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   Colaboración

Cuerpo y síntoma en el trabajo psíquico con niños que se quemaron
  Por Jaime Epstein
   
 
¿Puede un accidente producir en un cuerpo una lesión que opere como síntoma? ¿El cuerpo de un niño que se quema, puede funcionar como una transliteración? Leer es la operación analítica que pone de relieve los modos de decir del síntoma, en las transformaciones y transmutaciones que éste produce. Para que un niño se queme, hay condiciones –como lo hay para casi todo–, pero que un niño se queme en un accidente, no implica necesariamente la producción de un síntoma.

Este tampoco supone una intencionalidad conciente, ni nada parecido a la intervención de las voluntades, aún cuando en los dichos proferidos por los amiguitos que lo rodeaban en el momento del accidente, según la narración del protagonista, tomando un caso como ejemplo, el “te voy a quemar” haya sido repetido en las palabras y mimado en las acciones –ya que es enteramente posible, así como al mismo tiempo improbable, que no haya habido en su voluntad la efectiva intención de quemarlo–. Sí podemos leer a posteriori una intencionalidad inconsciente de nuestro sujeto, ahí cuando una trama abigarrada de representaciones se despliegue en los juegos y los dichos del niño en cuestión.

La lesión misma como tal puede pasar a ocupar un lugar simbólico decisivo para la comprensión de los hechos y del lugar del niño en ellos. Y es de hecho lo que muchas veces ocurre en la clínica con los niños internados del Hospital de Quemados de esta ciudad, en la que me desempeño desde 1992.

Si bien no siempre podemos leer una intencionalidad inconsciente tras los dichos que relatan las ocasiones en las que sus cuerpos se quemaron, sí hacemos nuestra la afirmación freudiana según la cual, los síntomas tienen un sentido, y a partir de ella podemos hacernos inteligibles grandes cantidades de materiales que a diario nos abruman entre la sordidez, la crueldad, las miserias y precariedades y los dolores variopintos que arman las coyunturas desesperantes de las historias de los niños que se queman.

El intercambio de palabras con un niño tiene sus peculiaridades, y más cuando se halla internado con quemaduras en el cuerpo, ya que si logramos transponer una parte de la libido comprometida en el dolor y la preocupación por el dolor, en palabras que puedan reconducir su interés a la narración de su historia, podremos iniciar un diálogo fecundo para su restablecimiento anímico. En un primer momento soy yo el que profiere las primeras palabras, ya que él no sabe quién soy ni a qué me acerco a su cama, donde se halla acompañado generalmente por su madre o por algún adulto de su confianza que permanece con él durante el tiempo de la internación. Esas palabras, sean las que sean, no pueden sino proferirse desde un lugar de plena apertura mental, de extremada sensibilidad a sus respuestas –no solo verbales, también motrices y perceptivas– y habiendo pensado con anterioridad, luego de leer atentamente los datos de su historia clínica confeccionada por los médicos de guardia, los elementos que podrían servirnos para que nuestra aproximación le sea lo menos extraña y chocante posible. Comentarle algo acerca de lo que leímos, –si el asunto lo permite–, luego de nuestra escueta presentación, o bien donarle alguna representación que permita alojar sus estados afectivos, como por ejemplo, ayudarlo a nombrar los dolores, miedos, incomodidades y displaceres que pudieran agobiarlo. Interesarnos en el diálogo con el adulto que lo acompaña respecto de las características de la vida del niño previamente al accidente, es igualmente necesario tanto para el niño como para nuestra inteligencia de su situación. Si tuvo él o sus hermanos o padres, alguna otra internación o alguna otra experiencia accidental previa es de enorme interés y opera como la antesala del despliegue necesario de representaciones y afectos que constituirá el elemento propicio para iniciar su restablecimiento psíquico.

 De igual modo, toda referencia que hagamos a las personas que le son familiares, implicará para nosotros el desafío de atender con toda nuestra sensibilidad –no otra cosa es la freudiana atención flotante– al lugar preciso en el que el niño se encuentra emplazado en la trama compleja de los deseos de sus seres queridos. A poco de hablar, percibiremos la disposición confiada o desconfiada de sus padres hacia nosotros, y eso nos permitirá entablar cada vez mejor el vínculo con el niño. Pero ante todo, es otro tipo de nexo, un tipo de intervención menos mediata que la palabra, aquélla que nos abrirá un sitio en su confianza, que generará el lazo más fecundo con él. Me refiero al juego, a las formas lúdicas de relación, para las que la misma palabra puede servirnos, pero es según muchas variables que se deciden los medios materiales de intervención lúdica, una de las cuales –y cuya relevancia no es menor– es la edad del niño. Con niños menores de cinco o seis años, existe una multitud de recursos mímicos y kinéticos siempre acompañados de palabras que nominan las cosas y las acciones, entre las que casi cualquier objeto del entorno puede transformarse en el hábitat de una fantasía que done al niño la ocasión de abrir su propia magia al otro.

Recuerdo la función elaborativa que cumplió para un niño de seis años la utilización de un papel blanco transformado ante sus ojos por mí en un pequeño bollo, mientras ponía palabras a los afectos de impotencia y bronca que lo embargaban, al enterarse que debía permanecer internado varios días más de los que él había creído. Ese bollo pasó de ser el objeto receptor de toda su furia a convertirse en la pelota con la que jugaría conmigo a las cosas más dispares, y luego, al deshacer el bollo y desplegar otra vez el papel, lo invitaba a ver en las marcas que las arrugas habían producido, formas y figuras que lo atraían mucho y sobre las que trazaba líneas con lápices de colores mientras decía placenteramente sus ocurrencias. Estas estaban anudadas a las experiencias penosas vividas en la sala de internación la mayoría de las veces, pero de a poco dejaron leer otras marcas: las de su cuerpo y las de los vínculos libidinales que más lo preocupaban. Ese bollo de papel pasó a jugar, de alguna manera, la función de lo que Winnicott llamó “objeto transicional” a los fines de establecer una relación transferencial con el niño. Debía aparecer en cada uno de nuestros encuentros y era como el signo o la marca que definía nuestra particular relación. Un efecto visible de las entrevistas de juego con el niño, y que es importante señalar, fueron los cambios que se produjeron de manera paulatina tanto en el juego, como en la palabra y en las acciones de este niño en el curso de los días posteriores a cada entrevista. La producción de marcas propias fue aventajando a las que lo sometían. En el transcurso de las entrevistas de juego fueron surgiendo cada vez nuevas marcas, que constituían nuevas respuestas a las situaciones traumáticas vividas tal como eran formuladas en sus palabras. La satisfacción por el juego fue recuperándose de a poco y la constitución de un recuerdo ya no traumático de lo vivido iba cobrando forma. Los afectos de dolor, impotencia y bronca fueron cediendo su espacio a otros ligados con la creación y el despliegue de su fantasía, proyectada en los juegos sencillos que armábamos, a veces solamente de palabras, otras con pequeños objetos, pero siempre con la presencia de ese bollo de papel. Recién en nuestros últimos encuentros por consultorios externos, a un par de meses de su externación, el niño no solicitó la aparición de dicho bollo de papel, y se dedicó a jugar con unos autitos que me trajo de su casa. Este acontecimiento marcó el inicio de un nuevo juego con unos elementos que él mismo aportaba, y la variedad de escenarios en los que ya podía disponer con más recursos de su libido.

Demorarme en señalar estas aparentes contingencias de la construcción del escenario en el que se da el trabajo –invisible para un observador externo, para quien tan solo estaría asistiendo a un diálogo o a un juego entre un profesional de delantal y un niño internado– me permite acercarle al lector de esta nota, el clima y el elemento en el que se hace posible el lento e imprevisible restablecimiento anímico de los niños en nuestro hospital.

El cuerpo, que de por sí está construido en el entramado de palabras, afectos y lugares simbólicos, donaciones –no sólo de bienes y servicios materiales–, carencias, placeres y dolores, es el protagonista –especialmente agonista, ya que enfrenta una lucha en muchos casos por la supervivencia– de las miradas, las curaciones y las acciones más diversas sobre sí de parte de una gran cantidad –incontable e impredecible para el niño– de personas (enfermeros, extraccionistas, pediatras, cardiólogos, clínicos, cirujanos, kinesiólogos, etc.). Es algo habitual que muchas de esas personas manipulen su cuerpo sin antes presentarse ni dirigirle la palabra al niño. Está claro que esto constituye por sí mismo un acto de desconsideración hacia el niño como persona y a la vez una objetivación violenta de su cuerpo. Ciertamente objetivar su cuerpo es una medida necesaria para las intervenciones curativas que es preciso practicarle, pero esta medida no tiene por qué ser realizada de ese modo, es decir, con la violencia en la que se transforman esas acciones sin la mediación de las palabras. Ya la quemadura como tal transformó su cuerpo en una cosa quemada, lo objetivó violentamente en una rara forma alarmantemente no familiar, con un olor característico desagradable, con altos montos de dolor, en resumen, algo siniestro y amenazante. Esto último en el sentido de la serie de temores que abre la efracción producida por la quemadura, tanto a perder para siempre la forma familiar anterior, pasando por el temor a perder para siempre la parte de su cuerpo quemada, y hasta el miedo a perder la vida misma. Ayudar al niño a transitar por su internación de la manera menos penosa, donándole el escenario propicio para elaborar sus temores y fantasías y paliar sus dolores, es nuestra primera meta, para la cual la oferta de un espacio lúdico es uno de los medios privilegiados. En muchas ocasiones el niño presenta la quemadura misma como un síntoma, al afectar los nexos familiares de tal modo que éstos padecen cambios decisivos, como la separación de los padres, o que éstos se vuelvan a ver o a hablar luego de un largo tiempo de no hacerlo. Esto implica que a partir de ciertas circunstancias, –como que un niño deje de comer, a pesar de manifestar que quiere salir pronto del hospital, curarse, etc. y sabiendo que si no come su curación se complica– la quemadura adquiere una significación cuyo sentido reclama ser elucidado, ya que pasa a ser el centro de un conflicto de apariencia insensata, y que amenaza con arrasar con la vida del niño. Es el caso de un niño que aunque no comía, se declaraba inapetente, cosa que encendía la desesperación del equipo médico tratante, al saber que la falta de nutrientes era como un tobogán, dadas las condiciones de su quemadura, hacia una muerte segura en no mucho tiempo. Con respecto a la quemadura se mostraba indiferente y casi la exhibía como un particular y enigmático emblema. Su madre estaba embarazada de siete meses y sus preocupaciones giraban en torno a los hermanitos menores de este niño, por las condiciones en las que estaban mientras ella lo cuidaba y acompañaba en el hospital, por los celos que pudieran sentir con su embarazo y el nacimiento próximo de un nuevo hermanito, más que en la recuperación pronta del hijo internado. La madre parecía no dimensionar la gravedad de la situación de su hijo, y se mostraba abrumada por toda una serie de problemas heterogéneos en su valor. Más allá del poco sitio que parecía haber en esta madre para alojar a este niño, situación ésta que encontró paulatinamente su inteligibilidad en el curso de las entrevistas con ella, en el niño operaba, sin saberlo él mismo, un sentido preciso y poderoso en la quemadura misma, que anudaba una serie de razones que fueron hallando su lugar a través del trabajo lúdico que fuimos desplegando en cada encuentro. La quemadura pasó a ser, desde la llamada fulgurante y ardiente a la madre, en un contexto en el que su lugar de hijo mayor –con nueve años– era signado por la demanda a su vez desesperada de la madre en un cotidiano “ayudame con tus hermanos”, a la representación material del daño que le habían hecho. Y su negativa a comer, negando tener apetito, era a la vez la renuncia a recibir de su madre algo bueno que la perdonara por el daño que había padecido, renunciando por ayudarla con los hermanitos a ocuparse de sus cosas, y por otro lado, era la determinada intención inconsciente de autocastigarse por la culpa que le producía el odio hacia sus hermanitos y hacia su madre. El desencadenante del accidente, ocurrido al día siguiente de enterarse el niño de manera indirecta que la madre estaba embarazada y que eso implicaba la llegada de un nuevo hermanito, fue el derramarse sobre su propio cuerpo, por una acción torpe, la olla con comida para él y sus hermanitos. Este esclarecimiento de las significaciones condensadas en su quemadura, aconteció paulatinamente en el curso de las entrevistas de juego con el niño, y a partir del relato de situaciones aparentemente aleatorias en las que o bien él era excesivamente culpable de nimiedades, o bien se solazaba de los martirios de personajes que curiosamente padecían unas desgracias desproporcionadas justo cuando estaban viviendo unas experiencias de placeres y beneficios privilegiados. Estos relatos eran creados por él a partir de mis preguntas acerca del sentido de algunos de sus dibujos durante las entrevistas, o de dibujos que había hecho entre sesión y sesión. Señalarle en lo vivo de su palabra el nexo de estas situaciones imaginadas con las circunstancias en las que efectivamente se sentía alojado, produjeron unos cambios aliviantes para consigo mismo y para sus relaciones con la alimentación y con su mamá. Recuperó de a poco su apetito y sus ganas de jugar. Se sintió habilitado para preguntarle a la madre cosas para las que antes parecía que no había lugar, pudo poner en palabras sus enojos y cambió su relación con la quemadura. Dejó de ser indiferente con ella y comenzó a preguntar temeroso por las consecuencias estéticas y funcionales de la misma. Las entrevistas con la madre revelaron una compleja trama familiar, en la que el padre del niño hacía rato que no aportaba ni su presencia en la vida de los niños, –era el padre de los tres mayores– ni mucho menos, recursos para la crianza de los mismos. Se había ido de la casa cuando nuestro paciente acababa de cumplir sus cinco años, y el menor tenía apenas dos. La madre había armado pronto otra relación con un hombre que le dio otro hijo, y del que esperaba, en el momento del accidente de nuestro paciente, otro más, que llevaba siete meses de gestación. La relación de nuestro niño con el nuevo hombre de la madre y padre de sus hermanitos más chicos era buena.

Al poder alojar en otro sus demandas, la madre pudo desamarrarlas del sitio en el que se encontraba nuestro paciente para ella, y a la vez, en el niño, el síntoma del rechazo de la comida anudado a la ostentación de su quemadura como emblema de su padecer, –núcleo duro de un odio y un dolor que no encontraban las vías de una representación ni de una descarga específica– perdieron eficacia. Pudo libidinizar la comida y colaborar en su recuperación.
 
 
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