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   Homenaje

El siglo de Silvia:
  la analista que contagiaba inteligencia
   
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
“Hubo un siglo en el cual se desplegaron todas las esperanzas: desde la propuesta de acabar con la miseria hasta la de expulsar los demonios psíquicos que favorecen la destrucción humana, desde la ilusión de generar una infancia libre de temores hasta la de construir una vejez sin deterioro, casi inmortal. Hubo también un siglo en el cual se agotaron todas las esperanzas: desde la confianza a ultranza en la bondad humana como límite de toda destrucción hasta el ideal que proponía la alianza entre progreso científico y racionalidad al servicio del bienestar. Hubo un siglo cuyo legado aún no hemos recogido totalmente porque su balance no ha concluido”
Silvia Bleichmar

Fue el siglo de Silvia. Y, ahora, nos toca a nosotros, junto con el legado del siglo, recoger el legado de Silvia. Porque Silvia fue, tal vez, la autora más prolífica que a lo largo de la historia apareció en el paisaje psicoanalítico local… e internacional.
Alguna vez imaginé la existencia de un abismo insalvable separando a los psicoanalistas de París, de los psicoanalistas argentinos. Los primeros deben saberse su psicoanálisis. Nosotros, “sus” psicoanálisis… y el nuestro. Para un psicoanalista de la Ille Saint Louis basta y sobra con saberse a Lacan y a alguno de sus seguidores: Miller, Doltó, Mannoni, Lefort, Piera Aulagnier, Ginnette Raimbault, Colette Soler, Pommier, Melman para el caso, pero no se les mueve un pelo frente a Melanie Klein, Bion, Meltzer, Money Kyrle, Fairbain o Esther Bick. Nombres que para no pocos franceses es casi una gracia ignorar. Y viceversa.
Otro tanto pasa para los analistas norteamericanos que conocen muy bien a Anna Freud y, a veces, hasta a Melanie Klein, Bowlby o Winnicot, pero que nada saben de Lacan, mucho menos de sus seguidores, y para quienes Guattari o Deleuze deben ser los nombres de algún jugador de fútbol.

No obstante, tengo la certeza de que los analistas metropolitanos, sean estos de París, de Londres o de New York, tienen algo en común. No les importa ni tienen la menor idea de lo que se produce en la Argentina. La Argentina existe para ellos en la medida que es visualizada como potencial mercado consumidor de sus productos teóricos, de sus publicaciones: cantera de clientes y multiplicadores de sus verdades.
Es en ese sentido que la obra de Silvia Bleichmar adquiere un carácter trascendente y singular. Ella construyó una clínica y afirmó una teoría crucial. Esto es: se instaló en el cruce de lo mejor que se produjo en la metrópoli, con la producción y la apropiación periférica. Interlocutora intelectual de casi todas las autoras y los autores contemporáneos −como sólo puede hacerlo quien conoce ampliamente los textos fundadores− ella los entrecruzó de manera magistral para desarrollar sus propias ideas, para arribar a conclusiones novedosas e inéditas y para construir su particular manera de afirmar un polo conceptual que, de aquí en más, será referencia obligada para los psicoanalistas del mundo.
Unidos por un hilo invisible dos corrientes convergen en su producción para conformar un monumental edificio teórico. Por un lado están sus cuatro libros −e infinidad de textos aparecidos en revistas de la especialidad− que dan cuenta de sus propuestas teóricas y su maravillosa clínica. Y ahí van: En los orígenes del sujeto psíquico. Del mito a la historia. La fundación de lo inconsciente. Destinos de pulsión, destinos de sujeto. Clínica psicoanalítica y neogénesis. Paradojas de la sexualidad masculina.

Por el otro lado, fluyen sus otros libros y, también, un torrente inconmensurable de textos aparecidos en medios de divulgación masiva, que dan cuenta de sus reflexiones acerca de la época en que nos tocó vivir. Y ahí va ese entrañable y desgarrador Dolor país, La subjetividad en riesgo, No me hubiera gustado morir en los 90.
Pero, no sólo cuenta su luminosa producción escrita. Ella brillaba en las presentaciones ante públicos numerosos, en la confrontación de ideas con colegas, en la charla informal, en el encuentro casual. Y era la suya una irradiación generosa que contagiaba inteligencia. Uno no más la leía o la escuchaba y ya se ponía inteligente. Uno se contaminaba con su inteligencia por el mero hecho de estar cerca. Silvia ponía inteligencia donde no la había, ayudaba a registrar la inteligencia que teníamos y no usábamos, y potenciaba aquella que estaba dormida.

Y, ahora, decía, nos toca a nosotros, un poco huérfanos, desolados, junto con el legado del siglo, recoger el legado de Silvia. Nos toca asumir la deuda que tenemos con ella. Porque ella sola hizo por el psicoanálisis argentino mucho más de lo que hicieron las instituciones que se dedicaron a administrar el legado freudiano. Con su obra ella consiguió devolverle al psicoanálisis el prestigio que supo tener en sus épocas de gloria y supo, también, cómo otorgarle un alto grado de credibilidad a un discurso que parecía perimido. Con su obra ella enalteció al psicoanálisis y, con la consecuencia con que sostuvo sus principios, sencillamente no se cansó de mostrarnos como se debe vivir la vida a fin de que todo, incluso el sufrimiento, tenga sentido.
¡Ojalá, entonces, que podamos ser merecedores de sus enseñanzas! ¡Ojalá algún día pueda decirse que fui digno de su amistad!
 
 
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