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   "Cuplas" Patológicas

Perspectivas sobre la “pareja”
  Por Héctor Yankelevich
   
 
Hoy en día asistimos a un movimiento de fondo, profundo, cual una tectónica de placas, en lo que hace a las relaciones entre los sexos. Y que coincide, porque forma parte del mismo proceso, con la atribución de derechos civiles a las parejas homosexuales. Este movimiento, claro en EE.UU. y Europa, está más lleno de fragores violentos en un país como el nuestro, donde la violencia de género de orden criminal alcanza una intensidad inusitada, desconocida en otras latitudes del mundo occidental.

Este momento histórico probablemente deba ser puesto en correlación contradictoria con la aparición, durante el llamado renacimiento gótico, del amor cortés. Que coincide, aunque Lacan no lo mencione, con la promoción del culto de María por el fundador de la orden cisterciense, el gran político y hacedor de papas de su época, san Bernardo de Clairvaux, principal heraldo de la reconquista de Jerusalén por la cristiandad.
La invención del amor cortés, que tardó en expandirse cientos de años, consistió no en un amor puro, sino, lejos de ello, en la obligación de “hacer la corte” antes de consumarse sexualmente. Hizo de la mujer un objeto sublimado, sin dejar de ser sexual, y le dio un lugar inédito en la cultura.

Hoy en día, entre las jóvenes adolescentes la virginidad se convirtió en objeto de vergüenza, y son muchas las consultas que recibimos en las que se nos relata que jefas de banda de secundarios prestigiosos someten a escarnio a las jóvenes que todavía no la han perdido. Entregar su cuerpo sin deseo es, ante sí misma, quiéralo o no, envilecerse, e impedirse a futuro considerar ser digna de ser amada.
Lacan afirmaba, con razón, que el deseo sólo aparece en el mercado de la demanda, donde se ajustan los precios que hay que pagar por lo que se quiere. No hay nada menos deseable que alguien que no demanda por lo que entrega.
De su lado, los hombres hoy día también entran al ruedo como objetos sexuales, en donde no está claro quién elige y quién es elegido. Y por qué razón.
Lacan resumía esto con una frase lapidaria, en 1968, dirigiéndose sin esperanza a los estudiantes de mayo del ‘68: “entre el discurso de la ciencia y vuestra ayuda, la revolución consistirá en volver al objeto de la Antigüedad. Sobreentendido: la pulsión misma”.

Nos encontramos, pues, ante la coexistencia de dos discursos rectores. El antiguo, donde sigue predominando el valor fálico descompletado en cada pareja por el deseo femenino, y el del capitalista, donde se goza pero no hay deseo. Eso hace que la “psicopatología” actual sea diferente de la que vio nacer al psicoanálisis, ya que las formaciones a las que da lugar el (Otro) goce carecen de la pregunta que el vacío del deseo hace posible. De allí las dificultades en el tratamiento de las adicciones de todo tipo.

La palabra “pareja” interroga sobre lo que puede haber pasado para que la lengua de curso a un término que hace prevalecer lo jurídico en una relación signada por las diferencias. No en cuanto a capacidad: la desventaja femenina respecto del hombre sólo lo ha sido por su educación secular. De lo que se trató siempre, fue de dominar el excedente femenino a la función fálica.
Pero el igualitarismo ideológico actual encubre la especificidad lógica que una mujer puede tener en tanto tal: poner en cuestión la posible falsía de la pretensión masculina al universal. En cuanto a que éste es sólo posible, pero no real, ya que no la incluye. Obviamente, nunca falta una mujer para sostener una posición fálica de que hay universales necesarios para lo real, a los que nada objeta. Son las pasionarias que la historia no deja de brindarnos, siendo los hombres los que así las bautizan. Hoy, en donde en general no abundan las causas, pueden ser eficaces CEO de multinacionales.

Lejos estamos de criticarlo. Muestran, por el contrario, lo bien fundado que estaba Freud en sus comienzos, ya que al análisis nace y persiste por asegurar a las mujeres la legitimidad de su falicidad. Hoy, gracias al discurso de la ciencia, el mundo le da cabida. Pero ¿qué les saca, subrepticiamente?
Si es cierto, no lo sabemos; lo que claman las estadísticas que aparecen en los diarios, hechas con los criterios de ese mismo discurso, los trastornos infantiles de la atención, con o sin hiperactividad, estarían progresando. Así como los autismos tempranos, aunque la neurología y la psiquiatría actuales no distinguen entre los déficits de origen genético y los de origen psíquico. Con razón, ya que la ciencia actual, en lo que se refiere al ser hablante, se funda en la forclusión de la diferencia.

Ahora bien, ¿por qué, hablando de la pareja, llegar a los síntomas de los hijos? Precisamente, es allí donde se transmiten los síntomas que no aparecen como tales en los padres. Los chicos con “déficit de atención” señalan que el sentido del síntoma debe ser tomado como respuesta invertida a lo que les llega del Otro. Ellos mismos no son objeto de atención suficiente en hogares donde la lucha por el lugar en el mundo, sea el que fuere, concentra toda la atención de la pareja parental. Amén de que la hiperactividad sea una especie de cura por electroshock a madres depresivas, sean cuales fueren las razones, por no tener un lugar para ellas.
Pero, ¿qué ocurre con el amor en tiempos donde pareciera no haber barreras para el goce?

Ante todo, el amor no fue nunca una pasión altruista, por quien fuere, ya que pobló siempre de imágenes el espejo de cada uno. Pero esto no quiere decir que el amor no sea capaz de querer la separación que le da al otro su autonomía. Al mismo tiempo, el amor se desencadena cuando uno de los partenaires descubre que no puede satisfacer completamente al otro. Por algo que hace a la naturaleza del goce y no por falta de deseo o de potencia. Entre el hombre y la mujer es la razón de un desencuentro que no obedece a ninguna razón psicológica o histórica. Es ese suplemento de goce que los hombres intentaron domesticar, creyéndolo fálico, sospechando de algo de lo que la mujer no era dueña. Que sigue siendo virgen aunque haya tenido hombre e hijos. Que sigue siendo virgen para otro que venga luego.

Cuando Paris rapta a Helena del lecho de Menelao para llevarla a Troya y hacerla su esposa, si se remonta la leyenda, ésta nos cuenta que ya antes Menelao la había raptado a su legítimo esposo a quien había hecho la guerra para apoderarse de ella... Y Eurípides, el sofista, para burlarse de la leyenda homérica, cuenta en la obra que lleva su nombre, que en realidad Helena vivía tranquilamente en Egipto. Esta es la versión griega de la virginidad, que se acerca mucho más a su sentido psicoanalítico. Siendo Helena una princesa y siendo los hombres sus amos, ¿qué proceso hubiese podido hacérsele?

Es así cómo, al mismo tiempo que los hombres imponían el blasón fálico a sus mujeres, en el momento en que este valor comienza a hacer agua en el discurso, se produce una reversión por donde aparece que, no siendo nunca, por naturaleza, fálicamente colmable, la insatisfacción femenina la hace ser la... “supermitad” del hombre. Justo retorno diríamos para quien pensaba sólo ser amo y señor. Sin embargo, sería desconocer la feminidad si nos quedásemos sólo en esto. No hay sujeto del inconsciente sin un sólido arrimaje fálico, y muchas veces lo que no hubo del deseo del padre sólo el deseo de un hombre, mal que bien, puede hacerlo.

Entonces, hay un sentido en que el término “pareja” puede ser recibido. Es que cuando hay amor, cada uno se vuelve el alma del otro, es decir, lo que ocupa su vacío central. Pour le meilleur et pour le pire; ya que se ama en el otro, sin saberlo, sus síntomas, el modo en que hace frente a su saber inconsciente. Y se deja de amarlo cuando cede en esa lucha, cuando se entrega al goce que lo arrasa. No hay vigía más cuidadoso, contador más exacto del temple de cada cual en enfrentar, o ser ciego, a su goce inconsciente, que la propia pareja. Los reproches que se hacen mutuamente veinte, treinta o cuarenta años después, sigan o no juntos, son aquellos mismos por lo que se eligieron.
Habría que agregar dos puntos. Uno, en el que se elige al otro sobre el fondo siempre presente de una figura parental a la que es necesario sobreimponer un partenaire imaginario que repita, al derecho o al revés, lo que no se puede olvidar. Esto es de estructura.

Lo que no es de estructura, es lo que la consulta de niños nos ha enseñado en casi cuarenta años. Que hay parejas que hacen alianza sobre el síntoma de sus hijos. Es ese síntoma el que hace de tercero entre ellos, que les da razón para seguir juntos, aunque sea caminando sobre la cuerda floja de un goce sobreimpuesto por otra generación y al que no vectoriza ningún deseo.
 
 
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