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   El Juego en Psicoanálisis

Juego en la clínica winnicottiana: existencia, autenticidad y vivir creador
  Por Julieta Bareiro
   
 
Winnicott considera al análisis como dos zonas de juego superpuestas: la del analista y la del paciente. Es el jugar, y no el juego, a lo que describe como una zona de experiencias que involucran tiempo y espacio. Pero por sobre todo, la aceptación de una zona que no es interna, ni tampoco verdaderamente externa, sino que se encuentra en un espacio intermedio que se constituye a partir de la creatividad. Por eso ubica al jugar no sólo con el desear o pensar, sino también con el hacer. De este modo, el análisis es un acto en donde dos juegan.

Aquí la noción de juego aparece como característica propia de los fenómenos transicionales. Winnicott pone el acento en la capacidad de jugar (playing) más que en el juego mismo (play). Esta es una manera de comprender que el libro Realidad y Juego (Reality and Playing) podría ser traducido como El jugar y la realidad ya que playing es el infinitivo y como sustantivo verbal designa la acción misma de jugar. Sobre este concepto ubica al ambiente como contenedor y al sujeto que transita de una no experiencia del juego a la capacidad de jugar solo y con otros. Corresponde a una actividad creativa y creadora que se despliega desde el juego del niño con la madre hasta las experiencias culturales como arte y religión. El mismo psicoanálisis es planteado como “un juego sofisticado del siglo XX”.

El concepto de juego atraviesa el corpus winnicottiano en relación con la capacidad creadora, la alteridad y las posibilidades del ser. Todo análisis remite, en última instancia, a un juego superpuesto de dos personas que juegan juntas. No se trata tanto de dos juegos diferentes, sino de que el analista juega al juego del paciente. La intención de Winnicott es dar cuenta de la maleabilidad del analista respecto de las condiciones de la clínica. Jugar, alude –en primer término– a una capacidad. Aquí da por sentado que el trabajo analítico es arduo, que exige preparación y disponibilidad. Pero también capacidad para desplegar posibilidades de crear un marco contenedor lo suficientemente bueno como para que el paciente sienta confianza de ser dentro de ese ámbito confiable. Esta condición del encuadre permite que “el paciente se muestre creador”.

Se puede entender que la capacidad de jugar alude a la de jugar con y de (genitivo subjetivo) tanto del analista como del paciente. Ello involucra un estado de flexibilidad analítica donde el horizonte de la cura no tiene el rasgo de ninguna enseñanza. Winnicott siempre advierte no ser demasiado listo. Lo que intenta decir es que el juego analítico es contrario a cualquier imposición del saber, cuyo límite aparece incluso como una condición ética del mismo analista. En todo caso, jugar resulta saber hacer. Saber qué lugar ocupar y cómo jugar en cada análisis muestra también la capacidad de inventar a partir de lo que hace falta. Ya que no es igual la posición del analista frente a la neurosis que frente a la psicosis. Cada una involucra sus propias reglas y sus propios modos de juego. Cuando Winnicott insiste en que en el análisis se hace el juego del paciente, puede considerarse que no se trata tanto del saber del analista, sino de que el paciente encuentre el espacio para desplegar su propia singularidad. Remite a poder experimentar la realidad de ser sí-mismo, sin amenaza de acatamiento u obediencia. Lo que debe surgir es lo nuevo del paciente, en ese “espacio entre dos”. Este es el sentido que adquiere la función del juego en el análisis y que se constituye como anterior a la interpretación y a la transferencia, en la medida que el análisis winnicottiano apunta a la continuidad de la existencia. La función del analista es acompañar y sostener el descubrimiento de dicha capacidad.

El jugar tiene rasgo de universalidad y que, en tanto potencialidad, es una manifestación de la experiencia de ser y hacer, que alcanza la problemática de la alteridad. Esto alude a la posibilidad de presencia y ausencia del otro. Jugar es aquello que se ubica entre la madre y el bebé, permitiendo separar a uno y otro, y juntarlos, paradójicamente, en el juego. El niño, que al comienzo juega con la madre en este ir y venir entre lo propio y lo ajeno, agregaría como logro poder jugar a solas en presencia de alguien. Esta es una nueva forma de relación entre lo transicional del juego y lo ambiental: el otro del cuidado como garante de confiabilidad, se encuentra presente en el juego como ausencia. Pero sobre todo, indica una vivencia vital de soledad. Jugar a solas en presencia de, pauta esa sutileza subjetiva de inventar mundos que se superponen tras telón del mundo compartido, sin que tenga algún rasgo de negación. Lo que muestra la diferencia entre una soledad propia del verdadero self y el aislamiento impropio del falso.

El análisis como “juego de a dos”. Winnicott entiende el análisis como aquel ámbito que debe estar ubicado en tiempo y espacios precisos para que el paciente pueda tener “la experiencia de sorprenderse a sí mismo”. Para ello es condición necesaria que el análisis se constituya como una superposición de espacios en donde dos juegan. Eso permite ubicarlo más allá de la condición técnica postulada por M. Klein: el juego es un fin en sí mismo que remite a la capacidad creadora que no se distingue entre etapas vitales en la medida que consigna a la propia existencia. Por eso establece una cuestión diferencial: jugar ya es terapéutico, porque se relaciona con el propio-ser en tanto creador. Justamente, en quienes no están en condiciones de jugar, se infiere una ocultación y detención del sí mismo. El trabajo analítico se orienta hacia la experiencia del jugar como manifestación de autenticidad.

Ahora bien, es condición del análisis que el paciente sea capaz de usar al analista. Los silencios y la capacidad de juego del analista tienen que ver con ello. El analista debe saber callar porque la interpretación marca sus propios límites e ignorancia. Se trata de que el mismo paciente construya ese saber que en palabras de Winnicott, como modo de “percibir la condición de estar vivo”. De este forma vincula saber con existir en la medida que la expresión “Yo soy, estoy vivo, soy yo mismo” es la condición de posibilidad del vivir creador. Esta frase debe tenerse en cuenta en la medida en que –para el autor– el diagnóstico no hace referencia a “Normal versus Patológico”, sino a “Salud vs. Enfermedad”. Aquí, la salud hace a la posibilidad misma de la creatividad; pero no supone inexistencia de conflictos, sino “la sensación de continuidad en la experiencia de ser”. La enfermedad hará alusión a la futilidad de la existencia y el acatamiento. Ello no refiere a la ausencia de síntomas, sino que remite tanto a la pérdida de contacto con el mundo compartido como a la sumisión a la objetividad: “la ausencia de enfermedad puede ser salud, pero no es vida”.

Si el análisis se escenifica como un juego de a dos; el modelo ambiental originario será la guía para la construcción de ese espacio potencial entre analista y paciente. En este contexto, el setting analítico se pone al servicio de la cura, entendida como sinónimo de cuidado. Este término se orienta hacia la confiabilidad en condiciones de dependencia transferencial tal como sucede en las primeras etapas de la vida. Un entorno terapéutico confiable es aquel que se adapta a la impredicibilidad de cada paciente. No se trata de estandarizar los pacientes a los modos del análisis, sino de que el análisis se pueda adaptar a la emergencia del propio ser del paciente. Holding y handling se presentan como los elementos ineludibles de este setting winnicottiano. Que el ambiente analítico se constituya como contenedor, no quiere decir que sea condescendiente. Por el contrario, lejos de todo sentimentalismo, la clínica winnicottiana se orienta a la experiencia de ser sí mismo; clínica que no admite modelos ni referentes. Ser sí mismo implica novedad y vulnerabilidad. Aquí adquiere fuerza la idea de singularidad y resulta imposible estandarizar o anticipar los requerimientos de cada paciente en particular. Hacer el juego del paciente no es desestimar la interpretación, sino habilitarla luego de que el paciente pueda servirse de un ambiente en el cual no corre riesgos su subjetividad. Esto es el estado de dependencia al cual remite la noción de transferencia analítica. A partir de allí, el análisis se convierte en ambiente de confiabilidad que se puede usar.

Análisis, creatividad y existencia. Winnicott refiere que el psicoanálisis tendía en otro tiempo a considerar la salud como ausencia de síntomas neuróticos, y que en la actualidad son necesarios criterios más sutiles, ya que para él: “Muy pobres somos, si sólo somos sanos”. La creatividad es el horizonte de toda clínica que hace del jugar su manifestación, contraria a cualquier imposición o sumisión. Por ello el análisis winnicottiano se orienta hacia una experiencia de libertad. Es bajo este sustrato que la continuidad del siendo puede desplegarse como el horizonte de sentido que posibilita la expresión del sí mismo.

Como se ha mencionado, su propuesta de análisis incluye todos aquellos fenómenos que remiten a la problemática incertidumbre entre ser y existir. No se trata de que rechace el factor del síntoma freudiano, la rivalidad edípica, el problema del deseo y su satisfacción. Al igual que Freud, hace hincapié en la idea ficticia de una vida normal, pero esta concepción se encuentra más ligada a problemáticas tales como la inautenticidad, el sentimiento fútil de la existencia y la incapacidad de sentirse “vivo, verdadero y real”. Esta es la manera en que cuestiona los parámetros formales de salud y enfermedad. Winnicott pone el acento en donde estos factores se sostienen: la problemática de la facticidad del siendo. En todo caso, la clínica freudiana podría leerse como un derivado del existenciario winnicottiano. Para Winnicott lo radical es la continuidad de la existencia, a partir de donde un sujeto comienza a ser. La diferencia que Winnicott menciona es que, en los primerísimos estadios, el problema no está frente al deseo, sino ante la necesidad de existir. Aquí, resulta indispensable la existencia de otro que cobije y sostenga. Aunque no se tenga conciencia alguna de ello. Experiencia que retorna en el encuadre analítico.

La posibilidad de los fenómenos transicionales y la creatividad que se desprende de ella no surgen de entrada, sino que son un objetivo a realizar en el análisis y en presencia del analista. La cuestión del entre propio de la transicionalidad alude, justamente, a que el análisis no es en solitario. En la medida en que en ese espacio se posibilita por, al menos, dos. Pero no de cualquier manera. Winnicott le da una importancia radical a la soledad, no como sinónimo de aislamiento, sino como experiencia de la más genuina autenticidad, inefable y, por ello mismo, sagrada. Es lo que aparece en el jugar a solas del niño en presencia de alguien. Al mundo compartido se superpone lo más propio. Figura-fondo que no niega la alteridad, sino que la complejiza en distintos relieves. Jugar a solas en presencia del analista es la muestra de la experiencia de creación por parte del paciente. Que éste pueda “sorprenderse a sí mismo” muestra una posición inédita que señala, también, la posibilidad del fin del análisis.

Referencias bibliográficas:
Abadi, S. “La idea de la cura en Winnicott” en Revista de la Asociación Psicoanalítica Colombiana, Bogotá, 2005, Vol. 14, pp. 41-47.
Bareiro, J. Clínica del uso de objeto: la posición del analista en Winnicott. Bs As. Letra Viva, 2012.
Levin de Said, A El sostén del ser: las contribuciones de Winnicott y Aulagnier, Bs As, Paidós, 2009.
Pelento, M. “Teoría de los objetos y proceso de curación en el pensamiento de Donald Winnicott” en Anuario de la Asociación Escuela de Psicoterapia para Graduados, Buenos Aires, 1985, Vol. 11, Rodulfo, R. Trabajos de la lectura, lecturas de la violencia, Buenos Aires, Paidós, 2009.
Winnicott, D.W. Escritos de pediatría y psicoanálisis, Barcelona, Laia, 1979.
— — Exploraciones Psicoanalíticas I, Buenos Aires, Paidós, 1993.
— — Realidad y Juego, Buenos Aires, Gedisa, 2007.
— — Los procesos de maduración y el ambiente facilitador, Buenos Aires, Paidós, 2007.
 
 
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