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Quiero retruco, –Jugando jugaba para jugar–
  Por Alejandro Sacchetti
   
 
El Juego En Que Andamos
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte”
.
Juan Gelman

En la clínica con niños, y por que no orientando a toda clínica, la función del juego es esencial. Pero ese juego no es mera conducta, se da en una zona franca, en el sentido de que porta alguna verdad y eso verdadero que se pone en escena en un “hacemos que” no es un producto de la expresión, lleva en sí la marca, el surco en que se teje la constitución subjetiva, jugándose un ser que puede faltar. Algo tiene que quedar fuera del juego para poder jugar, esta dimensión de abordaje nos introduce la idea de frontera o límite, en donde se instituye el juego y el deseo. Freud nos habilitó con su discurso, el psicoanálisis, lo inconsciente, lo que retorna y los fundamentos de esa constitución. Así, el juego pulsional entre vida y muerte, haciendo decir desde el lenguaje y el cuerpo lo que pivotea entre muerte y sexualidad. El juego se instala en esa frontera.
El tema es como definimos esa frontera, pues ello no solo va a encuadrar el dispositivo en que se desarrolla la práctica clínica en pos de una dirección de la cura, sino también la posición ética en que se cuestionará la idea de bien, en tanto absoluto o universal.

La frontera , comúnmente se cree que es una línea que separa, pero esta zona puede llegar a ser muy ancha, y puede llegar a abarcar hasta los territorios que separa. Dulaure, autor citado por Freud, era un apasionado de las fronteras, al punto de plantear que todo sucede en la frontera, es el teatro de combate entre los ejércitos, están las sepulturas, los muertos, y los lugares de culto. “Es el lugar de permanencia de las ninfas, los genios, los héroes y los dioses” (Dulaure, 1805) .

Freud comparaba cierta especificidad de la práctica analítica en tanto táctica y estrategia, con el juego de ajedrez, escribía, que solo podemos saber algo sobre el comienzo y sobre el fin de la partida, lo que transcurre en el juego debe sorprendernos, no presuponer o adelantarnos a los pasos de la jugada, las reglas no son sin lógica, pero lo que allí se escribe, que puede ser un jaque mate, es en la singularidad y con la subjetividad en juego. Winicott decía: “Es más importante que un niño se sorprenda a si mismo jugando, que mi brillante interpretación”.

Siempre que hablamos de juego recordamos los trabajos de Huizinga , pues insistía en que el juego es serio y constituyente de la cultura y agregaría de la subjetividad, pero será importante destacar un aspecto esencial es el juego del lenguaje, su función creativa e instituyente. Una de sus tesis es que el juego cumple una función de intermezzo, término que viene de lo musical y da cuenta de ese espacio de frontera en donde se producen los verdaderos acontecimientos. Es interesante como Huizinga sostiene que la validez del juego esta fuera del deber ser y la moral entendida como un saber universal cercano a los imperativos kantianos, reconoce que el juego tiene un más allá de esta lógica. No es casual que Freud haya admitido que la noción de superyó es cercana a esta premisa de imperativo kantiano, que posteriormente será escrita como imperativo de goce en términos lacanianos.
Ese intermezzo tiene normas, reglas, que no son sin ritmo, sin el escandaloso baile o canto que conmueven lo sagrado, profanando este poder permiten jugar en serio no solo las cartas de la estética, sino fundamentalmente las de un estilo en que el sujeto se represente. Con las cartas se juega el truco, lo que se dice y se calla ubican el juego de palabras y el final de la partida. En el Chiste y su relación con el inconsciente Freud destaca el juego de palabras, escribe: “El chiste es un juicio que juega” . Los que trabajamos con niños sabemos que alojar las palabras no es sin juego. Lacan diría que el juego fundamental del significante es la permutación, así la idea de juego de palabras, ligados a las teorías sexuales infantiles y la idea de mitos. Sin olvidar que este juego “concierne al conjunto del cuerpo”.

En relación a esta idea de juego de palabras como mito, Benveniste señala que el juego no sólo proviene de la esfera de lo sagrado, sino que rompe esa totalidad arrasadora de lo sagrado y libera al hombre de la esfera religiosa, generando una acción que restituye lo sagrado, fuera y adentro de lo sagrado. Cito a Agamben: “La profanación del juego no atañe, en efecto, sólo a la esfera religiosa. Los niños, que juegan con cualquier trasto viejo que encuentran, transforman en juguete aun aquello que pertenece a la esfera de la economía, de la guerra, del derecho y de las otras actividades que estamos acostumbrados a considerar como serias”. Así la esfera de lo sagrado y lo profano están entrelazadas en el intermezzo del juego, donde la infancia se vale de ese límite para instituir la lógica de un deseo, no universalizando una moral. Agregaría instar en vez de instituir. Instalar la causa del deseo. El juego transita esos límites, poniendo límite al juego, inventando aquello que falta en el juego, transgrediendo el límite interno del juego, “rebotando” en el juego, o rellenando lo que falta al juego.

Nuevamente no podemos dejar de retornar al juego del fort-da, que le sirvió a Freud –gracias a su nietito– dar cuenta de una repetición donde la pulsión destrona el principio de placer. No hay un bien hedonista en la dirección de una cura, la ética en juego, si es de lo real, esta en relación a la perdida y lo que falta, que dejan caer esos restos que pueden tomar forma de carretel, o de algún otro objeto transicional que se define en cada quién, no solo por la práctica, sino por el lugar del analista. Las disyunciones y las rupturas de la sinergia son constitutivas de la actividad perceptiva y la actividad imaginaria, pero requieren un ritmo, resonancia de un impasse que hace de soporte al fonemático fort-da, necesidad de una función imaginaria y narcisista del cuerpo como escritura del lado de un valor de uso, no de un intercambio, que crea el borde resonante de la pulsión, poniéndole cierto coto a un ojo en demasía.

El juego de truco toca nuestra lengua y costumbres, es un recurso indispensable en el la clínica con niños, no con todos, Hay que poder hacer un “truco”, ficcionar con la mentira y redoblar la apuesta ante la mirada del otro. Podríamos hasta inventar el test del truco, la posición subjetiva en el juego nos da muchas pistas y nos permiten construir conjeturas. Pero como lo nuestro no son las probabilidades estadísticas, habilitamos el jugando, allí el jugar y sus límites. Si uno quiere saber sobre la verdad o la mentira de una apuesta, tendrá que concluir, querer o no querer, así jugándose, el sujeto adviene. Ganar o perder la partida. Para que haya juego algo tiene que quedar fuera del juego. Yo no juego al Bridge, donde Lacan destaca la función del muerto en la partida, pero en estos pagos aprendí a jugar al Buraco, nombre llamativo pues nos convoca al acto de hacer un agujero. El triunfo o no, en este juego no se consigue si previamente no jugamos el muerto. En esta línea la función del tiempo es esencial, pues no se trata de cuanto dure el juego, si no que hay tiempos lógicos que dirigen la partida. Freud nos da un índice de cuando traducir un deseo: “cuando está el paciente próximo a encontrarlo”. El desafió del truco pide un quiero o no quiero, se puede ganar con mucho o con nada, así otro jugador se juega o no, aceptando el convite, o poniendo el quiero-no quiero del lado del otro: quiero retruco. La mentira puede triunfar, también aceptar poner las cartas sobre la mesa, y que se devele la concordancia entre lo que se dice y lo que se juega. En ese impasse, adentro y afuera del juego, la incógnita no es un simple azar, jugando con las palabras, los gestos y el tono se juega.

En este punto no olvidamos que el motor de la transferencia con niños se construye con el juego, afuera y adentro de él, en el sentido de un movimiento que se abre y se cierra, y que con la personificación que le da voz y palabras se transita esa zona franca, esa zona fronteriza y de pasaje en que se contornan los bordes pulsionales y los objetos (juguetes, imágenes o músicas) y reglas que hacen causa de deseos. La pregunta por la significación es claramente en acto, el acontecimiento y la sorpresa que alojamos va de la mano de una abstinencia de la interpretación. El juego en el niño es constitutivo, básicamente podemos pensar que pone un límite al goce, por ello cuando el juguete se rompe en demasía o repetitivamente, o las reglas pierden su consistencia significativamente, quizás sea oportuna la consulta con un analista.

Hay preguntas que permanecen en el canto, en la emisión sonora. La respuesta, ante esa falta de sentido, no es sin “nada”, es sostener y soportar el sinsentido fecundo, en tanto las palabras y las cosas mantienen una distancia, no están dispuestas, no esta la cosa (res en latín) puesta. Esta la apuesta: quiero retruco.

Borges decía: “Las jugadas de póker o ruleta siempre tienen que ser por dinero. En cambio, el truco tiene un interés propio, es una especie de humilde ajedrez”. Una entrevistadora le pregunta a Borges:
–Huizinga dice que el juego es anterior a la cultura. El le contesta con cierta ironía: –Y anterior al hombre, también. Mi enorme gato blanco juega todos los días con un perro de policía que vive en el departamento vecino. Nunca se han lastimado. El entrevistador insiste con cierto planteo naturalista: –Se dice que los animales que no han tenido oportunidad de jugar se vuelven huraños e indiferentes cuando empiezan a envejecer. Borges le pregunta: –Bueno, yo soy un gato viejo. ¿Qué tengo que hacer para no envejecer?

El animal juega indiscutiblemente, nuestra mirada deseante lo afirma, pero hay un “jugaba a jugar” en donde el lenguaje limita y corta, y la lengua connota el goce sonoro, otro tiempo y otra escena se escribe como huella, el juego ya no es el mismo, es un truco, como de magia, en donde se textura la ficción. El gato viejo: Borges, ese peculiar animal humano, algo ronronea, juega con las palabras y pone un límite en juego, pregunta: ¿Qué tengo que hacer para no envejecer?, de esto nada puede decir el gato blanco ante el perro policía, pues querer detener el tiempo, no envejecer, no es sin estar tocado por el misterio de la muerte y cierto silencio del tiempo que toca la infancia, en que jugando jugábamos para jugar.
 
 
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