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   El Juego en Psicoanálisis

El juego como dispositivo
  Por Marcela Altschul
   
 
Cuando pensamos en la clínica con niños, rápidamente se hace presente la imagen del juego como recurso central. Raramente un profesional que trabaje con niños, desde las más diversas áreas y especialidades, negaría que piense el juego como herramienta fundamental para el abordaje. A pesar de este acuerdo inicial, son escasas las ocasiones en que se abre el debate acerca de qué comprende cada profesional por “juego” y, a partir de ello, el modo en que piensa su despliegue.

Al partir del supuesto de que todos significamos lo mismo al referirnos al juego, se generan profundos malentendidos y hasta contradicciones. En este punto cabe señalar que al pensar el jugar en contexto transferencial, por su especificidad, se impone la necesidad de incluir el análisis del lugar y la función del adulto facilitador. Resulta habitual que cuando hablamos de dispositivos lúdicos en el abordaje terapéutico, nos lleve a pensar en ámbitos analíticos destinados a niños, centrando la atención en el jugar del paciente. Sin dudas son ejes interesantes que ofrecen aristas muy diversas de análisis, gracias a lo cual mucho se ha pensado, debatido y escrito acerca de esta temática.
Encuentro que una mirada menos frecuente se ha posado sobre el jugar del analista en situación transferencial y el dispositivo lúdico centrado en su función, abarcando todos los ámbitos clínicos y grupos etáreos de intervención, motivo por el cual invito a pensar el dispositivo lúdico como recurso compartido en el contexto terapéutico.

El juego resulta difícil de definir y encuadrar, en gran medida porque implica un proceso complejo del cual devienen resultados y efectos tan diversos como heterogéneos. Al llevar esta conceptualización al terreno terapéutico, el panorama adquiere nuevas particularidades y una complejidad creciente, debido a que en él se entrelazan los procesos de simbolización propios del sujeto en tratamiento con aquellos que toman lugar en el analista. El movimiento no se produce exclusivamente del lado del paciente, mientras el analista ofrece recursos y contempla con distancia óptima, sino que en la medida en que el terapeuta se involucra en el proceso creativo, recorrerá su propio camino de simbolización que se vinculará de un modo particular con el del paciente.

Centrándonos en la clínica con niños, en parte, la especificidad del trabajo consiste en “el arte” de traducir el pensamiento interpretativo, en tanto resultado del proceso terciario del analista, a otros lenguajes, predominantemente a través de acciones lúdicas y lenguajes creativos diversos. Entiendo que tal como lo planteara André Green, resulta un requerimiento indispensable para todo analista ser un verdadero políglota, apto para escuchar los distintos dialectos que conforman la heterogeneidad psíquica. Este abanico de posibilidades incluye el juego, en tanto lenguaje de un valor inconmensurable. De este modo se abre un interrogante clave acerca de cómo desplegar la interpretación en la escena lúdica, desde un lugar diferente al de la palabra.

En relación a ello Winnicott planteaba que si se producía “fuera de la madurez del material, es adoctrinamiento, produce acatamiento”.* Decía que cuando se producía fuera de la zona de superposición entre el paciente y el analista que juegan juntos, resultaba inútil o podría provocar confusión.
Entiendo que el hecho de que el lenguaje lúdico sea una vía regia de acceso, no implica que el juego se desarrolle espontáneamente en todo niño, por el sólo hecho de transitar la niñez, ni que este recurso se limite a la clínica con niños.
Así como en algunos pacientes podemos observar matices que van desde la descarga pulsional directa hasta el mutismo, por medio de la expresión oral, resulta frecuente presenciar su equivalente en la situación lúdica, donde es fundamental estar atentos a no confundir todo despliegue motriz o de fantasías con juego, ni la más absoluta quietud con su ausencia. La diferencia fundamental radica en que el juego propiamente dicho, a mayor o menor plazo, dará lugar al pasaje a la transcripción simbólica, al operar como puente para cruzar aquella frontera, de modos muy diversos. Pero, para que este proceso resulte posible, el analista deberá estar formado para escuchar los diversos lenguajes y para “hablarlos”, para entrar en juego desde el mismo código.

En este contexto, el juego se presenta como el equivalente de la asociación libre en el tratamiento de pacientes adultos en el cual no se produce una detención del discurso para dar lugar a la simbolización, sino que éste surge como efecto del entrelazamiento de procesos primarios y secundarios. Del mismo modo, en el abordaje con niños, estas instancias de ligazón, características de los procesos terciarios, surgen como parte del proceso lúdico.
Durante la infancia, la herramienta predominante para formular hipótesis, ponerlas a prueba, sacar conclusiones, deshacerlas, dar lugar a otras nuevas, no será el lenguaje oral sino el lúdico. De ahí la importancia en la formación específica en el jugar por parte del analista. Con ello no me refiero a los aspectos teóricos, a estar “informados”, tener conocimiento acerca del juego, sino “formados”, habiendo construido saber a través de la propia experiencia, del transitar un proceso creativo. Para estar lúdicamente disponible será necesario despojarse de toda investidura, estando dispuesto a ofrecerse como recurso lúdico al servicio de lo que se genere en cada encuentro. Para ello, se impone dejar a un lado títulos, guardapolvos, diplomas, lo cual no implica que el analista se posicione como par del niño con el que interactúa. La diferenciación estará marcada por el encuadre sostenido, en tanto dispositivo que contendrá la escena, brindando las fronteras necesarias para entregarse a un espacio y tiempo en el que la creatividad es bienvenida sin temor a perder la compostura. Si encarnamos al personaje más despiadado o al extremadamente vulnerable, lo haremos dentro de un contexto particular, en el que juntos construimos una realidad a la medida de lo que precisa ser jugado en ese momento particular.

Retomando lo antes planteado acerca del juego como generador de procesos simbólicos, se escucha con cierta frecuencia el relato de situaciones terapéuticas en que se produce un quiebre entre la escena lúdica y la instancia de intervención; relatos en que, a partir de un juego dado, el analista detiene la escena lúdica para irrumpir desde la palabra. En algunas ocasiones parecería que este tipo de intervenciones tuvieran raíz en la convicción de que el proceso terciario de ligazón sólo puede tomar lugar desde el lenguaje “hablado”, aunque en otras se podría aventurar que aconteció por la escasez de recursos para intervenir de otro modo.
No niego la importancia de la palabra en el juego, como un recurso válido, irreemplazable en muchas ocasiones; pero como una herramienta a ser incluida en el juego, que lejos de detener el jugar para “conversar” acerca de la escena, se entrelaza como una variable lúdica más.

Cuando pensamos en las instancias de intervención, no podemos perder de vista que serán desplegadas en un escenario de por sí complejo como para introducir otra variable que dificultaría la comunicación, como podría ser el producir un “cambio de lenguaje” del analista en relación a los recursos empleados por el niño. Mientras el juego acontece entre ambos y el analista despliega sus propios artilugios, en el paciente tiene lugar una relación de tensión entre el yo, en tanto representante de la realidad, y las demandas pulsionales, representantes del placer. Ambas coexisten en un mismo espacio psíquico, constituyéndose a veces en factor de estancamiento en el proceso analítico.
Desde mi experiencia me atrevo a afirmar que al intervenir en un proceso lúdico, exclusivamente desde la palabra, se corre el riesgo de perder gran parte de la riqueza, a la vez que se produce cierta sensación de extravío, por parte del niño, ante el desconcierto por el repentino cambio de lenguaje. Surge un escenario en el que incluso se podría correr el riesgo de facilitar procesos de escisión.

Comprendo que es parte del desafío del adulto el poder colarse en el juego planteado, ingresando desde el despliegue del mismo código. No es el niño quien debe esforzarse por intentar comprender al adulto en el lenguaje que emplea, antojadizamente a los ojos del paciente, sino que debe ser el profesional quien se esmere por comprender y expresarse de un modo no disruptivo, en relación a lo planteado. Más aún considerando que en una gran proporción de los niños con los que trabajamos, el pensamiento simbólico aún está en ciernes y será necesario “prestarles” recursos propios para sostener el proceso, hasta que estén en condiciones de asumir este trabajo por sí solos. Ante estas situaciones, la importancia de “hablar un mismo idioma” adquiere mayor relevancia aún.

El trabajo analítico deviene de una suerte de baile acompasado entre terapeuta y paciente, gracias al cual se va trazando un camino. Cuando uno de los dos cambia de paso, inevitablemente se produce un desencuentro, la escena deja de fluir y quien continúa esforzándose por bailar, queda a su aire, descolocado. Cuando es el niño quien abandona la danza, estará del lado del terapeuta desplegar los recursos necesarios para volver a convocarlo. Pero cuando quien abandona repentinamente el baile es el terapeuta, debemos estar atentos a otros factores relacionados con la capacidad y plasticidad del mismo. Si el terapeuta teme perder su lugar, desdibujarse en tanto profesional o incluso a nivel subjetivo, inevitablemente esta dificultad obstaculizará la instalación de la escena lúdica.

Por otra parte, el lenguaje lúdico no es un dialecto pasible de ser traducido al lenguaje verbal; tiene su propia lógica y estructura, si intentamos traducirla corremos el riesgo de que se nos deslice entre los dedos gran parte de la riqueza de lo producido. Una vez más, en el afán por controlar la situación desde un lenguaje que sentimos dominar más plenamente, podríamos estar aventurándonos a perder ese plus que nos aporta el animarnos a navegar aguas menos conocidas, confrontar con nuestra propia inseguridad y temor a corrernos del lugar del supuesto-saber. El “saber” acerca del jugar difiere fuertemente de otros “saberes” conocidos y reconocidos en la formación profesional y académica. Una de sus características radica en que genera incertidumbre, ya que resultaría improbable (así como contraproducente) lograr anticipar en qué devendrá cada juego que comienza, cómo se desplegará una escena propuesta. La riqueza y contra cara de esta incertidumbre se manifiesta en la riqueza que puede aportar a la clínica.

Cuando desplegamos el juego como dispositivo, la oportunidad de introducir recursos creativos, que aportan nuevos aires y abren la comunicación desde una perspectiva alternativa a los canales que muchas veces están obturados u obstaculizados, resulta de gran “alivio” tanto para el niño como para el analista. Desde allí es que se habilitará la posibilidad de desplegar la capacidad en todas sus facetas, algunas de ellas conocidas, otras insospechadas, habitando los espacios transicionales.

Desde el momento del diagnóstico solemos tener un panorama bastante abarcativo de las limitaciones y/o dificultades, de los aspectos más conflictivos. Desde el juego, justamente por escapar en gran medida a nuestro propio “control” y al del niño, en esta creación intermedia es que surgen las potencialidades, los aspectos más fuertes y “sanos” que serán aquellos que nos permitirán construir juntos algo diverso.
Rescato el espacio y la experiencia analítica como proceso de aprendizaje, formación y desarrollo permanente, tanto para el niño en cuestión como para el analista. Cuando me refiero a la construcción de recursos simbólicos a través del juego, no estoy haciendo foco en el paciente sino en la asociación analítica en que se entrelazan las experiencias de ambos, y el único modo de que trascienda, es en la generación de un nuevo saber por parte de los dos.
El analista que logra “jugarse” experimenta un modo particular de jugar el psicoanálisis desde los aspectos teóricos y técnicos, en tanto artilugio terapéutico en articulación con nuestros pacientes, en el espacio transicional, pero también en las instancias de conceptualización, reflexión, en el encuentro con nosotros mismos. Cuando lo logramos no sólo estamos jugando el juego que surge del encuentro con el otro, como una oferta de espacio creativo, sino habilitando nuevos recursos en el interior de nosotros mismos.
__________________
* Winnicott, D. W. (1970) Realidad y Juego, Buenos Aires, Gedisa, 1997, p. 76.
 
 
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