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   El Juego en Psicoanálisis

Jugar… De un Otro a los otros
  Por Liliana Donzis
   
 
“Un día descubrí que estaban jugando conmigo, era el muñeco de goma, el saltimbanqui que corría de un lado al otro… Como lo describe Paul Auster, era simplemente una mercancía estropeada”.

Con estas palabras M comienza el análisis, con ellas intenta transmitir su historia de infancia.
Que el sujeto juegue o se juegue no es equivalente a que el Otro o los otros jueguen con él. Aunque parezca una verdad de perogrullo esta diferencia es de enorme importancia porque nos informa sobre la emergencia del sujeto, o por el contrario sobre la posición de objeto a la que puede concurrir.

Si el sujeto en un análisis se instituye en el acto del decir, es posible indicar que jugar es en acto un acto del decir, esta hecho con la tela de la lengua y se entrama en las tres dimensiones del lenguaje RSI, real, simbólico e imaginario.
Lacan al comienzo de su enseñanza nos propone una estructura mínima cuyos elementos están articulados, el sujeto, el objeto y el Otro. El falo será el significante de la diferencia. Cada elemento puede permutar su lugar con alguno de los otros y como corolario de estas operaciones se producen diferentes posiciones subjetivas. A su vez estas letras constituyen el axioma del fantasma. El juego transferencial destaca la vertiente fantasmática en la que el sujeto goza de su identificación al objeto y aunque se manifieste contrariado por ese goce, es en el análisis donde advierte su íntima relación con el goce en tanto está estagnado como objeto del Otro. Estar advertido de su posición le permite, no sin costos, suspender o transformar su lugar.

El paciente del epígrafe descubre que no desea estar como el muñeco de goma con el que jugaban sus hermanos. Un pequeño detalle de un sueño le abre un camino diferente, un grito a tiempo en medio de una pesadilla será un despertar a lo real. El grito lo despega de algo ominoso. Pasando de ser jugado por el Otro a jugar sus cartas y sus letras.
Lacan refiere el juego a la apuesta de Blas Pascal. Le sirve para demostrar que lo lúdico porta una verdad pero que ésta es azarosa. Aun cuando se puedan conocer las reglas no hay saber anticipado. La solución es contingente.
Infringir las reglas es también un modo de aceptarlas siempre y cuando se sostenga la condición que el azar propone, sin embargo en el extremo cuando se altera la contingencia por medio de maniobras –por cierto no siempre lúdicas–, el juego puede conducir a lo peor. Ocasión en que lo lúdico se rompe. En la cúspide de esta modalidad podemos ubicar la canallada.

El analizante antes mencionado advierte en transferencia que el significante impone condiciones a su juego. y también advierte la letra que en la vía de la pulsión entra a tallar en su vida erótica. A pasos de transformar una fijación de goce le resulta aun difícil renunciar a la posición en la cual, como en el tango, dice oír a su madre: “la oigo engañándome”.
Freud compara los tiempos de un análisis con el noble juego del ajedrez, nos invita a reflexionar sobre el juego que la transferencia comporta cada vez, en cada análisis y en cada una de sus vueltas. No es un juego de niños con juguetes y otras pequeñas cositas sino que se trata de movimientos y articulaciones. De goces y síntomas, de significantes y letras jugadas en el tablero transferencial de la cura.

El jugar de los niños en transferencia: El infans depende del Otro primordial al que Lacan definió como un lugar que puede encarnarse en los padres y en particular la madre. La función de los padres es transmitir la lengua siendo la madre quien da sentido y significación tanto al llanto como a los gorjeos del hijo, nombrando como juegos los ejercicios motores, sonoros y semánticos del niño.
Freud hace una comparación muy interesante entre el sueño y el jugar, en el texto “El poeta y la fantasía” de 1908. En él nos propone una diferencia entre el jugar con las pequeñas cositas, die dingue que en lengua alemana es una declinación de Das Ding, “la cosa”. Las cositas participan de la realidad operatoria wirkclichkeit que difiere de la realidad del fantaseo. Freud sitúa que en la realidad operatoria se soporta la posibilidad del juego, en la medida que es una escenificación en y de lo real. En el juego inicial es la realidad operatoria la que requiere de las investiduras simbólico-imaginarias para encarnarse con un argumento. Por este carril tienen valor de escenas que también pueden ser relatadas o tan solo murmuradas, así como las escenas pueden operar en silencio.

En el niño los pequeños objetos soportan ciertas palabras que podríamos llamar significantes.1
El objeto viene a ocupar el lugar de un vacío. El carretel del nieto de Freud, el osito de la pacientita de Winnicott, o el tren de Dick para Melanie Klein soportan algunas palabras que pueden jugarse en relación con un analista –y no solo jugarse en la vida doméstica–, porque también un niño puede jugar en la plaza, con los amigos o con los primos. ¿Por qué será necesario un analista? Porque en ese jugar algo cambia. Hay un lugar que puede tener para el niño, no es que lo sepamos previamente, más bien sabemos que no sabemos y que en todo caso el niño a partir de la intervención del analista puede ubicar en cierto momento un saber jugar, una suposición de saber2. La suposición de saber en la que se enraíza la transferencia es para un niño un saber en y de lo lúdico. La dimensión lúdica es real, simbólica e imaginaria, y es basal en la transferencia instituyendo el sujeto y el analista en amplio espectro del campo lúdico.

El nietito de Freud no tenía idea acerca del sentido de su juego. Él tenía un carretel y algo le pasaba al tirar el carretel de ida y de vuelta, pero es Freud el que le dió sentido a esa oposición fonemática, el “o-o-o” “a-a-a”, oposición sonorizada en la que la voz y el sonido operan sobre un pedacito de algo, del cual Freud dijo que concierne a la partida y al regreso de la mamá. Efectivamente su nieto jugaba cuando la mamá no estaba, y Freud tuvo la oportunidad de visualizarlo, pero también de oírlo.

¿De dónde surge el juego? ¿De dónde extrae su fuerza?
Según mi criterio, el juego surge de la fuente pulsional. Se alimenta del circuito de la pulsión.
Jean Piaget conceptualiza el juego en términos de acomodación y asimilación, por ende de adaptación en el que las cositas van a implicar algún tipo de ejercitación motriz logrando en algún momento el surgimiento de un juego mejor o más elaborado que el anterior. El psicoanálisis por el contrario no apunta a la conciencia motriz como fuente de la experiencia lúdica.
Lacan en el seminario “La angustia”, nos dice que cuando Piaget hace los experimentos a partir de un juego para verificar la noción de conservación del volumen, de conservación del peso y de conservación de la sustancia, cuando comienza a jugar con el agua que sale de la canilla y la pone en un vaso y el vaso lo pasa a otro vaso… –y los nenes además se divierten–, hay un plus de placer en el juego. Piaget no está en lo cierto. Lacan retoma este juego adaptativo y reflexivo para decirnos que el gran epistemólogo suizo se equivoca. Que él no toma en cuenta que el agua sale del grifo, sale del robinet, que en lengua francesa es lo que en nuestra jerga llamamos “pito”. El agua sale del pito, es decir que hay algo del orden de la sexualidad que Piaget y otros psicólogos no han tenido en cuenta. Es el falo el que da cuerpo al juego y al interés que despierta la salida del agua y su trasvasamiento. El falo presentifica en el juego la distancia radical que hay entre una función meramente intelectual y adaptativa y un interés en la investigación sexual, y el goce que le es inherente.

Para concluir:
Jugar concierne a una función de encaje e inmixión entre el sujeto y el Otro instalando al mismo tiempo ese borde que va haciendo una diferencia entre el sujeto y el Otro. Acota el goce agujereando con el significante lo real contorneando la imagen del cuerpo y enlazándolos.
Será función del analista aislar algún un hilo para seguir el juego antes que otorgar una comprensión demasiado rápida, se trata de una suposición lúdica que puede darse sobre un dibujo, un relato, una teatralización. Cualquiera de estas instancias participan del amplio espectro del juego brindando el sitio transferencial para que ese juego, ese dibujo o ese hacer con permita soportar algunas palabras que conlleven efectos en relación a la emergencia del sujeto.
Hay algo que en la posición del analista requiere de ese espacio, de ese pequeño recoveco en el que hay lugar para ositos, trenes, dibujos animados que invitan al analista a estar presto a lecturas y a jugar con el equívoco.
El analista puede contar con un saber sobre la función del jugar, pero no sabe qué juego puede surgir en cada niño y en cada sesión. Lo lúdico desde esta dimensión es una apuesta que convoca a la contingencia, asimismo sitúa una intermediación constituyendo un borde.

Jorge Fukelman nos transmitió, en un tiempo en el que el psicoanálisis con niños de raigambre lacaniana recién comenzaba a practicarse en nuestro país, que no hay un sujeto productor del juego sino que es a partir del juego que surge el sujeto.
El analista no se encuentra en posición de enseñar a dibujar y escribir sino que se interesa por el niño que padece de algo y que asiste al consultorio para situar el efecto sujeto. Aun en un niño de muy corta edad, si los padres acuden con su hijo al analista es para que un sujeto pueda surgir por vía del acto analítico.
De objeto correlativo al fantasma materno a que se juegue en el discurso como uno entre otros. De ser o estar jugado a jugar. De un Otro al otro como semejante y prójimo3.
En este preciso punto en el análisis de hombres, de mujeres y de niños es menester que el analista sepa abrir la puerta para ir a jugar.
__________________
1. Interlocución con Jorge Fukelman a partir de una presentación clínica en Reuniones de Psicoanálisis Zona Sur. Año 2002.
2. Liliana Donzis. Jugar, Dibujar, Escribir: Psicoanálisis con niños Extractado del texto “Reality Games, Tiempo de transferencia”. Edit. Homo Sapiens. 1998.
3. Véase Isidoro Vegh en su libro El prójimo, plantea una diferencia crucial entre el semejante y el prójimo. Edit. Paidos. 2002.
 
 
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