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   Colaboración

El un no embuste
  Por Marcela Naszewski
   
 
Lacan, si bien plantea una vuelta a Freud, nos deja en esa operación un vuelto, un sobrante: lo nuevo.
En cada repetición, hay siempre una novedad a la espera de ser leída, de ser subrayada. En eso se diferencia la mera reproducción de lo mismo de la repetición, que a diferencia de la reproducción llama a lo nuevo.
Suele suceder que a lo nuevo se intenta neutralizarlo, lo que provoca entonces una vuelta hacia atrás, piruetas de la neurosis y por qué no de las teorías.

El problema de las vueltas que da el neurótico para postergar su meta, no son las vueltas en si mismas, ‒ya que todo camino lleva a Roma aun con cierta mora (ya que Roma puede trasformarse en amor) ‒, el problema es que el neurótico cree que esas vueltas son en redondo, cree que gira en redondo, pero siempre hay una diferencia por más minima que sea, que de poder registrarla lo acercaría de algún modo a lo que busca.
En cambio si él solo gira en redondo, sin advertir la diferencia entre vuelta y vuelta, lo que busca siempre queda, no en el mismo lugar, como sería el caso de una calesita, la diferencia existe pero en vez de acercarlo a su meta, la aleja: magia del inconsciente. Y ahí si que roma le resultará lejana e imposible…

Entonces ese “retorno”, yo lo sintetizo en el pasaje del inconsciente como el Unbewuste Freudiano hacia l’une-bevue Lacaniano.
Lacan al así nombrarlo subraya el matiz del inconsciente como desliz, como el corte, como el vacío entre la causa y el efecto, el traspié del discurso, error que no puede ser corregido, ya que no hay 2 caras opuestas falso/ verdadero.
Traspié, que a partir de una supuesta mentira dice la verdad a medias, sin aclarar que mitad es cada cual, ni en qué idioma habla.

Así como nos perdemos en el chiste de Cracovia, y ya no sabemos no solo adonde quería ir ni quien era el engañado o el engañador.
Recuerdo otro chiste que contaba mi padre, parte del chiste era contarlo como si realmente hubiera ocurrido: una mujer alemana hablando un castellano mezclado con el alemán sube a un colectivo 60 y le pide al chofer que le avise cuando se tenga que bajar en la calle Junín. Unas paradas más adelante sube otro pasajero y le pide un boleto hasta la calle Junín.
Al rato el colectivero grita “¡Junín!” La Alemana no sabemos por qué no se da por aludida, y cuando se baja el pasajero, ésta se acerca muy enojada al colectivero y le recrimina sintiéndose presa de una injusticia:
“Yo Junín, no Junín, él Junín, si Junín”.

Donde no sabemos si ella finalmente quería ir a Junín o no, si el colectivero le aviso a ella o no… en fin… chistes áleman (con acento en la a).
No es solo el contenido de lo que se dice sino a quien se dirige el que habla, y quien se da por aludido.
“Volviendo”.

Podríamos entonces pensar al inconsciente lacaniano en castellano como el “un(no) embuste”. Haciendo hincapié en esta mentira verdad, que no nos aclara dónde esta la verdad y dónde nó, ya que no esta la respuesta en el contenido de lo que dice sino básicamente en quien habla y a quien se dirige.
Como dice la canción del grupo llamado justamente Divididos: “¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves? Cuando la mentira es la verdad”. No sabiendo quien es visto y quien ve.

Como cuando Freud nos dona su articulo “La negación”, y nos transmite que el no es la marca de lo reprimido. El unno embuste, nos advierte entonces que puede estar allí cierta verdad a condición de ser negada, con la paradoja que cuando se dice, se afirma, se pierde como tal, o más bien se transforma y vuelve a escapar.
Entiendo yo que el saber que se obtiene en un análisis, que no es acumulación de conocimiento para cualquier situación, sino cierta posición que nos ayuda, algunas veces a saber hacer en determinada circunstancia, pero he aquí lo distinto, corre al mismo tiempo el campo de lo desconocido.

Cada vez que sabemos hacer allí, paradojalmente se amplia lo desconocido, no por arte de magia, sino que es que cada vez que ejercitamos ese saber hacer, nos animamos a ver un poquito más allá, podemos ver lo que hasta ese momento no nos animábamos a ver: la diferencia, la otredad, el otro tal cual es.

Lacan nos aclara que el inconsciente no es óntico, sino ético. Se trata de una pulsación temporal, de una recuperación siempre engañosa.
Es decir que el análisis no permitiría conocer lo desconocido para la conciencia, agotando el Unbewuste, ni tampoco cometer menos traspiés, menos meteduras de patas, acabar con las bevues.
Sino poder percibir sin tanto temor las nuevas verdades que surgen cuando podemos leer los malos entendidos que nosotros mismos producimos, y que las más de las veces el ojo ajeno suele ser el espejo del nuestro. Dejar de hacernos la paja y poder finalmente ver a los otros que amamos tal cual son.
 
 
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