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   El Juego en Psicoanálisis

Jugar el cuerpo
  Por Luján  Iuale
   
 
Si hay algo que signa la clínica con niños es la relevancia que cobra en ella el cuerpo no solo del niño sino también del analista. Es en ese “encuentro de cuerpos”,1 donde el juego hará de eslabón, o tal vez debamos decir: el jugar para darle al verbo todo su valor, como un significante no tan necio.2

Entendemos que el jugar difiere de la escena de juego en sí, en la medida en que es lo que la posibilita, y es en los confines de esa escena donde asoma la angustia, interrumpiendo el juego. Otras veces la escena no puede montarse porque lo que se presenta es un cuerpo que irrumpe desregulado. Tal desregulación no es propia de una patología en sí, sino una respuesta a la imposibilidad de enlazar lo imaginario, lo simbólico y lo real: algo se suelta y las consecuencias se evidencian en un discurrir donde parecieran perderse los bordes que harían de tope o límite.

Por otro lado, la constitución del cuerpo como tal no sería viable si algo del jugar no se produjera. Ya es sabido que un bebé, en el cuerpo a cuerpo con el otro de los primeros cuidados, en el encuentro con la voz y la mirada de ese otro, empieza a jugar; siendo la sonrisa y la exploración del mundo indicios de subjetividad. No podemos dejar de resaltar el valor conferido al laleo como un modo primero de jugar con lalengua, fundamental en la apropiación del lenguaje y en la posibilidad del ser hablante de hacerse sujeto de discurso.

Entonces, para que el cuerpo se constituya es necesario que el niño pueda jugar, y no es menos importante que el otro que preste cuerpo, voz y mirada también pueda hacerlo. De allí devendrán las primeras trazas con las cuales se constituirán el psiquismo, el cuerpo y el mundo.

Ahora bien, en la época actual los niños que habitan en las grandes ciudades han ido sufriendo una modificación cada vez mayor en los modos de jugar. No es que los niños de hoy no jueguen, sino que muchas veces no se les ofertan espacios en los cuales se privilegie el jugar en sí. Tenemos por un lado el avance de los medios electrónicos, donde el juego es en soledad: el niño y la máquina. Incluso cuando son dos los que juegan al mismo tiempo, la referencia pareciera no ser el otro, sino la máquina en sí. Pero además una de las afecciones que más insisten en los niños de hoy es el aburrimiento. Ante una oferta desmesurada de juguetes costosos, el aburrimiento irrumpe, acompañado de la desvitalización del cuerpo y la pérdida de disfrute. Poder imaginar, construir escenarios diferentes, simbolizar y realizar un “como si”, conlleva no solo placer sino que permite muchas veces poner en escena algo del propio acontecer. Cuando esto no sucede es mucho lo que queda sin tramitación. Hoy en día nos encontramos con una gran cantidad de consultas donde lo que prima es una demora significativa en la adquisición del lenguaje, cuerpos que se presentan desregulados y donde el lazo al otro está claramente perturbado. Son niños que suelen ser mal diagnosticados, se tiende a incluirlos bajo los llamados trastornos generales del desarrollo, incluso muchos reciben el diagnóstico de autismo. Sin embargo puestos al trabajo en el dispositivo analítico comienzan rápidamente a ampliar los recursos: tanto en el uso del lenguaje como en el tratamiento del cuerpo. Entonces nos sorprendemos por los efectos, cuando en realidad lo que estos niños denuncian, al volverse síntomas de lo social, es la necesariedad de devolverles el carácter de niños, para que algo allí empiece a desplegarse.

Jugar es hacer con lo real. Tomaré dos pequeños recortes: se trata de niños en los cuales el cuerpo ha sido afectado de un modo específico: uno por la vía del maltrato y otro por la enfermedad orgánica que signó la imagen del cuerpo.
Lucila ingresa a la sala de internación pediátrica con dos años. Presenta lesiones en ambos parietales, las cuales según la madre fueron consecuencia de “un golpe con una hamaca en la plaza”. Los médicos solicitan interconsulta con psicopatología por dos razones: las lesiones no se corresponden con el relato de la madre y además “la nena no se deja tocar”. Si alguien se acerca empieza a dar manotazos y patadas haciendo dificultosas las curaciones. Las lesiones que tenía requerían ser tratadas mediante cirugía plástica, con la aplicación de injertos que reiteradamente eran rechazados.
En la sala decían que parecía un “monstruito”. Cuando la veo por primera vez estaba en uno de sus tantos berrinches, arrancándose las vendas que le cubrían la cabeza y los cuatro miembros, ya que de estos últimos obtenían la piel para los injertos.

El problema mayor era cómo aproximarme a la niña, ya que cualquier acortamiento de la distancia era repelido con los berrinches y los juguetes que llevaba (volaban literalmente por la sala). Supervisión de por medio, recuerdo que situamos al “rechazo” como un significante que parecía estar mordiendo directamente el cuerpo y que seguramente era solidario al lugar conferido por el Otro a esta niña.

La primera maniobra fue acercarme sin mirarla, velando mi presencia, al tiempo que acerqué mi mano a su cuerpo para hacerle cosquillas. Lucila pareció sorprendida, se dejó tocar. Yo la miré de reojo y sancioné su sonrisa como una aceptación.
Las cosquillas no son posibles sin el encuentro con el cuerpo del otro, son de hecho indicio de la afectación producida por dicho encuentro.3 También las palabras cosquillean el cuerpo, libidinizándolo. En las sesiones siguientes le hablé de las heridas que tenía en la cabeza y en las extremidades, nombré el dolor e incorporé una muñeca a la cual le puse un vendaje como el suyo. Lucila empieza a señalar los brazos y las piernas de la muñeca para que yo le ponga las vendas. Acompaña el gesto con un “acá” que repite pero que es acotado a la representación de lo que ocurre en su propio cuerpo y cuando uno de los muñecos fue “curado”, el juego se desplazó a otro.

Las sesiones transcurrieron curando muñecos, mientras los berrinches desaparecieron. Surgió la sonrisa, el despliegue del juego y un explorar el mundo circundante que marcó una apropiación cada vez mayor del cuerpo y del espacio. Hubo tolerancia con la cercanía del cuerpo del otro y pasó a ser la princesa mimada de la sala. Los injertos no sufrieron nuevos rechazos y el turbante de vendas fue reemplazado por gorros de colores. Surgieron las palabras y en unos meses comenzó a armar frases simples que denotaron una inmersión diferente en lo simbólico.

Los padres consultan por Matías de 4 años: “se le escapa el pis”, “desobedece, ignora las órdenes” y “se opone a todo lo que le que le piden”. Nació con labio leporino y paladar fisurado; y atravesó ya dos cirugías. La mamá dirá: “Cuando me dijeron que tenía labio leporino, yo lo miré directamente a la boca”. Esta frase produce una juntura entre “lo miré a los ojos” y “le miré la boca”.
Al mes y medio de nacido Matías tuvo un episodio de apnea que requirió internación en terapia intensiva y luego estuvo diez meses con oxímetro de pulso para controlar la oxigenación al dormir. “Tuvo muerte de cuna”. A partir de esto: “Había que mirarlo permanentemente”.

Esa mirada que primeramente estuvo al servicio del cuidado, se fue transformando en una mirada localizada en lo que agujerea: el pis que se escapa. Matías “buscando problemas”, “la desobediencia”, el aislamiento respecto de sus pares “porque se da cuenta que es diferente”.
Matías se presenta con una preeminencia de la mirada por sobre la voz. De hecho pareciera hablar con los ojos, mientras mantiene la boca cerrada. Descarta todos los juguetes que tienen alguna falla, dice “éste, no”. Se pone de espaldas cuando no quiere conectarse con el otro, como si bastara retirar su propia mirada para que el otro no esté. Dado que tenía que hacer un tratamiento odontológico, incorporé masas para jugar. Empieza a usar algunos juguetes que “muerden”. Ante el retiro de mi mirada, dice algunas palabras. Arma un cerco donde coloca algunos animales: el encierro empieza a modularse en un afuera. Encerrará muñecos y fichas y, él también, se encerrará en el baño, bajo el pretexto de “tengo que hacer caca”, situación que generaba una espera posterior porque quería que el adulto lo limpiara.

Abstenerme de requerirle que hable, que juegue, que mire; sustraerme como voz y mirada que convocan y asisten, habilitaron un primer pedido: “quiero jugar con vos”. A partir de allí aparecerá un dragón que “está enojado con todos, porque lo querían matar”.
Cuando la mirada empieza a tacharse, la falla deja de ser aquello que se ofrece a ser mirado (el labio, el pis que se escapa, el hacer lío). Surge la voz y la direccionalidad al Otro, un convocar que abre la escena de juego para que algo nuevo pueda producirse. Matías puede llevar el juego de las mordidas al consultorio odontológico, donde tomarán las muestras para los aparatos, sin que esto tenga que ser intrusivo para él. Primer movimiento que introduce lo lúdico, habilitando una diferencia.

La falla se hace presente otra vez, toma un dibujo y lo empieza a cortar. Dice: “Corto a tu bebé”, “Es feo”, “Tiene fea la cara”; “lo cortó en pedacitos y se murió”. Luego recorta una revista y se da cuenta que hay dibujos de personas del otro lado, grita y aclara: “Gritan porque los cortan, están asustados”. Le hablo de las cirugías y del dolor en el cuerpo. Responde: “A mí me operaron porque nací con el labio abierto”.
El temor a que lo muerdan figuras femeninas se jugará en la transferencia: ve un cazador y dice “es una bruja”; y agrega: “callate tonta, ¿no ves que me querés asustar?”.

Una boca fallada, un agujero que hay que suturar, una mirada que tapona la voz; y las primeras discontinuidades. Se ubica este punto del decir materno, señalando la importancia del callar para que otro pueda decir.
Matías elige jugar con las fichas de las damas y del ajedrez. Las ubica de modo tal que nadie pueda comer a nadie, apareciendo el “me aburro”. Arma familias con las piezas e incluye a las que les falta alguna parte, o que su forma pareciera que tuviesen alguna falla. Señala las torres y dice: “Son hijos”; “tienen la cabeza agujereada”. Señalo: “Todos tenemos agujeritos en la cabeza: la nariz, la boca, las orejas”. Se ríe y agrega: el pito y la cola.
En otra sesión elige un juego de letras y tomando la letra “O” pregunta: “¿Esto es un cero?”. Le pregunto que es “un cero” y dice: “Es para poder contar, es el primer número”.

Comienza a desplegar muchas palabras, cuenta cosas del jardín, programas que vio con su papá, cosas que le interesan. Lo que falta puede contar, hace referencia a que cuando él sea grande sus padres serán muy viejos; como la abuela, que se murió de “tan vieja”.
Durante el último tiempo hablará de su boca y dirá: “esto no se me cura”. Cuando surge la necesidad de una nueva cirugía reparadora, hablamos sobre eso. Dirá: “no me va a doler, porque me van a poner una mascarita para dormir”. Posteriormente los padres comentarán que “entró solo al quirófano, de mano del cirujano”, con quien había establecido un buen vínculo.
Retoma luego del verano, y ya iniciada la escolaridad primaria: está interesado por las letras, arma palabras sin dificultad. Ya no quiere estar solo. En una de las últimas sesiones tiene que ir al baño y va rápido diciendo: “No quiero desperdiciar tiempo, para jugar con vos”.
________________
1. Lacan, J. El seminario 19: Ou pire... Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 224.
2. Lacan, J. El seminario 20: Aun, Paidós, Buenos Aires, 2001, p. 34.
3. Cf. Lutereau, L., La caricia perdida. Cinco meditaciones sobre la experiencia sensible, Buenos Aires, Letra Viva.
 
 
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