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   El Juego en Psicoanálisis

¿De qué hablamos cuando hablamos de juego?
  Por Luciano Lutereau
   
 
“… el verdadero secreto de lo lúdico, a saber, la diversidad más radical que constituye la repetición en sí misma.”
Jacques Lacan (1964), “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”.

He aquí otro artículo sobre el juego. Aunque, puede preguntar el lector, ¿no se trata de un tema sobre el cual ya se ha dicho todo lo que podía decirse? Entonces, vale comenzar con una aclaración: no me propongo escribir un artículo redundante. Tampoco buscaré la exhaustividad en estas páginas. Mi objetivo es más bien modesto, incluso poco ambicioso y, quizá, en esta brevedad radique el principal interés.
No es este un artículo teórico ni apropiado para un manual, sino un breve ensayo metodológico y clínico. La pregunta que quisiera plantear como hilo conductor podría ser formulada del modo siguiente: ¿cómo escribir acerca del juego? O, en otros términos, ¿cómo poder decir algo sobre una noción que tiene las más diversas acepciones y nombra prácticas de diversa índole –algunas de las cuales no deja de asombrarnos sean reunidas bajo una misma palabra–?

Para dar cuenta de este particular aspecto problemático del concepto de juego podría pedir al lector que realice el mismo ejercicio que L. Wittgenstein propone en el § 3 de sus Investigaciones filosóficas (1953):1 intente enunciar una definición de la palabra “juego”. El efecto que se desprende de este experimento –cuyo propósito es demostrar que para cada nota considerada puede ofrecerse un contraejemplo (por ejemplo, no puede delimitarse el juego por la “diversión” ni por la “competencia” ni por el uso de “reglas”, etc.)– redunda en la imposibilidad de circunscribir condiciones necesarias y suficientes de la noción de juego como concepto. Por lo tanto, si el término juego no puede ser aprehendido conceptualmente, ¿cómo decir algo sobre una “experiencia” que se presenta de modo esquivo?

No dudo en utilizar la palabra “experiencia” para referir al juego, ya que el hecho de no disponer de un concepto no implica que no existan instancias concretas que sólo podríamos nombrar con el término “juego”; y, por cierto, que no podamos definir el juego no quiere decir que no podamos utilizar correctamente la palabra “juego” –San Agustín sostenía lo mismo respecto del tiempo en el libro XI de las Confesiones–.2 Por el contrario, todos podemos reconocer juegos y hasta podríamos identificar usos de la palabra que serían inadecuados (por ejemplo, si alguien quisiera llamar “juego” a una catástrofe natural).

Por lo tanto, estas consideraciones nos conducen a un resultado inmediato: podemos prescindir del concepto de juego para hablar acerca del juego; no necesitamos saber qué es el juego para escribir sobre su experiencia; o, más concretamente, debemos prescindir de la intención de aprehender conceptualmente la noción de juego para poder decir algo sobre el juego, dado que la definición sería siempre parcial –porque estaría basada en un rasgo que admitiría un contraejemplo–.

De este modo, una pregunta interesante sobre la cuestión no puede nunca ser planteada en términos esencialistas (¿qué es el juego?). De acuerdo con lo anterior, no puede ser mi interés responder a esta pregunta inconducente. De hecho, por esta vía se desprende una de las dificultades habituales que encontramos en muchos libros sobre el juego: sus postulados teóricos sólo pueden aplicarse a unos pocos juegos específicos. Así, muchas teorías “generales” sobre el juego no son más que el reflejo “empírico” de unos pocos juegos (aquellos en los que autor piensa irreflexivamente cuando escribe sobre el tema).

Mi pregunta, mucho menos ávida de resultados teóricos o, quizá, más proclive a la capacidad de asombro del lector, podría ser enunciada del modo siguiente: ¿cómo es posible la experiencia del juego? O, dicho de otro modo, ¿cómo se accede al juego? De acuerdo con esta formulación, este planteo no sólo renuncia a la presunción de una supuesta esencia del juego, sino que también apuesta a mostrar que muchas de las posiciones o debates atávicos (y todavía actuales) sobre el juego tienen el estatuto de “pseudoproblemas”. Por ejemplo, la cuestión de si el juego requiere siempre del uso de juguetes; la pregunta relativa a si puede haber juego en soledad; o bien, acerca de las relaciones entre juego y representación, etc., todas estas inquietudes, cuando se las resuelve en función de una alternativa (entre cuyos términos habría que elegir), expresan complicaciones accesorias que sólo toman un valor perentorio si se las piensa de acuerdo con el interés implícito de una definición. En última instancia, cuando las preguntas se plantean en estos términos, no deja de buscarse una esencia del juego; y, por eso, la capacidad de responderlas sólo puede ponerse en acto siempre que se piense en determinados juegos en particular. De este modo, estas inquietudes no son verdaderos problemas, sino formas indirectas de responder a la pregunta más básica sobre qué es el juego.

Ahora bien, antes de retomar la pregunta que he propuesto plantear, también cabría tener presente otro tipo de planteos; por ejemplo, aquellos que, en lugar de interrogar la esencia o definición del juego, buscan elucidar una inquietud respecto de sus funciones: ¿por qué se juega? O bien, ¿para qué sirve el juego? Este tipo de interrogantes me parecen más acertados, y son convergentes con mi perspectiva, en la medida en que apuntan mucho más a los usos que pueden hacerse del jugar que a determinar su naturaleza. En sentido amplio, propongo la idea de que el juego tiene una función constituyente para el sujeto. Esto no es una novedad. No obstante, este planteo debe diferenciarse una vez más de ciertos planteos empíricos habituales, que conciben un despliegue progresivo del juego en términos de estadios y etapas del desarrollo. Esta orientación no sólo se encuentra en estudios psicológicos –como el clásico La formación del símbolo en el niño (1945), de J. Piaget, o bien Psicología de los juegos infantiles (1958), de J. Chateau–, sino en trabajos de inspiración psicoanalítica –por citar sólo el más representativo de la tradición en nuestro país, mencionemos El niño y sus juegos (1968), de A. Aberastury–.

Sin embargo, no es un esbozo con intención evolutiva lo que aquí propongo y que, por ejemplo, plantearía una correlación entre edades y tipos de juegos. Mucho menos me interesa una interpretación del juego que, por ejemplo, conduzca a formas del carácter (y, por ejemplo, plantee correlaciones entre modos de ser del sujeto y el interés por determinados juegos). Si el juego tiene una función constituyente para el sujeto, entiendo esta constitución en términos de operaciones que delimitan una “posición subjetiva”. Asimismo, como precedente a cualquier consideración sobre las operaciones del juego, es preciso plantear algunas indicaciones respecto de las concepciones que algunos psicoanalistas han tenido del juego y que, con el tiempo, han decantado en formulaciones teóricas y técnicas.

El texto en que quizá se encuentra una primera vía sistemática de interpretación psicoanalítica del juego es “El creador literario y el fantaseo” (1908), en el que Freud establece una correlación entre juego y fantasía. Si bien esta indicación es suficiente para promover un interés que interrogue el trasfondo pulsional del juego, esta referencia ha sido utilizada, por lo general, para dotar al juego de un contenido propio: el juego puede ser interpretado, posee un sentido e, incluso, podría realizarse su comparación con el sueño y los mecanismos de figuración (y desfiguración) onírica. En esta dirección es que ha avanzado la corriente inglesa; por ejemplo, en artículos como “La personificación en el juego de los niños” (1929), o bien en el célebre “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo” (1930), ambos de M. Klein, en los que se introduce el estatuto simbólico del juego y sus representaciones. No obstante, en el seno de esta misma tradición puede encontrarse una crítica al principio de la interpretación, a partir de la obra de D. W. Winnicott, quien en Realidad y juego (1971) destacara que éste siempre importó mucho más como acto antes que en su realización objetiva.
Luego de esta breve recensión pueden advertirse dos grandes orientaciones en la consideración psicoanalítica del juego: por un lado, podría ser utilizado como una forma de expresión –de significaciones inconscientes, de experiencias traumáticas (repetir de modo activo lo vivido pasivamente), etc.–; por otro lado, serviría como un medio de simbolización (de la ausencia de la madre, de ciertas pérdidas, etc.). En este punto, no discutiré ambas concepciones ni su potencial clínico. Hay toda una tradición y una práctica que demuestran que no se trata de versiones ingenuas acerca del uso del juego. Sin embargo, importa destacar dos cuestiones epistemológicas que no pueden ser dejadas de lado: en primer lugar, el concepto de expresión dista de ser unívoco y requeriría una elaboración que, en los estudios que lo asumen, no se encuentra explicitada; en segundo lugar, lo mismo podría decirse del concepto del símbolo, que, con seguridad, es uno de los más extendidos en la historia del pensamiento. De este modo, antes que solucionar la cuestión de las funciones del juego, en estas dos orientaciones se puede notar una especie de cambio de título del problema (llamándolo “expresión” o “simbolización”) en lugar de una aproximación esclarecedora.

Asimismo, estas dos funciones del juego se encuentran formuladas en la enseñanza de un psicoanalista que no he mencionado en la enumeración anterior: J. Lacan.3 No obstante, hay una tercera consideración lacaniana sobre el juego, que es absolutamente original, ya que se encuentra articulada a su único invento: la noción de objeto a. En el “Seminario 11”, Lacan presenta este uso del juego –a propósito del fort da– en los siguientes términos:
“El carrete no es la madre reducida a una pequeña bola por algún juego digno de jíbaros […]. Si el significante es en verdad la primera marca del sujeto, cómo no reconocer en este caso […] que en el objeto al que esta oposición se aplica en acto, el carrete, en él hemos de designar al sujeto.”4

Articulado a una suerte de “auto-mutilación”,5 el juego cumpliría una función propia: la extracción del objeto a. Asimismo, cabe enfatizarlo, esta operación requiere una estructura temporal específica, la repetición:
“El conjunto de la actividad simboliza la repetición, pero de ningún modo la de una necesidad que clama porque la madre vuelva, lo cual se manifestaría simplemente mediante el grito. Es la repetición de la partida de la madre como causa de una Spaltung en el sujeto…”6

Ahora bien, ¿de qué modo se produce la separación del objeto en cada juego? ¿Cuáles son las formas de esta función de corte? En principio, podría decirse que cada modalidad del objeto a requiere una vía distinta de constitución. La utilización de algunos juegos concretos podría servir para dar cuenta de este aspecto que articula juego, repetición y pulsión;7 sin embargo, no me detendré sobre este tópico en este breve artículo, dedicado a un esclarecimiento metodológico preliminar a toda elaboración clínica sobre el juego: sólo a través de la forma temporal que implica la repetición es que se propone una concepción no ingenua del juego en psicoanálisis. Asimismo, el juego es la vía privilegiada para esclarecer la noción de repetición en psicoanálisis.
__________________
1. Wittgenstein, L. (1953) Investigaciones filosóficas, Barcelona, Crítica, 2008.
2. “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”. San Agustín, Confesiones, Madrid, Gredos, 2010.
3. A propósito de la cuestión de la simbolización, podrían recordarse los desarrollos del “Seminario 4” en función de una lectura elaborada del fort da según el par presencia/ausencia. Cf. Lacan, J. (1956-57) “El seminario 4: La relación de objeto”, Buenos Aires, Paidós, 2005, pp. 66-71. Respecto de la segunda interpretación, Lacan destaca su carácter derivado en el “Seminario 11” con los siguientes términos: “Freud, cuando capta la repetición en el juego de su nieto, en el fort da reiterado, puede muy bien destacar que el niño tapona el efecto de la desaparición de su madre haciéndose su agente, pero el fenómeno es secundario”. Lacan, J. (1964) “El seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, Buenos Aires, Paidós, 1995, p. 70.
4. Ibid., p. 70.
5. Ibid.
6. Ibid.
7. Me ocupo de esta cuestión en mi libro surgido de un seminario en el Foro Analítico del Río de La Plata: Cf. Lutereau, L., Los usos del juego. Estética y clínica, Buenos Aires, Letra Viva-Farp, 2012.
 
 
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