimiento y con su pedido de que fuera yo quien eligiera los años, luego de algunas sesiones propuse el año de su nacimiento y él me dijo “¡Ese año nací yo!, ¡Vamos!” Luego de arrojarnos desde el escritorio y dar algunas vueltas por el piso, como debíamos hacer cada vez que llegábamos a una época dada, dijo “Estamos en el hospital, vamos a ver si está mi mamá”, lo seguí y atónita lo escuché decir: “Sí, ahí está. ¡Está muerta! ¡Rajemos!”, y nos fuimos. El sentimiento ominoso en esta escena quedó de mi lado, Ulises siguió viajando. La repetición permitió aquí el armado de la trama en la que un recorrido es posible, trama que hace posible acudir al horror y rajar, y seguir jugando.

Hasta aquí el caso. Quedan a criterio de los lectores los comentarios. Para concluir, los niños fuera de juego (hors de jeu) pueden entrar en juego, la apuesta tiene que ser más fuerte y jugarnos hasta la empuñadura. Los casos de Ezequiel y de Iván lo muestran. Los niños tecnológicos de nuestro tiempo también juegan. El objeto de la realidad: celulares, play station, tablets, puede transformarse en juguete, pueden hacer causa si el analista logra ponerlos en ese lugar. Nuevamente aquí, del deseo del analista y del encuentro (tyché), depende que se produzca la felicidad de la repetición.
Agradecemos a Valeria Tobar por proporcionarnos el material clínico.
 
 
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