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   Saber de la historia

Onofroff en Buenos Aires (1895)
  Primera entrega: la uva rusa que inquietó a Ramos Mejía
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. Es hora de invertir el relato sobre la hipnosis. No se trata del mero placer de invertir gratuitamente el orden de las cosas. Se trata más bien de la inversión de un placer que sigue teniendo sus costos. El auge del psicoanálisis durante el siglo XX, así como la difusión de otros métodos psicoterapéuticos que de algún modo se relacionan con su impronta, han producido un lamentable olvido del acontecimiento que, tanto en el terreno de la neurología como en el de la moral y la psicología, significó la proliferación de los fenómenos hipnóticos en el último tercio del siglo XIX. Hasta hace algunos años, lo único que los historiadores podían decir sobre el hipnotismo pasaba por el recuento del modo en que la disciplina freudiana había extraído tal o cual evidencia del accionar de los magnetizadores. Podrá parecer extraño, pero ese sesgo aún tiñe una parte importante de la mirada que dirigimos al pasado, y así se comprende cuán poco se sabe actualmente acerca de la tradición inaugurada por Mesmer. Es momento quizá de dejar de repetir qué adelantos introdujo Freud respecto de sugestión hipnótica, y describir por el contrario en cuántos puntos la hipnosis se adelantó al psicoanálisis.

DOS. Sea como fuere, en esta oportunidad nos ocuparemos un poco tangencialmente de la historia del hipnotismo en la cultura científica local, más puntualmente a mitad de la década de 1890 en la ciudad de Buenos Aires. Para ser precisos, un fenómeno habrá de retener nuestra atención en estas páginas: a comienzos de marzo de 1895 llega a la capital del país un prestidigitador de origen ruso llamado Onofroff. Durante el lapso de dos meses, este sujeto brindó shows, siempre a sala llena, en dos teatros porteños (Odeón y la Zarzuela); en esos espectáculos, Onofroff era capaz de leer el pensamiento de los asistentes, hipnotizaba a voluntarios, generaba estados de fascinación, etc. Lo que es más importante es que sus experiencias dieron lugar a reacciones contrastantes por parte de distintos actores del escenario local. Desde marzo hasta junio de ese año, los diarios más importantes de la ciudad (sobre todo El Tiempo, La Prensa y La Nación) reprodujeron en sus páginas muchas de esas reacciones; el nombre de Onofroff aparecerá por esos días en varias oportunidades en la primera página de los periódicos. A las entusiastas publicidades iniciales le sucederán manifestaciones de incertidumbre, y luego esos mismos diarios ofrecerán sus columnas a médicos y autores que emprenderán una guerra frontal contra el otrora ilustre visitante, a quien se acusará cada vez más de fraude y charlatanería. Nada menos que Mitre, Ramos Mejía y Domingo Cabred son algunos de los nombres de los sujetos que se verán involucrados en este capítulo sorprendente de la historia de cultura local.

TRES.
Por el espacio de dos o tres meses, en los círculos de las élites locales, en la prensa cotidiana y en los cafés no se habla de otra cosa que no sea la hipnosis y la transmisión de pensamiento. Que se nos permita la exageración, pues también se habla, y mucho, de asuntos como los diferendos limítrofes con Chile. El episodio que tiene como protagonista a Onofroff –cabe anotar al margen que este prestidigitador tenía ya en su haber una larga trayectoria de shows y espectáculos dados en Europa, y que luego continuaría con sus demostraciones por diversos países de Latinoamérica– sirve de reflejo o comprobación de las lecturas que, contrariando historizaciones demasiado presentistas, han mostrado cuán complejo era, en el cambio de siglo, el territorio de la ciencia y la cultura científica. Ver en Onofroff a un antecedente de Tusam sería cometer una simplificación rayana con el error. La separación neta entre lo sobrenatural y lo científico era por aquel entonces un proyecto o una deuda, y no eran excepcionales las retroalimentaciones entre, por ejemplo, los hechos de la medicina popular y la disciplina académica. En tiempos en que cosas tan fantásticas como los rayos X o el fonógrafo se ganaban derecho de ciudadanía en las lindes de la razón y la técnica, sonaba imposible descartar de antemano la posibilidad de ciertas fuerzas extrañas por el anecdótico hecho de que los científicos aún no eran capaces de describirlas o explicarlas con sus lenguajes depurados.* En tal sentido, el modo en que la prensa del segundo trimestre de 1895 siguió los pasos de Onofroff devela ejemplarmente la existencia de una cultura más compleja de lo que se suele suponer, así como de la gestación de una sensibilidad muy proclive a reconocer (y reclamar) los poderes de los actos inconscientes. Es como si la presencia de Onofroff en la ciudad viniera a responder a una demanda que hasta entonces no hallaba su receptor: allí está la carta del lector que recorre grandes distancias con el objetivo de solicitar al ruso que cure con su hipnotismo una sordera de 18 años de antigüedad; tenemos también a esa otra señora que ha mandado a la redacción de uno de los diarios una nota para ver si Onofroff puede adivinar quién le ha robado dinero a su amiga. Habría que referirse también al médico que, haciendo oír su voz en la causa de un asesinato cometido en Adrogué, recomienda que se convoque al prestidigitador para que, por medio de la hipnosis, obtenga la verdad de parte de uno de los sospechosos. ¿Por qué razón los médicos porteños montan poco después tamaña campaña de desenmascaramiento contra Onofroff?
En una importante tesis médica referida a la sugestión defendida hacía poco, un profesional no tenía prurito en confesar que él creía en la transmisión de pensamiento. Siendo así, ¿por qué el encono contra las teatralizaciones del ruso? Por último, cuando Ramos Mejía citó, en su calidad de director del Departamento de Higiene, a Onofroff para notificarle que estaba prohibido el uso de la hipnosis en shows públicos, ¿habrá recordado, al menos por un instante, que él mismo había tomado contacto con el hipnotismo luego de asistir a ciertas experiencias realizadas por los espiritistas de Buenos Aires? Retomando las palabras que utilizó Florencio Madero en una carta abierta a Ramos Mejía aparecida en junio de 1895 a propósito de nuestro visitante, habrá que ver de qué se trató esa uva que “Onofroff nos ha traído al Plata”. 
______________
* Al respecto, véase la tesis doctoral de Soledad Quereilhac.
 
 
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