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El revo-ltril
  Por Sergio Zabalza
   
 
Cuando hace meses y en el breve lapso de diez días, dos episodios de demencial violencia se suscitaron en el territorio de los Estados Unidos: un ataque con armas de fuego en la sala de un cine y otro similar acontecido en el templo de una congregación religiosa; entre ambos casi veinte personas resultaron muertas y decenas con graves heridas.

Si bien las características de ambos hechos son idénticas –crímenes perpetrados por individuos aislados, probablemente con alteraciones mentales–, resulta muy curiosa la distinción que las leyes de ese país establecen entre terrorismo doméstico y las masacres protagonizadas por lo que allí denominan: individuos desequilibrados. En principio porque tal perspectiva escinde, desde el vamos, el campo de la locura de los avatares que todo grupo humano genera en su complejo y errático devenir.
En efecto, de acuerdo a este modo de presentar las cosas, aquellos crímenes que se ejercen al abrigo del racismo no comprenderían la participación de sujetos desvariados: arremeter a los tiros contra un grupo de personas reunidas con el solo fin de practicar un culto extranjero en paz sería obra de “terroristas”.Lo cierto es que basta leer La Comunidad de Kafka para darse por enterados de que cualquier colectivo humano se constituye a partir de la arbitraria exclusión de algo; oscura y compleja condición de la cual vale hacerse cargo más temprano que tarde. En efecto, proyectar en el vecino lo que no se tolera en campo propio es uno de los más arcaicos recursos del aparato psíquico. No en vano, en su estudio sobre la paranoia, Freud observa que “lo cancelado adentro retorna desde afuera”.

Pero además, la clasificación mentada reporta consecuencias de significación para las víctimas y damnificados del atentado “desequilibrado”, los cuales –siempre según este enfoque– deberían entender que locos sueltos hay en todas partes y que, por lo tanto, se trata de asimilar con fe y resignación la mala fortuna de haberse topado con uno de ellos; conclusión: no hay mucho para hacer. Todo lo contrario para el caso de los denominados “terroristas” Se trata de individuos que, por estar animados por la esencia del mal, merecen ser eliminados de la faz del planeta, si fuera posible.

Mucho se ha hablado de la normativa que en aquel país del norte habilita a los ciudadanos a pertrecharse con armas de todo tipo con un objetivo de autodefensa. Bien, esta división entre terrorismo doméstico y masacres a cargo de desequilibrados no hace más que reforzar el concepto según el cual convendría que cada hogar cuente con algún revolver.

Está claro que, en ambos casos, no hay espacio alguno para una reflexión sobre la responsabilidad social en la consecución de estas masacres. El mal, mórbido o terrorista, está siempre a cargo del Otro. Sutil cuestión que, además de eludir toda implicación en el asunto, realimenta el círculo vicioso de la violencia y la exclusión: si hay malestar, conviene detectar un enemigo, estar alertas, armarnos hasta los dientes para el próximo ataque.

De acuerdo a este enfoque, el fenómeno de la locura queda circunscripto a una dimensión de orden individual, en la cual el componente genético cobraría una relevancia sustantiva, habida cuenta que poco tienen que hacer las condiciones sociales en la producción de psicopatías. Como si en cada mesa de luz, además del revólver para defenderse del ataque “terrorista doméstico”, también convendría contar con un ansiolítico que nos preserve del stress generado por la inminente cercanía del ataque “desequilibrado”.
 
 
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