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   El Juego en Psicoanálisis

Juego y responsabilidad subjetiva
  Por Edmundo Mordoh
   
 
A los que nos hemos interesado en el tema del juego, nos resulta muy familiar la tierna escena que describe Johan Huizinga en su Homo ludens: para demostrar cómo en el juego no se trata de la vida “corriente” o de la vida “propiamente dicha”, y que consiste en “escaparse de ella” a una esfera temporaria de actividad que posee “su tendencia propia”, brinda el ejemplo de un padre que encuentra a su hijo de cuatro años sentado en la primera silla de una fila jugando al “tren”. Cuando acaricia al niño, éste le contesta “papá, no debes besar a la locomotora, porque, si lo haces, piensan los coches que no es de verdad”.1

Lacan también da el ejemplo de un juego, que él mismo encuentra particularmente sorprendente, para demostrar cómo en todo juego lo que encontramos es la relación de un sujeto con el saber inconsciente. Se trata de una niñita de tres años de edad que había encontrado un juego, “que no era en absoluto por azar”, el de ir a besar a su padre, mientras iba al extremo de su cuarto y se aproximaba a paso lento. A medida que se acercaba, se precipitaba hacia el padre, escondiendo estas palabras: “Eso va a llegar”.2

En ambos ejemplos nos encontramos con besos, y padres, tensando el campo desplegado en el juego. La ternura e ingenuidad de la escena que propone Huizinga quedan disipadas al ser confrontadas al, un poco más, inquietante ejemplo que Lacan propone, sobre todo si tenemos en cuenta que, en francés, el término que se utiliza para “beso”, “baiser”, es el mismo que se utiliza para “coger”. “Eso va a llegar”, claro que, en los tiempos lógicos constitutivos de la infancia, es deseable que “eso”… no llegue nunca. En el lugar de “eso”, nos encontramos con un juego. Y es que si bien no podemos en la infancia conceptualizar el acto en tanto acto sexual, encontramos en el juego un equivalente estructural al acto. El juego nos anticipa que es impensable la estructura psíquica sin acto.

En “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud dice que la angustia, que originariamente es la reacción frente al desvalimiento del trauma, es más tarde reproducida como señal de socorro en la situación de peligro y que, en ella, “el yo, que ha vivenciado pasivamente el trauma, repite (wiederholen) ahora de manera activa una reproducción (Reproduktion) morigerada de éste, con la esperanza de poder guiar de manera autónoma su decurso”.3
En ese punto, y con mucha precisión, Freud ubica una fuerte equivalencia entre la angustia y el juego de los niños: “Sabemos que el niño adopta igual comportamiento frente a todas la vivencias penosas para él, reproduciéndolas en el juego; con esta modalidad de tránsito de la pasividad a la actividad procura dominar psíquicamente sus impresiones vitales”.4

Esta relación que Freud establece entre angustia y juego es altamente fructífera, en tanto deja al juego alineado con el acto.
Freud afirma que lo decisivo en relación a la angustia es el primer desplazamiento de la situación de desvalimiento en la que la angustia se origina, hasta su expectativa, la situación de peligro. Sin duda, se trata de la relación de la angustia al acto. Sirviéndonos de la equivalencia entre angustia y juego, sostenemos que el juego también puede ser conceptualizado como un antecedente lógico del acto: “Uno se prepara a lo inesperado”, afirma Lacan. Lo inesperado “atraviesa el campo de lo esperado alrededor de ese juego de la espera” y esto será, solamente, “haciendo frente a la angustia”.
El juego, entonces, exige no solamente ser pensado como una operación abreactiva en la que se tramitarían ciertas marcas traumáticas, de una forma intrínseca al principio del placer, sino que da cuenta del modo en el que ser hablante se posiciona frente a “lo inesperado”, en el horizonte mismo del acto.

Sabemos que Lacan ubica como secundaria la interpretación que hace Freud del juego. Así, cuando Freud capta la repetición de juego de su nieto en el fort da reiterado, “el niño tapona el efecto de desaparición de su madre haciéndose su agente, pero el fenómeno es secundario”.5 Lacan destaca, en su lugar, los efectos constitutivos del sujeto, implícitos en el juego: “El juego del carrete es la respuesta del sujeto a lo que la ausencia de la madre vino a crear en el lindero de su dominio, en el borde de la cuna, a saber, un foso, a cuyo alrededor sólo tienen que ponerse a jugar al juego del salto”. El juego es, ante todo, una respuesta del ser hablante. Lo que interesa destacar es que esta respuesta del ser hablante no tiene nada de automático. Lo que el juego viene precisamente a demostrar es que hay un real más allá del automaton, del retorno, de la insistencia de los signos tal como la rige el principio del placer. Nos encontramos, acá, en el territorio de la tyche.

De lo que se trata, entonces, es de que la compulsión a la repetición, en tanto da cuenta de la tyche, confronta al ser hablante con lo electivo de la estructura: ese punto en el que nos vemos conminados, de entrada, a tener que responder. El juego, entonces, supone una toma de posición. Un pasaje, para el niño, de la pasividad a la actividad.
Si el juego es constitutivo de la subjetividad, lo es en tanto supone una elaboración, una respuesta, a partir del disruptivo encuentro con lo real. Cuando Lacan dice que el juego del carretel es la respuesta del sujeto a la ausencia de la madre, sitúa, en esa ausencia, una “hiancia causal”. Es decir que, a nivel de la causa, no nos encontramos con una determinación significante sino justamente con la hiancia, con la ausencia misma del significante. Es allí donde nos vemos conminados a responder.

Etimológicamente, “responsabilidad” y “responder” comparten la misma raíz. Responsum, dice Benveniste en su Vocabulario de las instituciones indoeuropeas, es el decir de los intérpretes de los dioses, particularmente los arúspices, que antes del acto arriesgado dan la seguridad en retorno de la ofrenda. Para Gabriel Lombardi, el oráculo es la verdadera respuesta, porque en ella los signos del azar reemplazan al saber que no hay en el momento de la elección.6 El oráculo no recurre a un saber ya constituido, sino que recurre al azar (¿un juego de azar?).

Para Huizinga si bien a primera vista la esfera de la ley, el derecho, la justicia y las decisiones que en ese marco se toman –es decir decisiones que pueden tomar valor de acto– parecen alejadas de la esfera lúdica, podemos establecer una fuerte afinidad entre derecho y juego. Así, sumergiéndonos en el universo griego, muestra cómo en la Ilíada, Zeus pesa la suerte en una balanza sagrada, antes de que empiece la batalla.7 Para Huizinga, esta acción de pesar es el juicio mismo. Así, las ideas de la voluntad de Dios y de la fatalidad de la suerte se hallan íntimamente relacionadas.

La palabra griega para justicia, según Huizinga, tiene una escala de significaciones que va de lo puramente abstracto a lo más concreto. Señala que existe una estrecha relación entre “administración de justicia” y “suerte” que puede derivar hacia la palabra “arrojo”. También en el hebreo la palabra para “ley” y “derecho”, thora, deriva de un tronco verbal que significa “echar a suertes”, “disparar”, “probar la sentencia del oráculo”.

No podemos dejar de entusiasmarnos al encontrar estas vías que nos conducen del juego al acto. ¿Podemos acaso dar cuenta de la relación entre el arrojar intrínseco del juego de los niños –pensemos de nuevo en el fort da– y el arrojo que todo acto supone? Creemos que esta posibilidad es más que interesante. También nosotros, analistas, podemos dar cuenta de esa relación por nuestras propias vías. Un psicoanálisis podría constituirse como el ejemplo perfecto de esto: invitamos al ser hablante, a través de la regla fundamental, a participar de un juego, proponiéndole dejar a un lado, en el espacio y tiempo del análisis, su responsabilidad. Puede hablar “libremente”. Lo hacemos, sin embargo, porque sabemos que este dispositivo no puede conducirlo a otro lugar que el del acto, es decir el lugar del pleno reencuentro con su responsabilidad, claro que ahora bajo coordenadas menos sacrificiales, menos terribles.

Si Winnicott sostenía que al psicoanalista “tiene que resultarle valioso que se le recuerde, a cada instante, no sólo lo que se le debe a Freud sino a esa cosa natural y universal que llamamos juego”,8 pensamos que es justamente porque la posición del analista no puede ser la del sujeto supuesto saber. Sin embargo, sostenemos que la afirmación winnicottiana es en parte discutible, en tanto conceptualiza al juego como “una cosa natural y universal”. Esta afirmación podría confundirnos por su cariz casi instintivo, que nos haría extraviar y olvidar la verdadera “naturaleza” del juego, en tanto da cuenta de lo electivo de la estructura y de la necesaria respuesta que convoca en el ser hablante.
El analista debe recordar efectivamente, además de lo que le debe a Freud, lo que le debe al juego (aunque es gracias a Freud que comprendemos mejor lo que el juego es), pero ya no en tanto algo “natural”, sino en tanto ubicamos en él la respuesta de un ser capaz de elección ante lo real de la estructura.

La meta última de un análisis no puede ser entonces suponer un encuentro engañoso y aplastante entre sujeto y sujeto supuesto saber. No puede ser esa tampoco la responsabilidad última que esperamos para el ser hablante. Para Lacan, el análisis tiene que culminar “en otra cosa que en la identificación de un sujeto indeterminado, en el sujeto supuesto saber, es decir en el sujeto del engaño”. Si supusiéramos que hay un encuentro posible entre sujeto y sujeto supuesto saber, no estaríamos entendiendo verdaderamente el juego: hay un “tercer jugador” nos dice Lacan, la realidad de la diferencia sexual ante la que el ser hablante ha tomado posición activamente. Es por eso que Lacan se puede referir al objeto a como el “suplemento lúdico” del sujeto. Es precisamente ese objeto a lúdico, irreductible a cualquier saber, el que hay que poner a jugar en la transferencia, y que da cuenta del juego del ser hablante ante lo real. El deseo del analista, como sostiene Lacan, opera en esa dirección, tan opuesta a la de la consolidación (engañosa) del sujeto supuesto saber: “lleva al paciente a su fantasma original, eso no es enseñarle nada, es aprender de él como hacerlo”.9
Si, como podemos leer en “El creador literario y el fantaseo”, el juego es un antecedente del fantasma, sostenemos que la operación sobre la transferencia, en análisis, tiene que generar un movimiento del fantasma al juego. Hay un real que podemos extraer del fantasma, el a lúdico.

Por último, una aclaración. Si para los adultos el juego sobre la transferencia no conduce a otro lugar que el del acto, en la infancia, un análisis, se detiene antes: debe permitir que un niño pase del jugar en la transferencia a… jugar. Somos los adultos los que nos debemos hacer cargo del riesgo, permitiendo que el niño vaya produciendo sus propias respuestas. Si un acto no es solamente cruzar el Rubicón sino, por ejemplo, hablar, ya que en tanto que hablamos nos debemos hacer responsables de aquello que hemos dicho –es lo que el psicoanálisis nos enseña–, es entendible que un niño en análisis no hable a través de la asociación libre sino que juegue o, quizás, que hable a través de sus juegos. Recordamos, sin embargo, la muy pertinente apreciación de Melanie Klein cuando sostiene que ella no consideraría terminado ningún análisis de niños, ni siquiera el de niños muy pequeños, “a menos de lograr finalmente que –el niño– se exprese con palabras, hasta el grado de que es capaz”.10 Lo que entendemos es que el horizonte en el que opera el juego, si las cosas salen bien, no es otro que el del acto: “Eso va a llegar”.

_____________
1. Huizinga, J (1938) Homo ludens, Madrid, Alianza Editorial, 2001, p. 21.
2. Lacan, J. (1964-1965) “El seminario 12: Problemas cruciales para el psicoanálisis”. Inédito, Clase del 19/05/1965.
3. Freud, S. (1925) “Inhibición, síntoma y angustia” en Obras completas, op. cit., Vol. XX, p. 156.
4. Ibid.
5. Lacan, J. (1964) El Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1990, p. 70.
6. Lombardi, G (2011) “Comunicación preliminar al VII Encuentro de la IF-EPFCL”. Disponible en Internet: http://www.champlacanien.net/public/3/evRDV.php?language=3.
7. Ibid., p. 107.
8. Winnicott, D. W. (1971) “El juego. Exposición teórica” en Realidad y Juego, Barcelona, Gedisa, 1992, p. 65.
9. Lacan, J. (1964-65) El seminario 12: Problemas cruciales para el psicoanálisis. Inédito, clase del 19/05/65.
10. Klein, M. (1927) “Simposium sobre análisis infantil” en Obras completas, T. I, Buenos Aires, Paidós, 1987, p. 158.
 
 
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