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   "Cuplas" Patológicas

La pareja y las “cosas del amor”
  Por José Milmaniene
   
 
Las estructuras neuróticas –tributarias del registro de la falta– instalan una relación de insatisfacción histérica con el deseo, a diferencia de las estructuras de goce, que anclan al sujeto en la satisfacción plena y fugaz que procura el registro pulsional.
En circunstancias propias de la “normalidad neurótica”, el “dolor de existir” –que siempre deriva de la falta-en-ser– tiende a ser suplido con el “imaginario consistente del amor”, lo que suele generar síntomas tales como: las desilusiones, las inhibiciones, la escisión entre el deseo y el amor, la impotencia y las fobias.

Por el contrario, las “patologías del vacío” propias de la posmodernidad desconocen la dimensión del amor, dado que prefieren evadirse de la angustia inherente al encuentro amoroso, en aras de la plenitud del goce que procura el fetichismo de partes del cuerpo objetivado, en un “régimen de ausencia total de riesgo”.
Escribe Badiou (2012, p.28): “mientras el deseo se dirige hacia el otro, de una manera siempre un poco fetichista, hacia las zona elegidas, como los senos, las nalgas, el pene […] el amor se dirige al ser mismo del otro, al otro tal como ha surgido –completamente armado con su ser– en mi vida rota y recompuesta”.

A diferencia del “sexo-fetiche”, que no está más que al servicio del fortalecimiento del goce narcisista, el amor arroja al sujeto más allá de sí mismo, dado que lo acerca al núcleo incierto del Ser del Otro.
Expresa Badiou (2012, p. 26): “En el amor, el sujeto va más allá del narcisismo. En el sexo, usted está al fin y al cabo en relación con usted mismo, mediado por el otro. El otro le sirve para descubrir lo real del goce. En el amor, por el contrario, la mediación del otro vale por sí misma. Esto es el encuentro amoroso: usted busca tomar por asalto al otro, para hacerlo existir con usted, tal como es”.

Asimismo, observamos en la actualidad la devaluación de la Palabra y la entronización de los lenguajes obscenos, con escasa distancia simbólica del orden pulsional, tal como lo evidencia la degradación de la vida amorosa, y la exaltación de las políticas de goce. Éstas se caracterizan por el repliegue autoerótico y la idealización del cuerpo del narcisismo, con el consiguiente desconocimiento de la sensualidad de la caricia y el acogimiento respetuoso y hospitalario del Otro.
El discurso poético del amor se sostiene en palabras que adquieren la intensidad propia de una “declaración que en tanto acontecimiento” signa el pasaje de un encuentro azaroso a la fijación de una construcción existencial, que inscribe la eternidad en la duración temporal, tal como expresa Badiou (2012, pp. 49-50-51): “La fijación del azar es un anuncio de la eternidad. Y en cierto sentido, todo amor es eterno: está contenido en la declaración […] El problema, luego, tiene que ver con inscribir esa eternidad en el tiempo. Porque, en el fondo, el amor es eso: una declaración de eternidad que debe realizarse o desarrollarse de alguna forma en el tiempo. Una irrupción de la eternidad en tiempo […] El amor prueba que la eternidad puede existir en el tiempo mismo de la vida y su esencia es la fidelidad, en el sentido que yo le otorgo a esa palabra […] En el amor, la fidelidad designa esta larga victoria: el azar del encuentro vencido día tras día en la invención de una duración, en el nacimiento de un mundo”.

El encuentro amoroso deviene acontecimiento pues cuando se libra de la fijación del azar, y la palabra responsable del amor –que anhela la permanencia del “te amo para siempre”– sostiene la promesa de un destino compartido, tal como escribe Badiou (2012, p 47): “y a menudo lo que allí comienza dura tanto tiempo, está tan cargado de novedad y de experiencia del mundo que, en retrospectiva, ya no parece algo contingente y azaroso, como al principio, sino prácticamente una necesidad. Así se fija el azar: la absoluta contingencia del encuentro de alguien a quien yo no conocía termina tomando la apariencia de un destino. La declaración de amor es el pasaje del azar al destino, y por eso es tan peligrosa y está tan cargada de una especie de nerviosismo angustioso”.

Cuando pronuncio una declaración de amor, afirmo en ese mismo acto que me comprometo a transformar el azar en una obstinación y a construir la potencia de un vínculo, sostenido en un proyecto que aspira a la fidelidad de la permanencia.
Insistimos en que el sujeto narcisista de la posmodernidad, en lugar de colmar el vacío existencial con prácticas sublimatorias, que siempre suponen la alteridad, busca obturarlo vanamente con la adhesión compulsiva a objetos de consumo y/o con actuaciones sexuales.

El vacío pierde así su potencialidad poiética, dado que deviene en un agujero sin límites, que se tiende a resolver vanamente con la plenitud que procuran las políticas adictivas y las conductas sexuales promiscuas, signadas por el encuentro anónimo y fugaz de los cuerpos.
El sujeto se aferra así a la completud ilusoria que procuran los psicofármacos, las drogas, el mundo virtual, las mercancías, la tecnología, y la sexualidad masturbatorio-fetichística, que desconoce la alteridad.
De modo que el vacío subjetivo propio de la “normalidad neurótica” es resuelto fallida y precariamente –dadas metáforas paternas débiles– a través de prácticas adictivas o conductas sexuales que lo desmienten, al servicio de sostener la fusión autoerótica de Uno consigo mismo.

El sujeto deviene entonces un Yo narcisista inundado de un goce autoerótico sin otredad, que pretende restituir la precaria textura simbólica de su identidad narrativa, a través de adhesiones identificatorias con significantes tales como las marcas comerciales de prestigio, o pertenencias grupales sectarias sostenidas en líderes autoritarios.
Surgen así personalidades como si, en el borde mismo de la ley, que desconocen la trascendencia ética del don amoroso y elevan la insustancialidad de las imágenes y la obscenidad del cuerpo pulsional, a la dignidad de los significantes y los nombres.1
Entonces la angustia existencial tiende a ser atenuada por “suplencias eróticas perversas”, que se satisfacen maníacamente con la materialidad de los fetiches objetales y la apropiación narcisista de partes del cuerpo del Otro, y nunca con la presencia amorosa del Otro sexo.

El encuentro amoroso con el Otro, que supone la aceptación de la falta –en Uno y en el Otro–, es reemplazado en la posmodernidad por goces autoeróticos que exaltan la mismidad del narcisismo: campo de las proyecciones especulares y de los espejismos objetales que taponan con semblantes de nada el núcleo vacío del Ser.
De modo que asistimos a una degradación fetichística de la poética del amor, dado que el cuerpo cosificado del otro se considera un mero objeto-instrumento al servicio del propio goce.
Insistimos en que se conforma así una sexualidad de características fetichístico-masturbatorias, que sólo apetece la apropiación objetivada de una parte del cuerpo del otro, a la que se recorta otorgándosele una significación fálica.
Por el contrario, el encuentro amoroso con la alteridad irreductible que encarna el Otro sexo se funda en la atracción que ejerce el objeto petit a, la causa-objeto del deseo, que es efecto de las palabras, y que aparece bajo una forma inefable y misteriosa del je ne sais quoi, ese “no sé (por) qué” fascinante que emerge palpitante en los intersticios del discurso amoroso.

Así escribe Agamben (2006, p.126): “El amor no soporta la predicación copulativa, jamás tiene por objeto una cualidad o una esencia. Yo amo a María, bella-morena-tierna, no amo a María porque es bella, morena y tierna, en cuanto que tiene éste u otro atributo. Todo decir significa decaer del amor. En el momento en el que caigo en la cuenta de que la amada tiene ésta o tal cualidad, este defecto o tal otro… me he salido irrevocablemente del amor, aunque –como ocurre muy a menudo– continúe creyendo que la amo, porque tengo sin duda buenos motivos para hacerlo. El amor no tiene motivos”.

El amor carece pues de motivos y/o esencias: es testimonio de la atracción que opera el objeto causa, y las cualidades o defectos del ser amado se significan a partir del efecto que genera la presencia fascinante del Otro en tanto objeto-causa.
Escribe Zizek (2002, pp.31-32,65): “Así pues, hay siempre un hiato entre el objeto del deseo propiamente dicho y su causa, la característica o elemento mediador que hace a este objeto deseable. En la melancolía nos encontramos con el objeto de deseo privado de su causa. Para el melancólico, el objeto está ahí, pero lo que falta es la característica mediadora específica que lo hace deseable. Esta es la razón de que en todo amor verdadero haya siempre una huella de melancolía, por lo menos: en el amor, el objeto no está privado de su causa; sino que, más bien, desaparece el hiato entre el objeto y la causa. Esto es, precisamente, lo que distingue el amor del deseo: en el deseo, como acabamos de ver, la causa es distinta del objeto, en tanto que en el amor coinciden inexplicablemente: amo mágicamente a una persona por sí misma, y encuentro en ella el elemento real a partir del cual la considero digna de amor […] Este objeto es el paradójico sustituto del vacío de la subjetividad; ‘es’ el propio sujeto en su otredad”.

En el amor cada cual encuentra el objeto petit a en el Otro y la presencia de este elemento real que habita en el núcleo vacío del Ser de cada Uno es el que hace obstáculo a la fusión narcisista de los cuerpos fetichizados.
El enigma del amor reside pues en que el Otro es el propio sujeto en su otredad, de modo que me desposeo de mi propio ser para reencontrarme en y a través del Otro amado.
Mientras el deseo apunta al cuerpo fragmentado del Otro, al que se anhela febrilmente poseer al modo fetichista para restituir la completud narcisista2, el amor se dirige al Ser del Otro para compartir la existencia merced al recubrimiento incompleto de dos faltas, que siempre dejan un resto vacío, testimonio melancólico de la imposibilidad de toda sutura narcisista de Uno a través del Otro.

Entonces, si bien el amor supone la dimensión narcisista, esta inflexión no implica que lo que se ama en Otro sea sólo un mero reflejo idealizado de cada uno de nosotros.
Escribe Copjec (2011, p.45): “Por el contrario, lo que se ama en el otro es la forma en que algo inaprensible, indefinible en ella o él, parece capturar o cristalizar lo que es más elusivo de uno mismo”.
De modo que uno ama en el Otro ese misterioso “no sé (por) qué” desconocido en Uno mismo, y que sólo aparece y cautiva bajo la forma del objeto del amor. La lectura que nos hacemos posteriormente del enigmático encuentro amoroso no persigue responder a la pregunta de “quién es” el Otro, sino develar las incidencias de tal fascinante singularidad.
Finalmente, debemos consignar que sólo el amor permite romper el círculo autodestructivo de Ley/pecado en el cual se halla encerrado el neurótico, dado que un término genera su opuesto, en un circuito creciente, que incrementa la culpa y el castigo.

Sólo cuando se vive la experiencia del amor y somos concientes de ella se puede trascender el círculo tanático configurado por la Ley/pecado y acceder a la evidencia del registro de la diferencia del amor con la Ley en su inflexión superyoica: el conflicto se dialectiza y el triunfo del amor permite trascender el goce para arribar al Deseo responsable por el Otro.
La pareja que sostiene las cosas del amor es aquella que puede desplegar la dimensión desiderativa en el registro del lenguaje poético del amor, testimonio que han superado la compacidad plena e inerte del goce fetichístico entre los cuerpos, para acceder al encuentro singular entre Uno y Otro.

Bibliografía
Agamben, Giorgio: El tiempo que resta, Madrid, Editorial Trotta, 2006.
Badiou, Alain y Nicolás Truong: Elogio del amor, Buenos Aires, Paidós, 2012.
Copjec, Joan: El compacto sexual, México, Paradiso Editores, 2011.
Milmaniene, José E.: La fe en el Nombre. Una lectura psicoanalítica de las creencias, Bs.As., Biblos, 2012.
— — : Extrañas parejas: Psicopatología de la vida erótica, Bs. As. Biblos, 2011.
— — : Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada, Bs. As., Biblos, 2010.
— — : La ética del sujeto, Bs. As., Biblos, 2008.
Zizek, Slavoj: El frágil absoluto, Valencia, PRE-TEXTOS, 2002.

Notas
1. Véase al respecto: Milmaniene, José: La fe en el Nombre. Una lectura psicoanalítica de las creencias, Bs. As., Biblos. 2012.
2. En el fetichismo se transforma directamente la causa del deseo en nuestro objeto de deseo.
 
 
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